Morirás por Cartagena. Blas de Lezo, la novela

Por . 17 febrero, 2014 en Reseñas
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Punto de Vista Editores publica Morirás por Cartagena, una novela histórica con un paisaje muy definido, el de la dieciochesca Cartagena de Indias, y un tiempo muy concreto, aquel que le tocó vivir cuando en 1741 sufrió la invasión de la Inglaterra del rey Jorge II llevada a cabo por la escuadra del almirante Vernon, a la que se opuso el marino y teniente general español Blas de Lezo.

Durante toda su vida, Víctor San Juan, el autor de Morirás por Cartagena (y de otro de los títulos de Punto de Vista, Piratas de todos los tiempos), ha tratado de asumir el difícil compromiso de una vocación marinera (es capitán de yate con varias travesías oceánicas) con una profunda afición literaria, en la que combina ensayo y novela (diez libros publicados) e intensa dedicación a las obras públicas civiles e infraestructuras; de todo ello, inevitablemente, surge una peculiar visión del mundo y una filosofía que a menudo podemos encontrar leyendo entre las líneas de sus textos.

Cartagena de Indias fue el punto designado por el gigantesco plan que se fraguó en las más altas instancias del gobierno británico para conquistar toda la América de habla hispana y poner su comercio bajo la férula de la Gran Bretaña a mediados del siglo XVIII. A ello se opuso la decidida voluntad de la ciudad de rechazar al invasor, personificada en el legendario marino español Blas de Lezo, que, realizando una auténtica hazaña guerrera, logró, aún a costa de su propia vida y muchas más, rechazar al invasor.

Pero el mérito de Cartagena estuvo, también, en la voluntad de resistir de sus residentes, como el auténtico protagonista de la novela, Celso del Villar, capitán español de origen cartagenero, el teniente francés Alain Mortain o el virrey Sebastián de Eslava. Enfrentados al drama de afrontar la lucha o perecer de una cruel enfermedad, casi 50.000 personas se encontraron aquella primavera ante la decisiva encrucijada de sus vidas: vencer y sobrevivir, o perecer por una Cartagena de Indias que ya nunca volvería a ser la misma.

 

Anatomía de la Historia pone a tu alcance uno de los capítulos de la novela de San Juan, el primero.

 

1.- EL PLAN

 

Nada de esto habría sucedido de no ser por la codicia de algunos hombres. El ansia de gloria y poder logra a veces nublar los entendimientos y encender los ánimos, haciendo posible concebir justificaciones indecentes que, repetidas muchas veces y ante seres ineptos y parcos de razón y sensatez, hasta parecen ser ciertas y convertirse en asuntos serios e importantes, negocios de estado. No es cierto que no haya nada personal en un negocio atroz; por el contrario, la carencia de escrúpulos es la que ha despersonalizado al hombre, y lo acerca más a lo que realmente es, un patético y animal homo sapiens.

La diferencia entre un negocio importante y otro que no lo es no está en la categoría del mismo, pues el importante puede ser mucho más vil y degenerado que el otro, sino el lugar en el que se lleva a cabo. Nuestro lugar era grande, espacioso, elegante y algo oscuro; la escasa luz que, a media faz, descubría los rostros de los personajes, a duras penas conseguía filtrarse por las difusas cristaleras góticas del fondo. Los famélicos candiles, puro testimonio más que verdaderamente eficaces para la iluminación, ponían algo de color desvaído sobre una mesa cuyo tablero había de suponerse, pues, cubierto de viejos planos, pergaminos, libros e innumerables útiles de medida y estudio minucioso, era completamente invisible. No había sillas, al menos en su proximidad. Los personajes reunidos en torno a aquel abundante material de análisis parecían haberse autoimpuesto la disciplina de permanecer en pie, tensos, alerta, dispuestos para la acción. Lo estaban. El negocio que se traían entre manos tenía el suficiente peso específico como para hacerles olvidar la comodidad o cualquier tipo de relajación que pudiera inducir al aburrimiento. Trataban del destino de los pueblos, pero no del suyo propio, sino de aquél que, desde la noche de los tiempos, había sido el archienemigo, el rival sobre todos los demás y que, sólo cuarenta años antes y gracias a su propia descomposición, logró ser al final humillado; mas no destruido, ni despedazado. Esa tarea era la que se disponían a acometer.

Un compuesto y serio personaje hacía uso de la palabra:

–En efecto, milords, tuvieron la oportunidad pero no lo consiguieron. Lo curioso es que, con ellos, podría hablarse de un auténtico proceso de regeneración. Sería como si –y perdonen la expresión– un brazo amputado, al cabo del tiempo, hubiera sido capaz de reencarnarse engendrando otro. Quién lo habría dicho ¿verdad? Si el viejo y estimado George Rooke levantara la cabeza…

Un murmullo de aquiescencia y chistosa, aunque pacata, complicidad se extendió alrededor de la mesa, llenando el vacío y frío espacio. Luego, la voz continuó:

–Sí señores; así es. El viejo tío George les tomó La Roca durante la Guerra de Sucesión, cuando ese maldito papista de Berwick detenía nuestro ejército expedicionario de Lisboa a la altura de Ciudad Rodrigo. Mientras, en Europa, Eugenio y Marlborough le administraron su primera píldora al Soleil Royal en Blenheim–nuevas risas discretas; la voz prosiguió–. El viejo y astuto rey Luis de Francia. ¡Quién le iba a decir que ese muchacho un poco lelo, hermano del Gran Duque de Borgoña y el duque de Berry, Felipe, se le iba a sublevar una vez instalado en el trono español! Y todo por una niña, la mosquita muerta de la reina de España que parecía no ser nadie, María Luisa Gabriela de Saboya. ¡Dadle a una mujer una herencia –levantó los brazos– y, luego, tratad de repartirla con ella!

Las risas ya alcanzaban un volumen desinhibido; el personaje se sintió alentado a continuar:

–Felipe de España quiso ser independiente, y lo quiso de verdad. Para nosotros, se planteaba una jugada interesante: esto era exactamente por lo que habíamos luchado apoyando a Carlos de Austria en su pugna por el trono. Si lo hubiéramos sabido, podríamos habernos ahorrado una guerra, pero entonces, queridos amigos ¡no tendríamos Gibraltar! La Roca nos permite, en cualquier condición, tener al monarca hispano bien sujeto por la entrepierna –mostró entonces su puño en alto, como si lo estuviera haciendo, para delicia de su público–. Desde allí, podemos atacar el corazón de la Península en cualquier momento. Así que, si el reino de España se ha regenerado, no es menos cierto que presumimos de tenerlo siempre bajo control.

–Sin embargo, sir Edward –interrumpió una voz con claro acento de las Trece Colonias, afirmando luego–, otra cosa sucede con el imperio americano.

–En efecto, amigo –corroboró sir Edward Vernon volviéndose deferente hacia su interlocutor, lo que produjo un cambio de luz sobre el lado hasta ahora sin iluminar de su rostro– y es ni más ni menos ese asunto que nos ha traído aquí y ahora. Nada más acabar la contienda sucesoria con la victoria de Felipe, el nieto de Luis XIV de Francia, España se embarcó en una aventura tras otra; lejos de haber quedado exhausta, parecía emerger pletórica de energía. Nos sorprendió a todos. Primero, en 1716, reconquistaron la isla de Corfú para el Papa. Al año siguiente se lanzaban a la conquista de Italia, Cerdeña y Sicilia; tuvimos que mandar al almirante Byng para destruir su flota a levante de ésta última isla, sobre el cabo Passero. Puestos en faena, también Jacobo, duque de Berwick, entró de nuestra parte por el País Vasco para destruir los astilleros de Santander; volvimos a entrar en Vigo para lo mismo. La lección debería haber sido suficiente ¿no les parece? Pero no: en 1727 volvieron a lanzarse para tratar de recuperar La Roca; al fin se habían dado cuenta de lo mucho que les molestaba.

–Creo que no tuvieron éxito en semejante empresa –dijo el de las Trece Colonias.

–Como bien sabéis, milord, la clave para tomar Gibraltar está en mantener el dominio marítimo; los españoles nunca lo han conseguido y, así las cosas, no podrán recuperar La Roca jamás. El almirante Charles Wager, destacado (con el rango de comodoro) en la Guerra de Sucesión, fue el encargado de las represalias –respondió Vernon;  sus ojos se entornaron ahora cómplices hacia sus interlocutores:

–En Cartagena de Indias. Atacó una flota de tres galeones, capturó uno, incendió otro y un tercero consiguió escapar.

–¿Creéis que se trata de un presagio?

–Puede. Pero más vale no creer en presagios cuando de operaciones militares se trata. Hablábamos del resurgimiento español con Felipe de Borbón; sin embargo, a estas alturas, sus fuerzas parecen haberse agotado. En el 24, antes del último ataque a La Roca, intentó abdicar en su hijo, pero el muchacho murió y, a regañadientes, tuvo que volver a ocupar el trono. Mas parece haber perdido todo interés por el gobierno, aparte de la razón; nuestro embajador en Madrid, Ben Keene, cuenta cosas horribles del estado demente en que se halla el monarca. Parece ser que quien lleva realmente las riendas es su segunda esposa, Isabel Farnesio, una mujer egoísta y dominante como acostumbran las princesas italianas; sólo busca lo mejor de la herencia para sus vástagos, por encima de los primogénitos, hijos de la fallecida reina María Luisa Gabriela de Saboya.

–Se hallan, pues, en un momento de postración y debilidad.

–Así es, en efecto. Desde las más altas instancias –por un momento, las omniscientes sombras del rey Jorge II de la Gran Bretaña, el primer ministro, Walpole y el jefe de la oposición, Newcastle, parecieron planear sobre la sala– se nos alienta a aprovecharlo, en especial, desde que ha tenido lugar ese desagradable incidente con el Navío del Asiento. No obstante, como no podía ser menos, el honorable Walpole se opone, tratando de negociar.

Una tercera voz, irritada, intervino entonces:

–De un tiempo a esta parte se opone a todo. Y eso que las provocaciones han sido continuas, a cuento del condenado Navío del Asiento.

–Perdón, señores –interrumpió la voz con acento colonial– ¿Qué es esto del Navío del Asiento?

Edward Vernon recuperó la palabra:

–Por el Tratado de Utrecht, Felipe de España se vio obligado a reconocer para nuestros comerciantes de esclavos una cantidad de 144.000 unidades anuales que poder introducir en sus territorios americanos, rompiendo así el monopolio secular. Los barcos negreros que se ocupan de este comercio, a razón de unas 4.000 cabezas al año, se conocen como “navíos del Asiento”; el Asiento de negros, se entiende. Lo que ha venido sucediendo es que, tras las dilatadas y calurosas travesías transatlánticas desde el África subtropical, estos mercantes, inevitablemente, hacen escala en puertos como Barbados o Jamaica antes de dirigirse a su destino. Los españoles los acusan de cargar en ellos toneladas de contrabando, y pretenden inspeccionarlos para verificar que se cumplen los términos del tratado.

–Pero esto es intolerable. Viola la libre plática y el comercio de los mares que la Gran Bretaña ha defendido desde los tiempos de Drake y Hawkins.

Un estridente tono entró ahora en escena:

–Sin embargo, señores, nos hace un servicio impagable. Es justo lo que necesitamos para enardecer al populacho y vencer la resistencia del viejo Walpole.

–El señor William Pitt –anunció Vernon, circunspecto– indica la forma en que podemos aprovechar el incidente a nuestro favor; es pura carnaza política en manos de los tories.

–Por supuesto; los whigs de Walpole van a temblar con esto en la próxima sesión parlamentaria. Ha sucedido en el estrecho de Florida: el guardacostas español Isabel detuvo al mercante Rebecca, declarando contrabando una parte de su carga. Cuando el capitán Jenkins protestó, el español le cortó una oreja, espetándole: “Esto mismo haré a tu rey si a lo mismo se atreve”. Tenemos a Jenkins en Plymouth, deseando comparecer: trae su oreja en un frasco de alcohol.

Ahora una franca carcajada agitó el pecho de los reunidos, distendiéndose la tensión.

–¡Señores, por favor! Señores –llamó Vernon al orden–,no desprecien el efecto que puede tener un desorejado ofendido sobre las masas y el Parlamento.

–En cualquier caso, podemos contar con que, si todo sigue su curso como esperamos, nuestro plan podrá llevarse a cabo.

–Bien, y ahora, señor Vernon, milord: ¿seríais tan amable de explicar este plan?

Edward Vernon se incorporó lentamente; después, tan teatral como pudo, tomó uno de los pergaminos y lo extendió sobre la mesa: un soberbio mapamundi. Alargando ambos brazos y extendiendo las manos para impedir que se enrollara, miró a los presentes. Por primera vez, la luz de un candelabro dio de lleno en su rostro, que tomó un aspecto fantasmagórico.

–Aquí, señores, está nuestro objetivo. Pero, antes, permítanme un poco de Historia.

Los reunidos enmudecieron. Un ligero cosquilleo pareció agitar a los más bisoños, mientras los veteranos se esforzaban en contener una mueca escéptica de políticos habituados a trucos mucho más elaborados y sibilinos. Por un momento, Vernon pareció buscar a alguien en la sala:

–Señor Anson, por favor, acercaos. Esto es muy importante.

Un joven oficial de marina, fornido pero apuesto como aristócrata, se aproximó a la mesa sin decir palabra.

–Como saben ustedes –continuó Vernon, mientras su dedo índice buscaba Europa y la península Ibérica sobre el mapa–, el rey Guillermo, esposo de la reina Ana, fue el artífice del gran plan estratégico de la Guerra de Sucesión española. Se trató de una tenaza combinada; por un lado, John Churchill, duque de Marlborough, y el príncipe Eugenio avanzarían desde Flandes hasta Italia y el Danubio, aislando así los Países Bajos españoles de Francia. Aunque no sin dificultades, fue una marcha triunfal, que destrozó los ejércitos de Luis XIV. Por otro lado –ahora el índice se posó sobre el golfo de Vizcaya–, el almirante Rooke, con el ejército del príncipe de Darmstadt, debía atacar el “bajo vientre” hispano apoderándose de Cádiz, lo que completaría el cerco y, ya de paso, interrumpiría el tráfico marítimo español con su imperio en las Indias, pues aquél es su tradicional puerto de destino. Por diversos motivos, Cádiz no se pudo tomar, pero surgió la oportunidad del premio de Vigo y todos sabéis lo que se consiguió allí.

Un rumor de satisfacción se extendió en la sala; algunos de los congregados debían pensar en cómo se frotarían las manos si tuvieran a su alcance un tesoro semejante.

–Tampoco se logró una base en Barcelona –prosiguió Vernon– pero sí la mucho más valiosa y fácil de mantener de Gibraltar. En resumidas cuentas, aunque la lucha en la Península prosiguió unos años y acabó tomando un sesgo desfavorable para nuestra causa, las expectativas estratégicas se vieron plenamente recompensadas. Hoy, controlamos el acceso al Mediterráneo y, con ello, al rey de España en aguas europeas. La idea es aprovechar sus provocaciones y el momento de debilidad para apoderarnos de enclaves que permitan controlar también su imperio al otro lado del Atlántico.

Los reunidos se miraron entre sí, satisfechos de que Vernon, al fin, hubiera entrado al fondo de la cuestión.

–Cuáles son esos enclaves, se preguntarán: sus puertos y ciudades en América y el istmo centroamericano, naturalmente. De norte a sur, San Agustín en Florida, Veracruz, puerta de entrada al virreinato de Nueva España (México), La Habana en Cuba, puerto clave puesto que en él se congregan las flotas de galeones, cargadas de tesoros, antes de emprender viaje de regreso a España. También Santo Domingo, en la isla Española, primer puerto español del Caribe, San Juan de Puerto Rico, plaza fuerte clave en su sistema defensivo, y, por último, Portobelo, en el istmo de Panamá y Cartagena de Indias, puertos terminales de arribada en los que se reúnen todos los valiosos cargamentos procedentes de las minas y riquezas del Perú.

A todos se les hacía ya la boca agua. Vernon proseguía:

–Durante muchos años, caballeros, nos hemos limitado a atacar estas ciudades, asaltándolas para vaciarlas de tesoros. Ahora el objetivo es mucho más ambicioso: se trata de apoderarnos definitivamente de una de ellas para, utilizándola como base, controlar el imperio y las rutas de transporte del oro. No saquearemos más, señores, a nuestros enemigos. Vamos a desalojarles de su hacienda para hacernos con las riendas y extraer nuestros propios dividendos.

–¿Cuál es el objetivo elegido, señor Vernon? –preguntó Pitt.

–Creo que debemos concentrarnos en La Habana, Portobelo y Cartagena de Indias, con especial preferencia las dos últimas, pues nos darán acceso al altiplano, es decir, a las rutas que llevan al llamado virreinato de Nueva Granada y su capital, Bogotá. Será el siguiente objeto de nuestros generales. Nada conseguiremos, no obstante, si les permitimos contraatacar desde la costa del Pacífico, como ha sucedido otras veces. Allí existen otras plazas fuertes españolas, peor guarnecidas que las del Caribe: Panamá, Guayaquil, El Callao… La idea es emular la “doble tenaza” del rey Guillermo: mientras nuestra fuerza principal –prácticamente un tercio de la Royal Navy– ataca en el Caribe, enviaremos otra agrupación naval a través del cabo de Hornos, que, remontando la costa chilena y peruana, se apodere de Panamá desde el océano Pacífico –su dedo circunvaló ahora la silueta de América del Sur–. Esto último ya lo hizo Henry Morgan con poco más de mil hombres, por lo que cabe esperar que se logre de nuevo sin demasiadas dificultades; el señor Anson, aquí presente, comandará esta fuerza. En el istmo centroamericano, entre Portobelo y Panamá, enlazarán nuestras fuerzas; entonces, la Nueva Granada y el virreinato del Perú tendrán que abrir sus brazos para recibirnos.

La imagen pareció seducir a los presentes. Sin embargo, William Pitt se mostraba aún reticente. Con la mano derecha prendida en la levita oscura, avanzó hacia Vernon y lo encaró con una mordaz sonrisa en el rostro:

–Precisamente hablando de historia, no podéis ignorar, señor, que esta aventura ya se ha intentado antes. ¿Tengo que recordaros el fracaso estrepitoso del Western Designdel desaparecido Lord Protector? El almirante Penn y el general Venables, con casi 50 barcos y 13.000 hombres, fueron vencidos en Santo Domingo, y sólo lograron traer, como pequeño trofeo, la conquista de Jamaica. Ahí terminó el intento de Cromwell por hacerse con un trozo del imperio español en el Caribe.

–Pero milord –replicó Anson impetuosamente–, hace casi noventa años de aquello y los puritanos…

–Permitidme, querido George –dijo Vernon, interrumpiendo al oficial de marina.

No quería que se ofendiera la susceptibilidad cuáquera del enviado de las Trece Colonias americanas, siendo muy consciente de que Pitt jugaba, como siempre, a caballo ganador. Si el premier Walpole era forzado por el rey y el Parlamento a aceptar el plan –como todo presagiaba iba a suceder– Pitt, en la oposición, sería el primer beneficiado del tropiezo de su más encarnizado rival político, Robert Walpole. Vernon midió muy bien sus palabras, reconociendo:

–Tiene razón. Hemos de aprender de pasadas lecciones y, de hecho, ésta es mi más humilde intención. Para garantizarlo, contamos entre nosotros con el Primer Lord del Almirantazgo –una aparatosa peluca brindó su aquiescencia en la oscuridad– que garantiza poder disponer de efectivos más que suficientes. Para el Caribe, contaremos con una decena de grandes navíos de tres puentes, armados con cañones de 32 libras, treinta de dos puentes y más de un centenar de barcos de transporte. En total, unos 23.000 hombres. Más que suficiente, espero, si lo comparamos con la flota de los señores Penn y Venables o considerando que el barón de Pointis tomó Cartagena de Indias en 1697 con 4.800 hombres. El señor Anson, por su parte, dispondrá de ocho barcos y poco más de un millar de hombres. No cometeremos el error de atacar plazas fuertes de escaso valor estratégico como Santo Domingo; y, sobre todo, explotaremos el factor sorpresa.

–¿Cómo? –preguntó Pitt, como si lanzara un escupitajo.

Vernon pareció resignado. Tenía argumentos para replicar:

–Zarparé en vanguardia con seis navíos para atacar en cuanto se declaren las hostilidades. Después, el vicealmirante Chaloner-Ogle se reunirá conmigo con la fuerza principal.

–Esto es inaudito, almirante Vernon; me está diciendo que verificaremos nuestro despliegue hostil sin estar aún en guerra contra España.

–Apelo a vuestra lealtad patriótica para que esta parte del plan no se conozca antes de lo debido; conocéis la eficacia del espionaje español. Esto sólo perjudicaría a nuestros designios. La guerra contra España es un hecho prácticamente consumado.

Pitt aún no parecía convencido. Pero, como Vernon sabía, se acabaría poniendo del lado del ganador. Por de pronto, concedió:

–¡Hmmm! Espero que vuestro plan funcione, almirante. Podéis contar con nuestra colaboración. Por cierto, vuestro vicealmirante, Chaloner-Ogle ¿no es el mismo que capturó al pirata Bart Roberts en la costa de África?

–Así es. Se trata de un magnífico oficial de marina. Milord, si me permitís, este plan no puede fallar.

–Eso mismo creo yo –apostilló Anson, tal vez un segundo antes de lo debido.

–Lo mismo pensamos nosotros. La superioridad británica será aplastante –apoyó el representante de las Trece Colonias–. Y nuestras tropas apoyarán el ataque.

–Por nuestra parte –una ronca voz había surgido de la peluca del Lord del Almirantazgo de forma que ésta parecía hablar sola– los detalles técnicos del plan ya están aprobados.

–Entonces señores –concluyó Vernon–, esperemos que Jenkins sea convincente en su declaración en sede parlamentaria.

Finalizada así la reunión, los participantes comenzaron a marcharse mientras un mayordomo penetraba en la estancia para ir apagando los candiles. En la semioscuridad resultante, la peluca del Lord del Almirantazgo se aproximó a Vernon, quien pudo notar su leve hedor, y hasta apreciar las sombras de las arrugas en el rostro de su portador, que dijo:

–Así pues, ya tenéis lo que queríais, Edward: una bonita guerra para apoderaros del botín de los españoles, además de una magnífica Armada. Procurad cuidarla bien.

–Tendré especial cuidado, milord. No es necesario repetir cuánto agradezco vuestra cooperación y apoyo.

La peluca se aproximó a su oído:

–Acordaos de eso, Edward; especialmente, cuando regreséis triunfante. Será el momento de poner en orden nuestras cuentas; porque poseo algo más que vuestro agradecimiento, querido amigo. De todas formas, cuidado con William Pitt; no le importará quitaros de en medio si con ello daña irreparablemente a Robert Walpole.

–Lo sé; no obstante, no creo que llegue al punto de ser un traidor.

–En lo que estamos de acuerdo. Por cierto ¿qué sabéis de ese estrafalario general español, el medio hombre creo que le llaman? Según creo, está a cargo de las defensas de Cartagena desde hace un tiempo. ¿Le conocéis?

Vernon reflexionó con largueza antes de contestar.

–Personalmente. Haríamos mal en menospreciarlo.


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Víctor San Juan es escritor, ingeniero y navegante. Nacido en 1963, cursó estudios de Ingeniero Técnico de Obras Públicas en la Universidad Politécnica de Madrid. Es diplomado en sistemas de calidad ISO 9.000, y posee títulos de patrón de yate y capitán de yate. Tiene casi una veintena de escritos y nueve obras publicadas, en las que combina las novelas históricas y de ficción con los estudios de investigación de tema marítimo. Ha ganado dos veces el premio Nostromo de Literatura Náutica, la primera en 2001 con Pequeño Escota, y en 2011 con Indiamen, ambas publicadas por Juventud. Asimismo, publica con asiduidad artículos y colaboraciones en periódicos y revistas como la Revista General de Marina, Revista de Humanidades, suplemento náutico del diario El Mundo, etc.

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  1. gravatar Miguel de Avendaño Responder
    julio 16th, 2015

    Y, por supuesto, no se me ocurre comentar ni criticar su cuna, condición ni trabajo, detalles de los cuales desconozco todo. Es cuestión de opiniones razonadas, no de consideraciones personales.

  2. gravatar Miguel de Avendaño Responder
    julio 16th, 2015

    No. En mi opinión los fines son aproximarse a la verdad en la medida de lo posible y sobre la base de la evidencia histórica. Es un desprecio al lector ofrecerle un relato ligero, inexacto y patriotero de la historia. Mi condición, cuna y trabajo en un Instituto serio (que no vienen al caso) me impelen a comentar lo que considero exageraciones, inexactitudes y afirmaciones novelescas. España ha sufrido siglos de no tolerar opiniones contrarias. Acostúmbrense a no tenerlo tan fácil y a aceptar que hay opiniones que disienten. La lezomanía es un fenómeno triste que emponzoña el estudio de los militares españoles del siglo XVIII.

  3. gravatar Miguel de Avendaño Responder
    marzo 20th, 2015

    Por cierto, el nuevo libro del Sr San Juan necesita un editor a gritos. “Istmo” no es “itsmo” ni “Luftwaffe” es “Lutwaffe”.

    • gravatar José Luis Ibáñez Salas Responder
      marzo 20th, 2015

      Verdaderamente, creo señor Avendaño que su errequerreísmo usando este canal ya es si no despiadado cuanto menos cansino. E hiriente. Le ruego que este medio de comunicación para los fines previstos. Muchas gracias.

      • gravatar Miguel de Avendaño Responder
        marzo 25th, 2015

        Cuando uno escribe se expone a la crítica. Quizá este sea un problema en España, país del dogma. El libro tiene una edición verdaderamente pobre en mi opinión.

        • gravatar Miguel de Avendaño Responder
          marzo 25th, 2015

          ¿Y cuáles son los fines previstos? ¿La alabanza acrítica?

          • gravatar Trollhunter
            julio 3rd, 2015

            Los fines son sobretodo no trollear, don Miguel. Menudo rastro que ha ido dejando tras la sombra de Blas de Lezo.
            El desprecio a sus interlocutores habla bien de que clase enseñanza pretende inculcar. Desde luego impropio de instituto al que pertenece y mal ejemplo para su condición y cuna.

  4. gravatar Miguel de Avendaño Responder
    marzo 4th, 2015

    Tengo dos chucho-terrier recogidos (extremeña y portugués), no Yorkshire bonito (todos nuestros perros han sido callejeros recogidos). Mis opiniones serán vacuas pero no da usted respuestas. Cátedra no tengo ninguna: como decía mi padre, soy lector, no escritor. No busco que me dé usted la razón, ni siquiera que conteste, simplemente expongo mis opiniones. Así va España, seguimos sin poder aceptar que otros tengan opiniones diferentes, todo son ataques personales, que ofenden a la negra honrilla. Y sigue sin ofrecer esas “más de siete fuentes en las que se llama, de forma contemporánea, Mediohombre a Blas de Lezo”.

    • gravatar José Luis Ibáñez Salas Responder
      marzo 4th, 2015

      Es muy de agradecer la lectura tan detenida de al menos uno de nuestros artículos que usted hizo en su momento, y le agradecemos muy de veras la atención que presta a la revista, si bien creemos que es una lástima que la sensación que les puede quedar a otros lectores es que cuanto le ha cautivado a usted de la misma es únicamente el hecho de que una reproducción de un extracto de un libro no se adecue a sus expectativas sobre lo que ha de contar y cómo una novela.

      Un saludo cordial, querido lector.

      • gravatar Miguel de Avendaño Responder
        marzo 4th, 2015

        Muy agradecido a usted por su atención.

  5. gravatar Miguel de Avendaño Responder
    marzo 1st, 2015

    Creo que lo importante es que uno entienda que si escribe, se expone a la crítica. Por otro lado, no rebate ninguna de mis críticas con argumentos. Y sigue sin ofrecer esas “más de siete fuentes en las que se llama, de forma contemporánea, Mediohombre a Blas de Lezo”.
    Y, por supuesto, no le invito a entrar en ningún juego. Es cosa suya contestar o no.

    • gravatar victor san juan Responder
      marzo 2nd, 2015

      Dios nos coja confesados, señor Avendaño. Dios nos coja confesados. No contento con inundar de sus vacuas opiniones internet sin dejar a los demás opinar y tapando cualquier mínima opinión positiva que puedan tener otros diferente de usted en otros foros, sigue usted desde su cómoda butaca, sin riesgos, acariciando a su bonito Yorkshire para ejercer desde allí su docta sabiduría, inmensa cualidad moral autoatribuida y cátedra en Historia autoconcedida en función destructiva, de zapador, incansable e impenitente.
      Le expuse largamente mis argumentos. Acepté sus críticas y dí explicaciones convincentes a sus comentarios de detalles sin importancia en una novela en la que, por cierto, continúa usted confundiendo la licencia literaria con el ensayo, lo que se demuestra al decir que “incito al equívoco” y otras lindezas.
      Pero claro ¿cuál fue mi error?. No caí. No le dí la razón. A usted sólo le vale que le hagan la pelota. Porque sabe usted más que nadie. Porque el mundo no sería nadie sin usted. Porque puede usted ejercer, sobre los demás y sin margen de respeto, la opinión que le parezca, incluso corregir la ortografía (faltaría más) aunque luego a lo que le viene de vuelta no aguante ni lo más mínimo.
      Está usted muy aburrido, señor Avendaño, y, como bien dice, que Dios le coja confesado. Recuerde anotar en la confesión todos sus actos presentes. Un saludo. Víctor San Juan

  6. gravatar Miguel de Avendaño Responder
    febrero 23rd, 2015

    Por cierto, ¿podría facilitarnos esas “más de siete fuentes en las que se llama, de forma contemporánea, Mediohombre a Blas de Lezo”? Yo no he encontrado ninguna anterior a la “Historia de Colombia para la Enseñanza Secundaria” de 1920 (aunque la primera edición, que no he podido consultar, es de 1910).

    • gravatar victor san juan Responder
      febrero 25th, 2015

      Estimado señor Avendaño:
      Veo que tras las fiestas navideñas regresa usted con nuevos bríos e indudables ganas de insistir sobre el asunto, irreductible e inasequible al desaliento, sin que ninguna de las razones que le expongo le hagan retroceder un ápice e insistiendo en cuestiones que a mí me parece que no tienen mayor importancia. Me disculpará que no insista sobre ellas, pues entiendo inútil reiterar lo ya zanjado.
      Vaya por delante que no hay más que consultar mis respuestas anteriores para que cualquier lector imparcial juzgue si acepto o no las críticas; creo que tanto usted como yo ya quedamos -por lo anterior- desautorizados al respecto. Luego se despacha usted dando a entender que “soy poco leído”, doy a entender cosas que no son e “incito al equívoco” con mi libro. No pienso entrar a este juego, señor Avendaño. No sé si se da cuenta que bordea usted el insulto personal, y ahí sí le digo que, si no le valen las extensas razones anteriores, hemos terminado.
      Pero, por último, permita que le diga claramente que exige usted de los demás comprensión a sus críticas implacables, pero se permite ua continuación calificar textos de autores a los que debería respetar, si no en el contenido de su obra, al menos por haberlas hecho. Debería usted estar agradecido de haber podido leer a todos esos “mediocres” a los que poder criticar. De veras que no puedo creer lo que he leído, porque hubo momento en que pensé que merecía la pena escucharle. Pero se desacredita usted a sí mismo con sus calificativos. ¿Quién se cree que es usted para juzgar de esta manera a todo el mundo?. Envíenos una muestra de su obra, por favor, baje al ruedo, y ya que tanto le gusta cornear, expóngase a las cornadas. Un cordial saludo. Víctor San Juan

  7. gravatar Miguel de Avendaño Responder
    febrero 22nd, 2015

    (1) No hace falta que redacte un “master” porque con un poco de lectura (incluso en Google) se puede conocer y comprender fácilmente. En el Reino Unido se siguen concediendo estas distinciones y cualquier persona medianamente leída sabe quién es “Sir” y quién no (aparte de las listas oficiales, disponibles al público en general).
    (2) “Government issue” en todo caso, así como “man of war” (en singular). En todo caso, aquí lo que discuto es que Washington no era “enviado de las 13 Colonias”. Era un oficial de un regimiento británico reclutado en las Colonias. Usted da a entender algo que no es.
    (3) Creo para un oficial de marina del siglo XVIII, como Anson, que ingresó en la armada con 15 años y fue teniente con 19, no era ya “un joven oficial de marina” con 43, sino un experimentado marino de mediana edad. Llamarlo “joven” es incitar al equívoco.
    (4) Como creo que he comentado ya, para los planes en cuestión habría que consultar la documentación, por ejemplo, contenida en “The Vernon Papers” de Ranft. Creo que se sabe lo suficiente sobre George Washington, así como de su entorno familiar y circunstancias del momento histórico, como para afirmar con toda seguridad que no eran cuáqueros (una convicción religiosa muy particular), sino anglicanos muy convencionales.
    (5) Le aseguro que sí la tiene. Y, por supuesto, también he visto anunciado su nuevo libro, que tendré gusto e interés en leer.
    (6) El libro de Pablo Victoria es, en mi opinión, verdaderamente pobre como literatura y auténticamente deleznable como historia. Todos los escritores se han de exponer a la crítica, favorable o desfavorable. Los detalles son síntomas del descuido o, en el caso de Victoria, de lo que parecen ser sus convicciones políticas. Los otros libros –Ribas, Pérez-Foncea y, ahora, Artacho- son más de lo mismo.
    (7) Creo que precisamente de lo que hablo es del fondo, no la forma. Quizá lo que usted, como escritor, llama “ultraperfeccionismo”, yo, como lector, llamo “cierto sentido del rigor histórico”.
    De todas formas, le agradezco mucho su interés en contestar.

  8. gravatar victor san juan Responder
    diciembre 26th, 2014

    Para usted también, señor Avendaño, muy feliz Navidad, y espero que através de estas páginas establezcamos de lo que se trata, es decir, ampliar ambos nuestros conocimientos históricos y sobre el episodio tratado. Por mi parte, y sin querer extenderme mucho para no ser pesado, decir lo siguiente:
    1.-Muy interesantes sus puntualizaciones sobre los títulos concedidos por el gobierno británico en diversas épocas,le animo a que redacte un auténtico “master” sobre el particular para quien pueda interesar. Modestamente, comprenda tan sólo que no era mi principal interés al redactar la novela.
    2.-No es exacto lo que comenta. Tradicionalmente, el “gobernement issue” caracteriza al ejército de tierra, y, especialmente, a sus soldados. No tengo inconveniente en que el coronel Gooch lo fuera también. Un barco de guerra se viene considerando en el mundo anglosajón como un “men-of-war”, es decir, un conjunto combativo móvil, y aunque también lo “expide” el gobierno, no se considera administrativamente del mismo modo.
    3.- Cuarenta años, señor Avendaño ¡quién los tuviera!. ¿De veras le parece interesante que sigamos discutiendo de ésto?
    4.-Bueno, en mi humilde opinión, más que disparatadas, algunas afirmaciones pueden ser “poco atinadas”, es inevitable. El espíritu de mi novela era llevar al lector rápidamente al escenario y momento histórico de Cartagena de Indias 1741 sin necesidad de una larga explicación. La escena del Plan, completamente imaginaria, no se basa en una fantasía, sino en los planes que se fraguaban en altas instancias británicas para agresiones a España, y, en concreto, la de La Habana de 1762, que sí se fraguó con un plan como éste sólo que con diferentes personajes. Podría usted criticar cuestiones de fondo como si ésta situación es la más adecuada o un poco anacrónica, pero se ha ido usted a cuestiones de detalle que, con respecto al tema principal, a mi juicio tienen poco peso, aunque las respeto. Efectivamente, no digo que fueran cuáqueros ¿es usted capaz de saber qué sensibilidad tenían los Washington con absoluta certeza?. Dé, pues, un poco de margen a la licencia literaria.
    5.-Con toda entereza acepto que usted considere que el capítulo de mi obra que ha leído pueda ser, según usted, “mala literatura”. A mí me parece más bien que sería “Literatura poco precisa en en algunos detalles que usted entiende”, y no me atrevo ni a sugerirle que siga leyendo, porque la novela cambia completamente; supongo que no tendrá mucho interés para usted.
    6.-Le ruego, por favor, que no menosprecie a Pablo Victoria ni a ninguno de los otros autores citados en la mencionada bibliografía. Escribir una obra del particular con el nivel de precisión que usted exige me temo que hasta para un catedrático de Historia sería un desafío, aparte de que probablemente sería ilegible, pues en una novela se busca también la evasión y entretenimiento, algo que le aconsejo cordialmente cuando sea capaz de relajar un poco el nivel de detalle.

    Por mi forma de escribir descubrirá que para mí el fondo es más importante que los complejos de forma; en varios libros que he escrito y publicado he vivido la pesadilla de la corrección ultraperfeccionista a veces, y se acaba cayendo en un laberinto sin salida que lleva al autor a dudar, al editor a la esquizofrenia y al lector al simple cabreo. No me estoy justificando, conste, sólo le ofrezco un poco del “otro lado” de la trinchera para que vea que cuando se redacta y publica una obra se sufre bastante, y tal vez a veces no se reacciona del todo bien si se piensa que la crítica es injusta o desaforada.Agradeciéndole toda su documentación, que anoto, reciba un cordial saludo. Víctor San Juan

  9. gravatar Miguel de Avendaño Responder
    diciembre 24th, 2014

    Dice usted que “Edward Vernon fue nombrado sir a su regreso a Inglaterra en 1740 tras la toma de Portobelo”. Hay que señalar que desde su llegada a Jamaica en octubre de 1739 hasta su salida para Inglaterra en octubre de 1742 el almirante Edward Vernon estuvo ininterrumpidamente en el Caribe. No regresó a Inglaterra tras la conquista de Portobelo en noviembre de 1739. Para documentarse, le recomiendo “The Vernon Papers” (B.M. Ranft, Navy Records Society, 1958), “The Angry Admiral. The Later Career of Edward Vernon, Admiral of the White” (C.H. Hartmann, William Heinemann Ltd, 1953), “Admiral Vernon and the Navy. A Memoir and Vindication” (Douglas Ford, T. Fisher Unwin, 1907) y “Amphibious Warfare in the Eighteenth Century. The British Expedition to the West Indies, 1740-1742” (Richard Harding, Royal Historical Society/The Boydell Press, 1991).

  10. gravatar Miguel de Avendaño Responder
    diciembre 23rd, 2014

    Del monumento a “EDWARD VERNON Admiral of the White Squadron of the British Fleet” en la Abadía de Westminster (inscripción redactada por su sobrino Francis Lord Orwell): “After these services he retired without place or title from the exercise of publick to the enjoyment of private virtue. The testimony of a good conscience was his reward” (“… tras estos servicios se retiró sin cargo ni título del ejercicio de la virtud pública al disfrute de la virtud privada.”).

  11. gravatar Miguel de Avendaño Responder
    diciembre 23rd, 2014

    (1) La diferencia entre “gentleman” (sin título de Sir) y “knight” (con título de Sir) sí es importante y lo era aún más en el siglo XVIII. Como le dicho, el tratamiento de Sir sólo se obtiene mediante la investidura formal como “knight” (vitalicio) o al ser concedido o heredar el título de “baronet” (hereditario). En el Reino Unido sigue siendo hoy en día una cuestión muy formal (nada que ver con la libertad que hay en España con los tratamientos -señor, don, o lo que sea-): a nadie que no sea knight o baronet se le da el tratamiento de “Sir -nombre de pila- -apellido-“. El actual 19º Duque de Somerset es John Michael Edward Seymour, nunca “Sir John etc” dado que será duque pero no es ni knight ni baronet. El Almirante Edward Vernon no fue nunca ni knight ni baronet. Nunca jamás se le dio el tratamiento de “Sir Edward Vernon” (vea su tumba y busque una sola referencia contemporánea o posterior -novelillas y blogs exaltados aparte- en la que se le de el tratamiento que nunca tuvo). Para más seguridad, consulte “A Complete Record from the Earliest Time to the Present Day of the Knights of all the Orders of Chivalry in England, Scotland, and Ireland, and of Knights Bachelors” (W.A. Shaw, Central Chancery of the Orders of Knighthood, Lord Chamberlain’s Office, St James’s Palace, Sherratt and Hughes, Londres, 1906). Desde luego, no fue “ennoblecido” tras la toma de Portobelo. Los Vernon pertenecían a la pequeña nobleza inglesa no titulada (“gentry”).
    (2) Por lo que dice, ¿se debe suponer que hasta el último grumete de la Marina o soldado en el ejército era un “enviado del gobierno” (con el significado específico que usted quiere dar a la función ejercida por Lawrence Washington)? Lawrence Washington fue capitán de una compañía del regimiento de infantería nº 43 (43rd Foot, conocido por el nombre de Gooch’s Regiment), reclutado en las colonias pero no por eso diferente del resto de unidades del ejército. Washington no tenía más función que esa. Si hubiera habido un “enviado de las colonias”, ¿no hubiera sido el coronel del regimiento, Sir William Gooch, presente en el asedio de Cartagena de Indias y además teniente de gobernador de Virginia de 1727 a 1749? ¿Puede usted citar algún nombramiento a nombre de Lawrence Washington con tal cargo? Consulte, por ejemplo, “The Vernon Papers” (Naval Records Society, Londres, 1958).
    (3) Sobre Anson, es admirable que considere la cuarentena como juventud. Pero Anson estaba a punto de ser ascendido a contra-almirante y no parece ajustado a la realidad hablar de él como un “joven oficial de marina”, dando a entender otra cosa.
    (4) Creo adecuado calificar como disparatadas algunas de sus afirmaciones. Además de las descritas, decir que los Washington tenían “sensibilidad cuáquera” (¿dando a entender que eran cuáqueros?, cuyas creencias -prohibición de realizar juramentos y el rechazo a la guerra- eran incompatibles con el servicio militar y que, de hecho, les valieron una salvaje persecución a fines del siglo XVII).
    (5) No me cuesta comprender la licencia literaria. Usted tiene todo el derecho a escribir lo que quiera igual que yo tengo todo el derecho a criticarlo. Igual que tengo derecho a describir una novela como “mala literatura” o “mala historia” si esa resulta ser mi opinión. Todo escritor se enfrenta a ello, algunos con más entereza que otros.
    (6) Sobre el apodo de “mediohombre”, no me ha citado fuentes más allá de Pablo Victoria, que es inapropiado como fuente seria. En cuanto a la página de la Asociación Cultural Blas de Lezo, la biografía que presenta no da para mucho (llega incluso a decir que el título otorgado a los Lezo es el de “Marqués de la Real Defensa”: “Algunos años después se concedió a la familia de Lezo el marquesado de la Real Defensa, quedando perpetuada de este modo, sus hazañas en Cartagena de Indias”, http://www.acblasdelezo.es/d-blas-de-lezo-y-olavarrieta/). Ocho de los 11 títulos presentados como bibliografía son novelas.
    Por último, desearle una feliz Navidad y Año Nuevo 2015 (y esto se lo digo con toda sinceridad también).

  12. gravatar victor san juan Responder
    diciembre 19th, 2014

    De nuevo en respuesta a su contestación, señor Avendaño:
    -Respecto a la consideración de caballero a gentleman, a la que usted concede tanta importancia, reconozco que no logro hallar en la fuente si fue una u otra la concedida a Edward Vernon; pero sí que, a consecuencia de la toma de Portobelo, fue ennoblecido con el título. Que luego se tratara de uno u otro, es un margen que estoy dispuesto a concederle, aunque usted no conceda ni un milímetro a los demás.
    -Discrepo completamente de su interpretación en el sentido de que Lawrence Washington no fue “enviado” de nada; debería usted saber que, en los países anglosajones, cualquier soldado remitido al exterior en misión de guerra es un “enviado del gobierno”, y, por lo tanto, éste también lo era.
    -La consideración de la edad de Anson es excluisivamente mía, del autor, a quien usted no puede interpretar como si fuera la Iglesia Católica. Para mí, era joven, y comprendo perfectamente que a usted no le guste; una obra literaria no puede agradar a todo el mundo.
    -Un autor debe aceptar la crítica, pero no me parece lógico que hable usted de “disparates”. La obra puede estar más o menos lograda, tener o no puntos débiles, pero calificarla de modo tan ofensivo desbarata su crítica y le desacredita como crítico, pues parece que no acepta usted réplicas y las digiere de modo visceral.
    -La licencia literaria sólo corresponde al autor, y me temo que peca usted censor de otra época cuando trata de limitarla; la libertad del autor para hablar de hechos históricos es total siempre y cuando esté claro que se trata de una novela, cosa que evidentem,ente le cuesta a usted comprender.
    -Le he citado fuentes y le puedo citar decenas, pero no tiene usted más que teclear la bibliografía de la Asociación Cultural Blas de Lezo para ver que defiende usted algo difícilmente defendible. Va usted a contracorriente en este tema, desconozco el motivo.
    Por último,le ruego no emplee con los demás un tono de superioridad en los conocimientos que a usted le molestaría se le administrara; he tratado de ser lo más correcto posible con usted, critique con tranquilidad y serenidad y verá que interesante puede resultar. Seamos, también, educados en las misivas: reciba un cordial saludo. Víctor San Juan

  13. gravatar Miguel de Avendaño Responder
    diciembre 16th, 2014

    Los únicos Vernon armados caballeros (“knighted”) en el siglo XVIII fueron Sir Charles Vernon (en 1717), Sir Edward Vernon (en 1773, el “otro” almirante) y Sir Charles Hawley Vernon (en 1799).

  14. gravatar Miguel de Avendaño Responder
    diciembre 16th, 2014

    Por si necesita explicación, el tratamiento de “sir” se concede formalmente en una ceremonia en la que el agraciado es armado caballero (en este caso, la traducción de “caballero” es “knight”, no “gentleman”) por el Rey o su representante (en Irlanda el Lord Deputy, por ejemplo). Están perfectamente contabilizados desde hace siglos.

  15. gravatar victor san juan Responder
    diciembre 4th, 2014

    Estimado amigo Avendaño:
    En respuesta a su crítica a un párrafo de mi novela Morirás por Cartagena, matizar lo siguiente:
    1º.- Edward Vernon fue nombrado sir a su regreso a Inglaterra en 1740 tras la toma de Portobelo; ello no impide que haya habido otro sir Edward Vernon despues
    2º.- Lawrence Washington participó en el ataque a Cartagena de Indias expresamente como envido de las Trece Colonias norteamericanas.
    3º.- La consideración de joven o no joven a los 43 años es meramente apreciativa; a mi edad una persona de 43 años me parece joven. Puede que a usted le parezca un carroza
    4º.- El diálogo que se expopne es perfectamente verosímil con la consabida licencia literaria; recuerde que lee usted una novela, no escucha una grabación.
    4º.- Puedo citarle más de siete fuentes en las que se llama, de forma contemporánea, Mediohombre a Blas de Lezo. No tiene usted más que entrar en la Asociación Cultural Blas de Lezo, y, empezando por el libro consagrado de Pablo Victoria, encontrará otros títulos al respecto. No entiendo a qué se refiere.
    Me parece francamente desproporcionado decir que no hay historia por tan nimios detalles en un párrafo que sólo se refiere a ella. Agradeciéndole, no obstante, su crítica, me parece que debería moderarse en ella. Reciba un saludo.Víctor San Juan

    • gravatar Miguel de Avendaño Responder
      diciembre 16th, 2014

      1º. Edward Vernon NUNCA, NUNCA, fue armado caballero (“knighted”), ni como Knight Bachelor ni como caballero de ninguna orden. Su tratamiento es “Edward Vernon, esq.”, el normal para un gentleman de la época con algún cargo civil o militar. Estudie las fuentes.
      2º Lawrence Washington fue nombrado capitán de una compañía del regimiento de Gooch, no fue “enviado” de nada.
      3º La consideración de joven en su texto se relaciona con la edad de Vernon. No había tanta diferencia como para que se le considere un “joven” en ese contexto.
      4º La consabida licencia literaria puede incluir una conversación con marcianos y un platillo volante. Una “novela histórica” se supone que no exprese demasiados disparates.
      5º Cítelas usted. Nadie ha logrado citar ninguna fuente anterior a 1910 en la que se le llama mediohombre. Me refiero a que no hay ninguna fuente contemporánea al personaje en la que se le llame mediohombre. Obviamente, el librito de Pablo Victoria es disparatado como fuente (aparte de ser de 2005).

  16. gravatar Miguel de Avendaño Responder
    diciembre 1st, 2014

    Lamentable. Ni rastro de historia.

      • gravatar Miguel de Avendaño Responder
        diciembre 2nd, 2014

        Siento que se lo tomen así una crítica.
        Aparte de lo inverosímil de la reunión y de los diálogos, simplemente un par de detalles como muestra: el almirante era Edward Vernon (1684-1757) no Sir Edward Vernon (1723-1794), George Anson no era un “joven oficial de marina” pues había nacido en 1697 (en 1740 tenía 43 años, murió en 1762 a los 65 años), y si el “enviado de las trece colonias” se supone que era Lawrence Washington (que no era enviado de nada, sino que fue hecho capitán de una de las compañías del Regimiento americano de Gooch) habría que precisar que los Washington no eran cuáqueros sino miembros de la Iglesia de Inglaterra (anglicanos) y que Lawrence fue educado en Inglaterra de los 11 a los 20 años (no sé si conservaría acento americano).
        Por cierto, ¿alguien puede citar una fuente contemporánea al personaje en la que se le llame “mediohombre”?

      • gravatar Miguel de Avendaño Responder
        diciembre 2nd, 2014

        Siento que se tomen así una crítica.
        Aparte de lo inverosímil de la reunión y de los diálogos, simplemente un par de detalles como muestra: el almirante era Edward Vernon (1684-1757) no Sir Edward Vernon (1723-1794), George Anson no era un “joven oficial de marina” pues había nacido en 1697 (en 1740 tenía 43 años, murió en 1762 a los 65 años), y si el “enviado de las trece colonias” se supone que era Lawrence Washington (que no era enviado de nada, sino que fue hecho capitán de una de las compañías del Regimiento americano de Gooch) habría que precisar que los Washington no eran cuáqueros sino miembros de la Iglesia de Inglaterra (anglicanos) y que Lawrence fue educado en Inglaterra de los 11 a los 20 años (no sé si conservaría acento americano).
        Por cierto, ¿alguien puede citar una fuente contemporánea al personaje en la que se le llame “mediohombre”?

    • gravatar José Luis Ibáñez Salas Responder
      febrero 17th, 2014

      Los que hemos leído la novela te agradecemos ese comentario, Centauro, y nos alegramos de que sea también completa y rigurosa la obra que nos propones.