Haciendo Historia, con John H. Elliott

19 feb, 2014 por



John Huxtable Elliott. La primera vez que escuché hablar de él fue hace ya algunos añ… algunas décadas, cuando yo era un estudiante de la madrileña Universidad Autónoma. De él no, de su libro, El Elliott, de uno de ellos quiero decir, España y su mundo. 1500-1700 se llamaba. Y sobre ese y sobre todos los demás escribe el insigne profesor e investigador británico en su hermoso Haciendo historia, su recorrido por su producción historiográfica, su viaje a través de su propia mirada de historiador, a lo largo y ancho de su larga y apabullante labor de historiador grande entre los grandes.

Un libro, hay que decirlo, espléndidamente escrito, porque está además magníficamente traducido por Marta Balcells, y perfectamente editado (con sus referencias bibliográficas correctamente presentadas en sus traducciones españolas, y demás detalles de editor bueno); un libro que merece ser leído por el placer de leer a un narrador que además analiza con criterio y conocimiento de causa.

Haciendo historia

John H. Elliott.

Traducción de Marta Balcells (revisada por el autor).

Taurus, 2012.

304 páginas.

 

Aquí me voy a centrar únicamente en esa mirada de historiador que reflexiona sobre un oficio, el suyo, el de gentes como Elliott.

Comienzo por una aproximación a la visión que de la Historia tiene el historiador británico:

“Creo que la teoría es menos importante para escribir buena Historia que la capacidad de introducirse con la imaginación en la vida de una sociedad remota en el tiempo o el espacio y elaborar una explicación convincente de por qué sus habitantes pensaron y se comportaron como lo hicieron”.

Convincente, una explicación convincente. Eso es lo complicado, y John lo entendió hace tanto tiempo… Como conoce lo necesario que es saber usar ese músculo veleidoso que es la imaginación. Precisamente, para eso nos ilustra con una ya célebre (si no lo es, acabará siéndolo) sentencia de otro británico, el escritor Leslie Poles Hartley: “El pasado es un país extranjero, allí hacen las cosas de otra forma”. Frase, más que ingeniosa, inteligente que nos avisa de que, como dice Elliott, “las aparentes similitudes entre el pasado y el presente pueden ser una trampa mortal”. Una trampa que él ha rehuido siempre que ha podido.

Un inciso, para dejar constancia explícita del magisterio de J. H. Elliott nada como leerle explicar por qué se dedicó al estudio del pasado de otro país distinto del suyo, por qué ese país fue España y cuál es la síntesis de la historia de España a su modo nada apresurado de ver:

“He aquí un país y un pueblo cuyo pasado vio la construcción y posterior deconstrucción de complejas relaciones religiosas y étnicas al estar en la encrucijada de los mundos del cristianismo, el judaísmo y el islam, un país que tomó la delantera entre las potencias europeas en conquistar y gobernar un inmenso imperio de ultramar y que ha intentado con insistencia, sin llegar a conseguirlo nuca del todo, reconciliar las exigencias contrapuestas de la unidad y la diversidad en su propio territorio, y un país cuyos logros religiosos, culturales y artísticos a lo largo de los siglos han realizado una contribución riquísima, aunque a menudo controvertida, a la civilización humana […] ¡Afortunado el historiador cuyo país de elección tiene tanto que ofrecer!”.

¿Qué es lo que tiene delante un historiador? ¿Contra qué combate o a qué ha de mirar frente a frente? Elliott lo tiene bastante claro:

“El reto al que se enfrenta cualquier historiador ambicioso es a aprehender las características de una época de modo que las acciones y comportamientos humanos resulten comprensibles, combinando el análisis y la descripción sin perturbar la fluidez narrativa. Al final, siempre quedará un poso de decepción. Ninguna narrativa llega a ser enteramente exhaustiva, ninguna explicación total, y el equilibrio entre la descripción y el análisis es exasperadamente difícil de conseguir, lo mejor que se puede esperar es una aproximación tan cercana a la reconstrucción convincente de periodos, personas y acontecimientos pasados como permitan los testimonios conservados, una reconstrucción además, que esté presentada además de manera tan eficaz para atraer y mantener el interés del lector”.

Ciencia sí, ciencia no. Es un debate al que no parece hincarle el diente Elliott, aunque no aparenta ser muy favorable de situar a la disciplina que tan bien conoce del lado de las matemáticas o de la astrofísica. En ese sentido, “los historiadores, además, están programados ­nos dice el hispanista británico­ por su formación para centrase en circunstancias o acontecimientos únicos y tienden por intuición a ser escépticos hacia cualquier cosa que se refiera a leyes generales. Toda ley general propuesta por las ciencias sociales tiene de algún modo la manía de chocar contra un hecho inconveniente.” Y un historiador no puede ser nunca como esos periodistas que consideran que la realidad no puede estropearles una buena noticia. Con la Historia, la de verdad, la que elaboran los historiadores, no se juega, porque sin realidad no hay Historia. Hay novela.

Para el historiador británico hay de alguna manera dos tipos de historiadores, dos formas de hacer Historia, de escribirla: de un lado estarían los historiadores agrupados, de otra los fragmentadores. Los unos se equiparan a los paracaidistas de que hablara Emmanuel Le Roy Ladurie, los otros a los buscadores de trufas aludidos por el historiador francés. Si los primeros cubren mucho terreno, los segundos excavan para encontrar un tesoro enterrado.

Y si es que hay dos tipos de historiadores habrá dos tipos de planteamientos de la labor historiográfica. Sí. Los agrupados-paracaidistas son más “de grandes pinceladas”, utilizan herramientas “de grueso calibre y gran alcance”. Y los fragmentadores equivalen a los pintores puntillistas y emplean un planteamiento “intensivo, con un enfoque muy próximo”.

Las diferencias entre ambas escuelas o actitudes responden a “un eco de la tensión entre lo general y lo particular en la escritura de la Historia”.

No obstante, Elliott admite que la falla entre ambos tipos no es abismal ni perfecta, pues muchos historiadores son capaces de adoptar ambas perspectivas, pues ambos enfoques no son incompatibles, o no han de serlo. Se exige la síntesis entre la una y la otra, una síntesis que derrote a la extrema profesionalización y al enorme incremento de historiadores que ha fomentado la esfera y el enfoque fragmentario. Esta es la llamada para navegantes con que de alguna manera despide Elliott lo esencial de su libro.

Por cierto, y como colofón, no me resisto a reproducir lo que uno de los más grandes escritores españoles dijo de este libro y que tomo de la ficha técnica que la editorial Taurus muestra en su página web.

«John Elliott ha publicado un libro que es en parte una memoria personal y en parte una reflexión sobre el oficio al que ha dedicado la vida. La calidez y la viveza de las rememoraciones es tan seductora como el rigor intelectual en el examen de las posibilidades, los límites, los márgenes de error e incertidumbre del conocimiento histórico

Antonio Muñoz Molina, El País.

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2 Comentarios

  1. Buenas noches :

    Que buena pinta tiene el libro del maestro Elliot Tendré que apuntarlo en la lista de futuras lecturas.

    Un saludo.

    Posdata: no exageres José Luis, que seguro que no fueron hace tantos años..

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