De amor y dolor (Isabel la Católica y Juana la Loca)

Por . 2 abril, 2014 en Reseñas
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La escritora María Pilar Queralt del Hierro acaba de publicar en Punto de Vista Editores la obra Madres e hijas en la historia. De las Agripinas a las Curie.

Anatomía de la Historia te ofrece el comienzo de uno de sus capítulos, el titulado “De amor y dolor. Isabel la Católica, 1451-1504 / Juana la Loca, 1479-1555.”

 

 

Tordesillas, Valladolid, 1555. Entre las frías y húmedas paredes del que fuera palacio de Pedro I, junto al convento de Santa Clara, la reina Juana malvive entre las brumas de la sinrazón. Al atardecer, cuando amenaza la noche, entra sistemáticamente en una extraña duermevela y agitándose rítmicamente en su poltrona, con los ojos entornados y una enigmática sonrisa, canturrea una extraña melodía hasta rendirse a la paz del sueño. Las damas más jóvenes sonríen. La debilidad de su reina les hace crecerse, sentirse importantes por el solo mérito de que su vida aún esté por escribir. Su ama, la misma que la crió, la que la acompañó a Flandes y, con ella, vivió y sufrió su martirio, se acerca, temblorosa por los muchos años, y la protege con una manta de buen paño castellano. Luego se vuelve a las damas y con un gesto las silencia. Como todos los días, les explica que la cantinela no es otra que una vieja canción de cuna que, de niña, le cantaba su madre, la reina Isabel I de Castilla. Aquella augusta señora, aún viva en el recuerdo de todos, que abrió el reino a nuevas tierras de ultramar, venció a moros y cuidó de cristianos. La que supo ser madre por igual de príncipes y súbditos y a la que otra reina alunada, Isabel de Portugal, había acunado con esa misma canción.

Callan las damas y, las más atrevidas, comentan que en el pueblo se dice que la voz que se escucha al atardecer no es la de doña Juana, sino la del espíritu de su madre, la reina Católica doña Isabel, que acude presurosa desde el Más Allá para consolar con su canción el desvarío de su hija.

Juana había nacido en Toledo el 6 de noviembre de 1479. Era la tercera hija del matrimonio entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. La precedieron Isabel y Juan y, cuando nació, su madre andaba empeñada en la reconstrucción del reino tras la guerra civil que asoló Castilla. No era tarea fácil pues pasaba por reafirmar el papel de la monarquía y, por tanto, la autoridad de su persona. Pero, aún así, y pese al capricho de la historia que la quiere beata y autoritaria, siempre fue madre amorosa que supo alternar el buen gobierno con el de su casa y familia. Incluso, algo insólito para la época, se ocupó personalmente de la educación de sus hijos, eligiendo amas y preceptores e indicando a éstos formas para actuar y materias que enseñar. Para atender a Juana, por ejemplo, confió en una muchacha muy joven, de apenas quince años, que había malparido y podía hacerse cargo de la crianza y el cuidado de la niña. Parecía que presentía la necesidad que su hija tendría de contar con una persona que le diera sus cuidados el día que ella no pudiera hacerlo.

Educar a los infantes no era tarea fácil. Las obligaciones de gobierno imponían frecuentes separaciones. Por parte de la reina, porque no estaba remisa a grandes cabalgadas con tal de atender a sus ejércitos o de tomar posesión de nuevas tierras tomadas a moros; y en lo que concernía al rey, por la atención que precisaban sus posesiones mediterráneas pues ya se sabe que “hacienda tu amo te atienda”.

Tuvo algo de burguesa y mucho de actual la familia de los Reyes Católicos. Padre y madre mantenían ocupaciones en ámbitos separados (léase reinos), respetaban sus individualidades y trataban de hacerlas compatibles con el cuidado de los hijos. De Isabel, en concreto, se dice que hilaba en la rueca para descansar la mente de tantas preocupaciones políticas e incluso que, tanta era su afición a la costura, que remendaba personalmente la ropa del rey y los príncipes. Ya de adulta, se procuró la compañía de Beatriz Galindo, a quien por sus conocimientos se apodó “la Latina”, que la instruyó en artes y letras a un nivel muy superior de otras mujeres de su tiempo. No fue de extrañar, pues, que llevara a su hogar el amor por la cultura, circunstancia que tampoco le era ajena a don Fernando, príncipe renacentista por excelencia y que, además de ducho en la diplomacia y la milicia, tenía la sensibilidad artística propia de la orilla mediterránea. Ambos tuvieron la suficiente inteligencia como para dar una excelente preparación a hijas e hijo. Es más, a las primeras, incluso se las enseñaron otros idiomas, amén del latín que dominaban a la perfección, en previsión de sus posibles destinos de reinas de países ajenos. Así, Catalina de Aragón, futura esposa de Enrique VIII, hablaba inglés y Juana se expresaba correctamente en francés. Sabían además de humanidades, de música y de pintura y también dominaban las artes del bordado y la costura.

Pese a la condición trashumante de la corte, la reina Católica se había hecho con una excelente colección de pintura, una buena biblioteca y frecuentaba a los más eximios hombres de letras y de ciencias. De ahí, la inmensa reata de mulas que, transportando arcones, tapices, cuadros, libros, reposteros y menaje, cruzaba los campos de Castilla cada vez que monarcas y tropa se trasladaban con su prole y séquito de un lugar a otro del reino.

Del trato personal de Isabel con sus hijos hablan los apodos con que solía dirigirse a ellos: a Isabel, la mayor, muy parecida a su madre, la llamaba así “madre”; el príncipe Juan era “mi ángel” y las infantas menores María y Catalina “mis dos pequeñas”. Juana, que había heredado la belleza de su abuela paterna, Juana Enríquez, fue siempre “mi suegra”. La muchacha era muy hermosa, morena de pelo, tostada de tez y dueña de unos grandes y rasgados ojos verdes. Pero se criaba delicada de cuerpo y sobre todo tenía alarmada a la corte con sus grandes accesos de melancolía. La reina decía que, si bien su físico era aragonés, su temperamento y constitución lo debía a su familia castellana o, mejor dicho, portuguesa. Cada vez que contemplaba a Juana, veía planear sobre ella el fantasma de su propia madre, Isabel de Portugal, la reina que, apartada voluntariamente de la corte, dejó transcurrir su vida entre silencios y bordados con los que disfrazó más de cuarenta años de insania.

Juana crecía como una muchacha extremosa de grandes risas y frecuentes llantos. Tan pronto se mostraba extrovertida y sociable como se volvía retraída y hosca. Creció rodeada de clérigos y con una educación en la que las prácticas religiosas determinaban usos y conductas, pero sólo ella de entre sus hermanos sufrió frecuentes crisis místicas. Tanto que, aun siendo muy niña, la sorprendieron en varias ocasiones durmiendo en el suelo o infligiéndose disciplina al uso de monjas o eremitas.

En más de una ocasión manifestó su deseo de profesar. Pero no era el convento lo que sus padres tenían destinado para ella. Los Reyes Católicos planearon cuidadosamente el futuro de sus hijos, que no era sino el porvenir del reino, suscribiendo alianzas políticas con acuerdos nupciales. La que se ha dado en llamar “política matrimonial de los Reyes Católicos” fue, sin duda, definitiva y provechosa en la gestación del imperio pero no puede decirse lo mismo para la trayectoria personal de sus protagonistas.

Juan casó en 1497, cuando solo contaba diecinueve años de edad, con la archiduquesa Margarita de Habsburgo y, aunque se lo llevó la tuberculosis, en familia siempre se creyó que se tomó tan a pecho la vida conyugal, que sus excesos debilitaron su ya frágil salud y que, seis meses después de la boda, falleció dejando a la joven y desconsolada viuda embarazada de un hijo que no llegó a lograrse. En contrapartida, Juana se comprometió con Felipe, hijo y heredero del emperador Maximiliano, con el resultado que veremos. En cuanto a Isabel, la mayor de sus hijas, contrajo matrimonio en 1495 con Juan II de Portugal y, al repentino fallecimiento de éste, volvió a casarse con su hermano y sucesor Manuel I. Tan solo tres años después murió la joven reina portuguesa de sobreparto y, en 1500, el rey viudo demandó en matrimonio a su cuñada la infanta María. Esa fue la excepción que confirma la regla pues el matrimonio resultó feliz y muy prolífico.

En cuanto a la más pequeña, doña Catalina, casó en 1501 en Inglaterra con el Príncipe de Gales y, al morir éste, matrimonió con su hermano Enrique, ya en 1509, que pasó a la historia como el octavo de su nombre y del que no puede decirse que fuera prototipo de fidelidad conyugal. Enfrentado al Pontífice Romano que le negaba la anulación de este matrimonio para unirse a la joven Ana Bolena, se erigió en cabeza de la Iglesia anglicana y Catalina acabó sus días recluida en las lóbregas estancias del castillo de Kimbolton.

No. La reina Isabel nunca imaginó la humillación de Catalina ni la dolorosa pasión que esperaba a Juana. Animada por su propia experiencia no entraba en sus cálculos que fracasara un matrimonio al que acompañara la razón de Estado. Una tarea en común, un mundo que compartir era para ella toda una garantía de felicidad. De ahí que aceptara resignada la tragedia de las muertes prematuras de sus hijos mayores, pero se rebelara ante la delicada situación de Catalina, casi una niña y ya viuda y sola en Londres —afortunadamente no hubo de ver el trato que la dispensó Enrique VIII—; y, sobre todo, ante la vía dolorosa por la que hubo de transitar Juana. Tales situaciones aceleraron, sin duda, los muchos males que la llevaron a la tumba.

 

No había sido feliz la infancia de Isabel. Su padre, Juan II de Castilla, murió cuando ella contaba apenas tres años y su madre, tan pronto enviudó, se retiró a la villa de Arévalo con la sola compañía de aquellos fantasmas que le confundían la razón y la única ocupación de bordar incansablemente manteles y ornamentos. Isabel y su hermano menor Alonso crecieron, pues, en la corte de su hermano de padre, Enrique IV de Castilla, que pasó a la historia con el sobrenombre, nadie sabe si oportuno, de “el Impotente”. La herencia paterna le concedió el señorío de la villa de Cuéllar, buenas rentas y algunas joyas. Pero no contaba con más cariño que el de su dueña y sus damas. El rey, su hermanastro, ocupado en controlar la irregular conducta de su esposa Juana de Portugal y los rumores que, según los cronistas, “le entretenían en prácticas tan deshonestas por ser contra natura en todo home”, apenas si prestaba atención a sus jóvenes hermanastros, Isabel y el pequeño Alonso, con el que ésta hubo de ensayarse como madre. Tal vez por tan dura experiencia se juró dar a sus hijos todo el amor de que ella había carecido.

El ir y venir del afecto del rey hacia sus hermanastros se debía a los graves problemas dinásticos que se cernían sobre Castilla La naturaleza de las relaciones íntimas de los reyes estaba abiertamente cuestionada. Sobre la orientación sexual de don Enrique existían fundadas sospechas y, aunque se le conocía una amante, doña Guiomar de Castro, y se sabía que había yacido con la reina, la paternidad de su hija Juana se atribuía, basándose en la ligereza de costumbres de la soberana, a un cortesano llamado don Beltrán de la Cueva. Ante la sospecha, Enrique optó por declarar heredero a su hermano Alonso y como posteriormente, en 1463, se desdijo, la guerra civil entre los partidarios de ambos hermanastros se hizo inevitable.

Por entonces, Isabel se mantuvo al margen. Cierto que amaba entrañablemente a su hermano menor, pero a Enrique le debía el reconocimiento propio de un monarca y ella, partidaria como era del orden natural de las cosas, prefirió no tomar partido. Sin embargo, las circunstancias le obligaron a hacerlo cuando, el joven infante murió envenenado o, como eufemísticamente se decía en la época, “ayudado por hierbas

La muerte de Alonso la puso en el brete de aglutinar en su persona las esperanzas de los partidarios del difunto. Así, a los dieciséis años, Isabel fue reconocida por el Tratado de los Toros de Guisando como princesa heredera de Castilla y dueña de las villas de Ávila, Úbeda, Medina del Campo, Olmedo y Escalona. Enrique IV solo puso una condición: precisaría de su consentimiento para contraer matrimonio puesto que su nueva condición convertía el desposorio en una razón de Estado.

Lo que Enrique no sabía es que Isabel ya había puesto los ojos en un joven príncipe aragonés, al que su padre, Juan II, había encomendado el reino de Sicilia. De Fernando solo tenía referencias, pero éstas junto con la poderosa razón de contar con Aragón como aliado fueron suficientes para que el aragonés desplazara al resto de candidatos. Así, ignoró las pretensiones del duque de Berry, hermano de Luis XI de Francia, y, lo que es peor, despidió a la embajada portuguesa que venía a ofrecerle matrimonio con el rey portugués, cuñado y candidato favorito de Enrique IV. Por el contrario, dispuso, en el mayor de los secretos, un encuentro con el aragonés.

Fernando llegó a la villa de Dueñas, en Palencia, disfrazado de arriero y fingiendo servir a cuatro caballeros aragoneses. Era el 14 de octubre de 1469 y aquella joven rubia, de ojos azules y menuda de talla se rindió al encanto del joven rey de Sicilia que, aunque un año menor que ella, ya tenía dos hijos bastardos, producto posiblemente de su encanto con las damas puesto que si bien no era excesivamente atractivo, sí tenía hermosos ojos garzos, buen cuerpo y una excelente labia.

Isabel no lo pensó dos veces y, Fernando, en parte atraído por la belleza de la infanta castellana, en parte por intereses políticos, puesto que bien le convenía hacerse con su gran rival en los reinos peninsulares, se aprestó a firmar las capitulaciones matrimoniales En ellas se establecía que, una vez en el trono, don Fernando no podría ausentarse de Castilla sin el consentimiento de su esposa, nunca se otorgarían a aragoneses, sicilianos o napolitanos cargos políticos en Castilla, y todos los documentos se encabezarían con los nombres de ambos cónyuges. Cinco días después de acordar el compromiso, tras obtener la dispensa papal por consanguinidad, puesto que eran hijos de primos hermanos, se casaban en secreto en Valladolid. Un año más tarde nacería la princesa Isabel.

La reacción del rey castellano ante el matrimonio de Isabel y Fernando fue terrible. Pero, al fin, reconciliados los hermanos, el 6 de enero de 1474 los tres se mostraron, juntos y a caballo, por las calles de Segovia en franca demostración de que la concordia ya tenía un lugar entre ellos.

Los nuevos esposos vivían días felices en su palacio de Dueñas cuando les sorprendió la noticia de la muerte del rey Enrique. Casi de inmediato, el 13 de diciembre de 1475, Isabel fue proclamada reina de Castilla en el atrio de la iglesia de San Miguel de Segovia y veinte días después don Fernando recibió el título de rey consorte. Pero los partidarios de la pequeña infanta Juana –a la que se le conocía con el apelativo infamante de la Beltraneja– no aceptaron tal nombramiento y el enfrentamiento civil volvió a envenenar el reino. Durante cuatro terribles años, Castilla se vio asolada por los males de la guerra. Entretanto, Isabel dio a luz al infante Juan (1478) y murió Juan II de Aragón. Firmada la paz, Fernando acudió a Zaragoza y a Barcelona a ser jurado rey por las respectivas Cortes y la reina se retiró a Toledo. Allí, en noviembre de 1479 nació la princesa Juana. La siguieron María (1482) y Catalina (1485).

Comenzaron entonces años triunfantes. Tras la llamada Concordia de Segovia de 1475, donde se establecían los términos del gobierno, se renovaron los sistemas administrativos de ambas coronas mediante la creación de los consejos de Castilla, de Aragón, de Hacienda y de Estado. Y, mientras Aragón se expandía por el Mediterráneo, Castilla, en 1492, se hacía con el último baluarte musulmán de la Península, el reino nazarí de Granada, y abría nuevos caminos hacia las Indias gracias al interés de Isabel en escuchar a un joven marino llamado Cristóbal Colón y a la provisión de fondos que, para financiar la expedición, proporcionó el tesorero real de Aragón, Luis de Santángel.

Feliz, sí. Su matrimonio podía resumirse como feliz. Fernando e Isabel tenían caracteres complementarios y si bien Isabel sintió frecuentemente el aguijón de los celos, muy expeditiva lo solucionó expulsando del entorno real a toda dama joven y agraciada y sustituyéndolas por otras carentes de atractivos y famosas por sus virtudes.

Posiblemente Isabel hizo balance de ello mientras, en 1496, disponía personalmente la gran expedición que debía trasladar a la princesa Juana desde Laredo hasta Flandes, donde contraería matrimonio con Felipe de Habsburgo, hijo y heredero del emperador Maximiliano y de María de Borgoña. La armonía conyugal, máxime cuando se salpica por intereses políticos o rivalidades territoriales, era tarea difícil. Cierto que ella lo había logrado, pero sabía que Juana era distinta. Lo que en Isabel era sentido del deber, disciplina y rigor, en su hija era sentimiento, volubilidad y pasión. Por eso temía. Y eso que no sabía, cuando la despidió, que con ella partían también los más felices años de su vida.

 

La travesía fue peligrosa y muy dura. Tanto que en más de una ocasión se temió por el feliz arribo de la flota. Por fin, Juana desembarcó en Rotterdam y poco después se encontró con Felipe de Habsburgo en tierras flamencas. Era el 21 de agosto de 1496. La boda estaba prevista para cuatro días más tarde, pero tanto se agradaron los futuros contrayentes que Felipe mandó llamar a un sacerdote para que celebrara la boda aquella misma tarde.

El cabello oscuro y los ojos rasgados de Juana posiblemente sorprendieron al príncipe por ser poco usuales en la corte flamenca. Él, por su parte, era bien parecido, de mediana estatura y tenía una expresión agradable aunque la historia ha exagerado sus cualidades al reconocerle como “el Hermoso”. Lo que era innegable era la gran capacidad de seducción que poseía el joven archiduque. La misma que enamoró a Juana y que, para pesar de la princesa castellana, siguió ejercitando con cuantas jóvenes hermosas se cruzaran en su camino.

La atracción, pues, fue mutua y la urgencia por celebrar los esponsales, compartida. La boda se celebró ese mismo día y a ella siguieron grandes fiestas en Amberes y Bruselas. Aquel adelanto de fechas y la impaciencia que lo alentaba se contemplaron en Flandes como una gran descortesía. Se atribuyó, claro está, a la recién llegada y ese sería el primero de los grandes escándalos que protagonizara. Aquella pasión mutua, aquel irrefrenable deseo de los dos jóvenes por poseerse no dañaba, es más beneficiaba, la imagen de don Felipe, frívolo, mujeriego y galán. Pero a la joven princesa se la exigía, por mujer y por ser hija de los monarcas titulados “católicos”, más recato y prudencia. El embajador veneciano Querini escribió:

Grandes tribulaciones se nos acercan. Nuestra señora la princesa de Flandes no ve en su esposo sino al varón y no asume más deberes matrimoniales que los del tálamo”.

La pasión de Juana era imparable. Perseguía a su esposo en todo momento y no había más estancia para ella que aquella donde se encontrara Felipe. Sus camareras se quejaban de sus exigencias pues no había día que no les hiciera cambiar de indumentaria una y otra vez hasta considerar su atavío digno de su amado. Sus damas, de lo monótono de su conversación, pues no sabía hablar más que del archiduque. La corte se preguntaba hasta cuando soportaría Felipe aquel asedio continuo o aquella implacable vigilancia a la que la princesa le sometía intentando descubrir qué había más allá de una sonrisa, una mirada furtiva o un gesto galante.

En un principio, la vanidad de Felipe se sintió halagada. Juana había cambiado. Ya no era la muchachita tímida que no se atrevía a mirarle a la cara en su primera cita, que cubría su cuerpo pudorosamente en el primer encuentro, o a la que descubría mirándole arrobada en las primeras noches de amor. Ahora Juana era una mujer alegre y divertida que solo pensaba en bailar y gozar, que bromeaba entre las sábanas o los salones buscando siempre el juego y, tras el juego, la pasión.

Pero, llegó el primer embarazo y con él Juana perdió su lozanía. El vientre se hinchó, la cara se deformó e, insegura de sus encantos, comenzó a reprochar a su esposo el desdén que adivinaba en su mirada. A los reproches siguieron las preguntas, las persecuciones. Y, finalmente, estallaron los celos. Unos celos que, ciertamente, obedecían a la lógica puesto que Felipe no cesaba en flirtear con todas y cada una de las damas de la corte, pero que, en el caso de Juana, se adelantaban a la certeza y resultaban ciertamente asfixiantes. Aún así, la joven esposa no paró de dar a luz un hijo tras otro. El 15 de noviembre de 1498 nació Leonor, la mayor de las hijas de la pareja principesca y, un año después, Juana anunció que volvía a estar embarazada.

No tardaron en llegar a Castilla los rumores de la frivolidad de las costumbres de la infanta. Isabel, sabedora de que la corte flamenca tenía fama de superficial y desenvuelta y temerosa de que la fragilidad anímica de su hija la hubiera convertido en presa fácil de tan nocivo ambiente, envío al padre Matienzo, un religioso de su confianza y de la del prior del convento de la Santa Cruz de Segovia. Los informes del sacerdote no pudieron ser peores. La princesa Juana, según el fraile, estaba entregada a la diversión, mostraba escasísima piedad y el amor que parecía sentir por su esposo rayaba en lo malsano.

La reina Isabel no pudo por menos que recordar la muerte de su hijo Juan arrebatado por el placer en el lecho de su esposa Margarita ¿Acaso estos príncipes flamencos estaban poseídos por el mismo demonio? Cierto que ella había gustado de las mieles del amor carnal pero la actitud que parecía demostrar su hija no obedecía en absoluto a los cánones de la educación recibida, menos aún si, en pos del goce, posponía la práctica religiosa. Decidió escribir a Juana haciéndole las oportunas advertencias pero fue su propio confesor quien la aconsejó que, dado el avanzado estado de gestación de la infanta, era preferible esperar al alumbramiento para hacerle las recomendaciones pertinentes. A fin de cuentas, añadió:

–¡En tal estado no es fácil que a don Felipe le arrebate la pasión!

Era una verdad a medias. A don Felipe le arrebataba la pasión pero no por doña Juana, sino por una de sus damas. La joven tenía como su más preciado adorno una abundante y rubia cabellera, la misma que en un arrebato cortó personalmente la princesa obligando a su camarera a exhibirse ante toda la corte sin tocado y con el pelo a trasquilones. Fue el detonante de la tragedia. Desde que tuviera la evidencia de la plena infidelidad de su marido, Juana perdió el sosiego. No dormía, no comía y el tiempo se le iba en sufrir y en perseguir a un esquivo Felipe que trataba por todos los medios de zafarse de su asedio.

Tanta era su obsesión por acompañarle que, en la noche del 24 de febrero de 1500 y estando muy avanzado un nuevo embarazo, se empeñó en acudir a la fiesta que se daba en el castillo real de Gante. Mientras bailaba la gallarda se sintió indispuesta y pidió el auxilio de su ama. Esta la acompañó hasta las letrinas y, de inmediato, hubo de habilitarse una estancia adjunta para que en tan improvisado lugar viniera al mundo el príncipe Carlos, el mismo que llegaría a ser soberano de medio mundo.

Hasta Castilla llegaban puntualmente noticias del empeoramiento de la situación. Juana, según parecía, desatendía a sus hijos, Leonor y Carlos, despreciaba al que estaba por venir y cada vez eran más frecuentes las crisis de melancolía. A la reina le dolía el padecimiento de su hija pero, además, en su horizonte se dibujaba una nueva preocupación. Poco después de morir el príncipe Juan, heredero de la corona, había fallecido Isabel, reina de Portugal, y sucesora de su hermano en tal cargo. La sobrevivía un hijo, el infante Miguel, en quien recaería un día la responsabilidad de hacerse con todos los reinos peninsulares. Pero el pequeño era frágil de salud y, en caso de fallecimiento, la heredera de la corona castellana y aragonesa era Juana. Pero ¿podía en tal estado mental hacerse con tal responsabilidad? No pudo calibrar la respuesta. En 1499, el niño murió y, en diciembre de 1501, después de dar a luz a su tercera hija, la infanta Isabel, doña Juana y don Felipe partieron de sus dominios flamencos camino de España. Estaba decidido que la princesa fuera reconocida como heredera por las Cortes de Castilla y de Aragón.

La comitiva llegó a Hondarribia el 3 de enero de 1502 y, poco después, Felipe cayó enfermo de sarampión en Olías del Rey. No era un buen comienzo. Felipe despreciaba la rudeza de las gentes peninsulares, añoraba el refinamiento de la corte flamenca y se negaba al papel de segundón que la condición de heredera de su esposa le acarreaba. Por otra parte, en la sobria corte castellana los alardes de lujo y ostentación de don Felipe y su séquito causaron un profundo desagrado. Se adivinaba, además, la ambición en los ojos del flamenco y la tristeza en los de la princesa Juana. Ninguna de las dos cosas podía satisfacer ni al sagaz don Fernando ni a la entregada madre que era doña Isabel. Ni tampoco a su reino.

La muerte del príncipe de Gales, esposo de la infanta Catalina, obligó a suspender los festejos e hizo necesario un paréntesis hasta que, pasado el luto, la princesa pudiera ser jurada por las Cortes de Zaragoza. Felipe vio el cielo abierto. Alegando que los asuntos de gobierno le reclamaban partió para Flandes. Juana, entretanto, debió permanecer, vacía, sola, ausente, en Castilla aguardando ser recibida por las Cortes aragonesas. Además, esperaba un nuevo hijo y el embarazo no se presentaba fácil. Permaneció al lado de su madre, la reina, quien ya muy enferma y destrozada por las muchas calamidades acontecidas, la cuidó con esmero. Escuchaba sus silencios, acallaba sus gritos. Le preguntaba del porqué de su aflicción, de su desinterés por todo lo que la rodeaba, de su indiferencia ante este nuevo hijo que despertaba a la vida. La respuesta siempre era la misma:

–¡Felipe!

Por fin, el 10 de marzo de 1503 nació en Alcalá de Henares el príncipe Fernando que, con los años, se convertiría en rey de Bohemia y Hungría y en emperador de Alemania. Por el momento, solo era un niño indefenso al que su madre dejó al cuidado de nodrizas para, en cuanto se repuso del parto, marchar a Flandes. Iba en pos del hombre sin el que no podía vivir pero que, para su desgracia, podía perfectamente vivir sin ella.

Isabel la rogó que no partiera. Quería evitar, por todos los medios, que regresara a Flandes sin haber sido jurada por las Cortes de Zaragoza. Conocía muy bien a su marido y, aunque un día también la pasión la hubiera cegado, ahora sabía que no antepondría su condición de padre a la de rey. Fernando desconfiaba de que su hija pudiera ser una buena reina para Aragón y lo que Isabel juzgaba delirio de mujer enamorada, él lo calificaba de desenfreno impropio de una princesa de sangre real. La reina Católica, pues, imploró y ordenó a su hija que no viajara. Le insistió que ella, su madre, también la necesitaba, que estaba vieja, enferma y sola ya que su padre había partido a atender los asuntos italianos. Juana, conmovida, consintió en dilatar algo la partida y acompañó a la reina hasta Medina del Campo.

Pero, en un arrebato, apenas instalados en el castillo de la Mota decidió partir. Caía una fortísima nevada y el obispo Fonseca al frente del séquito de la princesa por orden de doña Isabel, ordenó elevar el puente, cerrar portones y detener la marcha. Juana, enloquecida, salió al patio de armas y, bajo la nieve, gritó y lloró. Entre alaridos, insistía en que no la retuvieran, que la dejaran partir. Flandes estaba muy lejos y ella no podía esperar más. Su señor la aguardaba. Reclamada por la servidumbre y alarmada por los gritos, su madre llegó hasta ella. Se apoyaba dificultosamente en un báculo e intentó convencerla de que entrara, pero solo consiguió llevarla al abrigo de un saliente de la muralla. Allí, permanecieron entre la nieve y el frío, hasta que Juana agotada por el esfuerzo, consintió en retirarse al interior. Cuando amaneció, la misma reina dio orden de que la comitiva partiera para Flandes. Isabel, la reina, la dueña de buena parte del mundo conocido, señora de los castellanos y vencedora de infieles, se dio por vencida.

 

No volvieron a verse. Apenas un año después, el 26 de noviembre de 1504 la reina Isabel falleció en el mismo castillo de la Mota en que la dejara su hija. Amortajada con el hábito de san Francisco, su cadáver fue llevado a Granada. Dejaba dispuesto en su testamento que Juana fuera reconocida reina de Castilla y Felipe, rey consorte, con los nombres de Juana I y Felipe I. Don Fernando debía ocuparse del gobierno hasta que la nueva reina tomase posesión de la corona o en el caso de que su estado mental no le permitiera ejercer tal responsabilidad.

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