La cultura del rock. Jóvenes americanos

Por . 28 abril, 2014 en Siglos XIX y XX
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Dos autores de Anatomía de la Historia, Alejandro Lillo y Justo Serna, acaban de publicar en Punto de Vista Editores su primera entrega de la serie CoolTure, titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

En ella se analizan los reclamos de una sociedad de consumo y se detalla una rebeldía, la de los jóvenes, un malestar.

A continuación, reproducimos el comienzo del capítulo que lleva por nombre Música ligera, en el cual Serna y Lillo nos acaban por confesar de qué va Young americans...

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                Anatomía de la Historia

Música ligera

 

“I gave a letter to the postman

He put it in his sack

Bright and early next morning

He brought my letter back

She wrote upon it

‘Return to sender’

‘Adress unknown’

‘No such number’

‘No such zone’”

Return To Sender

(Otis Blackwell-Winfield Scott)

 

Jóvenes ha habido siempre, gente lozana o tostada, pero sin arrugas, con empuje y dinamismo, con ganas de comerse el mundo. Jóvenes levantiscos que forman cofradías, que rompen vidrios a pedradas; jóvenes solidarios que se comprometen, que discuten con educación y conocimiento. Jóvenes ambiciosos con alocados propósitos o con sensatos objetivos. Jóvenes avanzados o conservadores que reciben un mundo, unas formas de comportarse, de obrar, de envejecer.

El secreto de la vida es y ha sido ése: envejecer irremisiblemente, con resignación, para asumir el linaje, para cargar con responsabilidades. Telémaco busca a Ulises, a su padre, y quiere limpiar su buen nombre mancillado. De ese hijo vienen muchos modelos posteriores. El vástago que admira al progenitor, por quien todo lo sacrifica. Sólo de cuando en cuando alguien se ha opuesto a dicha fatalidad valiéndose del arte, de la sublimación. Vivir, vivir intensamente hasta morir sin un mañana que nos libre de envejecer. Escribir poesía con arrebato juvenil y con desarreglo de todos los sentidos para después callar. Enmudecer.

El hecho en sí −lo de envejecer con aceptación− no es novedoso, por supuesto. Es un universal humano: los muchachos carecen de los atributos de los adultos. Carecen, sí, propiamente adolecen. Por ello su educación, con el grado de socialización y represión que conlleva, no sólo les arranca los restos de infancia que aún puedan conservar; también les inculca unos valores, unos principios y unas aspiraciones muy determinados.

Los adultos tratan de ahormar ese ímpetu de los jóvenes para canalizarlo así hacia las exigencias que ellos mismos, la sociedad o las clases dirigentes de esa sociedad, demandan de ellos. Los adultos, esos adultos, confían en que la edad se cure, que el desarreglo hormonal se enfríe, que la juventud se domestique.

Telémaco, en versión de François de Fénelon (Las aventuras de Telémaco, 1699) es un muchacho al que Mentor atempera, enseña. Le enseña a domar sus pasiones, a defender la reputación de Ulises. Cuántos jóvenes no habrán sido educados con esa obra; cuántos jóvenes no habrán sido formados y reprimidos por mayores que empleaban a Fénelon sin saberlo. Mantener la reputación, ser prudentes, previsores, moderados, evitando la arrogancia y la fuerza de la edad. Han de llevar una vida sobria, sencilla, exenta de pasiones. Ese modelo de joven que encarna el Telémaco conducido por Mentor se romperá.

Que siempre haya habido jóvenes no significa que siempre haya habido también una juventud reconocible, uniformada, homogénea. La juventud como grupo distinto y con signos orgullosamente diferenciadores es un hecho reciente. Reaparecen el descaro, la arrogancia, la fuerza de la edad, la vida apasionada y extrema. Esa juventud, tal como ha llegado hasta nuestros días, es un fenómeno propio de la modernidad. Aunque ocasional y minoritariamente pudieran coincidir en universidades, gremios u otras agrupaciones, durante miles de años la mayoría de los jóvenes estuvieron destinados a ganarse la vida desempeñando el mismo oficio que sus padres, a seguir sus pasos sin posibilidad de cuestionar ni cambiar su forma de subsistencia.

El destino de los jóvenes guerreros espartanos que dominaron Grecia durante el siglo IV a.C. estaba en el mismo campo de batalla en el que habían muerto sus padres; más de dos mil años después, el hijo de un campesino podía darse por satisfecho si heredaba una buena porción de tierra de sus progenitores y podía dedicarse el resto de su corta existencia a cultivarla.

El destino de las mujeres era más oneroso: durante miles de años han estado subordinadas –y en gran medida aún siguen estándolo− a un modelo patriarcal que las ha alejado sistemáticamente de los asuntos públicos. Relegadas a la esfera doméstica, su capacidad de actuación se limitaba al ámbito del hogar y al cuidado de los hijos, con escasa o nula capacidad de decisión sobre su propia vida. Hasta bien entrado el siglo XVIII, por ejemplo, no existía una noción clara del significado de la infancia: los niños eran adultos en pequeñito, así se los trataba y consideraba.

Con la llegada de la modernidad, el triunfo del liberalismo y la formación de los Estados-nación, el concepto de juventud va a ir cobrando una forma cada vez más definida. La necesidad de crear una identidad nacional, las exigencias de las sociedades industriales modernas y la propia dinámica de los conflictos sociales del sistema capitalista ayudarán a regular y a definir cada vez mejor a este particular grupo social. A lo largo de los siglos XIX y XX el período de educación obligatoria se irá alargando, abarcando paulatinamente a todos los sectores sociales.

De este modo, la línea que delimita la juventud –o la adolescencia− del mundo adulto se irá haciendo cada vez más gruesa. La escolarización uniformiza a los jóvenes, pero también los pone en contacto, facilita la identificación y la solidaridad entre ellos. Poco a poco van tomando conciencia de que tienen unos intereses e inquietudes comunes, unos problemas y disconformidades parecidos. Irá surgiendo así un sinnúmero de agrupaciones juveniles, algunas de ellas de gran éxito y relevancia. Piénsese, sin ir más lejos, en el movimiento Boy Scout de América. Pero en la mayoría de los casos estas agrupaciones –más o menos conservadoras, más o menos revolucionarias− fueron creadas y organizadas por adultos para canalizar a través del deporte, la religión o la política esa energía juvenil que amenazaba permanentemente con desbocarse.

Portada de la revista Time, 15 de septiembre de 1961.

Sin embargo, allá por los años 50 del siglo XX, un nuevo fenómeno comienza a despuntar. Los jóvenes americanos cada vez están más inquietos. Frecuentemente manifiestan descontento, con actitudes de rechazo, para pasmo o sorpresa de sus mayores. Parecen despreciar lo heredado, lo recibido, esa prosperidad de la que se benefician. Desde mediados de los años cincuenta comienzan a vestirse de otra manera, luciendo indumentarias que los distinguen: blue jeans, cazadoras de cuero o pantalones de pitillo. Lo hacen disfrutando de canciones que expresan sus incomodidades y sus anhelos: el amor, el cuerpo, el deseo, la velocidad.

En realidad, todo empezó con Holden Cauldfield, el muchacho protagonista de El guardián entre el centeno (1951), el adolescente de diecisiete años que cuenta sus andanzas por Nueva York, que examina las cosas con vehemencia, rabia y ternura. Detesta el cine y el colegio, detesta a sus compañeros y la vida en la ciudad, tiene relaciones conflictivas con sus padres, descubre el mundo de sus mayores, tan desastrado. Aunque la novela fue escrita para un público adulto, multitud de jóvenes se identificaron con Holden Cauldfield. Se dieron cuenta de que su desazón no era particular, de que no estaban solos: había otros muchachos que sentían el mismo desasosiego.

Coincidiendo con la publicación y difusión de esta novela, la presencia de los jóvenes en la escena pública va a ir incrementándose, va a ir adquiriendo mayor notoriedad. Sin embargo, habrá que esperar a la llegada del rock’n’roll para que todos esos anhelos, inquietudes y aspiraciones juveniles cobren su definitiva forma y sentido.

Antes del rock otras eran las músicas que expresaban ese inconformismo, ese malestar de los jóvenes o de los sectores sociales más desfavorecidos: el soul, el jazz, el rockabilly, el rhythm and blues… Así lo enunciaba con ironía Boris Vian el 8 de noviembre de 1949 en la revista Jazz News:

 

Es muy peligroso que sus hijos escuchen la radio: es sabido hasta qué punto la radio nos satura de elucubraciones desbocadas. […] Por eso se lo digo: Padres, desconfíen del jazz […]. Por eso decimos a la administración: ¡ATENCIÓN! Es peligroso; prohibid el jazz y habréis matado de cuajo todos los gérmenes de la rebelión social que, a las primeras de cambio, causarán, tarde o temprano, la guerra atómica.

 

Hank Williams, Legendary Country Singers, 2002. Fallecido en 1953 a los 29 años en un accidente de automóvil, ha sido uno de los músicos más influyentes del siglo XX.

Aunque muy críticas y potentes, estas músicas no dejaban de ser minoritarias; por muy brillantes que fueran sus letras, por muy incitantes que resultaran sus ritmos, nunca hubieran podido enganchar a millones de jóvenes del modo en que lo hizo el rock’n’roll. La razón es sencilla: aún no se habían dado las condiciones materiales para que esa asociación se produjera. Hank Williams, Big Joe Turner, Pete Seeger o Woody Guthrie, por citar sólo a unos pocos artistas, eran grandes talentos y su influencia en la música popular es incalculable. Sin embargo, el abrumador éxito del rock’’n’roll entre los jóvenes sólo pudo cristalizar a mediados de los cincuenta, cuando numerosísimos hogares del país contaban con televisión y millones de adolescentes pudieron ver a Elvis Presley cantando y contoneándose.

De los orígenes de esa rebeldía juvenil que lo empapó todo, de los primeros éxitos del rock con el que millones de muchachos se sintieron identificados, nos ocupamos en este ensayo. Young Americans abarca de 1951 a 1965. Con dicho título rendimos homenaje a David Bowie, que a mediados de los setenta publicaba un Long Play homónimo en el que detallaba melancólicas pérdidas de aquel sueño de los jóvenes.

Vamos a hablar de ellos, de aquellos muchachos que no se dejaron amilanar por cataclismo alguno, ni por la Guerra Fría, ni por la carrera espacial, ni por la invasión marciana. Que no se dejaron derribar por sus reiterados fracasos, por la fiereza de sus enemigos, por esos adultos que tampoco les entendían o por los obstáculos que las instituciones y la sociedad de entonces les oponían.

[…]


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