El monstruo de Auschwitz

Por . 26 marzo, 2014 en Reseñas
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Desde que leí Yo, comandante de Auschwitz no dejo de pensar en ese volumen, en esa autobiografía. ¿Quién es el autor de dichas memorias? Rudolf Höss (1900-1947), comandante de Auschwitz desde 1940 hasta 1943. Creo que es un caso límite y en su escritura se cumplen las observaciones que podemos hacer sobre los géneros del yo.

 

¿La vida del monstruo?

Me cuesta hablar de este libro, justamente por la repugnancia que puede llegar a provocar. Pero la rara y banal sinceridad del autor y su percepción de las cosas me obligan.

No me motiva morbosidad alguna. Tampoco deseo contrastar todos los datos históricos de los hechos contados. No es ésa mi intención. Ni esto es una reseña ni un examen documentado. Prefiero detenerme en la autobiografía como género y, por tanto, de qué manera se maneja Rudolf Höss. Por lo que dice y por cómo lo dice, podemos aprender muchas cosas acerca de… nosotros mismos, acerca de la naturaleza humana. Y acerca de la biografía.

 

Confesiones

“En las páginas siguientes quisiera hacer un balance de mi vida interior”, dice Höss al principio de su obra. “Evocando, de la manera más verídica”, añade, “todos los acontecimientos esenciales de mi existencia y los efectos psicológicos, unas veces positivos y otras negativos, que han influido sobre mí”. Es sobrecogedor este primer párrafo. ¿Por qué razón? Porque Höss, el comandante de Auschwitz, adopta la retórica precisa de la tradición autobiográfica, la de las Confesiones, la que empieza con San Agustín y llega a Jean-Jacques Rousseau.

La obra del filósofo ginebrino comienza con una fórmula que es consumación de esa tradición, el acuerdo con el lector, un presunto pacto de verdad, un pacto autobiográfico (en expresión de Philippe Lejeune). Si San Agustín comenzó confesándose ante Dios, Rousseau hará algo parecido. Sin embargo, las consecuencias son muy distintas.

 

“Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores”, dice Rousseau. “Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo. Sólo yo. Conozco mis sentimientos y conozco a los hombres. No soy como ninguno de cuantos he visto, y me atrevo a creer que no soy como ninguno de cuantos existen. Si no soy mejor, a lo menos soy distinto de ellos. Si la Naturaleza ha obrado bien o mal rompiendo el molde en que me ha vaciado, sólo podrá juzgarse después de haberme leído. Que la trompeta del Juicio Final suene cuando quiera; yo, con este libro, me presentaré ante el Juez Supremo y le diré resueltamente:

“…‘He aquí lo que hice, lo que pensé y lo que fui. Con igual franqueza dije lo bueno y lo malo. Nada malo me callé ni me atribuí nada bueno; si me ha sucedido emplear algún adorno insignificante, lo hice sólo para llenar un vacío de mi memoria. Pude haber supuesto cierto lo que pudo haberlo sido, mas nunca lo que sabía que era falso. Me he mostrado como fui, despreciable y vil, o bueno, generoso y sublime cuando lo he sido…’ ”.

 

Rousseau podría haber dicho: voy a emprender un balance de mi vida interior, evocando, de la manera más verídica, todos los acontecimientos esenciales de mi existencia. Como se sabe, el filósofo ginebrino fantaseó abundantemente, recreando de manera afectada su vida para hacerla modélica y aleccionadora: para hacer de su ejemplo un caso moral. Una parte de lo dicho la inventó literalmente y a la otra parte le dio un peso o un sentido imaginarios: un significado que los hechos no tenían cuando sucedieron.

Pero ese párrafo inicial, que es un incipit muy célebre, fija la convención. Todo memorialista parece obligado a comenzar así. Que empiece así no significa que todo memorialista mienta tanto como fantaseó Rousseau. Significa que el sujeto adopta un código expresivo, una regla. Y adopta también un interlocutor: en unos casos, como en el filósofo ginebrino, es Dios, un Dios al que alude vagamente como remoto destinatario.

También Robinson Crusoe, el Robinson de Daniel Defoe, cuando está perdido en la isla, tiene un interlocutor a quien interpela, exige, reclama: alguien con quien conversa para hacer balance de lo bueno y de lo malo. ¿Lo recordamos? Él se ha convertido en un industrioso fabricante, un tipo que modifica todo su entorno para hacerlo habitable. Es un obsesivo del trabajo. Tiene tanto miedo que no puede dejar de elaborar. Se siente orgulloso: tiene cualidades que ignoraba poseer. Pero él es un burgués, un inglés nacido libre, el hijo de una familia acomodada que ha recibido una buena educación y que, ante todo, ha sido instruido en el temor de Dios.

Cuando Robinson tiene recaídas en la pura nostalgia, la nostalgia de lo que ha perdido realmente, el náufrago se sobrepone enseguida anotando en una especie de dietario el haber de sus acciones, lo positivo de su vida aparentemente desdichada. Si no está trabajando, escribir para él es hacer balance, un medio de sopesar, de registrar y de frenar la desesperación y la desaparición. Y Dios es ese destinatario que supervisa a todo creyente, un ojo que todo lo ve pero sobre todo una conciencia a la que dirigirse. Si se hace memoria ante Dios, ¿cómo se le va a mentir? Entre las convenciones del género Confesiones, la interlocución con la Providencia suele ser esencial y frecuente. ¿Y en otros ejemplos, justo cuando Dios queda relegado?

 

Matonismo

En el caso del comandante de Auschwitz, el descreimiento o el enfriamiento religioso serán factores decisivos en su formación o malformación. Por eso, en las confesiones que escribe no es exactamente Dios quien espera el relato. Son la humanidad a la que se dirige y sus captores. El individuo solo, aislado, hace un examen autoindulgente: el del empleado público que cumplió fielmente sus obligaciones.

Apresado por los británicos, entregado a los polacos, Höss ha escrito con ganas y con soltura porque sabe que todo está perdido y porque sabe que su tarea fue funcional y funcionarial. Nada más. O nada menos. La escritura es lo único que le queda. Redacta algo así como la memoria de su gestión, una labor de la que no tiene por qué arrepentirse globalmente. Se siente bien incluso, leemos en sus páginas. Tiene unos destinatarios que sabrán comprender su ejecutoria como empleado.

“Jamás habría accedido a revelar mis pensamientos más íntimos, más secretos, exhibiendo desde mi yo, de no haber sido tratado aquí con tanta comprensión, tanta humanidad”. ¿Qué pensar ante esa declaración? “Ahora mi vida llega a su fin. A lo largo de estas páginas he expuesto todo lo que me ha ocurrido de esencial, todo lo que ha influido en mí y me ha impresionado. Me he expresado conforme a la realidad y la verdad; he contado lo que vi con mis propios ojos, dejando de lado los detalles que me parecían secundarios. También hay muchas cosas que he olvidado o que no recuerdo muy bien”. ¿Una impostura?

Todo su relato es una suma de episodios corrientes o supuestamente corrientes. Desde su infancia anodina en Baden-Baden, con un padre distante, frío, exigente, hasta su llegada a Auschwitz en 1940, con  expectativas de funcionario: Auschwitz como la consumación de una existencia ordinaria, una vida de bronca y disciplina, de guerra y de camaradería recia, viril, en los Freikorps, una vida familiar con granja y jardín.

Habrá dudas religiosas, pronto aliviadas con la hermandad que procura el matonismo viril. Pagará por ello: en concreto por la ejecución de un traidor. Ese crimen le lleva a la cárcel con una pena de diez años de trabajos forzados. Se le condena por ser el “instigador y principal participante en una condena a muerte”. Estamos en los años veinte y la República de Weimar se ve sacudida por la violencia del escuadrismo. Höss es uno de sus más activos responsables.

 

El orden

La vida carcelaria será, claro, su otro lugar de formación y malformación. “La vida en la celda presentaba rasgos comunes con el confesionario”, admite con una analogía que no es disparatada. “En aquellos tiempos me asombraba escuchar a los presos revelar con tanto descaro sus secretos más íntimos”, añade. Nuevamente, las confesiones como relato de vida, prosa y orden.

El confesionario es la celda con un interlocutor ante el que te presentas, un tercero que te examina. Nada escapa a su visión. De ahí que se obstine en hacer las cosas bien, sin impurezas o desarreglos, con el orgullo o la obsesión de quien sólo se vigila a sí mismo.

“Siempre he insistido en resolver por mí mismo los problemas que más me angustiaban”, dice en una página. Solo, con la autosuficiencia rencorosa y reprimida del veterano que sobrevivió a la Gran Guerra, a la temprana orfandad, a la prisión. Laborioso, con ese activismo neurótico del que cree posible gestionarlo todo. Riguroso, con la obediencia del que sabe cumplir su “deber de manera puntillosa”, dice. Con “la aprobación general”, añade.

Así, con esos ideales domésticos, este probo ciudadano regentará después distintos campos: en concreto, un campo de exterminio ideal, aquel al que hubiese querido dar el orden definitivo y eficaz. El orden, precisamente, y su expresión más pequeña, recóndita y bella: como un jardín bien cuidado, como una granja familiar, en una vida ordinaria y previsible.

Toda su existencia se organiza en torno a ese ideal de orden doméstico. Las cosas en su sitio, con cada pieza funcionando. “Habituado desde niño a la obediencia absoluta, a la limpieza y el orden meticulosos, no tenía inconveniente en someterme a las duras exigencias de la disciplina carcelaria”, dice cuando describe el cumplimiento de su condena en los años veinte. “Me empeñaba en respetar rigurosamente los reglamentos, mantenía mi celda pulcra y ordenada y ni siquiera los más maliciosos tenían motivos para criticarme”, concluye.

Ése será su modelo de vida, el esquema que aplicará en Dachau, en Sachsenhausen y, después, en Auschwitz: ya afiliado al NSDAP y ya oficial de las SS.

Y en esa gestión del orden, todo fueron tropiezos. La desatención de los superiores, dispuestos a poner en marcha la Solución Final (1942) sin los medios pertinentes. La pillería de los subordinados, dispuestos siempre a evitar el trabajo, el rigor o la responsabilidad. ¿Que eran duras o crueles las órdenes recibidas? “¡Cuántas veces tuve que esforzarme por aquel entonces para parecer duro e implacable!”, dice. La obediencia debida era lo que permitía no interrogarse. Escribir las memorias es preguntarse sobre su actuación; vivir es ejecutar, disponer, realizar. Höss responde con inocencia obscena o con cinismo sincero.

Parafraseémoslo: hice lo que debía y no pude hacer más, como era mi propósito, porque ni superiores ni subordinados me ayudaron lo suficiente. Porque él quería ser recto y eficaz, neutralizando para ello cualquier prurito moral. Mis funcionarios no tenían el temple adecuado y el burocratismo impedía la buena marcha del establecimiento.

“Yo no podía estar en todo”, se lamenta. Por eso, “debido al ambiente de desconfianza general que reinaba en Auschwitz, yo mismo me acabé transformando en otro hombre”, un tipo deshumanizado, desilusionado, “un ser insociable”, pues “no hacía más que pensar en mi trabajo”, ese que no podía delegar con tranquilidad. Por ello, “relegaba a un segundo plano todo sentimiento humano” y no era infrecuente que buscara “refugio en el alcohol” o en el trabajo incesante. “No podía reflexionar: tenía que ejecutar la consigna. Mi horizonte no era lo bastante amplio para permitirme elaborar un juicio personal sobre la necesidad de exterminar a todos los judíos”.

¿Tiene esto algún colofón? En un artículo, Richard L. Kagan hablaba de las autobiografías involuntarias o inducidas que se producen como efecto de alguna forma de violencia, de coerción o de coacción. Generalmente, “los autores de este tipo de autobiografías son individuos que, por alguna razón, han entrado en conflicto con la ley y, como consecuencia, se han visto atrapados en un proceso judicial instruido para obtener de ellos un relato detallado y veraz de sus vidas”.

Kagan pone el ejemplo de la Inquisición española, “que requirió de forma regular que los individuos sujetos a juicio elaborasen un discurso sobre sus vidas”. ¿Son creíbles?

Desde luego, no puede compararse la circunstancia de Höss con la de las víctimas inquisitoriales, pero cabría preguntarse si su autobiografía es involuntaria o inducida y si de ese hecho deriva la verdad o no del documento. Digo esto y me corrijo. ¿Importa esta cuestión? En realidad, Höss escribe con placer, con orgullo, con detalle y con pormenor. No oculta su aportación al exterminio. No se molesta en designar la naturaleza de sus crímenes, ni siquiera los califica en esos términos. Höss habla de error (el exterminio judío), cosa que resulta repugnante. Pero eso no hace inválido dicho testimonio. Lo que nos muestra es su percepción.

“En resumen”, dice Primo Levi en la introducción que acompaña el texto, “el libro es una autobiografía esencialmente verídica, y es la autobiografía de un hombre que no era un monstruo”. Tampoco era un “diablo”, calificación algo sensacionalista que empleaba Jacinto Antón en una reseña publicada en El País.

“Intento decir”, añade Levi, “que se le puede creer cuando afirma que nunca ha disfrutado al infligir dolor y al matar: no ha sido un sádico, no tiene nada de satánico”. Es decir, que era un tipo normal de vida ordinaria que suspendió el juicio moral, que no opuso la moralidad a la presión violenta, destructiva, de su ambiente ideológico. “Fue uno de los máximos criminales que jamás hayan existido, pero en esencia no era distinto de cualquier otro burgués de cualquier otro país”. Un tipo corriente. Como Adolf Eichmann.

Colofón

La cultura corriente es un repertorio de recursos comunes, los códigos que nos rigen, las costumbres que nos obligan, los artefactos que nos sirven para sobrevivir colectivamente. Todo vestigio del pasado puede ser tomado como fuente autobiográfica, biográfica e histórica: sobre distintos soportes se han volcado diferentes percepciones del mundo, formas de ver y de hacer. Los historiadores culturales nos muestran y prueban algo evidente: que los individuos ven y hacen colectivamente y que algunos se salen de la norma valiéndose –eso sí– de asideros compartidos: heredados o ahora por primera vez ensayados.

Los seres humanos somos capaces de lo mejor, de los logros más eximios. Somos igualmente capaces de modificar y edificar nuestros entornos materiales, de establecer instituciones políticas, de protegernos de la naturaleza y de los otros, de elevarnos a lo más sublime, de afirmarnos y de rehacernos con las grandes o pequeñas creaciones del intelecto o del genio: desde la religión al arte, desde la ideología a la literatura. Pero al mismo tiempo los seres humanos somos igualmente capaces de lo peor, de las mayores villanías.

Es ya un tópico citar a Walter Benjamin para este menester, pero resulta obligado y preciso: no existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie. De eso, de los documentos como expresión de cultura y de barbarie, dan cuenta los historiadores. Punto final.

 

 

 

 

Referencias bibliográficas

 

Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. Barcelona, Lumen, 1999.

 

Pierre Bourdieu, “La ilusión biográfica”, en Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Barcelona, Anagrama, 1997, págs.. 74-83.

 

Rudolf Höss, Yo, comandante de Auschwitz. Barcelona, Ediciones B, 2009.

 

Philippe Lejeune, El pacto autobiográfico y otros estudios. Madrid, Megazul Endymion, 1994.

 

Richard L. Kagan, “Autobiografía involuntaria o inquisitorial”, Cultura escrita y sociedad, núm. 1 (2005), págs. 92-94.

 

Philippe Poirrier, La historia cultural. ¿Un giro historiográfico mundial? Valencia, PUV, 2012.

 

Justo Serna y Anaclet Pons, La historia cultural. Madrid, Akal, 2013 (2ª edición).


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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