Los demonios del Libertador

Por . 26 febrero, 2014 en Reseñas
Share Button

Ediciones Rubeo acaba de publicar 7 relatos históricos, un volumen que incluye exactamente eso… siete cuentos situados en un pasado reconocible.

Grigori, de Vidal Fernández; Recuerdos de un voluntario catalán, de Luis de Peñaranda; El sitio de Gerona, de José Antonio Quesada; El tirador, de Macarena Sánchez Ferro; Una nueva colonia, de Lola Sánchez; KV62. La tumba intacta del “niño faraón”; y Los demonios del libertador, de uno de nuestros autores, Francisco Martínez Hoyos, que recientemente acaba de publicar asimismo su ensayo La Iglesia rebelde.

En la cuarta de cubierta de este libro podemos leer los trasuntos históricos de varios de esos relatos:

“Los últimos días de la siniestra figura de Rasputín, un complot para asesinar a Napoleón antes de la batalla de Waterloo, la amarga memoria de un libertador americano, la heroica resistencia del pueblo de Gerona ante el invasor francés…

El gélido San Petersburgo de los zares o las ardientes arenas de África son algunos de los escenarios donde se desarrollan los relatos históricos de esta antología que trasladarán al lector a un pasado épico, asombroso y cautivador”.

Anatomía de la Historia

 

 

A continuación reproducimos por gentileza de Ediciones Rubeo el relato escrito por Martínez Hoyos.

 

 

Los demonios del Libertador

−Bochinche, bochinche… Esta gente no sabe hacer sino Bochinche.

Con esta especie de maldición bíblica, el generalísimo Francisco de Miranda depuso su espada y se entregó a sus antiguos colaboradores, sin molestarse en disimular un rictus de… ¿amargura? ¿asco? La escena la habían repetido una y otra vez los cronistas, deformándola, añadiendo aquí y allá detalles que supuestamente acentuaban el efecto dramático. Pero tú habías estado allí, Simón. Tú habías experimentado en carne propia lo que permanecía inaccesible a la elocuencia de los historiadores: el silencio que sucedió a las palabras de tu antiguo jefe, a la manera de un “consumatum est”. El conspirador Miranda, el generalísimo Miranda, el hombre mundano que brillaba en las cortes y seducía a las reinas –también a las criadas, que en eso también fue siempre muy democrático–, con su verbo florido y sus citas a los antiguos clásicos, se desvanecía para siempre. Nacía el mártir. Gracias a ti, Simón. Porque todo Cristo necesita a su Judas para que su plan, ese designio que bulle en su mente, que palpita en su corazón, desde el instante mismo de su nacimiento, alcance una dimensión tangible.

Miranda, a la postre, había vencido en la carrera de ambos hacia la gloria. Hasta el fin de los tiempos, todos reverenciarían al héroe que se consumió entre los miasmas de una oscura prisión gaditana, sin espacio para moverse, ni apenas luz para que se ejercitaran sus ojos. ¿Por qué será que los perdedores nos producen esa extraña fascinación? Los que mueren de pie, por supuesto. A ti, el legendario Bolívar, el Libertador, el hombre de las dificultades, la esencia más pura del macho americano, te aguardaba un destino mil veces peor. Habías ganado incontables batallas, cortado las cadenas de venezolanos, colombianos, ecuatorianos, peruanos, bolivianos, saltando de caballo en caballo y de hembra en hembra… sólo para ver cómo tu obra se desmoronaba como un gigante abatido por las dentelladas de infinitos lobos. Sin que pudieras hacer nada para impedirlo, prematuramente envejecido, arrojado a las tinieblas del ostracismo sin apenas tiempo para digerir las veleidades de la fortuna. Enfermo, abatido, con la cabeza medio perdida por la fiebre, te decías que el viejo Homero tenía razón. Somos nosotros los que, con nuestras locuras, atraemos infortunios no decretados por el destino. Alejandro, al menos, se salvó de apurar el veneno de ese cáliz: favorito de la fortuna hasta en eso, el macedonio criaba malvas cuando los ambiciosos de sus generales se desollaban por un palmo de tierra más, un palmo de tierra menos. Debiste hacer caso a tu preceptor y tocayo, Simón Rodríguez, cuando te dio a leer aquel gran poema del siglo de oro castellano: “Qué descansada vida la que huye del mundanal ruido…”. Claro que para ti una vida lejos de la vorágine de la historia no merecía ni siquiera considerarse.

Judas traicionó a Nuestro Señor por treinta monedas. Aseguran los cínicos que todos tenemos un precio. ¿Fue el tuyo ese pasaporte que te expidió el jefe español, Monteverde, luego de la caída de la Primera República, esa republiquita “aérea” donde los legisladores, esos pozos de ciencia, no tocaban con los pies en el suelo ni que los azotasen? Andando el tiempo proclamarías que no entregaste a Miranda por servir al Rey, sino para castigar a un traidor. Y eras sincero, Simón. Eras sincero. Sólo que un hombre calculador como tú no renuncia a sacar todo el partido de las situaciones, lo mismo que un jugador de naipes no abandona la mesa cuando está ganando. Si podías darle su merecido al comandante que os había llevado al desastre y, al mismo tiempo, obtener una gracia del enemigo con la que salir por pies del país, sabiendo como sabías que pronto iba a devenir irrespirable, sometido a las canallescas acometidas de la reacción, ¿por qué no matar dos pájaros de un solo tiro? Sólo los fanáticos, esos espíritus a los que su rectitud vuelve ineficaces, a fuerza de dar la espalda a la realidad, harían un caso de conciencia de algo tan diáfano. La política es muchas veces eso, elegir entre Guatemala y Guatepeor. Nada que los escrupulosos, los que se la cogen con papel de fumar, puedan entender.

Ahora que el mal destrozaba tus pulmones, seguías, como siempre, procurando hacerte el duro. En la Hacienda, quién lo iba decir, de Joaquín de Mier, un español, uno que se había sumado con entusiasmo a vuestra causa, para desconcierto de quienes aún veían en los hijos de la madre patria, más bien de la madrastra patria, a una caterva de vampiros reaccionarios. Huiste siempre de cualquier atisbo de fragilidad humana… Tal vez por eso no quisiste entregarte demasiado tiempo a ninguna mujer, para no sentirte débil entre la ternura de unas manos cálidas e incondicionales. Sí, debías ser fuerte. Aunque no engañabas al doctor Reverend, ese francés simpático que te atendía por pura admiración, sin pensar en honorarios. El buen galeno, pendiente de ti todas las horas del día y de la noche, sabía perfectamente que sólo cuando te quedabas solo, entonces sí, te permitías un mínimo quejido. Siempre fuiste así con los problemas del cuerpo y del alma, hasta llegar por el propio peso de las cosas a tu actual estado. Reverend, con su habitual lucidez, dio con el diagnóstico exacto: “padecimientos morales”. Los propios, naturalmente, de un padre de la patria ante la ingratitud inconcebible de sus hijos, que tú soportarías con ese punto de estoicismo que aprendiste en los clásicos. No ibas a reconocer, en ese momento supremo, que echabas de menos a tu antiguo generalísimo y que, de tener aún fuerzas, no te hubiera importado iniciar otra guerra sólo por el placer de discutir en un vivac, al calor de una hoguera, sobre quién merecía más los laureles del triunfo, si Octavio Augusto o Marco Antonio.

Había transcurrido una eternidad desde que llegaste a Londres, en 1808, como un apóstol en busca del Mesías. La Junta de Caracas os había comisionado a López-Méndez, a Andrés Bello y a ti para que representarais a los criollos ante el gobierno de Su Majestad, en aquel momento incendiario en el que las bayonetas de la Grande Armée ensartaban a la decrépita España. Por aquello del noblesse oblige, tú, el joven retoño de los poderosísimos y riquísimos bolívares, corriste con todos los gastos para que ningún maledicente dudara de tu celo patriótico, pero sobre todo porque un buen patricio siempre hace gala de su munificencia. ¿Había que ser prudentes en medio de la tempestad? Los mandamases de Venezuela así lo creían. Ellos eran, ante todo, fieles vasallos de don Fernando VII, obsesionados con que al pueblo le pudiera dar por instalar guillotinas y pasar cuentas. A ti, tanto servilismo, tanta miopía, te producían arcadas. Lealtad, monarquía, orden…. ¡Acaso necesitabais pedir permiso para sacudiros tres siglos de esclavitud! Las viejas palabras habían perdido todo su significado y era el momento de tomar al asalto el Templo de la Libertad. Audacia, Audacia, siempre audacia. Si el consejo de Danton servía para la Francia revolucionaria… ¿Por qué iba a ser América una excepción a tan sensata regla?

Precisamente porque el país de la escarapela tricolor os inspiraba espanto, con sus jacobinos antropófagos que se deslizaban en las pesadillas de las señoritas bienpensantes, la directriz estaba muy clara. Os apartaríais de Miranda, ese individuo sospechoso, inficionado de ideas radicales. Ese masón, ese ateo. En los círculos de la aristocracia mantuana se deslizaban comentarios desaprobatorios sobre su actuación como general de la República sin que nadie se detuviera en sutilezas… ¿Jacobinos? ¿Girondinos? Todos una caterva de impíos. De gentuza, en resumidas cuentas. Lo mismo que la familia a la que pertenecía aquel conspirador internacional, la de un vulgar tendero. ¿Ese era el hombre que pretendía gobernar Venezuela? Los de siempre la preferían mil años bajo el dominio idiota de los españoles. Tener diez apellidos y una carroza de oro con la que acudir a las misa del arzobispo no otorgaba, per se, la grandeza de alma que auscultabas, Simón, en los héroes helenos, pero sí un sentido muy claro de las prioridades. Antes el yugo de Madrid que el de los pardos y los negros.

El vuestro fue un amor a primera vista, cosa rara entre dos gallos encantados de haberse conocido, acostumbrados a ser el centro de todas las miradas, a acaparar las atenciones sin remordimientos. Recordabas con precisión su domicilio en Grafton Street, el heráldico nombre de cierta acomodada arteria londinense, próxima a la hermosa plaza de Fitzroy Square. La mansión no estaba mal para pertenecer a un exiliado: sótano, planta baja y tres pisos decorados con la delectación de un auténtico sibarita. No pudiste evitar preguntarte quién pagaba las facturas de aquellos elegantes candelabros, del busto de Homero o de los exóticos grabados chinos. Pero, a fin de cuentas, ¿quién eras tú para cavilar sobre el uso de los fondos reservados? Era el momento de disfrutar de la nutrida biblioteca de tu anfitrión, donde abundaban los libros prohibidos por el Santo Oficio o las ediciones de lujo. A los dos os apasionaban los clásicos griegos y latinos, de los que podías departir horas y horas. Miranda te parecía a veces demasiado monotemático con su obsesión por Virgilio, un poeta que le acompañaba desde sus años mozos, cuando estudiaba en la Universidad de Caracas. “La única esperanza es no tener esperanza”, le gustaba declamar con su sentido innato de la teatralidad. Y en latín, porque esa era la lengua de todas las perversiones, según aseguraba con un brillo de picardía en los ojos. Monotemático, sí, pero sólo porque sus conocimientos excedían en mucho a los tuyos, que tampoco eran lo que se dice despreciables. Tu inmensa fortuna de niño bien no había podido superar el ansia lectora del hijo del comerciante, al que la cultura le resultaba tan vital como el aire, desde la jubilosa gratuidad del que nunca rebajaría el saber a un mero vehículo de lucimiento. Pero entonces, antes de que ambos perdierais la inocencia, antes de la memoria fuera el único rescoldo de vuestros sueños, todo eran sonrisas y palabras cordiales. Aún no habías descubierto cuánto le envidabas. Tú aún no lo sabías, pero Sarah Andrews, ama de llaves de Miranda y madre de sus hijos, se dio cuenta con el sentido común de la gente del pueblo.

−Hay algo en ese muchacho que no me gusta, Pancho.

Miranda soltó una carcajada. ¡Cosas de Sarah! Siempre juzgando al prójimo en función de su aspecto. Aquel era un joven prometedor, al que le unía una comunión absoluta de ideas. No, la envidia era un sentimiento demasiado mezquino para un espíritu tan claramente superior.

Te retorciste incómodo sobre una amplia almohada blanca. Los recuerdos te crispaban y con el mal del alma se agravaba el del cuerpo, reducido a un envoltorio cadavérico por la implacable tuberculosis. Aún te quedaban fuerzas para una respiración profunda y una mirada de circunstancias sobre aquella relación que terminó de forma abrupta. Sin tiempo para clarificar con el generalísimo las diferencias que os habían separado. Por un lado, aunque él llevara casi quince años muerto, el veneno de la añoranza se apoderaba de ti y te consumía aún más. Otras veces, sin embargo, le hubieras escupido la sangre impura que brotaba de tus pulmones. ¿Habías hecho bien en aquel lejano 1812? En aquellos momentos, cegado por la pasión y por el remordimiento de no haber estado a la altura de las graves circunstancias, no dudabas que Miranda fuera lo peor que se puede ser, un traidor a la patria. ¿Por qué, si no, desistía del combate cuando aún le quedaban seis mil soldados? Pese al agotamiento en el que te sumía la enfermedad, aún podías distinguir, Simón, la voz de una esclava que anunciaba la llegada de dos de tus hombres, recién venidos de tu añorada Venezuela, en la que el general Páez, el centauro de los llanos, te volvía la espalda para clavar una estocada definitiva al sueño de la Gran Colombia. Otro que se envolvía bajo el manto del patriotismo para ocultar su ansia desenfrenada de poder. ¿Qué nuevas portarían? A ver si mañana estabas en condiciones de recibirlos, porque no ibas a dejar que te vieran en medio de semejante postración.

A través de la ventana de tu habitación se colaba el poético aroma del recio tamarindo que presidía la Hacienda, en medio de un primoroso jardín, mundo aparte rodeado de la sordidez de la plantación, el altar dedicado a las ofrendas de los blancos para que la diosa azúcar les fuera propicia. Aquella fragancia te distrajo de tus reflexiones semiagónicas, aspiraste el perfume de las nostalgias que te sobrevivirían, vista su resistencia a morir, y, por un momento, te contemplaste en la mansión señorial de tus padres: estabas bajo la sombra de otro tamarindo, que creías haber olvidado, refugiado en su frondosidad de los imperativos de tener que ser siempre tú, el más listo, el más valiente, el más hombre. Una sirvienta mulata te portaba una taza de humeante chocolate, tras la árida lectura de un libro de gramática. Años después, tus enemigos dirían que ocupabas el tiempo en azotar caprichosamente a los esclavos, niño engreído. La verdad era más sencilla: simplemente gozabas de la felicidad en un universo en el que los días transcurrían con morosidad, ajenos los cataclismos en los que Europa y América se hallaban inmersas y que iban a prolongarse por tanto tiempo, toda una vida en la que apenas habías prestado atención a algo que no fuera la política o los ojos de una mujer. Política, política… ¡Ese conjuro maligno que en América volvía ingobernables a los pueblos!

El chocolate de tu infancia no tardó en esfumarse, desplazado por las demandas imperiosas de la actualidad. No te sentías con fuerzas ni para una conversación corta, pero querías saber qué ocurría en tu Venezuela querida. ¿Le informarían aquellos exiliados? Porque estaba claro que nadie, en días, haría un viaje tan peligroso si no era para escapar de algo. La propaganda de Páez había surtido efecto y todos le veían ahora como un salvador mágico. Venezuela no es Colombia, vociferaban. Tu nombre, Simón, sólo despertaba burlas, comentarios obscenos, escandalosas ingratitudes de los que nunca hubieran sido hombres libres de no ser por ti, a los que adecentaste y diste el regalo más precioso, el de la dignidad. Ahora –¡oh, caprichos de la fortuna veleidosa!–, ajenos a los favores pretéritos, si se dignaban a mirar tu retrato era con el horror de quien contempla las pústulas de un leproso.

Tras una mala noche, la curiosidad se impuso a la sensatez del doctor. Escuchaste con atención las noticias y, cuando te refirieron, con expresión incrédula, la reciente conspiración monárquica de Puerto Cabello, apretaste en un gesto mecánico tus manos huesudas. Aquel era un escenario infausto que hubieras querido proscribir de la memoria. El coronel inexperto y petulante que una vez fuiste se dejaba arrebatar una plaza estratégica, con lo que el rumbo de la guerra se torcía a favor de los españoles. No sabías dónde esconderte, cómo implorar perdón por la Venezuela que se perdía entre tus manos. Poco después, Miranda capitulaba en San Mateo. Venezuela est blessé au coeur. El muy pedante, siempre posando para la posteridad con el rostro más erudito, aunque después, a la hora de la verdad, no conociera gran cosa del mundo y de la guerra más allá de los libros. Si se hubiera dignado a enviarte refuerzos, cuando aún era tiempo, tal vez la historia se habría escrito de muy distinta manera. ¿Refuerzos? No se te ocultaba, Simón, que las maltrechas tropas de la República menguaban de día en día, incluso de hora en hora, castigadas por las deserciones. Bastante hacía tu jefe con evitar, más bien contener, un sálvese quien pueda generalizado. Sí, todo eso lo sabía algún rincón de tu cabeza que el corazón se afanaba en disimular en cubrir con siete velos de culpa, resentimiento, impotencia, angustia, miedo, mentira y, por más que hubieras tratado de olvidarlo, también de cobardía.

Los españoles habían prometido la amnistía, pero tú, Simón, aunque entonces aún eras muy inocente, no lo eras tanto para fiarte de aquella bestia parda del gobernador Monteverde. Como en todos los grandes naufragios, las ratas eran las primeras en abandonar el barco desvencijado de la República. Con un protocolo para los casos de emergencia que aplicaban con implacable precisión: después de poner el dinero a buen recaudo, con preferencia en la celda de un convento donde profesara alguna de sus hijas, acudían presurosos a presentar sus respetos a la autoridad, siempre con una buena bolsa a modo de donativo, que una prudencia secular les había enseñado a sacrificar lo chico para salvar lo grande. Entre tanto, los verdaderos patriotas corrían a esconderse o, si podían, a salir del país. Miranda se encaminó al puerto de La Guaira, donde le esperaba el barco inglés que había de ponerlo a salvo, la Sapphire. Varios mozos de carga se afanaban en subir a cubierta las cajas y cajas de su interminable archivo, el registro de toda una vida: viejas cartas de ministros y amantes, cuadernos con sus puntillosas anotaciones sobre Roma o Moscú, partituras para flauta, recetas con queso o remedios para la gonorrea… En aquellos momentos, salvar aquellos legajos le importaba más que salvarse a sí mismo. Sentía que, sin aquella montaña de documentos, su vida perdería la sustancia, desprovista del armazón que le proporcionaba coherencia. Sí, había que resguardar esos papeles, de la codicia de los españoles o del martilleo de la lluvia que ofendía con obstinación los apresurados embalajes.

Aún faltaba mucho para que bajara el telón de la gran tragedia que habría de venir. El generalísimo, confiado, se alojó en la casa del jefe militar de La Guaira, un individuo de nombre rimbombante, Manuel María de las Casas, a quién él mismo había nombrado. Con tu mejor cortesía, Simón, sugeriste a Miranda que pasara allí la noche, para reponer fuerzas antes del largo viaje que le aguardaba. A donde pudiera continuar la lucha, no importaba si en Jamaica o en Londres. Las Casas, con una expresión sutilmente mefistofélica, se unió a la pantomima. Era el típico oficial apto para lucir las charreteras en los desfiles y arrancar suspiros a las damas, muy capaz de envolverte con la tela de araña de sus maneras obsequiosas, siempre con una sonrisa para todo el mundo… ¡Lo bastante amplia como para disimular la inanidad de su espíritu! Aunque eso debiste saberlo entonces, Libertador. Ahora ya da lo mismo. De tu otro compinche, Miguel Peña, preferías no acordarte. Había traicionado a Miranda y te acaba de traicionar a ti, al gran Bolívar, al unirse a esos provincianos que buscaban separar Venezuela de la Gran Colombia. Claro que, de un leguleyo, uno podía esperar cualquier cosa, sobre todo la traición. Dos viejos amigos, Peña y José Antonio Páez, ese bruto sólo bueno para montar a caballo, al que habían convencido sin mucho esfuerzo de que tenía madera de estadista, contra ti. ¿Qué fue de aquellas noches de sábado, proyectando entre copas de vino francés el porvenir de la patria? Los dos, más vivos que el hambre, aspiraban a figurar en el nuevo Estado. Ambición. Sólo ambición. Pobre e ingobernable América. Pero pronto no tendrías que presenciar ni estas ni otras calamidades, porque los pulmones te iban a estallar cualquier día, liberándote a ti, Libertador, de esa larga cadena que te ataba a la Historia, esa amante ni tan bella ni tan dulce como habías imaginado.

El viejo Miranda se retiró a su aposento, confiado. El capitán de la Sapphire, un tal Haynes, tenía prisas por embarcar, pero, como no era capaz de hablar claro y no pudo extraerle algo más allá de una insinuación genérica, optó por no hacerle caso. Desde joven, los hicopondríacos le impacientaban. Ni por asomo intuía que, a mitad de la noche, Bolívar, Peña y Las Casas tocarían a su puerta, armados, para prenderle. Con la seguridad infame de los que saben que no han dejado ninguna escapatoria. Aún con la cabeza turbia por el sueño, Miranda cogió una linterna y los fue reconociendo uno a uno, con la misma mirada glacial que Nuestro Señor debió dedicar al Iscariote. Sabía que no saldría de allí como hombre libre. ¿Habías escogido, Simón, el lado correcto? Tú jefe ya te había dicho que, si perdías tres batallas, le negarías tres veces.


Share Button

Nací en Barcelona, en 1972, hijo de murciana y granadino. La mayor parte de mi trayectoria profesional la he dedicado a analizar el progresismo cristiano, con una tesis sobre la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y una biografía de Alfonso Carlos Comín, el de cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia, así como La Iglesia rebelde para Punto de Vista Editores. Sin embargo, en los últimos tiempos, mi interés se ha desplazado hacia América Latina. En el especial el periodo de las independencias, con mi biografía sobre Francisco de Miranda (Arpegio, 2012) o Heroínas incómodas (Rubeo, 2012), el libro que he coordinado sobre la mujer en las emancipaciones. A su vez, me atreví a entrar en el terreno narrativo con una travesura titulada Los españoles iban de gris (Rubeo, 2011). En cuanto a gustos, si algo me define son The Beatles, los Simpson y Perú. Y, naturalmente, la investigación histórica.

Participa en la discusión

  • (no será publicado)

  1. gravatar Estelio Mario Pedreáñez Responder
    junio 4th, 2014

    Simón de Bolívar, entonces Coronel, comandó el 30 de julio de 1812 el grupo de militares patriotas que arrestaron en La Guaira al Generalísimo Francisco Miranda, quien fue puesto en prisión y quien ejercía el mando militar en La Guaira era el Coronel Manuel María de Las Casas (designado para ese mando militar en mayo de 1812 por el propio Miranda)quien no permitió el enjuiciamiento de Miranda porque estaba ya comprometido con los jefes realistas y tenía órdenes de Monteverde para entregarlo a las autoridades españolas, como efectivamente hizo, y se pasó después abiertamente al bando del Rey de España. Bolívar y otros protestaron enérgica pero infructuosamente la traición del Comandante Militar de La Guaira quien tenía el mando efectivo de las tropas de dicha guarnición. El Coronel Manuel María de Las Casas fue el traidor a Miranda y a la República, no Bolívar, quien se vió obligado a viajar de incognito a Caracas y buscar la mediación de un amigo suyo español para lograr obtener pasaporte y salir al exterior, ya que temía que Monteverde no cumpliera la capitulación, como sucedió, ya que Las Casas mantuvo la absurda orden impartida por Miranda de cerrar al puerto de La Guaira, orden que le ratificó Monteverde, para impedir la salida del país de los oficiales y funcionarios civiles de la I República de Venezuela. Bolívar cometió muchos errores pero no cometió la canallada de entregar a Miranda a los españoles y allí están los hechos: Mientras el Coronel Las Casas, un oficial militar de carrera al servicio de la Corona de España regresó a la obediciencia al Rey y ejerció cargos bajo gobiernos realistas, Simón de Bolívar viajó a Cartagena, se enroló en los ejércitos de la Nueva Granada y prosiguió la guerra contra las tropas del Rey de España, limpiando el río Magdalena de fuerzas realistas y haciéndose llamar “El Terror de los Tiranos” hasta que en medio de la Campaña Admirable, ya Brigadier, empezó a ser llamado “El Libertador”. Lo demás es Historia.

  2. gravatar Estelio Mario Pedreáñez Responder
    junio 2nd, 2014

    Muy bueno este relato literario, que por dicha condición no es rigurosamente histórico. El gran Francisco Miranda fue el verdadero guía político del mantuano Simón de Bolívar, quien se convirtió en su verdadero albacea político, porque sus ejecutorias configuran el plan político de Francisco Miranda, pero Bolívar no cometió la traición de entregarlo a las fuerzas realistas. Simón de Bolívar en 1812 arrestó al Generalísimo Francisco de Miranda con la intención de someterlo a juicio militar y fusilarlo por traición a la Patria, a Venezuela, ya que al impetuoso Bolívar que en 1813 firmó el “Decreto de Guerra a Muerte” contra españoles y canarios y que en 1817 hizo fusilar al gran General Manuel Piar, no le tembabla el pulso para ordenar fusilamientos. Fue un error de Bolívar considerar a Miranda traidor por capitular ante las fuerzas realistas de Monteverde, por ordenar el cierre del puerto de La Guaira a los patriotas que buscaban escapar a la acción realista y por saber que Miranda había ordenado embarcar su archivo en un barco de guerra británico, en el que pensaba partir del país. Pero no lo arrestó para entregarlo prisionero a los españoles, sino con la intención de enjuiciarlo y fusilarlo y así Miranda no hubiera muerto prisionero del Rey de España en un presidio español. Sucedió que el traidor fue el Comandante Militar de La Guaira, un Coronel nombrado por el propio Miranda, de apellido de las Casas si no recuerdo mal (a los traidores muchas veces se les olvida) quien entró en tratos secretos con Monteverde y después se declaró abiertamente realista. Porque en la época inicial de los años de guerra muchos cambiaron de bando. En mi opinión Simón de Bolívar cometió muchos errores pero no esa canallada. En todo caso Miranda fracasó al frente de la guerra, que después ganaron hombres como Simón de Bolívar. Cada uno tiene sus propios méritos y cumplo en recordar, siendo venezolano también, que ni Miranda ni Bolívar abolieron la esclavitud de los negros en las sociedades esclavistas en las que nacieron y gobernaron, y esto hace muy valioso el ejemplo del prócer y mártir mexicano Miguel Hidalgo (un cura que no aceptaba la tesis esclavistas de la Iglesia Católica de su tiempo) quien dictó en 1810 en Guadalajara, Jalisco, México, al inicio de la Guerra de Independencia Mexicana el siguiente Bando aboliendo la esclavitud: “…Todos los dueños de esclavos deberán darles la libertad dentro del término de díez días, so pena de muerte, la que se les aplicará por trasgresión de éste artículo…”. Hidalgo fue derrotado y fusilado en los inicios de esa guerra, Miranda fue desafortunado y murió prisionero en 1816, Bolívar gobernó muchos años hasta que murió en 1830, pero los negros continuaron esclavos en Venezuela hasta 1854 y en los demás países de la antigua Colombia (Ecuador, la actual Colombia y la actual Panamá) esa injusticia e inhumanidad se repitió: Un país con “Libertadores” lleno de esclavos y esclavistas.

    • gravatar Francisco Responder
      junio 3rd, 2014

      Si quieres juzgar a un traidor, lo haces tú. No lo entregas al enemigo para que te haga el trabajo. Bolívar entregó a Miranda a los españoles y luego intentó justificarse. Y tenía mucho que justificar. Domingo Monteverde, el jefe realista, le entregó un salvoconducto. ¿Muy sospechoso, no?