Diez razones para ver (otra vez) Lo que el viento se llevó

Por . 12 febrero, 2014 en Reseñas
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Comprenderán que no se trata de un artículo sobre cine o, mejor dicho, sobre una de sus obras más rotundas, sino un experimento, una apuesta por relacionar un acontecimiento histórico con su representación en el celuloide, que ya es tener ganas de liar más la madeja.

Lo que el viento se llevó (1939) es una historia de amor, una gran historia de amor, pero también, a su manera, refleja una época de transición y cambio, como fue la guerra de Secesión en Estados Unidos a mediados del siglo XIX. ¿Qué hay de ese enfrentamiento bélico en el filme firmado por el triunvirato Víctor Fleming, George Cukor y Sam Wood? Ahí van mis razones para volver a ver, o ver con otros ojos, esta obra de arte.

 

Primera: Por la fiesta en los Doce Robles, propiedad de la familia Wilkes. La buena sociedad de Georgia acude al anuncio del compromiso de su heredero, el joven Ashley (Leslie Howard), con Melanie Hamilton (Olivia de Havilland). La Secesión ya se ha producido, así que los caballeros, entre puro y puro, esperan el inicio de la guerra. “Guerra, guerra… todo el día hablando de guerra”, comenta Scarlett O’Hara (Vivien Leigh). Justo en el momento en el que es rechazada por el joven Wilkes, se produce el primer disparo en fuerte Sumter, madrugada del 12 de abril de 1861. Mientras ella llora, los caballeros acuden prestos a alistarse. Memorable.

 

Segunda: Por el baile que se celebra en Atlanta para recaudar fondos para la causa. En el escenario se cuelga un cuadro de Jefferson Davis (1808-1889), el primer y único presidente de los Estados Confederados de América. Allí acude la protagonista, pues su muy reciente marido ha caído en Bull Run, julio de 1861. Por el baile se ven unos cuantos uniformes, pero llama la atención el de un zuavo, tal vez de un Tigre de Luisiana. Las fuerzas de Robert E. Lee son imparables, por lo que barruntamos que se haría referencia a la batalla de Fredericksburg, diciembre de 1862.

Tercera: Por las palabras, de fino visionario, del señor Rhett Butler (Clark Gable). Hay un salto en el tiempo, de al menos año y medio. Rhett anuncia que el Viejo Sur se juega su futuro en una pequeña localidad de Pensilvania: Gettysburg, julio de 1863. A la estación de Atlanta llegan heridos de los combates y las listas de bajas. Allí suena Dixie, el himno de la Confederación, mientras ruedan lágrimas de familiares y amigos. Otro momento de cine en estado puro, sin usar ni una sola palabra.

 

Cuarta: Por la vida de Rhett Butler, que fue a la academia militar de West Point, como otros jóvenes acaudalados, pero fue expulsado por disoluto. Así que se gana la vida durante la guerra sorteando el bloqueo federal, es decir, el llamado Plan Anaconda del general Winfield Scott (1786-1866), que ahogó la economía sureña al segundo año de la guerra. El propio Butler, en casa de los Wilkes, sentenció: “No hay en el Sur ni una sola fábrica de cañones”.

 

Quinta: Por la puesta en escena magistral de la destrucción que la Marcha hacia el mar del general William T. Sherman (1820-1891) consumó en las Carolinas. La Confederación quedó dividida en dos, pero Tara, el hogar de Scarlett, sí el de la tierra roja, queda en pie de puro milagro. En cambio, los campos de cultivo están desolados, los puentes rotos, los edificios destruidos… Ya no tienen ni esclavos, que fueron declarados libres tras la firma de Abraham Lincoln de la Proclamación de Emancipación, septiembre de 1862.

 

Sexta: Por el uniforme de Ashley Wilkes, un gris cadete con vivos en amarillo, color de la Caballería. Es de buen paño, incluso con un fajín que la señorita O’Hara le coloca cariñosamente. Este oficial sirvió en la Legión Cobb, nada menos que a las órdenes del general Wade Hampton (1818-1902), realizando temerosas incursiones tras las líneas yanquis. Por cierto, fue hecho prisionero tras la batalla de Spotsylvania Court House, mayo de 1864.

 

Séptima: Por el repliegue de los hombres del general John Bell Hood (1831-1879) a las puertas de Atlanta en julio de 1864, pues de poco sirvieron las defensas planteadas en las afueras. La ciudad fue declarada libre, pero no pudo evitar los cañonazos federales. El pánico de los civiles queda reflejado con verismo, al igual que las cuadrillas de esclavos enviados al frente a cavar trincheras, caminando lentamente en dirección contraria a los enloquecidos vecinos.

 

Octava: Por la bandera ajada de la Confederación que ondea a duras penas en la estación de Atlanta. El plano se abre y se observa poco a poco la cantidad de heridos sin ninguna clase de atención médica. Suena Dixie, pero a un ritmo más lento, acompasado, mientras flamea una bandera de combate a la que le queda muy poco para que sea arriada para siempre.

 

Novena: Por las míticas palabras de Rhett Butler. Cuando llega el fin de la Confederación se alista y llega a combatir, aunque no sabemos dónde. Merece la pena reproducirlas: “No le pido que me perdone, yo mismo no me comprendo ni me perdonará nunca, y si una bala me alcanza, Dios no lo quiera, me reiré de mi propia estupidez. Sólo sé y comprendo una cosa, y es que te quiero Scarlett, pese a ti y a mí y a ese mundo que se desmorona a nuestro alrededor, te quiero”. Y unos segundos más adelante: “He aquí un soldado del Sur que te quiere, que quiere sentir tus abrazos, que desea llevarse el recuerdo de tus besos al campo de batalla. Nada importa que tú no me quieras. Eres una mujer que envía un soldado a la muerte con un bello recuerdo”. De aplauso.

 

Y décima: Porque la guerra de Secesión es un viento que se lo lleva todo, un rumor continuo, pues no hay en la película imágenes de combates, ni cañonazos, ni gritos de soldados, ni cadáveres que se pudren en los campos de batalla… ni falta que hace. Tal vez sea el único filme de la historia del cine en el que un suceso no mostrado marque con tanta agudeza y tan decididamente la trama de la acción.


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Los capítulos de la Historia están plagados de héroes y antihéroes, de reyes y villanos, de conservadores y revolucionarios, de perdedores y ganadores, de desaires y tragedias, de sucesos extraordinarios y nimios, de avances y retrocesos… en definitiva, el gran libro de la vida, al que evidentemente siempre le quedan algunos capítulos por escribir. De ahí que publicara recientemente La guerra de Secesión, la guerra entre el Norte y el Sur, que tiene más de serial televisivo de la HBO que de un sangriento conflicto. Échenle un vistazo a mi web www.fernandomartinezhernandez.com

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  • (no será publicado)

  1. gravatar Fernando Martínez Responder
    noviembre 6th, 2014

    Gracias por su comentario. Se utilizaron restos de decorados de King-kong y Rey de reyes para quemarlos y aparentar Atlanta. La operación costó 24.715 dólares, solo 323 por encima del presupuesto previsto Cuando Vivien Leigh fue contratada y tubo que utilizar el vestido que su doble había utilizado comentó: “Huele a humo”.

  2. gravatar Francesc Morales Responder
    abril 8th, 2014

    En la novena te has dejado que para simular incendio quemaron de verdad uno de los decorados de las primeras películas mudas de la historia. En verdad la guerra de secesión de los Estados Unidos arrasó con todo. 🙂