Espanya triomfant. La posguerra de Eduardo Mendoza

Por . 3 febrero, 2014 en Siglos XIX y XX
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La España de la posguerra experimenta todo tipo de estrecheces, de dificultades materiales. Es un país autárquico, con una economía prácticamente desahuciada, sin expectativas. La sociedad padece o agradece un régimen dictatorial. Hay muertos y hay cárceles repletas, persecuciones que no acaban. En un contexto así no son pocos los pillos que se aprovechan de la desdicha y de la tiranía.

Las clases populares sobreviven entre la represión y la resignación, con hambre, miedos y adhesiones reales o figuradas. Y con alcoholes y otras drogas con las que aturdirse. En este caso, la Iglesia hace un gran papel.

Por su parte, las gentes adineradas, muchas de las cuales jalean al dictador, pueden remontar la circunstancia con licores, capitales y frivolidades: entregándose y dedicándose al ocio y al negocio.

Entre esos dos sectores, entre la alta sociedad y los asalariados, un sinfín de personajes tronados medran o malviven valiéndose de astucias y picardías. Son individuos del Régimen o son purria, gente del montón. “Desde el punto de vista literario no me interesaba tanto enjuiciar una época como describirla”, dice Eduardo Mendoza refiriéndose a la Barcelona de 1947, que es el marco espacial de Una comedia ligera (1996). De dicha novela hablamos, de la posguerra que el autor recuerda, imagina y revive.

  

Mucha impostura

Esa declaración humilde de Eduardo Mendoza, la de limitarse a describir, no da cuenta de la grandeza de la novela, de su complejidad; de los personajes normales o dementes tan bien trazados; de los lenguajes tan bien captados. De hecho, lo que creemos simple y fácil exige un gran trabajo documental y obliga a montar una ficción que parece real como la vida misma. Pero no hay tal cosa: hay arte y artificio que se hacen pasar como imitación o copia.

“Para conseguirlo, me propuse no relatar situaciones, sino reproducir lenguajes“, añade. Con el fin de lograrlo, Mendoza leyó diarios, semanarios, revistas femeninas, novelas, “tanto las buenas como las malas”, precisa. “Estudié el lenguaje hinchado de la retórica oficial (discursos, arengas, soflamas y promulgaciones) y el no menos inflamable de la elocuencia eclesiástica (sermones, pláticas, homilías, meditaciones”. Esto es, se documentó ampliamente, completando dicha investigación con la lectura de piezas teatrales y con la consulta de grabaciones radiofónicas y cinematográficas. Las películas las vio, por supuesto  “en su versión original, es decir, en el pintoresco doblaje español de la época”.

Los caballeros solían hablar campanudamente, con “tono declamatorio” y a las damas se las forzaba: debían expresarse con “un tono aniñado y un punto metálico”. Todo ello convertía dichos lenguajes en locuciones muy artificiosas y a la vez prosaicas, como sucedía habitualmente en las comedias de enredo. En dichas obras, los personajes parloteaban un español de escasa naturalidad, casi inverosímil.

A través del lenguaje, de los lenguajes, prácticamente en un periquete, Mendoza consigue mostrarnos una posguerra asfixiante, rígida, un país que vive en una comedia de sal gruesa o en un drama ordinario, sin un ápice de grandeza: una España sofocada por la moral pacata, por la frivolidad, por el delito, por el crimen; una Barcelona con familias pudientes que veranean en la costa y otras, las de medio pelo, que lo hacen en la montaña.

Nos enseña una sociedad clasista: con gente honrada y con individuos de doble moral; con personajes prácticamente dementes; con señoras intoxicadas por un romanticismo trivial, loco, y con malas mujeres, con mujeres fatales, pecaminosas. La vida transcurre como en una representación artificial, como en un drama o en una comedia desfasadas en las que la verosimilitud no funciona, en las que los personajes parecen principiantes, en las que las bromas no hacen gracia. Mendoza consigue hacer de Barcelona un espacio postizo, de falsedad e impostura.

 

Menudo genio

“Sin la locura, ¿qué es el hombre más que una bestia sana, un cadáver aplazado que se reproduce?”, decía Fernando Pessoa. Ahora ya nos hemos acostumbrado a su genio y a su locura, a esa demencia creativa que le llevaba a multiplicarse en heterónimos, en personajes bien reales con los que diálogos continuos. Pero pensémoslo bien: ese desdoblamiento es sublime por la calidad de sus creaciones. La locura no produce genios necesariamente. El genio es la capacidad para sacar de uno lo que no era previsible; es la habilidad para inventar, sostener y caracterizar una identidad que se ignoraba. Con arte.

Pessoa demostró sobradamente gran habilidad para ser otro, otros, para desdoblarse, cosa que le ponía en el umbral de la locura. Por eso decía que “vivir es ser otro”, algo que tomado en serio es perfectamente real. ¿Acaso es posible ser siempre el mismo? “Ni sentir es posible si hoy se siente como ayer se sintió: sentir hoy lo mismo que ayer no es sentir, es acordarse hoy de lo que se sintió ayer, ser hoy el cadáver vivo de lo que ayer fue la vida perdida”, añadía Pessoa.

“La locura, lejos de constituir una anomalía, es la condición normal humana. No tener conciencia de ella, y que no resulte excesiva, es ser un hombre normal. No tener conciencia de ella, y que sea grande, es ser loco. Tener conciencia de ella y que sea pequeña es ser desilusionado. Tener conciencia de ella y que sea grande es ser un genio”, decía Pessoa. Cómo lo envidiamos. Siempre, eso sí, que la locura no nos reduzca al puro delirio, sino a la alegría transitoria. Imaginamos personajes con los que nos identificamos…, transitoriamente.

Si me pongo pequeñoburgués y sensato, mi recomendación es no asomarse al delirio más que brevemente, sobrellevar una locura que no resulte excesiva. ¿Para qué? Para ser una persona normal, para poder regresar. No aspiramos a más. Durante el tiempo de lectura o de representación, vivimos fuera de nosotros a pesar de que pueda ser propiamente un ejercicio interior. Al creador le sucede algo semejante: está fuera de sí. Recordemos algo trivial: para que el genio literario no se hunda en el delirio, hay que saber volver. Hay que poder volver. Sigmund Freud insistía en ello.

Creo que Eduardo Mendoza, el novelista Eduardo Mendoza, no aspira a más cuando escribe y lee. Sin sentido de culpa. El caballero es un señor de Barcelona que inventa y disfruta de situaciones extremas y alocadas para luego volver manteniendo la compostura y los concordantes. Por lo que parece es un individuo psicológicamente sano pesar de sacar monstruos, fantasmas, muertos, tipos pícaros y dementes. O precisamente por ello.

Vive en una Cataluña que padece desde años un proceso de liberación o de enajenación, según quiera verse. Eduardo Mendoza saca su genio para imaginar un país caricaturesco y real hasta el delirio. Si lo tomamos como artífice de una literatura extrema, entonces podremos entender muchas cosas de la Cataluña real y reciente. Es curioso: en ocasiones, los disparates literarios más exagerados nos sirven para retratar con fidelidad las fantasías más reales e inverosímiles. Punto y aparte.

 

Catalunya triomfant

Los himnos son un resumen y una esperanza, una síntesis del pasado y un plan, las aspiraciones de las naciones, aspiraciones marcadas o dictadas por los patriotas. Esa cosa suele ocurrir generalmente en pleno Ochocientos, aquel siglo en el que se definió el principio de las nacionalidades. En sus estrofas se suelen compendiar lo que los padres de la patria creen que es su país y lo que desean que sea. El himno nacional español carece de letra oficial y así les va a los patriotas de este Estado: experimentan una cierta incomodidad cada vez que escuchan los sones de la Marcha Real. En cambio, Cataluña tiene un himno oficial desde 1993. Rezagado, es cierto, pero más vale tarde que nunca.

En el caso español, el asunto de la letra ya no tiene remedio. Felizmente, los españoles enmudecemos cuando se toca, y a ritmo acelerado o pausado –como prefería Javier Marías en Salvajes y sentimentales– no hay nada que hacer. En cuestión de himnos no es mala cosa que ocurra esto, pues estos sones están pensados para excitar y aunar a los patriotas.

En el caso catalán, como en tantos y tantos ejemplos, existe letra, cuyo origen es remoto, pero su adaptación es plenamente moderna. Data de finales del siglo XIX: alude a un episodio campesino (Els Segadors), aunque la lírica y sus expectativas definitivas son urbanas, burguesas, de esa época de esplendor comercial, menestral e industrial que vivió el Principado en el Ochocientos. Y después. Catalunya triomfant, esas primeras palabras, son referencia a un tiempo venidero y remoto a la vez, ajeno a los enemigos externos. La España contemporánea ha sido un auténtico desastre, básicamente por la Guerra Civil que se vivió y por la durísima posguerra que tocó padecer.

En Cataluña se entró a saco, se sometió a la población contraria, se persiguió a los hostiles y, para más inri, el Ejército que invadía se valió del enemigo interior, del quintacolumnismo. En la posguerra que se inicia en 1939 hay, sin duda, un enemigo externo: funcionarios y empleados públicos que se imponen por la fuerza de las armas, por el aval de las nuevas autoridades franquistas. Pero hay también activos y numerosos colaboracionistas.

Bien mirado, exactamente lo mismo podría decirse de Madrid, del Madrid de la inmediata contienda: un ejército que viene del exterior y que actúa con crueldad y crudeza, con represión y colaboración, con hostigamiento y apaciguamiento. La literatura ha recreado esa circunstancia tan adversa hasta llegar a libros insuperables, como Los girasoles ciegos (2004), de Alberto Méndez.

¿Y Barcelona? Eduardo Mendoza tiene páginas memorables… Las obras de Eduardo Mendoza suelen ser desternillantes, con esa mezcla de humor inglés y picardía española que tan bien sabe componer: la guasa anglosajona y el humor hispano. Tras su aparente sencillez, en sus páginas detectamos un buen oído, la reproducción verosímil de las hablas particulares, de las expresiones de personajes variopintos y dementes. Sí: dementes.

Por otra parte, el mundo en que están ambientadas sus ficciones suele ser el pasado reciente (o incluso remoto). Pero es siempre un tiempo que nos concierne, que aún nos duele. De hecho, los personajes no son sosias nuestros, aunque nos los mereceríamos. Hablan de cosas universales, generales, y tienen problemas locales que aún están vigentes, que todavía están por resolver.

Eduardo Mendoza domina la sintaxis y la zumba, escribe con sorna y circunspección, con gracia y gravedad. Nos da lecciones muy aprovechables. ¿Para entender el pasado? Para entendernos a nosotros mismos. Aquí y ahora.

Precisamente, una de las lecciones más útiles de mi relectura literaria es la que he dedicado a Una comedia ligera (1996). La posguerra española, la vida barcelonesa. ¿La Cataluña triunfante? No hay ninguna conmemoración que me justifique, salvo que Mendoza es uno de los autores que examino y celebro en La imaginación histórica (2012), el volumen que me premiaron la Fundación Lara y la Obra Social de IberCaja. Salvo los galardones que Mendoza recibe; salvo los años que el novelista cumple. Fuera de eso, regresar a Mendoza es puro placer.

 

La España ficticia

Una comedia ligera es una novela ambientada en 1947, en la primera posguerra. En ningún momento se da ese dato de manera directa o explícita, pero el narrador –un relator en tercera persona que nunca se identifica– proporciona distintas pistas para precisar dicha cronología. Lo hace así para que no haya duda alguna. Por ejemplo, Alfried Krupp, un famoso industrial alemán, fue condenado en 1947 en los Juicios de Núremberg: de esa condena se habla en tiempo real en algunas de las páginas de esta novela.

O, por ejemplo, en algún instante el narrador se refiere al estreno español de Gilda (1946), algo efectivamente ocurrido en dicho año: en 1947. Estamos en plena posguerra española, en la Barcelona del estraperlo y de los jerarcas franquistas. Pero en la novela se habla de la bomba atómica y de algún avistamiento en Nevada. Que se sepa: la primera prueba nuclear data de 1951. ¿Es un error, un lapsus, un anacronismo? ¿Acaso mezcla deliberadamente hechos de años diversos para así conseguir una época prototípica?

Los personajes de esta novela hablan con lenguajes arcaicos, frecuentemente cursis y rebuscados, como era propio de la posguerra escénica: chitón, periquete, atiza, diantre, etcétera. Ésas son palabras propias del teatro burgués de entonces.

Quien cuenta en la novela lo hace como un cronista. “Aquel verano se puso de moda entre las mujeres hacer encaje de bolillos”, empieza la novela. No tenemos datos ciertos que corroboren esa afirmación, pero dicho así no tenemos por qué desconfiar del narrador.

La referencia al tiempo, al discurrir estacional, le da fuerza al marco en el que se van a insertar los hechos. ¿Cómo era el invierno? La gente se contaba “los minúsculos pormenores de sus pausadas existencias”. El relator emplea un tono irónico. Quiere simpatizar: simpatizar con el lector, del que quiere confirmación y provocación.

¿Cómo era aquella época?, podríamos preguntarnos. El narrador responde: eran “unos tiempos tranquilos, con pocas diversiones, en los que los días y las horas transcurrían lentamente”. En torno a las mesas camillas y los braseros. ¿Ha habido tiempos así? El relator habla de las casas pudientes, de una sociedad distinguida, de familias sobradas que “veraneaban en la costa”. De ésas habla. ¿Y de las de medio pelo? “Las de medio pelo, en la montaña”.

El mundo era lo tocante, lo concerniente, lo inmediato. O aquello que se veía en la pantalla grande, en las tablas o se escucharía en las ondas. Ni más ni menos: por ejemplo, había películas “de un romanticismo intoxicante y pobladas de mujeres fatales, que levantaban olas de concupiscencia con sus miradas, sus risas y sus bailes”. Olas de concupiscencia: hay que imaginar a damas procaces o a mujeres fatales, efectivamente. En realidad, según precisa el narrador, eran malas mujeres, portadoras del “pecado, la ruina y la discordia”. Uf. Uno hace el esfuerzo de imaginar a seres de esa encarnadura…

 

La vida es puro teatro

De entrada, la novela es una crónica sentimental e irónica de la posguerra. Contada por un narrador omnisciente, la historia es sobre todo la de una caída. Asistimos a la crisis de un tipo de mediana edad y de clase media, Carlos Prullàs: así, con tilde y apellido catalanes y nombre propio en castellano. Es comediógrafo de inspiración clásica, previsible o burguesa: un hombre poco audaz, de imaginación embridada. Está bien casado, con Martita, hija de un magnate: una bicoca, dice su padre. Prullàs tiene a la familia veraneando en Masnou. Como corresponde a la gente de posibles.

Y tiene un Studebaker que luce con naturalidad: el automóvil característico de un potentado. Prullàs es, en efecto, un señor, un “señorito tronera de su tiempo (según lo juzga su suegro). Tiene cierto lío con alguna joven de vida alegre a la que seduce, la señorita Lilí Villalba: una joven de mucha facundia que aspira a hacerse un lugar en las tablas y que habla como un personaje de melodrama.

Y tiene algún otro lío con cierta dama decente a la que conquista: Marichuli Mercadal. ¿Quién es? Una pelirroja despampanante (en opinión de algunos), esposa de un eminente cirujano, un individuo borrachín: Rafael Mercadal. O esposa de un eminente berzotas, según el diagnóstico del propio Prullàs. Es una mujer algo tronada, con hondo desconsuelo y de tendencias suicidas, una señora creyente que peca con la carne y con el pensamiento para luego lamentarse.

Expresado en estos términos, parece que Una comedia ligera es el relato folletinesco y previsible de un adulterio. O de dos adulterios. Discretos, eso sí. Y parece la historia simple de un crimen. En el género novelesco, los cuernos y los muertos son tradiciones bien asentadas. Aquí, quien cuenta parece creer el relato complaciente de aquella Barcelona. Todo es muy espiritual e inspirador.

Sin embargo, a partir del segundo capítulo viene el contraste… En todo caso, el narrador detalla episodios de personajes que diríamos salidos de una ficción de enredo: o del TBO, de La Codorniz y del teatro humorístico de posguerra. Los caracteres, los individuos, parecen ser conscientes de su artificialidad: o al menos los actores, como Mariquita Pons, a la que siempre el narrador llama “la célebre actriz”. Es ciertamente alguien de mucha notoriedad. “¿Quién es realmente?”, se pregunta el comediógrafo Prullàs: o, mejor dicho, el autor dramático, según gusta presentarse. “¿Una famosa actriz en el ocaso de su juventud, que sólo anhela agradar y ser querida por su público?, ¿la dama que descuella en los salones por su encanto y su desparpajo?, ¿o cada uno de los personajes que es capaz de encarnar?

Hay burla, broma, en todo esto. ¿Cómo puede alguien llamarse Mariquita Pons? El teatro y la realidad se confunden en la novela. Como en la posguerra real: el horror y el humor, la persecución y la irrisión. El personaje principal es Prullàs. Vive como puede su declive artístico, qué pena: el drama se renueva y él sigue escribiendo piezas de sofá, de salón, de ambiente burgués, comedias costumbristas. O “sainetes tontos”, según su propio director de escena.

¿Cómo se titula su última obra, aquella de la que hay ensayos en esta novela? ¡Arrivederci, pollo! ¿Qué es esa cosa de rótulo tan ridículo? “Se trata, como todas mis obras, de una intriga policiaca en clave de humor”. No es Calderón de la Barca. Puede que sea un auténtico petardo, según admite Mariquita Pons: tiene el tono ridículo de las piezas de entonces, con chistes malos o previsibles. “A ver, ¿por qué es un petardo…?”, pregunta Prullàs en plan retador.

La respuesta no deja opción: “Porque el argumento es forzado, los personajes son inverosímiles y los chistes son más viejos que la sarna”, concluye Pons. No, dice Prullàs: “…la trama es ingeniosa, el desenlace es sorprendente y los chistes son tan graciosos que yo mismo me río al oírlos”. ¿Chistes? Sale un tartamudo, algo previsible… Sí, pero, hasta ahora, a los espectadores les ha gustado: “con el material más deleznable”, dice el director de escena, “hemos acabado levantando un éxito, y esta vez no va a ser de otro modo”. ¿Y ello? Ello gracias al “artificio de las sombras”.

Pero, eso sí, no debe confundirse con el cine, arte en el que “todo es falso” y que Prullàs no entiende: ¿”…unas fotografías que hablan?”, se pregunta con sorna. Es más: “en el cine americano la gente se llama de un modo imposible de recordar y vive todo el año en casas de veraneo”. Eso dice, paradójicamente, Prullàs, acostumbrado a inventarse situaciones y personajes ficticios. Sin embargo, replica Mariquita Pons, “a las personas normales les gusta soñar que viven en una casa de dos plantas, con porche, garaje y jardín. También les gusta soñar que no se llaman Pérez ni García”. Resulta paradójico –o cómico– que Mariquita deba explicar esto a Prullàs. ¿No ha comprendido que necesitamos la ficción? “Las personas viven dentro de una película continua que se proyecta en el interior de sus cabezas”. En Barcelona o en París.

 

Espanya triomfant

De Eduardo Mendoza podríamos decir lo que el doctor Mercadal dice de Prullàs: “admiro su ingenio, pero no sólo eso. Admiro también su penetración psicológica, la maña que se da para pintar personajes tomados de la vida misma. Todo bajo una apariencia frívola y desenfadada, como debe ser, sin prosopopeya”. Quien dice esto es un tipo cornudo, un individuo que apura whiskies sin parar, un hombre que elogia a quien se beneficia a su mujer… No ve el engaño de su esposa (o sí que lo ve, pero no lo quiere impedir): una señora que no está bien de la cabeza, de carácter inestable. Esto es lo que da de sí la Barcelona de posguerra. Al menos en los ambientes más distinguidos.

Pero el personaje más sobresaliente es don Lorenzo Verdugones, vaya apellido para un alto cargo. De verdad, es un tipo temible: olfatea el delito político, se adelanta a las traiciones y sospecha, siempre sospecha en una Barcelona de posguerra, nada triunfante. Desconfía, mira con recelo a unos catalanes que untuosamente se adhieren al Régimen y duda de las gentes de la farándula, siempre tan obsequiosas con el Gobierno Civil y las autoridades. Sabe de crímenes y de literatura, de teatro y de engaño, de comedias y de tragedias. Habla con un lenguaje hinchado, muy retórico y campanudo.

La España de aquel tiempo es mezquina, con familias distinguidas de poco fuelle entregadas a la dictadura, con pobretones sin esperanzas, con jerarcas amenazantes. Todo es ceguera, expectativa incierta y miedo: de aquellas torpezas y de aquella artificiosidad nos reímos hoy. Menos lobos… No tenemos por qué sentirnos mejores ni superiores. Ahora, con frecuencia, con periodicidad, nos dicen que corremos el riesgo de regresar a aquellos tiempos, de retroceder a un país menesteroso y sin recursos. O a un país ficticio.

No lo descartamos. Sólo nos falta la reaparición del estraperlo, del mercado negro. O de la corrupción masiva… ¿O ya están? Sólo nos falta la presencia de gentes como don Lorenzo Verdugones, políticos que se apoyan en la debilidad de los otros. O sólo nos faltan la sorna, el dolor y el genio de un cronista como Mendoza, alguien que haga el retrato y el escarnio de una España opulenta y ostentosa, una España ficticia: un país ahora tutelado que se encomienda a la superioridad. O a Dios. Espanya triomfant, volverá a ser rica y plena.


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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  1. gravatar Justo Serna Responder
    febrero 4th, 2014

    Agradezco mucho esa precisión. Un detalle de esta naturaleza prueba la exquisita tarea de documentación de Eduardo Mendoza.

  2. gravatar Henty Amenty Responder
    febrero 3rd, 2014

    No es que se pusiera literalmente de moda el encaje de bolillos, lo que pasa es que en 1947 se estrenó con enorme éxito la revista musical “La blanca doble”, con música de Jacinto Guerrero y libreto de Paradas y Jiménez, uno de cuyos números más famosos fue este llamado del encaje de bolillos… https://www.youtube.com/watch?v=0YDRFCYepME