Ser extranjero en la antigua Roma

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En el ámbito de los estudios sobre la demografía antigua el campo donde estos pueden ser más prometedores es en el relativo al análisis de los movimientos migratorios.

Durante los primeros siglos del Imperio, la romanización alcanzó tales niveles que las formas de vida romana se difundieron por todo el Mediterráneo. En este sentido, los movimientos migratorios y los consiguientes aspectos socio-económicos y jurídico-administrativos del fenómeno pueden ser utilizados e interpretados para comprender mejor el proceso de la romanización.

Roma se convirtió rápidamente en una metrópoli, y como tal asumió pronto un carácter multiétnico y multicultural. Bien es cierto que un sistema eficaz ha de estar en grado de asimilar los elementos de ‘diferencia’, y eso en parte constituye su fuerza, es decir, su capacidad de ser imperio –tal es así que una acentuada diferencia trae consigo enormes problemas de apertura-clausura para el propio sistema.

En la antigua Roma la definición de extranjero se construyó y modificó en función de los diversos ámbitos en que fue considerada. Los dos principales contextos en los que esta idea se articuló son el político-social y el jurídico o étnico-cultural. Fue a partir de los siglos IV-III a.C., cuando se tomó conciencia jurídica del no romano.

En Roma, la definición de extranjero experimentó un proceso de transformación entre la tardía República romana y el año 212 con la aprobación de la constitutio Antoniniana.

En época tardorrepublicana la unificación del estatuto jurídico entre Roma e Italia determinó paralelamente una importante transformación sobre el plano conceptual de la condición de extranjero, pues a partir de ese momento el extranjero no lo era sólo para Roma, sino también para toda la península Itálica.

El año 212, con la aprobación de la constitutio Antoniniana, acto formal con el que el emperador Caracalla concedió la ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio, señaló un pasaje ulterior y definitivo en la historia conceptual del ser extranjero en el mundo romano, pues sólo fue considerado desde entonces como extranjero el barbarus extra fines Imperii, es decir, aquellos que no pertenecían ni a Italia, ni al ámbito provincial.

Los dos principales contextos en los que se desarrolló y articuló la noción de extranjero o trasladado en el mundo romano fueron primordialmente el político-social y el étnico-cultural. En este sentido, en las fuentes de la época el extranjero o trasladado podía aparecer bajo la siguiente terminología.

 

En el ámbito jurídico-político: barbarus, peregrinus, incola, externus, hostis

El extranjero es, en una fase pre- o protourbana, el hostis, es decir, aquel que no detenta ninguna relación jurídica, ni colectiva ni individual, con Roma, pero también el externus, con evidentes implicaciones no sólo espaciales, sino también étnicas y mentales.

Con el término barbarus se identificaba a todo aquel que no adoptaba el régimen de la ciudadanía.

El peregrinus era el extranjero aceptado e integrado en el orbe romano y por consiguiente radicalmente contrario al bárbaro.

En ocasiones encontramos en las fuentes el término incola, utilizado bastante en la acepción común de ‘habitante’, en sentido despectivo como forastero a Roma, es decir, como inmigrante.

Bajo el término incola Roma no sólo agrupó a la población foránea que desde época tardorrepublicana se establecía individual y libremente en una comunidad, colonia o municipio, en la que obtenía la condición de residente, sino que en variadas ocasiones con tal denominación hacía referencia a la población indígena de un determinado núcleo que despojada de sus tierras, como norma general a causa de una fundación colonial no pacífica, era reducida por Roma a tal condición.

Es decir, en el interior de la categoría de incola puede existir una duplicidad de componentes: por un lado aquellos que, a título individual y a causa de diversas circunstancias, han dejado su ciudad de origen y se han establecido en otro territorio cívico, y son por consiguiente forasteros domiciliados, y por otro lado aquellos que, como población indígena, han experimentado un proceso de colonización en su territorio y se someten a convivir con aquellos que han llegado permaneciendo en áreas no centuriadas o en áreas no asignadas.

En las fuentes clásicas contamos con tres definiciones “en positivo” del término incola. La primera corresponde al jurista Sexto Pomponio, para quien el término incola estaba estrechamente ligado al término domicilium. Por consiguiente, calificaba como incola a aquella persona que adoptaba el domicilium del lugar donde se había trasladado siendo diferente su origo.

Asimismo, según el jurista eran incolae tanto aquellos que fijaban su domicilio en el núcleo de una colonia o de un municipio como aquellos que se establecían en el territorio circundante de dichos núcleos sin ser municipes o coloni. Así pues, los incolae eran en definitiva los residentes trasladados, es decir, los individuos que trasladaban su propio domicilio a una nueva ciudad o territorio –el que dicho colectivo residiera en comunidades distintas a sus lugares de origen, en las que no tenían derechos políticos ni ciudadanía reconocida, no opta para que se haga constar en ocasiones su condición de residentes.

Podemos añadir, además, que no necesariamente debía tratarse de ciudadanos romanos, afirmación que es también compatible con la inmigración de peregrinos que se trasladaban de un lugar a otro. Por tanto, los incolae indígenas no pueden ser definidos como aquellos individuos que cambiaban su domicilio.

Paralelamente, Agustín de Hipona define al incola como aquella persona que se encontraba en una ciudad distinta, es decir, aquella persona que simplemente se encontraba fuera de su patria, si bien los define como inmigrantes permanentes.

En último lugar, para Isidoro de Sevilla el incola era aquel inmigrante que establecía su domicilio con carácter permanente en un nuevo centro cívico. De esta manera, en los tres autores la noción de incola se encuentra estrechamente ligada a la de traslado.

 

En el ámbito étnico-geográfico: numidio, gallus, germanus, aethiops, syrus, iudaeus

Todos ellos eran términos que servían para indicar la procedencia del individuo: de Numidia, de la Galia, de Germania, de Etiopía, de Siria, de Judea…

 

En el ámbito somático, fuscus, indus, maurus, coloratus, ager, niger, albus, candidus

La diversidad física se ponía de relieve sobre todo en las personas de color, no sólo en las de condición africana sino también en las de condición bereber e indiana. No obstante, esto no significa que la diversidad somática de los pueblos del norte fuese ignorada.

 

Extranjeros

La noción de extranjero emerge ya en el primer apartado. Se trata de una definición dinámica, resultado de la interacción de dos puntos de vista: uno neutro –extranjero es aquel que es originario de otro país– y uno negativo –extranjero es aquel que no forma parte del grupo político y social en relación al cual es adjudicado el estatuto.

Una vez individualizada la amplia gama de términos y expresiones a través de las cuales los romanos aludían a la condición de extranjero de un individuo, no resulta sencillo identificarlos en las fuentes disponibles. En este sentido, es necesario indicar que es prácticamente imposible cuantificar las atestaciones literarias de los extranjeros que vivieron en Roma.

Una valoración cuantitativa del número de extranjeros es posible a través de las inscripciones –las fuentes epigráficas presentan numerosos testimonios individuales de extranjeros, permiten conocer aspectos diversos de la vida privada y permiten indagar profundamente sobre algunos grupos específicos de extranjeros.

Entre los siglos I y II, en Roma sólo se registró un episodio de expulsión en masa de los extranjeros: en el año 6, a causa de una terrible carestía, Augusto ordenó expulsar de Roma a todos los esclavos en venta, a los gladiadores y a todos los extranjeros a excepción de los médicos, los maestros y una pequeña parte de esclavos.

Poco se sabe de la realidad que dejaban tras de sí los inmigrantes que marchaban a Roma. Por lo que respecta a las razones que llevaron a la migración destacaron las crisis económicas, las escasas oportunidades de trabajo, el aislamiento cultural, o las catástrofes humanas o naturales. En general, son seis las razones principales que motivaron a los individuos a dirigirse a Roma: la formación (Roma era la sede natural para quien pretendía adquirir o perfeccionar la educación en el campo de las ciencias liberales), el perfeccionamiento y promoción de la carrera política y militar, la representatividad diplomática, ser un exiliados, un rehén o un prisionero de guerra, el desarrollo de diversas actividades profesionales y los reencuentros familiares.


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Soy formalmente historiador desde que me licencié en Historia Antigua por la Universidad Complutense de Madrid en 2004. En 2009 conseguí el título de doctor europeo por el Departamento de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid con la defensa de la tesis doctoral La Hispania de Cneo Pompeyo Magno y Cayo Julio César: modelos de gestión territorial y clientelar, obra publicada en 2012 por Sílex. He orientado mi labor investigadora a las relaciones sociales, a los movimientos migratorios y a la organización del territorio en la Antigüedad, así como a todo lo concerniente a la romanización y a la arqueología de España. Asimismo, tengo un gran interés por la antropología social y la etnoarqueología, colaborando en este sentido con varios organismos y plataformas. He realizado varias estancias como investigador en Italia, donde he completado mi formación como historiador y arqueólogo, y he participado en varias excavaciones arqueológicas en todo el territorio nacional.

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