Perú en el centro del huracán (con motivo de la novela Albatros)

Por . 31 marzo, 2014 en Reseñas
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La violencia política en Perú ha sido muy fructífera en términos literarios. No es cuestión de enarbolar ahora una lista de nombres, pero sí de señalar que el terrorismo de Sendero Luminoso inspiró, entre otras novelas, Lituma en los Andes, de Mario Vargas Llosa.

La dictadura de Alberto Fujimori, a su vez, aparece reflejada en Grandes miradas, de Alonso Cueto. Sobre este periodo oscuro de la reciente historia del país incaico vuelve José Luis Torres Vitolas en Albatros, donde disecciona un abismo colectivo de corrupción y violación de los derechos humanos. La novela ha obtenido el Premio Alfons el Magnànim de Narrativa (Lengua de Trapo, 2013) y el de Mejor Ópera Prima en lengua española por el XXVII Festival de Primera Novela de Chambéry (Francia).

La acción arranca en Ginebra, de la mano de dos exiliados. Sergio Castillo y el Cucaracha formaban parte de un escuadrón de ejecución del gobierno de “El Chino”. Ahora se reúnen, recuerdan viejos y tiempos y se enfrentan al desarraigo. Llevan consigo experiencias amargas, como tantos de sus compatriotas. La suya no fue la única emigración. Aparecen, por ejemplo, cuzqueños que abandonan su hogar en plena noche para dirigirse a la gran megalópolis limeña, a ocupar un asentamiento humano: “Las construcciones eran pequeñas, algunas sin terminar, bolsas de plástico en lugar de vidrio en las ventanas”. El autor refleja así el profundo desequilibrio territorial de un país donde la capital absorbe un tercio de la población total, punto de llegada de un éxodo de proporciones colosales.

Sendero Luminoso, con su delirio totalitario, constituye una pesadilla omnipresente en esta realidad de desolación y miseria. Impacta, por ejemplo, la orden para que difunda una lista negra de ajusticiados, destinada a purgar los “malos elementos”. Si el destinatario se niega a obedecer, será él mismo una de las víctimas. Frente a esta barbarie no se alza el Estado de Derecho, sino la respuesta ciega y feroz de los escuadrones de la muerte.

El terror indiscriminado se abate sobre cualquiera que no se pliegue a la voluntad de los supuestos libertadores, caso del dirigente vecinal Gabriel Pérez Huanca. Lo más espantoso es que ni siquiera se respeta la vida de su esposa y de sus dos hijos menores, todos víctimas de un ataque sádico. La conclusión, por tanto, es clara: cualquiera puede ser el siguiente. “Todos estamos contra la pared, esperando la bala. De Sendero o del Ejército”.

Nada de esto es exageración literaria. En la vida real, los terroristas de Sendero arremetieron no sólo contra las clases conservadoras, también contra dirigentes de izquierda como María Elena Moyano, famosa por su lucha a favor de los derechos de la mujer y contra la violencia maoísta. Los militares, por su parte, no dudaron en asesinar a inocentes. La masacre de Barrios Altos fue una muestra palpable de su furia.

Al principio, en medio de la desesperación, hay quién se aferra a Fujimori como si fuera un clavo ardiendo. Por eso, el mandatario recibe ingenuos votos de confianza de quién cree que por fin ha llegado alguien diferente. Muchos suponen que él no tiene la culpa de las calamidades: los responsables son otros, los políticos, que no le dejan trabajar. Se repite así un razonamiento de muy antiguos orígenes: el gobernante siempre tiene razón. Si no acierta es porque está mal informado o fuerzas oscuras no le dejan gobernar.

Hay que reconocer que su liderazgo, visto con ojos europeos, se presta a comentarios condescendientes. Un tirano más en un continente sobrado de ellos. Pero, cuando se está sobre el terreno y se habla con la gente, se perciben claves que lo explican todo. Ante lo insoportable de la violencia terrorista, un líder que ofrecía resultados, aunque fuera con métodos cuestionables, no parecía tan malo. Su influencia no se explica sin el fracaso previo del Estado democrático, incapaz de hacerse presente en extensas zonas del territorio nacional.

Todos, políticos y terroristas, parecen confabulados para mantener a la sociedad en una situación límite. “El Perú hecho una mierda”, se lamenta uno de los personajes, en lo que parece un eco de la célebre pregunta de Santiago Zavala en la vargallosiana Conversación en La Catedral: “¿en qué momento se jodió el Perú?”. Los años transcurren, pero nada cambia si no es para ir a peor.

A cualquiera que haya estado en Lima, la obra de Torres Vitolas le devolverá la magia de ese castellano dulce, delicioso, con el sabor inconfundible de palabras como “pata” para referirse a un colega. Cerramos los ojos y volvemos a viajar en una combi o a comer un chifa. Ciertamente, lo universal y lo local no tienen por qué estar reñidos. Y Albatros, una historia peruana, peruanísima, lo demuestra con creces. Entre otras razones, porque cartografía con mano maestra la geografía de la desigualdad, esa lacra que las políticas neoliberales de nuestros tiempos amenazan con extender ad infinitum.


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Nací en Barcelona, en 1972, hijo de murciana y granadino. La mayor parte de mi trayectoria profesional la he dedicado a analizar el progresismo cristiano, con una tesis sobre la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y una biografía de Alfonso Carlos Comín, el de cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia, así como La Iglesia rebelde para Punto de Vista Editores. Sin embargo, en los últimos tiempos, mi interés se ha desplazado hacia América Latina. En el especial el periodo de las independencias, con mi biografía sobre Francisco de Miranda (Arpegio, 2012) o Heroínas incómodas (Rubeo, 2012), el libro que he coordinado sobre la mujer en las emancipaciones. A su vez, me atreví a entrar en el terreno narrativo con una travesura titulada Los españoles iban de gris (Rubeo, 2011). En cuanto a gustos, si algo me define son The Beatles, los Simpson y Perú. Y, naturalmente, la investigación histórica.

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