El plan de “extinción” de los gitanos del marqués de la Ensenada

Por . 3 marzo, 2014 en Edad Moderna
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El despotismo podía ser ilustrado, pero era despotismo. Las luces brillaban en los salones donde la nobleza ilustrada rivalizaba por favorecer la felicidad de sus súbditos y propiciar el progreso, a imitación de reyes cultos y benévolos.

Pero en la realidad, los déspotas que gobernaban el día a día, los que iban con su cartapacio lleno de papeles de covachuela en covachuela, sabían que dormirían mejor si mantenían “la cuerda tirante todos los días”, como le decía Floridablanca al gobernador del Consejo, Ventura Figueroa, íntimo del marqués de la Ensenada, el ministro que se jactaba de mantener en la puerta de los arsenales una horca con el fin de disuadir a los vagos que pretendieran huir.

Esas horcas, tan comunes en los presidios y arsenales que dirigía el ministro de Marina, Guerra, Indias y Hacienda, iban a ser el destino de numerosos gitanos a partir del verano de 1749, pues el déspota Ensenada concibió el plan de “exterminar tan malvada raza” y lo llevó a cabo el 30 de julio de 1749, el día más negro de la historia de los gitanos españoles.

 

El viejo asunto de los gitanos

En apariencia, el problema gitano no era prioritario en la corte de Felipe V cuando Ensenada fue llamado al poder en 1743. Felipe V mantuvo las numerosas leyes contra el nomadismo, que venían de los Reyes Católicos, e incorporó en la pragmática de 1717 la obligación de que los gitanos se avecindaran en las ciudades, lo que muchos habían hecho ya.

Los jóvenes que vagabundeaban caían en las redadas periódicas de vagos y malmorigerados y engrosaban la cuerda de presos, mano de obra para los arsenales de la marina, o las obras públicas. Nada especial había ocurrido para que las penas se endurecieran hasta los extremos a que llegaba la Real Cédula de 30 de octubre de 1745, que extendía la pena de muerte, reservada hasta entonces a los gitanos “acuadrillados” sorprendidos con armas de fuego, a los “encontrados con armas o sin ellas fuera de los términos de su vecindario”. La nueva ley aclaraba cualquier duda: “Sea lícito hacer sobre ellos armas y quitarlos la vida”.

La sorpresa que produjo la draconiana ley se manifestó en cuanto se conoció que había muchos gitanos avecindados, sobre todo en el sur, conviviendo sin problemas desde hacía tiempo y ejerciendo profesiones necesarias como herreros, trujaleros de aceite, incluso panaderos o carpinteros y, desde luego, albéitares y tratantes de ganado.

Las autoridades locales, que conocían su modo de vida “arreglado” y cristiano, comunicaron a Ensenada sus escrúpulos de conciencia, por lo que el marqués se vio obligado a dictar la provisión de 19 de julio de 1746 en la que se exceptuaba de la prisión a los que demostraran residir en los mismos pueblos durante más de diez años. Parecía que los gitanos “buenos” podían estar tranquilos. Ensenada dirigía su mano férrea contra los que delinquían, o sea, lo de siempre…

 

Impedir la generación

Pero el déspota tenía un plan bien distinto y lo expuso, en 1746, a Fernando VI: “luego que se concluya la reducción de la caballería, se dispondrá la extinción de los gitanos”.

Era un plan militar (similar al que se emplearía años después con los jesuitas). Primero, la información: “es menester saber los pueblos en que están y en qué número”. Luego, un día programado y un plan de acción: “la prisión ha de ser en un mismo día y a una misma hora. Antes se han de reconocer los puntos de retirada para apostarse en ellos tropa. Los oficiales que manden las partidas han de ser escogidos por la confianza y el secreto, en el cual consiste el logro y el que los gitanos no se venguen de los pobres paisanos”.

 

 

Sin prisa, Ensenada fue despejando el camino hacia la “solución final”: oyó a los capitanes generales y a los intendentes de los arsenales, reclamó un informe al embajador en Lisboa, el duque de Sotomayor, sobre la manera en que habían sido expulsados los gitanos de Portugal, se informó de la situación y rentas de las casas de misericordia y hospicios, y sometió el caso a consulta en el Consejo de Castilla a través de su gobernador, el obispo de Oviedo, Gaspar Vázquez Tablada, que logró despejar incluso algunas dudas del propio ministro, como por ejemplo, la licitud de separar maridos y mujeres, en lo que el obispo “no hallaba reparo” y que resultaba ser la clave de la operación, pues lo que se pretendía era “impedir la generación”, es decir, separar hombres y mujeres para que no procrearan.

Ya solo faltaba tranquilizar la conciencia del rey, una labor muy sencilla para el padre jesuita Rávago, su confesor, que también pensaba que Dios se alegraría “si el rey lograse extinguir esta gente”.

A un año de la gran redada, sólo quedaba por resolver el problema del asilo en sagrado, pues aunque Ensenada lo había derogado en el texto de 1745, era de temer que las justicias no se atrevieran a profanar una iglesia. Por eso, hubo de valerse de su buen amigo el cardenal Valenti Gonzaga, nuncio en Madrid antes de ser secretario de Estado en el Vaticano, para obtener expresamente del Papa permiso para excluir a los gitanos del asilo eclesiástico, lo que lograron en abril de 1748. Era el último trámite para que Fernando VI autorizara el genocidio del verano de 1749.

 

30 de julio de 1749, el comienzo del genocidio

El día más negro en la vida del marqués y la fecha más inolvidable para los gitanos españoles amaneció en las capitanías generales con la lectura de la orden de “prisión general” comunicada por la Secretaría de Guerra, que incluía la carta firmada por el obispo gobernador Vázquez Tablada con disposiciones tan terribles como las destinadas a los niños mayores de siete años, que serían separados de sus madres para ser enviados a los arsenales, con los hombres.

Durante ese día y los siguientes fueron apresados unos 9.000 gitanos y gitanas, según Campomanes, una cifra que se eleva a 12.000 si contamos los que ya estaban encarcelados.

Sin embargo, la prisión general no fue como la expulsión de los moriscos, también planificada militarmente. Algunos gitanos ricos tuvieron la protección de alcaldes y notables de sus pueblos, incluso del cura; otros pagaron a un escribano la redacción de una petición al rey solicitando que interviniera contra la injusticia. Muchos fueron escondidos, incluso en casas de nobles, otros se hicieron pasar por payos; hubo niños disfrazados de niñas para evitar que los separaran de las madres. En Orihuela se presentaron pacíficamente ante la tropa, dejándose llevar al presidio de Alicante, asombrados de cómo les trataba el rey; en Granada o en Sevilla, por el contrario, hubo resistencia, huidas y muertos.

Habían sido apresados varios miles en unos días, pero Ensenada tuvo que reconocer a mediados de agosto “no haberse logrado completamente la prisión de todos”. Desbordado por las noticias que le llegaban de los arsenales, donde habían empezado los alborotos, y frustrado por los muchos que habían huido, el ministro reiteraba las órdenes de prisión general con más saña aún: “en todas partes se solicite y asegure la prisión de los que hubiesen quedado”, mientras reiteraba que el objetivo era la prisión de todos, “los avecindados y vagantes en estos Reinos, sin excepción de sexo, estado ni edad”.

La redada continuó todo el mes de agosto espoleada por el propio ministro que escribió decenas de cartas con órdenes a toda España. Por una parte, intentaba evitar el descrédito en que le ponían los que seguían libres –por eso, ordenó el embargo de los bienes de los presos a mediados de agosto, para estimular el interés de las justicias y los oficiales por su captura (como hacía la Inquisición)–, pero a la vez, debía atender las protestas de los gobernadores de los arsenales y, sobre todo, de las autoridades de las casas de misericordia, donde el hacinamiento creaba problemas de salud, escándalos y temor al motín, lo que ocurrió, por ejemplo, en la Real Casa de Misericordia de Zaragoza.

 

Los gitanos en los arsenales

En el arsenal de Cartagena no quedaba sitio para los seiscientos hombres enviados y habían tenido que ser encadenados a las viejas galeras. En Cádiz, el gobernador del arsenal de La Carraca, donde llegó a haber más de mil hombres hacinados en los pabellones en los que se guardaba la estopa, escribió a Ensenada durante todo el mes de agosto pidiéndole que no mandara más, pues no podía ni alimentarlos y temía el motín (que al fin estalló el 7 de septiembre).

Sin embargo, los envíos de presos no cesaron. El intendente de marina, Varas y Valdés, muy amigo de Ensenada, aumentó la tropa de vigilancia a fines de agosto, pero el gobernador de La Carraca le contestó que “se necesitaría un batallón para guardarles”. Tal era la situación que el cónsul francés en Cádiz comunicaba a Versalles que el gobierno estaba desbordado y no sabía qué hacer con los gitanos apresados.

Ensenada, que dijo muchas veces que “mudar de opinión es mostrar a las gentes debilidad”,  aceptó el fracaso el 7 de septiembre y lo justificó, pues “falta lo principal, que es darles destino”. Siguió pensando en “acabar con tan malvada raza” y aun le rondó la idea de llevarlos a América, lo que expresamente había prohibido Felipe II, pero al final, no encontró otro camino que disfrazar su fracaso con la clemencia y diluir su responsabilidad entre las justicias, culpando a la “indiscreta inteligencia”, al “mal fundado concepto de los ejecutores”, y dejando caer al obispo de Oviedo, que abandonó el Consejo de Castilla en septiembre.

Todo había sido una simple equivocación, venía a decir Ensenada a través de la Instrucción “dulcificadora” de 28 de octubre de 1749: “Su Majestad sólo ha querido desde el principio recoger los perniciosos y mal inclinados…”

Pero se trataba solo de una manifestación más del cinismo del marqués, que seguía empeñado en buscar casas para las mujeres y en castigar en los arsenales a los hombres en edad de trabajar que desertaran –la instrucción de octubre sólo concedía la libertad a “viejos, impedidos y viudas”–; en suma, siguió fiel a su idea de impedir la “procreación”, la “generación de tan malvada raza”, que era el objetivo principal.

Por si acaso, en la instrucción de 28 de octubre, se reiteraba expresamente la condena a muerte, añadiendo un nuevo supuesto: “al que huyere, sin más justificación, se le ahorque irremisiblemente”. Era la política de “la cuerda tirante”.

 

La entereza de las gitanas

Era difícil el encierro de los hombres, pero más aún el de las mujeres, pues sus protestas causaban mucho más escándalo. Málaga acogió a lo largo del mes de agosto de 1749 a más de mil mujeres con sus hijos pequeños e hijas, lo que obligó a habilitar la Alcazaba para albergarlas, que se mostró insuficiente; además, había previstos nuevos contingentes.

Dos años después, el problema de Málaga seguía agobiando al ministro, que al fin decidió enviar a una parte de las gitanas recluidas allí a la Real Casa de Misericordia de Zaragoza, con cuyas autoridades venía proyectando ampliar la capacidad de la casa. La institución cedió a regañadientes, pues hubo dinero por medio –muy habitual en los manejos del marqués–, y en menos de un año acogía a 653 gitanas procedentes de Málaga. En esos momentos la Casa albergaba además otras 170 gitanas y unos 500 pobres.

Como la Junta de la Casa y el intendente de Zaragoza habían previsto, la situación se tornó explosiva desde el primer día. Las gitanas se fugaban constantemente –a veces el padre de Huérfanos las recogía por la ciudad en el “carro de pobres” y las devolvía a la Casa– y mantenían “tratos ilícitos” a través de agujeros que practicaban en las tapias, pero sobre todo, protestaban.

Desde muy pronto destruyeron la ropa que les dieron, incluso rompieron la vajilla y el mobiliario. Como iban semidesnudas, “las más de ellas en cueros”, no podían llevarlas a la capilla a oír misa, ni el vicario les podía explicar el catecismo. Se burlaban de los regidores y los porteros, incluso del alcaide, que estaba “aturdido y como alelado por haberle confundido las gitanas”.

Para complicar más las cosas, en mayo de 1753, el médico diagnosticó sífilis en más de cien gitanas. Al año siguiente, se reprodujo la epidemia, “con la sola diferencia de haber comprendido casi a un tiempo a todas”. Todo esto se lo comunicaban puntualmente a Ensenada, que cayó en desgracia el 20 de julio de 1754, antes de que el problema de las gitanas se resolviera.

Sus sucesores, el viejo Sebastián de Eslava, en Guerra, y el huidizo bailío Julián de Arriaga, en Marina, se desentendieron del problema, mientras Ricardo Wall, que tuvo que intervenir también en esto como primer ministro, fue cediendo ante las peticiones de indulto, o las fugas.

En 1754-1755 salieron de la Casa de Zaragoza 32 gitanas; en 1759, 82, y en el año siguiente, 95. Para cuando llegó el indulto general de 1763, habían salido otras 78 más. Los que movían el incensario para allanar los caminos de la gloria a Carlos III lo atribuyeron a su paternal clemencia.

 

Los gitanos españoles, irreductibles

En los arsenales, los hombres se defendieron mediante la pasividad, cobrándose fama de no servir para nada e irritando hasta la saciedad a las autoridades, que necesitaban la mano de obra barata para lograr los objetivos marcados por Ensenada en su plan de rearme de la Marina.

Hay una gran cantidad de cartas remitidas desde los arsenales al marqués que dan cuenta de toda clase de plantes en el tajo, actitudes de brazos caídos que no ceden ni ante los grilletes, el cepo, o la misma horca. Muchos gitanos sólo deseaban huir, buscar a sus mujeres e hijos, y reincidían constantemente, declarando que lo seguirían intentando hasta reunirse con su familia.

Algunos aprovecharon la instrucción de octubre, pero no fueron muchos los que consiguieron la libertad por esa vía. Tenían que tener valedores importantes y pronto se sospechó que también dinero suficiente.

Como la instrucción mandaba devolverles los bienes embargados, se decía que las justicias evitaban tramitar las solicitudes de perdón para quedarse con ellos y que, por eso, salían sólo los pobres, aquellos a los que no se les había embargado ni casa ni caballerías. En muchos casos, éstos volvían a ser apresados en las redadas de vagos.

Los viejos o imposibilitados fueron saliendo hasta 1759, dejando sitio a los que vendrían en la espectacular leva que ese año organizó el ministro Wall, obedeciendo a una complacida Isabel de Farnesio, que no quería que su hijo Carlos III viera pobres al llegar a España. Con el nuevo rey, se reanudaron juntas, informes y pareceres, y al fin se decretó el ya citado indulto general de 1763, antesala de otras medidas “dulcificadoras”.

Ensenada también era entonces un “indultado”, pues Carlos III le había perdonado, permitiéndole volver a la Corte; pero, en 1766, fue de nuevo desterrado, esta vez a Medina del Campo, la ciudad donde los Reyes Católicos había firmado siglos atrás, en 1499, la primera pragmática contra los gitanos, aquella que ordenaba que se les cortaran las orejas.

Años después del intento de exterminio ensenadista, otros asuntos preocupaban ya más, pero no se olvidó nunca la entereza del pueblo gitano frente a la extrema crueldad del ministro riojano.

La resistencia de los gitanos presos, su firme negativa a trabajar en los arsenales, sus fugas, las protestas violentas provocadas por las gitanas encerradas, en fin, la resistencia ante el genocidio forzó el indulto regio de 1763, algo poco frecuente en el Antiguo Régimen; pero sobre todo, provocó el cambio de actitud de los ministros de la monarquía, enzarzados desde entonces en veinte años de debates.

Durante ese tiempo de duda y desconcierto todavía se podría oír la voz del conde de Aranda abogando por la “aniquilación” y, como capitán general que era, pensando en los costes de la operación militar: “si se toma una resolución de extinguir esta casta libertina y criminal, no ha de servir de embarazo el mayor coste”, aseguraba el que había pacificado Madrid encerrando a los pobres en San Fernando y ahorcando a algunos alborotadores: un partidario más de la “cuerda tirante”.

Pero había ya opiniones más moderadas en el entorno regio, entre ellas la de Campomanes y, sobre todo, la de Floridablanca, que daría lugar a la célebre pragmática “integradora” de 1783.

Cabe pensar, sin embargo, que los déspotas españoles desistieron de llevar a la práctica sus ideas antigitanas tras conocer el fracaso de las crueles medidas adoptadas por el marqués de la Ensenada: triste honor para el déspota que, en este asunto, no demostró tener ni un ápice de ilustración, y orgullo para un pueblo que sobrevivió a aquella “solución final”, pero que seguiría sufriendo la persecución y la injusticia hasta nuestros días.


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Nací en 1953, en Murillo de Río Leza, un pueblo riojano amable y próspero, con buen vino y muy poca cultura. Gracias a una beca pude ir, en 1972, a la Universidad de Zaragoza, donde quedé fascinado por el saber de muchos profesores, pero sobre todo por Rafael Olaechea. Otra beca, la de investigación, me permitió hacer la tesis doctoral y, en 1981, tuve mi primer encargo docente en el Colegio Universitario de La Rioja. Creada la Universidad de La Rioja en 1992, asumí el compromiso total como director de departamento y miembro de la junta de gobierno, saqué mi cátedra y publiqué mis dos mejores libros: El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996) y Fernando VI (Madrid, 2001; actualizado y ampliamente revisado en dos volúmenes para Punto de Vista en 2013). Pero no olvidé la historia local, el laboratorio, y escribí libros sobre el vino, la guerra civil o el franquismo, con otros doctorandos y profesores jóvenes. Mi predilección por la política en el XVIII me llevó a seguir escribiendo artículos y libros, digitalizados en www.gomezurdanez.com, la página creada en 2000 que recoge también mi relación constante con Polonia desde que, en 1997, conocí a mis amigos Cezary Taracha y Jan Ciechanowski, hoy catedrático en Lublin uno y ministro del gobierno, otro; grandes hispanistas.

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  1. gravatar Matagitanos Responder
    octubre 10th, 2017

    Gitanooos de mierda hijos de la gran P*** no sirven para nada es una raza que no sirve para nada,ni ayudar ni cotizar, ni trabajar ni aportar nada para la sociedad NADA BUENO. Que pena que no acabará hecho realidad el genocidio esa maldita lacra social no sirve para nada. Todos muertos y enterrados vivos si se pudiera o meterles en un hoyo de gasolina y prenderles vivos. Hijos de p*** como os odio y os odia toda la humanidad. Purga Ya!!!

  2. gravatar Nayades Responder
    noviembre 15th, 2014

    Jeffrey Amherst, primer barón de Amherst, nacido el 29 de enero de 1717 en Sevenoaks, condado de Kent
    La correspondencia que mantuvo con su subalterno Henri Bouquet, un mercenario de origen suizo, pone de manifiesto que sugirió el uso de la guerra bacteriológica contra los amerindios, al sugerir el reparto de mantas contaminadas con el virus de la viruela a los Delaware que asediaban el fuerte de Fort Pitt.3 Sin embargo, el comandante de dicho fuerte ya había hecho el reparto de mantas por su cuenta antes de que se produjese el intercambio de correos. Al reparto de las mantas le siguió efectivamente una epidemia de viruela que afectó enormemente a los amerindios, que carecían de anticuerpos para resistir la enfermedad, relativamente benigna para los europeos. Algunos autores señalan, no obstante, la dificultad de probar que el reparto de mantas fuese la causa directa de la epidemia. La cita del párrafo de la correspondencia de Amherst es: will do well to try to innoculate the Indians by means of blankets, as well as every method that can serve to extirpate this execrable race (haríais bien en intentar infectar a los indios con mantas, o por cualquier otro método tendente a extirpar a esta raza execrable).

    En cualquier caso, según se afirma en el propio diario de Jeffrey Amherst, el número de víctimas de la epidemia fue superior a las 100.000 personas
    Asi se hace a lo grande,en españa chapuzas.

  3. gravatar Antiparasitos Responder
    agosto 24th, 2014

    Que tendrán los gitanos que muy pocos los quieren…

  4. gravatar Aitor Pérez Blázquez Responder
    marzo 3rd, 2014

    Buenas noches:

    Magnífica lección de Historia del maestro Gómez Urdañez. Todo un lujo.

    Saludos a todos.