El cuidado personal en la antigua Roma

12 mar, 2014 por



En la antigua Roma la estética representó una verdadera obsesión. Cuanto más alto era el estatus de la persona, más cuidada era su apariencia. Maquillajes, perfumes o peinados no eran en absoluto exclusivos del sexo femenino, sino que los hombres también optaron por embellecerse y cuidarse.

 

El maquillaje

El conocimiento de la cosmética y de la aromaterapia en la Antigüedad se desprende de los textos clásicos de Plauto, Propercio, Ovidio, Horacio, Séneca, Plinio el Viejo, Dioscórides, Marcial, Tácito, Juvenal, Luciano de Samosata o Galeno. Algunos de estos autores tildaron al maquillaje de práctica viciosa, vulgar y fraudulenta.

 

‘Quien observe a las mujeres levantarse de la cama a primera hora de la mañana, las encontrará feas como simias. He aquí la razón de por qué se encierran esmeradamente en casa y no se hacen ver por ningún hombre. Las mujeres más ancianas y una fila de siervas […] se esmeran en torno a la matrona para mejorar con varios recursos la apariencia de su rostro […] Polvos de diferentes compuestos tienen la función de aclarar la piel apagada […] Existen cuencos de plata, jarros, espejos y varios vasos similares a los de las farmacias, en cuyo interior se conservan sustancias dentífricas o pigmentos para ennegrecer las pestañas.’ Luciano de Samosata, Amores, 39.

 

El cuidado de la belleza femenina se conoce como cultus. Relieve del siglo III d.C., Städtisches Museum Tréveris.

Tanto en la cultura egipcia como en la griega fue común la existencia de esclavas dedicadas en exclusiva al cuidado de la belleza de sus amos, tradición que se acentuó sobre manera en Roma con esclavas altamente cualificadas en el arte del maquillaje y de la perfumería.

Sentada en una banqueta sin respaldo, el scannum o subsellium, o en una silla con brazos y respaldo, la cathedra, en una habitación donde, según nos informa Ovidio, los hombres tenían vetado el acceso, la domina o señora era tratada por sus maquilladoras personales que guardaban celosamente los preciados espejos, maquillajes y perfumes en armarios dotados con cerraduras.

El maquillaje facial tenía una consistencia poco granulosa y se mezclaba en pequeños platos. Utilizaba como base la lanolina de lana de oveja sin desengrasar, el almidón y el óxido de estaño –actualmente el almidón se sigue utilizando en los productos cosméticos para suavizar la piel.

Tradicionalmente, las mujeres llevaban el rostro blanco. Para lograrlo, utilizaban una mezcla a base de yeso, harina de habas, sulfato de calcio y albayalde, si bien es cierto que los resultados finales de esta mezcla eran curiosamente los contrarios.

Para aclarar el rostro también utilizaban una base de maquillaje elaborada con vinagre, miel y aceite de oliva, así como las raíces secas del melón aplicadas como un emplasto, los excrementos de cocodrilo o estornino e incluso, según Galeno, polvos de plomo.

Otros ingredientes utilizados en blanqueadores fueron la cera de abeja, el aceite de oliva, el agua de rosas, el aceite de almendra, el azafrán, el pepino, el eneldo, las setas, las amapolas, la raíz de lirio y el huevo. Igualmente, con objeto de lograr el blanqueamiento facial, las mujeres ingerían una gran cantidad de cominos, y para dotar a la piel de una mayor luminosidad se utilizaban los polvos de mica.

Como símbolo de la buena salud las mujeres resaltaban sus pómulos coloreándolos en tonos rojos muy vivos. Para ello utilizaban tierras rojas, alheña o cinabrio. En otros casos, las alternativas más asequibles incluían el jugo de las moras o los posos del vino.

Por otro lado, el carmín labial, asimismo en tonos rojos muy vivos, se lograba con el ocre procedente de líquenes o de moluscos, con frutas podridas e incluso con minio. Además, estaba muy difundida la moda de que las mujeres se marcasen las venas de las sienes en color azul.

Los cánones de la belleza romana indicaban que la mujer debía poseer grandes ojos y largas pestañas. El perfilador de ojos, que se aplicaba con un pequeño instrumento redondeado de marfil, vidrio, hueso o madera, que previamente se sumergía en aceite o en agua se obtenía con la galena, con el hollín o con el polvo de antimonio.

Para la sombra de los ojos, generalmente negra o azul, era imprescindible la ceniza y la azurita. Asimismo, y por influencia egipcia, existían las sombras verdes elaboradas con polvo de malaquita.

Las cejas se perfilaban sin alargarlas y se retocaban con pinzas. En este sentido, existía una predilección por las cejas unidas sobre la nariz, efecto que se lograba aplicando una mezcla de huevos de hormiga machacados con moscas secas, una mezcla que también era utilizada como máscara para las pestañas.

Fue Popea, la esposa de Nerón, quien inventó la primera mascarilla facial, conocida como tectorium, utilizando una mezcla de pasta y leche de burra que se aplicaba antes de acostarse y que se dejaba puesta durante toda la noche.

Fresco del siglo I a.C. procedente de la Villa Farnesina, en la que una joven rellena una ampolla de perfume (Museo Nazionale di Roma).

A la sociedad romana le disgustaban las arrugas, las pecas, las manchas y las escamas en la piel. Así pues, existían mascarillas de belleza contra las manchas como la realizada con hinojo, mirra perfumada, pétalos de rosa, incienso, sal gema y jugo de cebada.

Para contrarrestar las arrugas era muy común una mascarilla elaborada con arroz y harina de habas, pero sin duda la más sencilla fue la realizada a partir de leche de burra con la que algunas mujeres se lavaban las mejillas hasta siete ocasiones al día. También, contrarrestaban las arrugas hirviendo el astrágalo de una ternera blanca durante cuarenta días y cuarenta noches, hasta que se transformara en gelatina, aplicándolo posteriormente con un paño.

Para tratar las pecas se aconsejaba las cenizas de caracoles, y contra la psoriasis el fango del Mar Muerto o asphaltite. Para alisar la piel era muy común una mascarilla a base de nabo silvestre y harina de yero, cebada, trigo y altramuz. Asimismo, también existían mascarillas faciales para anular el acné, las ulceraciones oculares y las heridas labiales.

Resulta curioso que debido al hedor de muchos de los ingredientes empleados en las mascarillas faciales, como excrementos, placentas, médulas, bilis u orinas, era frecuente perfumarlas.

El hecho de maquillarse requería una gran cantidad de tiempo y la ayuda de esclavas, por lo que, lógicamente, tan sólo las mujeres de la aristocracia tendrían el privilegio de poder maquillarse a diario.

Algunos hombres, fundamentalmente los travestis, recurrieron al maquillaje y a la depilación a pesar de ser considerado algo impropio y afeminado como informan Marcial y Plinio el Joven.

Los maquillajes se vendían en los mercados en pequeños vasos de terracota antropomorfos o zoomorfos, en vasos de vidrio verde y azulado o en pequeños recipientes de alabastro egipcio, madera, hueso, ámbar, plomo o metales preciosos. También se vendían pequeños cofres de madera de talla egipcia con varios departamentos y cerraduras, conchas para mezclar, espátulas, lápices, pinceles o bastoncillos.

 

Los baños hidratantes

Los baños hidratantes gozaron de gran popularidad en la antigua Roma. Popea, siguiendo las prácticas de Cleopatra VII, en todos sus viajes se hacía seguir por un rebaño de trescientas burras que cada mañana eran ordeñadas para garantizar su hidratante baño matutino.

Sólo los más afortunados, desde el siglo III a.C., tenían baño en casa y podían permitirse la lavatio diaria, pues lo más común era lavarse todo el cuerpo cada semana o cada nueve días en correspondencia con los días de mercado, las nundinae. Asimismo, varias familias de la aristocracia romana contaron con bañeras portátiles que solían instalar en las habitaciones contiguas a la cocina para poder disponer de agua caliente.

En los baños se utilizaban esponjas naturales, las spongiae, y jabones también naturales como el struthium, la soda o aphronitum, el fango, la harina de habas o la piedra pómez, muchos de ellos detergentes abrasivos que obligaban a utilizar después de cada baño aceites perfumados para hidratar la piel. Además, existían diferentes tipos de toallas dependiendo de su utilidad: la sabana o toalla de baño; la facial o toalla para el rostro; y la pedale o toalla para los pies.

 

Los perfumes y los ungüentos

Los perfumes y los ungüentos perfumados fueron artículos de lujo que gozaron de gran popularidad entre hombres y mujeres de todo el Imperio.

 

“Me gustan los ungüentos; son los perfumes aptos para los hombres. Los finos perfumes de Cosmo proporcionan la justa fragancia…” Marcial, XV, 59.

 

Utilizados originariamente con fines puramente rituales y culturales, los perfumes se obtenían de las fragancias derivadas de las plantas, las flores y las semillas. Ingredientes fundamentales eran la mirra, el incienso, el cardamomo y la canela.

Las mujeres que se perfumaban hacían llenar la boca de sus esclavas con el perfume y estas lo pulverizaban sobre sus amas. También era muy común que las mujeres se aplicasen aceites y ungüentos perfumados por los cabellos y por todo el cuerpo y que incluso perfumasen, como relata Marcial, su ropa interior y sus vestidos –Calígula se bañaba en perfume y Nerón incluso perfumaba su calzado.

Cofre en madera y marfil procedente de Capua, siglo I d.C.

Las principales factorías de perfumes, como las de Capua, se concentraban en los lugares en los que crecían las hierbas aromáticas que predominaban en cada esencia. En Roma los mejores perfumes, como el cosmianum y el nicerotianum, se podían conseguir en las perfumerías del Velabro.

El elenco de sustancias aromáticas en torno al año 100 comprendía más de 60 tipos, y los perfumes más cotizados, como el de Judea o el telinum, el perfume favorito de Julio César, podían llegar a costar hasta dos denarios el gramo, mientras que el precio de los perfumes de tipo medio oscilaba entre los cinco y los diecisiete denarios por libra de 327 gramos (cuando, para que nos hagamos una idea, en época imperial, un trabajador agrícola recibía un salario de 25 denarios al día).

Existía una preferencia por los perfumes sutiles, especiados y relativamente dulces. Para Plinio, un perfume debía ser tal que su fragancia debía atraer sin problema a todo aquel individuo que estuviese ocupado.

En época imperial se exportaban anualmente del Medio y del Extremo Oriente conocidos esencias por un valor de cien millones de sestercios. Algunos de estos perfumes eran tan caros que la lex Oppia del 189 a.C. trató de regular su consumo y, asimismo, Tiberio reguló su importancia para no enriquecer excesivamente al Oriente.

Naturalmente, existían imitaciones muy asequibles que se vendían a las mujeres con menos recursos y a las prostitutas, a las que en ocasiones se pagaba con maquillajes y perfumes.

Se daba por supuesto que la mujer que olía bien gozaba de buena salud, si bien algunos, como Plauto o Marcial, consideraron que los perfumes demasiado intensos sólo servían para camuflar la escasa higiene personal.

Antes de vestirse, el exceso de ungüento perfumado se quitaba con el capulus y la ligula. Entre los ungüentos más preciados destacaba el conocido como ‘ungüento real’, elaborado con veinticuatro sustancias y llamado así porque lo usaba el rey de los partos, utilizado, además, como desodorante y blanqueador, y, según Plinio el Viejo, los ungüentos a base de nardos.

Para conseguir los ungüentos perfumados se hacían macerar las sustancias aromáticas en aceite caliente y posteriormente se filtraban. Así, se obtenían los aceites esenciales, mientras que las pomadas se lograban dejando macerar pétalos de rosa en grasa animal. El onfacio era un aceite ligero de oliva inmadura que se empleaba para ligar ungüentos y perfumes, y el cálamo, previa maceración en el vino, estaba presente en muchos ungüentos y aceites.

 

El peinado

Estilos del peinado romano femenino
(Imagen extractada de A. Racinet’s, Le Costume Historique. Paris, 1878).

Tradicionalmente, los peinados más elaborados eran aquellos que mostraban las mujeres de la aristocracia, auténticos símbolos de distinción social. Los interminables padecimientos de las mujeres, que podían permanecer durante varias horas bajo las manos de sus peluqueras, las ornatrices, fueron temas muy frecuentes en la sátira romana. Empero, muchas mujeres consiguieron lucir los caprichosos peinados que imponía la moda mediante el empleo de pelucas.

Si bien es cierto que existían productos para suavizar el cabello y favorecer su crecimiento, originariamente las mujeres cuidaron sus cabellos con gran sencillez. La simplicidad del peinado republicano, con raya al medio y moño, fue sustituida en época imperial por la moda de las trenzas cruzadas sobre la frente y por el empleo de elegantes postizos. Las mujeres casadas, al igual que las vestales y las sacerdotisas, portarían un peinado conocido con el nombre de sex crines, o lo que es lo mismo, ‘seis trenzas’.

En lo que respecta al peinado masculino, desde un primer momento el hecho de lucir una bella melena se asociaba a las grandes virtudes masculinas. Por ende, los romanos acostumbraron a dejarse largas tanto la cabellera como la barba. Sin embargo, en época imperial y, al menos, hasta bien entrado el siglo II, se impuso la costumbre de que los hombres adultos cortaran su cabello y se afeitasen.

En época tardorrepublicana el peinado masculino se había hecho mucho más complejo, pues los cabellos cortos se comenzaron a rizar con el calmistro, un hierro candente que servía para rizar el pelo y hacer bucles.

Varrón, basándose en un documento procedente de Ardea, nos informa de que los primeros barberos o tonsores llegaron a Italia procedentes de Sicilia hacia el año 300 a.C., y que el uso de tijeras, cuchillas y pinzas era desconocido por los romanos antes de esa fecha.

Solamente los jóvenes de condición libre y aquellos esclavos que formasen parte de la servidumbre de lujo presentaban los cabellos largos. Lo normal era que los ciudadanos romanos se cortasen el pelo a una cierta altura, mientras que los galanes se hacían rizar los cabellos con hierros calientes, se perfumaban abundantemente y pasaban varias horas en el barbero.

Se considera a Escipión el Africano (236-186 a.C.) el artífice de introducir en Roma la costumbre de afeitarse a diario, y a Marco Claudio Marcelo (268-208 a.C.), el conquistador de Siracusa, como el primer romano que en las monedas aparece con la barba afeitada.

La visita al barbero era un momento poco agradable para el ciudadano romano al no existir lociones de afeitado y utilizarse únicamente agua. Por ende, los frecuentes cortes sufridos por los clientes hicieron que el barbero con experiencia fuera muy apreciado.

La primera barba de los adolescentes, lanugo, debía ser ofrecida a los dioses lares en la ceremonia de tránsito a la edad adulta. Con Adriano se puso de moda la barba larga, pues muy probablemente el emperador la llevaría así para poder camuflar la cicatriz de su barbilla. Pero poco después, con Marco Aureliose puso de moda afeitarse la barba, costumbre que se generalizó completamente en época constantiniana. Sin embargo, existieron excepciones, pues los filósofos y quienes guardaban luto ni se cuidaban los cabellos ni la barba.

Red capilar, Museo Palazzo Massimo alle Terme.

Desde el siglo IV a.C., hombres y mujeres habían adoptado la costumbre griega de teñirse los cabellos de cobrizo con el jabón cáustico, hecho de sebo y cenizas, sobre todo para ocultar las canas. La tendencia fue cambiando y entrado el siglo II, tanto hombres como mujeres se decantaron por el color rubio. En este sentido, las personas más adineradas llegaron a aplicarse incluso polvos de oro sobre el pelo o se colocaron pelucas y postizos de este color que hacían traer desde Germania y que eran muy estimadas. Por otro lado, el azul y el naranja eran los colores propios que utilizaban las prostitutas.

Gran importancia tuvieron la henna egipcia, o alheña, un tinte natural de color rojizo, y el sapo germano, elaborado con grasa de cabra y ceniza de haya.

Finalmente, la calvicie fue considerada por hombres y mujeres una marca de ignominia, y quien sufría la pérdida del cabello a causa de la edad o del abuso de los tintes recurría al capillamentum, es decir, a las pelucas fabricadas con cabello natural.

 

La depilación

Las mujeres se rasuraban totalmente el bello corporal ya que, como norma general, los hombres sólo se acostaban con mujeres que habían sido previamente depiladas. Existían varios procedimientos para quitar el vello corporal como las cataplasmas compuestas de varias ceras resinosas disueltas en aceite de oliva, si bien el procedimiento más común, y a la vez el más lento y doloroso, era la depilación con pinzas de metal de forma y longitud variable, forcipes aduncae, así como el raspado con piedra pómez.

Ovidio (Arte de amar, III, 193) consideró la depilación como algo natural e incluso llegó a criticar a las mujeres cuyas piernas no estaban depiladas, y Marcial (Epigramas, II, 6) señaló que existían mujeres que incluso ya se depilaban los brazos y las zonas genitales. Por otro lado, Plinio (Historia Natural, XXIX, 26) consideró la depilación masculina como un acto afeminado, si bien es cierto que fue una práctica bastante habitual. En este sentido, Suetonio (Augusto, 68) señaló que Augusto solía depilarse las piernas con bastante frecuencia, y Séneca (Epigramas, 56.2) informó de la existencia de especialistas de la depilación.

 

La higiene bucal

En la limpieza bucal se utilizaba el vinagre, los nitratos, la soda y el bicarbonato, si bien el dentífrico más utilizado era la orina, siendo la hispana, envasada en ánforas precintadas, la más cotizada y distribuida por todo el Imperio. Se utilizaban, además, cepillos dentales fabricados en madera, el dentiscalpium, e incluso existieron prótesis dentales fabricadas en hueso y en marfil.

 

Los objetos de toilette

Entre los artículos del cuidado personal el más significativo era el espejo. Podía presentar una forma redondeada, respetando la tradición etrusca, o cuadrada, modelo muy difundido y común durante todo el Imperio. Tradicionalmente, los espejos se fabricaban en metal –bronce, cobre, plata y oro– y tenían mangos finamente trabajados tanto en metal como en hueso o marfil. Según Plinio el Viejo, la factoría más importante de espejos se encontraba en Brindisi, si bien en época tardía los espejos de vidrio acabaron reemplazando a los espejos de metal.

Por otro lado, existían diferentes tipos de peines fabricados en madera, hueso o metal. El modelo más sencillo tan sólo tenía una fila de púas y el más común contaba con dos filas de púas contrapuestas. En este sentido, no era extraño que, como ocurría con los espejos, los propietarios escribiesen su nombre en las empuñaduras de los peines.

 

La Bona Dea

En el 67 a.C. Julio César había contraído su segundo matrimonio con Pompeya, hija de Quinto Pompeyo Rufo y nieta de Sila. Este nuevo matrimonio le garantizaba guardar buenas relaciones con las facciones más conservadoras del Senado. Si una cualidad caracterizaba a Pompeya, además de su belleza, era su inmoral comportamiento con sus amantes. Tal es así que la madre del nuevo pretor, Aurelia, descubrió los amoríos que Pompeya tenía con el joven y bello aristócrata Publio Clodio Pulcher. A comienzos de diciembre del 61 a.C., ambos amantes fueron descubiertos durante la celebración de las festividades de la Bona Dea, diosa de la virginidad y la fertilidad femenina en cuyo culto, celebrado ese año en la casa de Pompeya, no estaba permitida la presencia masculina. A pesar de ser descubierto disfrazado de mujer, Clodio no recibió condena alguna por parte del pretor urbano de Roma. No obstante, Julio César no podía tener como esposa a una mujer infiel con lo que su familia consiguió que inmediatamente se divorciara de Pompeya quedando en condiciones de contraer un nuevo matrimonio. En la imagen, Clodio, travestido de muchacha y soportando una lira, intenta seducir a Pompeya.

La identificación de las facultades divinas de la Bona Dea resulta bastante compleja debido a su sincretismo con otras deidades como Ope (diosa de la vida), Fatua (diosa de la tierra gracias a la cual los niños aprendían sus primeras palabras cuando entraban en contacto directo con ella) y Fauna (la hija de Fauno), todas ellas divinidades vinculadas con la belleza y la naturaleza. En síntesis, y a tenor de lo relatado por Macrobio en su obra Saturnalia, la Bona Dea fue la diosa de la fertilidad femenina, la virginidad, la curación y la belleza natural. Generalmente, se la representa sentada en un trono y sosteniendo una cornucopia.

En lo que respecta a su culto, celebrado en el mes de diciembre, era un culto únicamente reservado a las mujeres. La diosa era venerada en un templo situado en el monte Aventino, si bien su rito, siempre secreto, se practicaba en el hogar de algún magistrado romano. Además de estar vetada la presencia de hombres, se prohibían, además, las pinturas de figuras de hombres o animales macho. La estancia donde se practicaba el culto estaba decorada con flores y plantas, a excepción del mirto, ya que, según el mito, la Bona Dea, identificada con Fauna, fue golpeada hasta la muerte por Fauno con una rama de mirto.

Cura dabit faciem, facies neclecta peribit”, Ovidio, El arte de amar, III, 105.

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