Drácula ante la historia

Por . 5 febrero, 2014 en Siglos XIX y XX
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Drácula, la novela de Bram Stoker publicada en 1897, no es una obra menor.

Durante gran parte del siglo XX la crítica literaria especializada apenas le ha prestado atención, considerándola una narración intrascendente, mero producto de la cultura popular y del consumo de masas. Inmersos como estamos en el mundo audiovisual, que ha convertido al noble transilvano en uno de los grandes iconos del siglo XX, con Drácula sucede como con Frankenstein: todo el mundo conoce o cree conocer su historia, pero quizá no tantos la han leído seriamente.

A Drácula le ha costado casi cien años alcanzar la categoría de clásico: sólo desde mediados de la década de 1990 ocupa un puesto de honor dentro del canon literario occidental, y no sin considerables resistencias; resistencias que quizá se entiendan mejor al acabar de leer el artículo.

Sin embargo, como todo clásico, no tiene prisa: sabe que el tiempo está de su parte. Hablamos de una novela inabarcable, capaz de suscitar innumerables lecturas; de un texto que siempre va a estar ahí retándonos, cuestionando nuestro comportamiento, descubriéndonos cosas de nosotros mismos que momentos antes ni siquiera sospechábamos. Es una obra que nos habla directamente a cada uno de nosotros, que nos apela como si hubiera sido escrita ayer por una mente preclara. Ahora bien, no siempre resulta agradable descubrir lo que tiene que mostrarnos. No es fácil soportar la mirada del monstruo.

Tradicionalmente, Drácula ha sido leída como una lucha del bien contra el mal. Por un lado tenemos a un ser demoníaco que pretende dominar el mundo; por otro, a un grupo de aventureros, liderados por Abraham Van Helsing, que se esfuerzan por impedirlo. Una trama simple y clara, con los bandos bien delimitados.

Pero la novela de Bram Stoker es mucho más que eso: Drácula es una reflexión profunda sobre la naturaleza del ser humano; es una indagación perturbadora sobre la sexualidad y la muerte, sobre nuestros miedos y deseos más arraigados, sobre la pasión, la identidad y la locura, sobre los abusos que los seres humanos hemos cometido, y seguimos cometiendo, en nombre del poder, de la verdad o de nuestros más preciosos ideales.

Y también es una meditación sobre cómo se escribe la historia.

Para aclarar este extremo podemos detenernos en la forma que adopta la narración y en el análisis de una misteriosa nota que aparece justo al comienzo del libro, antes del primer capítulo de la obra. Alguien realiza allí una advertencia:

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“El modo en que estos papeles han sido ordenados en secuencia se pondrá de manifiesto durante su lectura. Se han eliminado todos los elementos superfluos de manera que una historia prácticamente en desacuerdo con todas las creencias recientes pueda sostenerse por sí misma como un hecho factual. No hay en ella referencias al pasado en las que la memoria pudiera equivocarse, ya que todos los documentos seleccionados son estrictamente contemporáneos, y reflejan el punto de vista y el grado de conocimiento de aquellos que los redactaron.”

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Este aviso pronto queda confirmado: a medida que avanzamos en la lectura del texto nos encontramos con fragmentos de diarios, con cartas, con telegramas, con recortes de prensa, con memorandos, con informes médicos, con transcripciones de grabaciones fonográficas y con varios tipos de anotaciones más realizadas en distintos soportes. Nos encontramos, pues, ante un conjunto de documentos que han sido reunidos y ordenados en un único volumen –un libro titulado Drácula– para su lectura; pero se trata de una amalgama de textos de los que no se conserva ningún original.

Los manuscritos auténticos han desaparecido en un incendio provocado por Drácula, que incluso ha destruido los cilindros del fonógrafo en el que algunos personajes daban cuenta de sus reflexiones. Afortunadamente, una transcripción de todos esos escritos pudo salvarse del fuego: de ahí proviene la información que ha llegado hasta nosotros. Pero si la mayoría de los originales se han perdido, ¿cómo demostrar la existencia de Drácula? ¿Cómo justificar su persecución?

La pregunta, si se prefiere, puede plantearse de otra manera. ¿Quién ha puesto en orden todos esos documentos? ¿Quién es el autor de esas líneas iniciales, que aparecen sin firma ni encabezamiento? En principio su responsable es Jonathan Harker, uno de los protagonistas de la narración, la misma persona que redacta otra nota al final del libro: allí insiste en que prácticamente no se conserva ninguno de los textos originales. Este joven pasante de abogado, con ayuda de su esposa Mina y de sus compañeros, ha ido recopilando distintas informaciones relacionadas con el vampiro, construyendo con todo ello un fichero y realizando una copia del mismo.

Cuando ese pequeño archivo se pierde, Harker agrupa las copias de todos esos documentos, las clasifica y las ordena “eliminando todo lo superfluo” (“all needles matters have been eliminated”). Un momento. ¿Eliminando todo lo superfluo? ¿Quién decide, y con qué criterio, lo que es superfluo y lo que no?

Supongamos ahora que Drácula ha existido, suspendamos por un momento nuestra incredulidad y aceptemos como verídicos los hechos que se nos relatan. El vampiro aparece como una criatura deseosa de poder: aspira a dominar el mundo, a controlar la voluntad de hombres y mujeres, a emplearlos como siervos a sus órdenes. Es, además, el personaje que justifica la acción, el origen de todos los males, quien da sentido a la trama.

Sin embargo, Drácula es el único personaje principal al que no se le deja hablar por sí mismo, al que no se le permite dar su versión de lo acontecido. Una joven llamada Mina, el doctor Seward, Abraham Van Helsing, otra muchacha llamada Lucy, distintos periodistas, un capitán de navío y el propio Jonathan Harker, entre otros, van a relatar los hechos. Todos menos Drácula, la razón de ser de la historia, aquel por quien la novela toma el título. Algo no cuadra en esa ausencia. En esa omisión se oculta un aviso.

Pero además, vuelvo a insistir, es Jonathan Harker quien decide el orden en el que se presentan los documentos, creando así una narración con ellos, descartando lo que considera irrelevante para lo que desea transmitir. ¿Existe algún otro documento o alguna otra copia de documento que Harker no ha querido incluir en su relato? Nunca lo sabremos. Lo que sí queda claro es que Jonathan Harker tiene el poder, empleándolo para silenciar al Otro: Drácula es el enemigo que ha sido derrotado, el adversario que finalmente ha perecido. Son los vencedores los que escriben la historia.

La imagen que tenemos de Drácula es la imagen que otros han construido de él, o la que quieren que nos creamos, no sabemos. Lo cierto, lo único cierto que podemos asegurar sobre Drácula es que no ha tenido la posibilidad de contarnos su propia historia. No ha podido defenderse. ¿Quién es entonces Jonathan Harker? ¿Quién aspira ahora a dominar el mundo, a controlar la voluntad de hombres y mujeres?

Las tornas parecen cambiar y los bandos ya no están tan claros. Las fronteras entre el bien y el mal, entre el héroe y el monstruo, se diluyen. Bram Stoker, al optar por esa estructura formal fragmentada, al conferir voz a los principales personajes menos al más interesante, menos al más importante, nos pone sobre la pista. En el silencio de Drácula palpita un clamor, sólo hay que saber escucharlo. La novela pone así en evidencia una determinada manera de tratar y considerar al Otro; revela unas prácticas discursivas propias del siglo XIX. ¿Seguro? ¿Sólo del siglo XIX?

Apoyados en la escritura, en el poder de la escritura –pero también en el poder de la tecnología, de la ciencia y de la religión–, un grupo de personas, más concretamente de varones, imponen su particular visión del mundo, despreciando y violentando lo que no es como ellos, lo que no se adapta o lo que no se deja moldear por sus preceptos. La escritura en Drácula es una forma de dominio; y dominar, en este caso, es silenciar, acallar las voces discordantes, aquellas que ponen en cuestión el modelo dominante.

El vampiro de Transilvania es una amenaza bien cierta y real para el compartimentado mundo burgués de finales del Ochocientos; su discurso y su actitud desafían la estabilidad, el orden y la moral de una sociedad reprimida, patriarcal y autoritaria. Por eso Drácula debe ser combatido; por eso su historia es enderezada, como diría Michel de Certeau; es sometida mediante la violencia de la escritura a los deseos de los vencedores, de los poderosos. Y aunque tratan de camuflarlo, de ocultarlo con buenas palabras y mejores intenciones, la actitud de Jonathan Harker y sus colaboradores no hace sino desvelar su miedo, el profundo pavor que tienen a ser destronados, a perder sus privilegios.

Durante el siglo XIX y principios del XX muchos historiadores se esforzaron en legitimar las aspiraciones nacionalistas y justificar la idea del Estado-nación. Mientras eso sucedía, Drácula, entre otras muchas cosas, se preocupó por destapar con sus silencios una verdad incómoda, una verdad que todavía resuena: la obra de Bram Stoker nos habla del mundo que hemos construido y de cómo lo hemos construido. La mirada del monstruo nos recuerda lo que somos. Su boca, sensual y dura, cruel y carnosa, nos susurra en lo que nos hemos convertido.

Una sombra se agita en el Este. De una remota región de los Cárpatos llega lo que perturba. Gran Bretaña es una potencia imperial en crisis y ahora es ella la que va a ser colonizada. De ese territorio amplio y lejano que va de Alemania al Imperio Otomano, de ese lugar escarpado, desconocido e impenetrable del que no existe mapa alguno, procede el horror. El horror.


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Licenciado en Historia Contemporánea, entre mis distintas publicaciones cabe destacar un libro sobre Valencia (Valencia y su provincia: mucho más que luz y mar), así como diversas colaboraciones en obras colectivas, entre ellas las de El gran libro del vino de la Comunidad Valenciana y la ya citada sobre la familia Trenor: “Paseos por la Valencia burguesa (1808-1909)”. Apasionado de la literatura y el cine, varios de mis escritos han sido premiados en distintos certámenes literarios, como el V Certamen de Narrativa Breve (2006) organizado y publicado por el Ayuntamiento de Valencia, el Certamen Internacional Art Nalón Letras 2008 o el Premio de relato corto “Paso del Estrecho” 2010.

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  • (no será publicado)

  1. gravatar Bram Stoker Responder
    abril 17th, 2014

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  2. gravatar Roberto Muñoz Bolaños Responder
    febrero 13th, 2014

    Muy bueno. Pero espero que haya mas. Es un tema fascinante que debe desarrollar el autor. Un saludo.

    • gravatar Alejandro Lillo Responder
      febrero 14th, 2014

      Muchas gracias, Roberto. Por aquí estaremos.

      • gravatar Mustafa Responder
        mayo 4th, 2014

        I understand that Stoker was wniritg within his own worldview and that I shouldn’t really have expected better treatment of women, but the way it manifested in his story was still disturbing to me. That being said, as a rule follower, I felt temporarily terrible that we have changed the original Dracula so drastically and was compelled to say that we all had to revert back to Stoker’s flawed work. But now that you have informed me that we are merely a mash up of Stoker and previous vampire lore and have gotten the best of both worlds as it were, I feel much better. I can accept this. I did know that Stoker was not the inventor of vampirism, but I had assumed that his version was similar to everything before him. Thanks for enlightening me.

  3. gravatar David P.Montesinos Responder
    febrero 7th, 2014

    Drácula es ciertamente malvado, pero lo es más por su ritualización del Mal que por sus crímenes. Negándose a morir y escampando su infección por las tierras de la prosperidad, Drácula nos aboca a un interrogante sobre la apoteosis de la técnica y el capital que constituye el horizonte de la ideología burguesa. Su maldad lo es porque constituye un rescoldo de otra época, un rescoldo que aún humea y toma cuerpo por las noches, en nuestras pesadillas. Éstas solían hablar de castillos tenebrosos y fantasmas con poderes hipnóticos. En Drácula -no en vano Conde, no en vano vecino de los Balcanes, desde donde la vieja Europa construyó sus defensas frente a las hordas asiáticas- detecto la resistencia de las viejos estamentos aristocráticos a sucumbir ante el empuje de la burguesía característico de la modernidad, un modelo nuevo que bajo la mirada caballeresca se antoja gélido y prosaico. Quizá por eso, inconscientemente, las niñas que leen novelas románticas aman ahora a vampiros sexys y rubios. Yo me quedo con Bela Lugosi, qué voy a hacerle.

    Por cierto, le revelo una curiosidad. ¿Sabe por qué Murnau tituló “Nosferatu” a su obra maestra sobre el vampiro? No quería pagar derechos de autor a los herederos de la famlia Stoker, qué cosas, ¿eh?

    • gravatar Alejandro Lillo Responder
      febrero 12th, 2014

      Don David, un placer recibirle por aquí. Ya sabe la admiración que le profeso. Drácula, en efecto, se dice descendiente de Atila, terror de Occidente. Por otro lado, aún trato de averiguar quién demonios es ese Conde -boyardo prefiere llamarse él–. Temo, sin embargo, que se me pase la vida intentándolo.

      Murnau es que era un listillo, pero Florence, la viuda de Stoker (y antigua novia de Oscar Wilde, por cierto), le ganó la partida.

      Otro por cierto, tengo en mis manos “Pasajes…” espero poder comunicarle mis impresiones en unos días.

      • gravatar David P.Montesinos Responder
        febrero 15th, 2014

        Le espero, don Alejandro, la admiración es mutua. El trabajo sobre Drácula es excelente, no se lo digo mucho por elegancia mal entendida, pero es la verdad.