Suárez, Aznar y el bosque lácteo. Una novela de Manuel Vicent

Por . 10 marzo, 2014 en Mundo actual , Reseñas
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“España tenía mucho que agradecer al azar de aquella chica rubia, que se cruzó en la vida del príncipe y de Suárez, aunque nadie la tomó en serio porque era demasiado guapa”.

 

Manuel Vicent, como él mismo reconoce, creó “un juego literario entre la realidad y la ficción” al que tituló El azar de la mujer rubia.

Publicada por Alfaguara y reeditada recientemente por Punto de Lectura, esta novela va más allá de la recreación de la Transición por la mente hábil y lúdica de Vicent para transportarnos a los años más descacharrantes, si tal cosa pudiera decirse, del aznarismo.

España, en definitiva. La España a la que los historiadores del tiempo presente españoles prestan especial atención. Una España, la del autor valenciano, a la que esos historiadores deberían de acudir con la misma necesidad que acuden a sus otras fuentes documentales. Nosotros, al menos se lo recomendamos.

 

Por cierto, la rubia es Carmen Díez Rivera y el príncipe… el rey Juan Carlos I antes de serlo. Suárez es, claro, Adolfo Suárez, el primer presidente elegido en España tras ser aprobada una Constitución consensuada por las principales tendencias políticas. Carmen Díez de Rivera fue una de su colaboradoras en los años decisivos.

 

 

Para los lectores de Anatomía de la Historia, Punto de Lectura pone a nuestra disposición uno de sus capítulos, el titulado…

 

Un ángel del Apocalipsis da una lección política desde la copa de un árbol y anuncia la guerra como el postre del banquete de boda…

Adolfo Suárez había sido extraído de la computadora para hacer un trabajo sucio. Debía limpiar lo más grotesco de la dictadura: descolgar una araña de una fachada de la calle Alcalá, arriar algunos pendones, retirar ciertos escudos, adecentar el vocabulario fascista, reinventar otras palabras y dejar el camino expedito para que entraran después, sin mancharse las manos, los políticos de cuello blando, esos humanistas con garras de acero bajo el guante de cabritilla, los fascistas enmascarados que habían sido invitados a esta boda. Adolfo Suárez comenzó a usar sus artes ladinas de comunicador, el diabólico regate en seco, su perfil irresistible en las vallas, la fórmula secreta para encandilar a los adversarios en los tresillos del salón de Pasos Perdidos del Congreso de los Diputados. Creía en todo y en nada, pero daban muy bien en televisión sus ojeras lívidas, la mirada arañada por la vigilia, esa mezcla de súplica y desafío que exhibía en los grandes momentos, todo lo que le había enseñado aquella rubia desclasada, huidiza, Carmen Díez de Rivera, a la que Suárez buscaba ahora entre los invitados en las bancadas del templo de El Escorial sin saber que ya había muerto de un cáncer y que sus cenizas estaban enterradas bajo un olivo en el huerto del convento de las carmelitas descalzas de Arenas de San Pedro donde se había refugiado de monja al enterarse de que era hija del pecado y el chico con el que se iba a casar tenía su misma sangre.

Incluso los de su misma cuerda lo tomaban por un jeta. Nadie podía sospechar que fuera un político en estado puro, capaz de presidir con la misma soltura una monarquía, una república o un sóviet supremo, llegado el caso, con gorro frigio. Metido en faena, sólo tuvo que levantar el dedo mojado con saliva en medio de la calle para sentir de qué parte venía el viento, dejarse llevar por la deriva y arribar con la democracia hasta la dársena del Congreso, trayendo incluso a Carrillo en cubierta. Carmen le decía: «Algún día la historia te agradecerá este trabajo tan hábil, cuando estos mastuerzos asilvestrados de la derecha desaparezcan. Tengo prometido tomarme un chinchón a solas con Carrillo. Le acabo de saludar en el Ritz de Barcelona. Le caes muy bien. Dice que eres muy simpático y que has puesto todo de tu parte para sacarle del pozo, como si hubieras aprendido de chaval socorrismo en un campamento del Frente de Juventudes y en un momento determinado, arriesgando tu expediente, hubieras bajado con una cuerda de nudos hasta el fondo de la alcantarilla. Pero tu coraje quedará en nada si no lo usas para legalizar al Partido Comunista. Tienes que hablar de esto con el rey. Yo le acabo de presentar a Tierno Galván y a Javier Solana. El rey está encantado. Procura que nadie te dé la vuelta. Tienes que ser tú y no otro el que lo haga. No tengas miedo. Los comunistas no muerden. Carrillo no tiene rabo».

Los democristianos lo consideraban el bello Adolfo, un político mercenario al que había que agradecerle cuanto antes los servicios prestados. Los socialistas sólo querían tratar con gente fina, con ricos de toda la vida. Lo tomaban por un tramposo, por un tahúr del Mississippi. «Entre todos te abrieron la trampilla bajo los pies, pero te vengaste bien —le decía la mujer rubia—. Mientras todos tus enemigos estaban con la tripa en el suelo bajo el escaño, cuando entraron los cuatreros en la cantina del poblado, te portaste como Gary Cooper, solo ante el peligro. Esa imagen del Oeste que exhibes en el vídeo te hará inmortal».

Ya no era un hortera, como le dijo Carmen el primer día en que cayó en sus brazos, sino la sublimación de esa parte hortera que el español medio lleva dentro: despertaba el sueño indecible de hacer el salto del ángel desde la borda del yate, de lucir un bronceado de lámpara, de subirse la pretina del cinturón con un tironcillo de chuleta antes de coger el taco del billar, de ir vestido ligeramente entonado en azules, de jugar bien al tenis y tener un swing perfecto en el golf, de poseer un pisapapeles en el despacho que al ponerlo del revés comenzaba a derramar estrellas doradas sobre el palacio de la Zarzuela. «Todos quieren ser como tú», le decía la mujer rubia.

Puede que el monasterio de El Escorial estuviera cubierto de abrojos, sus patios con hierba hasta la rodilla y la iglesia donde se había celebrado la boda se la hubiera tragado la naturaleza salvaje. Puede que también en el Valle de los Caídos las raíces de los árboles llegaran hasta lo más alto de la cruz de granito y para ir de un lado a otro hubiera que abrirse paso a machete como en la selva virgen en medio de un griterío de monos y desgarrados sonidos de pájaros tropicales. Ninguno de los invitados se daba cuenta de este cambio. Los novios sonrientes abandonaron el templo de El Escorial entre aplausos, acordes del órgano y cánticos de la escolanía. Aleluya, aleluya, abrazos y palmadas, puros habanos por doquier, sedas sudadas. El presidente Aznar había casado a su hija ante los reyes de España. En ese momento los acordes del órgano se mezclaron con un griterío de los animales del bosque. A partir de ese instante se formaron dos comitivas de cochazos con las ventanillas tintadas, Mercedes, Audis, Bemeuves, Lexus, todoterrenos, monovolúmenes, autobuses contratados en dirección al banquete nupcial. A mitad de camino había una bifurcación con señales fosforescentes donde unos guardias civiles de gala, después de pedir la invitación al conductor por la ventanilla, determinaban con el brazo autoritario la dirección que cada vehículo debía tomar. Ustedes por aquí, ustedes por allá. Unos invitados fueron enfilados sin dudar un momento hacia la finca Los Arcos del Real, donde había cisnes, caballos, praderas recién rasuradas y una orquesta de violines tocaba a Scarlatti. Allí estaban los reyes de España, los políticos democristianos, liberales, tecnócratas finos. Todos tomaron asiento después del aperitivo guiados a la mesa por azafatas de piernas infinitas.

En cambio, otros invitados no menos numerosos, también sin dudar en absoluto, fueron conminados a seguir viaje en la oscuridad de la noche hacia el Valle de los Caídos, en cuya nave central, a lo largo de toda la basílica, estaba preparado otro banquete de bodas. Allí sonaba música gregoriana, salmos de Isaías, caían desde la bóveda abierta en la montaña unas goteras de agua negra o roja sobre todas las copas hasta llenarlas. Adolfo Suárez siempre creyó que el banquete de aquella boda se había celebrado en Cuelgamuros, a la sombra de una gran cruz de granito. En medio del banquete Suárez vio que Carmen Díez de Rivera se acercaba para rescatarlo. Llegó a su altura, aproximó los labios a su mejilla y le dijo en voz baja al oído: «Querido Adolfo, a nosotros nos toca estar con los otros invitados, entre cisnes y caballos, aunque esta boda es el principio del fin de una época. Ven conmigo antes de que sea tarde. ¿No oyes ya rugir los motores de los cazabombarderos?».

En los prados de Los Arcos del Real sonó música de violines durante la cena. Tintineo de cucharillas de plata, topacio de vino de Rueda en las copas talladas, esfumadas sonrisas de carmín pegadas a las servilletas de lino, ronroneo de negocios redondos entre señores de gran papada. Pero después de partir la tarta, mientras los novios bailaban un vals, de pronto, en medio de tanta felicidad, se fue la luz y en la oscuridad, en una de las paredes de lona blanca de la carpa, aparecieron las palabras de fuego, Mane, Tecel, Fares, las mismas que auguraron un destino aciago en el banquete de Baltasar en la emputecida Babilonia. Enmudeció la orquesta y enseguida sonaron las otras trompetas del Apocalipsis y en el silencio de la noche una gran voz se extendió por todo el valle. Dijo así la voz: «Y caerá una gran estrella del cielo y se le dará la llave del pozo del abismo y de este pozo subirá un humo semejante al de un gran horno y con el humo de este horno quedarán oscurecidos el sol y el aire y del humo del pozo saldrán langostas de hierro sobre la tierra con poder semejante al que tienen los escorpiones y se les mandará que no hagan daño a la hierba de la tierra, ni a cosa verde, ni a ningún árbol sino sólo a los hombres».

Así hablaba el ángel mientras se rascaba las axilas en el árbol de la vida. Va a empezar una guerra, se decían entre ellos los invitados más expertos. Aznar saldrá de este banquete de boda en dirección a las Azores y allí George Bush le pondrá la zarpa de tigre sobre su hombro. A continuación comenzarán a caer miles de toneladas de acero sobre Bagdad mientras suena el Aleluya de Haendel y un ejército de doscientos cincuenta mil soldados, muchos españoles, cometerán el error de invadir el territorio de Irak. Saldrán las pancartas contra la guerra. Artistas, escritores, profesionales y jóvenes libres de escamas presidirán la manifestación. Carmen, la rubia de ojos azules, le dijo a Suárez: «Un día te llevaré a la plaza de Lavapiés, donde están tumbados en las aceras algunos musulmanes fundamentalistas, nos daremos un paseo por la calle del Tribulete, visitaremos algunos locutorios donde se recargan ciertos móviles y si no se te ha estropeado el olfato, verás que la atmósfera está cargada de venganza, que es el explosivo peor de todos, el más mortífero. Pero yo estoy muerta y tú has perdido la memoria».

«¿Cómo es posible que el padre de la novia, un político desgañitado y displicente que te apunta con el dedo, como si amenazara y a la vez te perdonara la vida, haya llegado a presidente del Gobierno y se haya construido su pedestal de estadista y haya metido a los españoles en una guerra?», preguntó Suárez antes de elevar la cucharilla de plata con el helado de pistacho a los labios. «Tuvo un atentado de ETA —contestó la mujer rubia—. Su Audi blindado pasaba por la calle José Silva, de Madrid, a las ocho de la mañana y a cuatrocientos metros de su casa se produjo la explosión de un coche bomba. Los terroristas midieron mal los tiempos. Por una fracción de segundo los veinticinco kilos de amonal se proyectaron contra la parte trasera del automóvil del político en lugar de darle de lleno, de modo que el coche no se aplastó contra la pared de enfrente sino que hizo un trompo y Aznar salió ileso, sólo con un leve corte en la cara. Reaccionó con serenidad, se sentó en un bordillo y luego en pie mostró entereza. ETA, con ese atentado, lo hizo presidente del Gobierno. Él también ha regresado de la muerte. Es un muerto viviente».

Ocurrió el 19 de abril de 1995. Al año siguiente Aznar ganó las elecciones. Desde entonces, cuanto más fuerte ha abrazado a España contra su pecho falangista, más la ha cuarteado; sus insultos de gallo de pelea han despertado en los suyos la necesidad de sacar también los espolones para no ser menos cuchilleros que el jefe, con lo cual ha convertido la política en un espacio agresivo donde mandar sólo significa mandar y nada más que mandar, con el único objetivo de derrotar al enemigo para curarse así de las frustraciones personales. Hubo un momento en que pidió que Luis Cernuda y otros poetas de la Generación del 27 acudieran en su ayuda. Incluso en uno de sus mítines citó a Manuel Altolaguirre. Se dio un paseo por la Residencia de Estudiantes, pero ese baño era una impostura.

En medio del bosque lácteo comenzaron a sonar más trompetas. «¿Quién habla así ahí arriba?», preguntó Suárez levantando la mirada hacia la copa de los árboles. Un ángel del Apocalipsis acababa de abrir el séptimo sello. Todas las cargas de basura que afloraban en la superficie llegaban acompañadas de la misma voz profética: no hay nada que hacer; así son las cosas, así es la vida. Esta boda con mil doscientos invitados, doscientos cincuenta camareros y setenta y cinco cocineros en el monasterio de El Escorial es el símbolo del estercolero nacional. Los ciudadanos respetables han pactado con gran conformismo la corrupción, los escándalos, los atropellos o las injusticias flagrantes, a cambio de un cierto bienestar económico. Así son las cosas. Así es la caída. Estas sensaciones cruzaban la desmemoria de Suárez cuando la ceremonia nupcial se dio por terminada.


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  1. gravatar como dejar de fumar Responder
    agosto 25th, 2015

    Interesante blog . Aprendo algo con cada blog todos los días. Siempre es estimulante poder devorar el contenido de otros escritores. Desearía usar algo de tu articulo en mi blog, naturalmente pondré un enlace , si me lo permites. Gracias por compartir.

    • gravatar José Luis Ibáñez Salas Responder
      agosto 25th, 2015

      Encantados, en la revista Anatomía de la Historia, estaríamos encantados de que enlaces convenientemente eso sí cualquiera de nuestros artículos.