En las Cruzadas, con Carlos de Ayala Martínez

10 feb, 2014 por



El medievalista español Carlos de Ayala Martínez, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, ha visto reeditado en formato digital gracias a Punto de Vista Editores su indispensable estudio dedicado a las Cruzadas.

Anatomía de la Historia pone a tu alcance un amplísimo extracto de uno de sus capítulos.

 

EL ARQUETIPO: LA PRIMERA CRUZADA

[…]

 

Naturalmente no era el papa el único facultado para predicar la cruzada. En Clermont, Urbano II había encomendado esta tarea también a los obispos, los “heraldos de Cristo”, como los llama en su crónica Fulquerio de Chartres. Cuando la predicación empezó a depender de una correa de transmisión, sus ya de por si ambiguos contenidos fueron inevitablemente deformándose cada vez más. Mayer ha señalado como la retribución espiritual que recibían los cruzados y que consistía en el perdón absoluto de sus pecados pudo ser consecuencia de estos desajustes de transmisión. En realidad, y pese a que el propio papa no siempre fue claro al respecto, lo que se ofrecía es la remisión de las penas que conllevaba la inevitable comisión de pecados, porque lo que no podía otorgarse de ninguna manera era una especie de blindaje inmunizador frente al hecho mismo de pecar. En este caso estamos ante tecnicismos teológico-doctrinales que no se clarificarían definitivamente hasta por lo menos un siglo más tarde. Pero no eran estos los problemas que realmente preocupaban al papa. Los obispos, al fin y al cabo, eran hombres formados y normalmente proclives a la moderación. El problema residía en los predicadores incontrolados y evangelizadores populares, hombres con frecuencia de baja extracción social y que, aunque pudieran ser ejemplo de austeridad eremítica, carecían de la mas mínima preparación intelectual, pudiendo electrizar mediante sus exageradas apreciaciones a los numerosos seguidores con los que solían contar, unos seguidores cuya avidez por mensajes nuevos y radicales era directamente proporcional a su situación de pobreza e ignorancia.

 

Cruzadismo popular y mesianismo milenarista

Entramos aquí en contacto con un tema complejo, el de la conexión inicial del movimiento cruzado con toda una serie de manifestaciones de carácter social que mezclan el inconformismo popular con el radicalismo penitencial y el milenarismo apocalíptico. Este tipo de manifestaciones no es especifico del siglo de las cruzadas, pero si es cierto que, coincidiendo con el, una serie de circunstancias favoreció su multiplicación. El propio crecimiento económico del periodo genero la superpoblación de algunas zonas del Occidente europeo que, como el nordeste de Francia, los Países Bajos o el valle del Rin, vieron desbordados sus tradicionales y escasamente desarrollados sistemas de producción agrícola. El hecho dio lugar a la forzada desvinculación de la tierra de no pocos campesinos que intentaron probar fortuna en las ciudades. La naciente industria es cierto que daba puestos de trabajo, pero siempre desde la precariedad determinada no solo por la sobreabundancia de mano de obra sino, sobre todo, por la desprotección de unos trabajadores que inevitablemente habían roto los tradicionales marcos de encuadramiento familiar que les venía ofreciendo el mundo rural. Con todo, estamos ante personas afortunadas, porque lo normal es que la ciudad no pudiera absorber la disponibilidad de mano de obra y arrojara al paro y a la mendicidad a muchos de sus habitantes. Si a ello añadimos las irregularidades climático-agrícolas inmediatamente anteriores a 1095, y las enfermedades que acompañaban siempre a la debilidad generada por la miseria, el panorama social no podía ser más dramático.

Gentes empobrecidas, entregadas a la dura lucha por la supervivencia y en ocasiones enloquecidas por el hambre y la desesperación, eran caldo de cultivo para movimientos populares organizados en torno a líderes más o menos espontáneos, a veces simples embaucadores, pero también honestos hombres de Dios que no pretendían sino ayudarlos; en cualquier caso, predicadores de la salvación que anunciaban tiempos mejores y que incluso, si era preciso, profetizaban la inminente venida de Cristo, el vengador de los pobres y única instancia de la que cabía esperar justicia, aquel que, en último término, inauguraría la nueva era –el milenio– en que los justos gobernarían la tierra con la directa implicación del propio Dios. Por eso, no era infrecuente que estos crédulos grupos de discípulos, que nada tenían que perder, vieran en su líder al mesías anunciador de la definitiva superación de su miseria, y que acabaran por convencerse de que eran auténticos elegidos llamados a tareas heroicas que contribuirían decisivamente a la purificación del conjunto de la sociedad, paso previo que antecedería al gobierno escatológico de Cristo en compañía de los justos. Entre esas tareas heroicas no era menos importante la de eliminar de la sociedad aquellos elementos corruptores, explotadores de los humildes y enemigos de Dios, que dificultaban el triunfo de su justa causa.

 

Elementos caracterizadores del cruzadismo popular

A este ambiente de miseria, absolutamente receptivo a invitaciones salvíficas y libertadoras, llego también la predicación de la cruzada. Conocemos los nombres de algunos de sus responsables a nivel popular: los de Roberto de Abrissel, fundador de la orden de Fontevrault, y, sobre todo, Pedro el Ermitaño, el monje harapiento de Amiens que nunca comía pan ni carne, nos han llegado con ecos de especial resonancia. No es fácil reconstruir el contenido exacto de sus predicaciones. Estas, en parte, eran fruto de la inspiración espontánea y más aun de una cambiante emotividad circunstancial. Pero estamos en condiciones de rescatar al menos los tres elementos esenciales que, a partir de ellas, nos pueden servir para caracterizar el movimiento cruzado popular. Como veremos, los tres de un modo u otro se hallan presentes en el discurso oficial de la cruzada, pero con una diferencia notable, la del literalismo fundamentalista y radical poco acorde con la flexibilidad de la interpretación simbólica.

 

Igualitarismo social

Conviene destacar, en primer lugar, el carácter indiscriminado del mensaje transmitido. Ya apuntamos que en el propio discurso papal ese carácter estaba presente, y que todos con independencia de edad, sexo y condición social estaban llamados al compromiso cruzado. Pues bien, este factor que el cruzadismo oficial procuro corregir reconduciendo la convocatoria hacia la clase caballeresca, el cruzadismo popular lo mantuvo e incluso se puede decir que lo potencio. De sobra conocido es el papel, absolutamente anacrónico por privilegiado, que desempeña la mujer en el programa de vida religiosa de Roberto de Arbrissel, cuyas comunidades dúplices eran regidas por prioras y abadesas. No es extraño que este santo de la Iglesia, tenido por algunos como precursor de la emancipación de la mujer, tiñera con su peculiar perspectiva “inclusivista” el discurso de su predicación.

Sabemos, en cualquier caso, que mujeres y niños no solo acudían a las predicas populares de la cruzada sino que seguían a sus líderes en el peregrinaje de salvación que el Dios de la justicia ofrecía a todos sin excepciones. Alberto de Aix, el cronista de la cruzada popular por excelencia, la de Pedro el Ermitaño, dice que sus seguidores pudieron llegar a ser 20.000 personas entre hombres y mujeres, y Ana Comneno, que en su relato confunde el peregrinaje del visionario de Amiens con la cruzada de los caballeros y convierte a Pedro en líder de uno y otra, alude, impresionada, a una “muchedumbre de gente desarmada” en la que había tantos hombres como mujeres.

Pero, como hemos dicho, la universalidad de la respuesta popular, que a nadie debía excluir, afectaba también a la clase caballeresca, y algunos condes de la baja nobleza alemana, como Hugo de Tubinga y Enrique Schwarzenberg, no tuvieron inconveniente de sumarse a la turba de miserables que, subyugada por el carisma del Ermitaño, se dirigía hacia Jerusalén y que, además, sabemos se hallaba reforzada por un contingente de trescientos o cuatrocientos caballeros. Probablemente también formaban parte de la comitiva cruzada clérigos y monjes, aunque las noticias que de ellos tenemos más bien se refieren a las expresas prohibiciones papales de que tomaran parte en este tipo de movimientos: sabemos ya que la carta enviada por Urbano II a los monjes de Valleumbrosa a finales de 1096 iba en este sentido. Con todo, la crónica de Alberto de Aix recoge un episodio en el que los miembros más débiles de la cruzada de Pedro el Ermitaño, entre ellos clérigos y monjes junto a mujeres de edad y niños de pecho, fueron literalmente masacrados por los turcos, que, en cambio, decidieron conservar la vida de jóvenes y religiosas; tan reiteradas alusiones a personas consagradas de tan heterogénea condición –en alguna otra información cronística llega a hablarse de obispos–, si es que realmente responde a la realidad, no parece ajustarse a la mera e inevitable participación de “capellanes de tropa”.

En esta provocadora mezcolanza social, que tiene mucho que ver con el poder igualitario del juicio final al que no pocos peregrinos se creían abocados, resuenan las desgarradoras denuncias que setenta años antes el obispo Adalberon de Laon había dejado inmortalizadas en sus Carmina ad Robertum. El profundo sentido social del poema lo ha explicado Georges Duby con extraordinaria claridad: en él se advierte contra la perversión del orden social hasta aquel momento inconmoviblemente asentado en la desigual y necesaria trifuncionalidad que jerarquiza al conjunto de los individuos.

También en aquella confusión resonaban los ecos de quienes, asustados ante los excesos provocados por el movimiento de la Paz de Dios, denunciaban que oratores y laboratores usurpaban las funciones de los bellatores para, indignamente mezclados, imponer el orden de un nueva y anárquica sociedad. La cruzada, especialmente en su versión popular, forma parte, por consiguiente, de este conjunto de manifestaciones que dejaban entrever cambios profundos de valores y estructuras, cambios alumbradores de un nuevo orden social, el del feudalismo –la “revolución feudal” de que hablaba hacia unas décadas la historiografía francesa–, que la Iglesia pretendía domesticar por encima del poder de reyes y señores. El tema es complejo y no podemos detenernos en él, pero, en cualquier caso, conviene subrayar que esta innovadora perspectiva, que consciente o inconscientemente había puesto en marcha la Iglesia, perviviría largo tiempo en la cara heterodoxa del cruzadismo.

 

Penitencia purificadora

Un segundo elemento propio del movimiento cruzado popular es haberse manifestado como el único cauce penitencial realmente purificador para el conjunto de la sociedad. Ciertamente, el esfuerzo penitencial del peregrinaje a Jerusalén, ya sea en su versión tradicional o en la innovadora propuesta armada del papa, es consustancial a su propia realización.

Pero una vez más la radicalidad interpretativa marca la diferencia entre unas y otras experiencias. En efecto, si para cualquiera de los futuros cruzados el iter a Tierra Santa constituyo un esfuerzo personal y familiar extraordinario, pensemos que para los empobrecidos pioneros del movimiento popular ese esfuerzo rayaría en la heroicidad. No hay más que reparar en las condiciones de viaje de personas que en muchos casos no tenían ni lo mínimo para comer, vestirse o calzarse. Significativamente, uno de los discípulos del ermitaño de Amiens, y el mismo conductor de una avanzadilla de la cruzada popular, Gualterio, era conocido y así ha pasado a la historia como Gualterio “sinnada” (sans-avoir). Pues bien, ese viaje, salvo el líder Pedro el Ermitaño que se trasladaba sobre la montura de un evocador asno, y los pocos cientos de caballeros que le acompañaban, los restantes miles de peregrinos lo realizaban a pie. Tardaron desde Colonia, donde en abril de 1096 se produjo la mayor concentración, hasta Constantinopla unos tres meses y medio, por un itinerario exclusivamente terrestre que suponía abandonar tierras alemanas para atravesar Hungría siguiendo el curso del Danubio hasta Semlin; allí penetrar en zona de soberanía bizantina por Belgrado y, siguiendo la vía Nish-Sofia-Adrianopolis, llegar a Constantinopla. Estos tramos de viaje fueron complejos, pero desde luego no los mas difíciles. Las autoridades alemanas, húngaras y bizantinas tenían instrucciones de facilitar el paso y proveer de avituallamiento a una avalancha que se había adelantado a la cruzada oficial y que, en consecuencia, a todos sorprendió desprevenidos.

En realidad era más que una avalancha: al grueso conducido por Pedro, compuesto por un importante contingente italo-alemán, había antecedido, según dijimos, un grupo integrado por franceses y dirigido por Gualterio; y en Alemania todavía había algunos contingentes esperando partir. Pese a no ser estas etapas las más complicadas, no faltaron problemas de convivencia e insubordinaciones, tampoco rapiñas sobre los campos y ciudades que iban acogiendo a los peregrinos, ni castigos ejemplares contra quienes las protagonizaban. Y sin embargo, en ningún caso los cruzados dejaron de proyectar un cierto halo de admiración. Es significativo que algunas poblaciones bizantinas se volcaran con ellos: los habitantes de Nish les favorecieron con sus limosnas y lo mismo hicieron los de Filopolis, conmovidos por sus sufrimientos. El propio emperador Alejo, a quien no entusiasmaba lo mas mínimo la presencia de esta turba de indisciplinados peregrinos en su territorio, trato con deferencia a Pedro el Ermitaño y, al menos en un primer momento, procuro aconsejarle con prudencia para evitar su previsible aniquilamiento por los turcos. Los excesos de los cruzados no parecían restarles credibilidad.

Pero la “gran tribulación” de los peregrinos no había hecho más que empezar. Trasladados por la marina bizantina al otro lado del Bósforo, comenzaron sus incursiones contra posiciones turcas cercanas a Nicea. Pese a que el emperador Alejo había instado a Pedro a esperar el grueso de la cruzada que se preparaba en Occidente, los seguidores del Ermitaño, cada vez más indisciplinados, se lanzaban al saqueo de las aldeas cercanas, bajo control turco pero habitadas por campesinos cristianos. Lo hacían desde el fuerte de Civetot, una posición bizantina abandonada a orillas del Mármara. La acción más espectacular fue la toma de la fortaleza de Xerigordon, a la que los turcos respondieron con una contundencia que convirtió a los vencedores en sitiados desesperados por el hambre y la sed.

Los cronistas no ahorran detalles a la hora de narrar los sufrimientos de los peregrinos, que acabarían bebiendo la sangre de sus caballos y la orina de sus compañeros. La rendición fue acompañada de apostasías, pero algunos cruzados morirían martirizados por no renunciar a su fe. Esta desastrosa experiencia no amilano a los peregrinos. Las propias autoridades turcas estaban interesadas en darles su castigo definitivo y les hicieron llegar informaciones falsas que acabaron provocando su masivo avance hacia Nicea.

Esta expedición fue el principio del fin. Los turcos literalmente destrozaron a los occidentales y los supervivientes a duras penas pudieron nuevamente alcanzar Civetot. Tras un asedio prácticamente insoportable, los bizantinos consiguieron hacer evacuar a los supervivientes, que, desarmados, fueron conducidos a las afueras de Constantinopla.

La cruzada de los pobres daba así fin antes de concluir el año 1096. No había sido una experiencia ejemplar. El propio Pedro el Ermitaño, abandonando a los suyos, había huido a Constantinopla antes del desastre final. Pero una cierta conciencia de valor testimonial en torno a los mártires de la “protocruzada” nunca llego a evaporarse del todo. Incluso no eran pocos los que seguían pensando que los pobres eran los auténticos elegidos de Dios, los designados por el para liberar la Tierra Santa. A lo largo de todo el movimiento cruzado, cuando este pasó a oficializarse bajo el control de los caballeros, los pobres siguieron considerándose depositarios de elevados cometidos ya que su simplicidad y limpieza de espíritu les hacía más dignos que aquellos, y su testimonio martirial tenía un sobreabundante efecto purificador para el conjunto de la sociedad. La cruzada popular fue su primera seña de identidad, pero esta permanecería viva a lo largo de todo el movimiento cruzado. Norman Cohn ha puesto de relieve como esta “auto-exaltación de los pobres” se evidencia con toda claridad en los relatos semilegendarios construidos en torno a los “tafures”. Serian estos los supervivientes de la cruzada popular, aquellos que lograron huir de la masacre formando auténticas bandas de vagabundos –este parece ser el significado de la palabra “tafur”– en Siria y Palestina. La pobreza extrema era su seña de identidad, y su violencia, alejada de cualquier convencionalismo militar, su característica esencial. Temidos por los musulmanes y despreciados por los caballeros cristianos, la épica popular los transformo en autentico pueblo santo llamado a recuperar definitivamente Jerusalén y, sobre todo, a ser instrumento de Dios para imponer el orden sagrado de su justicia. Para ello el sacrificio personal se mostraba como único medio, pero también el sacrificio de los infieles. De hecho, todos los implicados en el movimiento popular cruzado estuvieron imbuidos de este profundo convencimiento, el de ser instrumentos especialmente adecuados para el exterminio purificador. Difícilmente podría favorecerse la segunda venida de Cristo para gobernar la tierra con los justos y los pobres si no se colaboraba con su causa removiendo los obstáculos que se oponían a ella.

Y uno de esos obstáculos, previo e incluso más execrable que los propios musulmanes, lo constituían los judíos. Ellos pertenecían a la raza de los traidores que habían vendido a Cristo, y venían alimentando desde antiguo creencias que no hacían sino corroborar su insidia. Raúl Glaber, setenta años antes de Clermont, ya apuntaba que habían sido los judíos los que convencieron al califa egipcio al-Hakim a perseguir a los cristianos y destruir el Santo Sepulcro de Jerusalén. Todo apuntaba en su contra, también el hecho de que los cristianos les hubieran convertido en responsables de una buena parte de las actividades crediticias que, formalmente condenadas por la Iglesia, no podían ser desarrolladas por aquellos. Con motivo de la predicación de la cruzada, este hecho se había mostrado especialmente paradójico, y es que muchos peregrinos se habían visto obligados a endeudarse con ellos para arrostrar los gastos que conllevaba su aventura: ¿era justo que quedaran en manos de estos traidores de Dios quienes se afanaban por reivindicar su honor en Tierra Santa? Preguntas como estas, sin duda, son las que se hicieron muchos de los seguidores alemanes de la predicación de Pedro el Ermitaño, pero no tanto los que se trasladaron con el hasta Oriente, sino aquellos otros que decidieron permanecer algún tiempo más en tierras germánicas a la espera de conformar un contingente mayor que se uniría con posterioridad a la cruzada.

Precisamente entre ellos comenzó a plantearse un terrible interrogante: ¿por qué no empezar la cruzada por los enemigos más próximos? En muchas zonas del Occidente europeo, y más aún en las grandes ciudades episcopales del Rin, de tan honda vocación mercantil, la presencia de colonias de judíos implicados en negocios crediticios acabo identificándolos con la quintaesencia de la especulación opresora de cuantos honestos ciudadanos y pobres campesinos se veían inevitablemente atrapados en sus redes. Y si había que contribuir a purificar la sociedad y preparar de este modo el triunfo de la causa de Dios, nada mejor que hacerlo eliminando a los descendientes de quienes lo condenaron y mataron. Solo en el transcurso de los meses de mayo y junio de 1096 es probable que desaparecieran entre cuatro y ocho mil judíos a manos de los cruzados. Las matanzas más cruentas se produjeron en las ciudades comerciales de Worms, Mainz y Metz, y no pudieron ser evitadas por sus respectivos obispos, que ofrecían sus palacios para la protección de los perseguidos y exigían a los cruzados que fueran capaces de perdonarlos. Nada pudo contener una masacre que no sería la última vez que se produciría, y que para muchos no era sino la purificadora antesala de la heroica entrada en Jerusalén.

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