La Movida. La Transición: entre la euforia y el desencanto

Por . 14 abril, 2014 en Siglos XIX y XX
Share Button

Alianza Editorial ha publicado La cultura en transición. Reconciliación y política cultural en España, 1976-1986, una obra escrita por la historiadora italiana Giulia Quaggio que ya forma parte de la bibliografía indispensable para conocer el periodo durante el cual tuvo lugar la metamorfosis desde la dictadura del general Francisco Franco hasta la monarquía parlamentaria del rey Juan Carlos I y al que conocemos con el nombre de Transición.

A continuación, reproducimos el epígrafe titulado “Entre la euforia y el desencanto”, donde la autora analiza uno de los fenómenos culturales más populares de la historia española del presente: la Movida.

 

Entre la euforia y el desencanto

El Ministerio de Cultura proyectó su discurso político en un espacio público dominado por procesos de signo contrario. Por un lado, como acabamos de ver, emergía con fuerza un «hambre» espontánea y genuina de cultura. El profesor Andrés Amorós, en su Diario Cultural, nos relata una simpática escena de los ciudadanos madrileños que asistían llenos de entusiasmo a las primeras proyecciones cinematográficas estivales al aire libre:

 

En la sala Olimpia, el simpático teatro de Lavapiés, han tenido la brillante idea de abrir un cine de verano. […] Las entradas costaban cien pesetas, la mitad que en un cine ordinario. […] Hoy toca un viejo filme de Minnelli: Home from the hill [trad. española: Con él llegó el escándalo]. […] En el público la gente de barrio superaba ampliamente a los cinéfilos. Hay muchos jóvenes, pero no faltan familias con niños (cuando salí la película debía ser 3-R o 4: ‘para mayores de edad con objecciones’ o ‘gravemente peligrosa’), que corren por entre los asientos, ni las viejas señoras de barrio. Todos hacen comentarios en voz alta, más o menos divertidos, y aplauden cuando el chico y la chica se besan. […] En el fondo se ven esquinas de este Madrid popular: terrazas, balcones, techos, los espacios simétricos de la corrala de Miguel Servet. Y encima, por todos los lados, el cielo azul, salpicado de antenas televisivas. […] Observo la gente y no veo a Íñigo Cavero, ni Gonzalo Fernández de la Mora o Julio Caro Baroja, que denuncian la decadencia cultural de estos tiempos. No me sorprende. Estarán en su despacho reflexionando sobre la crisis de valores y organizando la gestión de nuestra cultura.

Andrés Amorós, Diario Cultural, Madrid, Espasa Calpe, 1983, págs. 47-50.

 

Este texto refleja bien la principal característica de la Transición: el protagonismo cultural de la misma fue del conjunto de la sociedad española que, más allá de la política de consenso desarrollada por las instituciones oficiales, vivía con verdadera curiosidad la apertura del país. Si la euforia, el fervor y las expectativas por acceder a productos culturales prohibidos durante tanto tiempo fueron evidentes, a la vez se estaba produciendo un paulatino alejamiento o desinterés por la vida política.

Los datos hablan por sí solos: durante el proceso de normalización democrática de la sociedad española es posible detectar una apatía creciente hacia la vida política. Entre 1977 y 1978 el interés por los acontecimientos políticos alcanzó su nivel máximo (el 16 por ciento de ciudadanos se declaraba entonces «interesado»), para iniciar un vertiginoso descenso a partir de 1979 (11 por ciento). Reflejo de esta dinámica, tal vez, fue la abstención, que en las elecciones de 1979 creció de forma notable [como nos dice Cayo Sastre García].

Ahora bien, este desinterés no estuvo en conflicto con el ansia reformista de la sociedad española en ámbitos específicos, como las políticas de igualdad o bienestar social. Como se ha dicho, el Ministerio de Cultura de la UCD asumió en parte tales reivindicaciones. Pero no fue suficiente o no estuvo en condiciones de realizar sus propias iniciativas. En este periodo inicial de la Transición lo que reclamaba las mayores energías de las autoridades eran las reformas económicas y fiscales, así como la estabilidad política. Las políticas sociales y culturales no dejaban de ocupar una posición secundaria en la lista de prioridades.

El sentimiento de desencanto que se iba difundiendo poco a poco respondía a un proceso cultural complejo que afectó a diferentes ámbitos de la vida social, política y cultural entre 1977 y 1981. Si bien empezó siendo un fenómeno reducido, esencialmente político, al mundo de los intelectuales y sus debates a través de las revistas, lo cierto es que acabó contagiando al conjunto de la sociedad. Los primeros en dejarse ganar por una aguda desilusión fueron los miembros de la izquierda más radical, comunistas y anarquistas, ante la lentitud y la moderación de las reformas democráticas que se estaban realizando (o, en el caso de algunas, que no se estaban realizando) y por la ausencia de una neta voluntad de ruptura con el pasado franquista.

Esa desilusión representa, visto retrospectivamente, el reverso exacto del optimismo del consenso constitucional. A continuación, los mismos intelectuales y artistas que habían formado parte de la resistencia cultural al franquismo, desafiando a la policía con su militancia clandestina, animando cineclubs, participando en encuentros universitarios y recitales de poesía, no se integraron con facilidad en la nueva normalidad democrática, cuando ya no era necesario seguir escondiéndose y el pacto político se había convertido en la nueva praxis política cotidiana, pero también cuando no aparecía por ningún lado el extraordinario renacimiento cultural anunciado, siendo así que lo único que crecía era la crisis económica y la violencia terrorista.

El comunista [Vázquez] Montalbán expresó con meridiana lucidez este contradictorio estado de ánimo de parte de la intelectualidad española en su famoso y sarcástico «contra Franco vivíamos mejor», que recogía el sentido de impotencia frente a un proceso político gestionado por una élite, la confusión y la radical desconfianza ante una acción política dominada por la praxis y no por los ideales de cambio.

El desencanto, empero, no implicó un freno a la energía que recorría de arriba abajo la sociedad española. En efecto, desencanto y euforia convivían. Y así, el espontáneo y popular anhelo de probar en carne propia qué cosa significaba en realidad eso de vivir en libertad y formar parte de un régimen democrático, era la cara de una moneda cuya cruz dibujaba en cambio un replegarse hacia el individualismo apolítico y desengañado. Tal estado de ánimo, que empezó a filtrarse al conjunto de la sociedad española, se extendió muy particularmente entre los más jóvenes, entre los hijos de aquellos que más habían destacado en la lucha cultural contra el franquismo:

 

Manolo M., por ejemplo, tiene diecisiete años. Sus padres son intelectuales de izquierda. Está ahora descubriendo la poesía barroca y modernista y se arregla bien con Garcilaso y Las Soledades a partir de una determinada música: los Pink Floyd, quizá. Tiene la posibilidad de hacer el COU en los Estados Unidos. […] «Ahora las cosas están sucediendo en España […]». Las cosas a las cuales se refiere, sin duda, no son aquellas que aparecen publicadas en primera página de los periódicos, y tampoco aquellas que no ocurren casi nunca en provincia: son los primeros conciertos rock de masas, noctámbulos, ocho mil personas en el pabellón del Real Madrid […] Decadentes e insensibles, mitómanos y tímidos, escandalosos e infinitamente dulces, los más jóvenes no pueden tener nostalgia, sin embargo tienen ilusiones revolucionarias; pasan por encima de la política parlamentaria y de los partidos.

Rosa María Pereda, «Madrid cambia cara», El País, 14 de septiembre de 1979

 

Era del interior de esta juventud, que recibió la atención indirecta de los ayuntamientos socialistas, desde donde estaba emergiendo la renovación cultural posfranquista. Estos jóvenes urbanos, hijos de la modernización de la España tecnocrática de los sesenta, proyectaban su presencia en el espacio urbano metropolitano de la democracia.

No se trataba de un movimiento organizado, sino más bien de una aproximación espontánea y desenfadada a la vida y a la identidad cívica. Los jóvenes demostraban un absoluto desinterés por los acontecimientos e intrigas de la vida pública. Su energía, orientada hacia el renacimiento cultural, se concentró en pequeños grupos sociales, salidas nocturnas y locales, música rock o pop. Los primeros pasos en la senda de la recuperación y apropiación de la nueva realidad conllevaron una relación diferente con la música de masas en tanto que medio e instrumento capaz de posibilitar originales signos de identificación colectiva.

Este fenómeno no surgió de la noche a la mañana. De hecho, para dar una idea de su precocidad deberíamos recordar que ya en 1974, en Barcelona, circulaban revistas como Star o Ajoblanco, con contenidos fuertemente libertarios y que al lado de temáticas próximas a la liberación sexual o las drogas, también reservaban un espacio para los primeros cómics underground.

Y a partir de ahí, la lista es larga. Solo en Madrid: en el Rastro se ponía en marcha Cascorro Factory (Ceesepe, Alberto García-Alix, El Hortelano), heterogéneo proyecto que divulgaba y traducía cómics de la contracultura americana; en 1976 abría el bar Pentagrama, convertido pronto en uno de los locales centrales de la vida nocturna con exposiciones y conciertos; en 1977 nacía el grupo pop-punk Kaka de Luxe (Fernando Márquez, Manolo Campoamor, Carlos Berlanga, Enrique Sierra, Alaska, Nacho Canut y Pablo Martínez), que fue una especie de matriz de la que surgirían algunos de los referentes más conocidos de los ochenta: en 1979 Alaska y los Pegamoides, después Alaska y Dinarama, Radio Futura y Parálisis Permanente. Todavía en 1978 se formaba Nacha Pop mientras florecían por doquier las bandas de rock, lo que acaso explicase la creación ese mismo año del «Trofeo Rock Villa de Madrid». Frente al aire distraído o indiferente a la realidad sociopolítica que estilaban las bandas de pop, los «rockers» como Ramoncín, Asfalto o Topo, por citar algunos de los grupos y solistas más conocidos, recogían en sus textos los problemas e inquietudes del arrabal urbano. Casi por la misma época, en 1979, abría en Malasaña el local La Vía Láctea y Pedro Almodóvar y Fabio McNamara se exhibían, con escintilantes vestidos femeninos, en el Rockola.

La eclosión madrileña, y todavía antes los brotes de la cultura underground barcelonesa, fueron, ciertamente, incontestables. En efecto, era en un contexto urbano, imbuido de una alegría espontánea y efervescente, en donde los más jóvenes no querían ser solo libres sino, sobre todo, «modernos». Se habla de movida, un término que no deja de ser ambiguo pero que, en todo caso, describe el «movimiento» presente en la sociedad española, el deseo de animar la calle, la efervescencia que impulsaba a la juventud. En realidad, al menos en esta primera fase, hasta 1981, esta movida no la protagonizan más que un reducido núcleo de muchachos decididos y emprendedores, nacidos y criados en la ciudad o llegados a Madrid recientemente desde Barcelona, Valencia y otras ciudades españolas.

La periodista Paloma Chamorro se refiere a un «grupo de amigos» que se podían «contar con los dedos de una mano»: Pedro Almodóvar, la cantante Alaska, el diseñador Ceesepe, Carlos Berlanga, el fotógrafo Alberto García Alix y Ouka Leele, la estilista Sybilla, los artistas Costus… Fueron ellos quienes popularizaron definitivamente la cultura musical anglosajona, mal conocida en la España franquista: Rolling Stone, David Bowie, Sex Pistols, Ramones o The Clash. Estaban muy influidos por el cómic underground y la contracultura americana de Robert Crumb o Gilbert Sheldon, admiraban a Andy Warhol y profesaban, en fin, una completa liberación en las costumbres sexuales, en la exhibición de la homosexualidad y en el uso de drogas.

Los primeros encuentros musicales y artísticos se caracterizaban por la improvisación, la fascinación por todo lo nuevo que estaba llegando de Londres, Nueva York o Ámsterdam, el deseo de modernidad y, en definitiva, por una voluntad de superar la medianía estética dominante, que se movía entre la cursilería camp, el provincialismo folk, el sentimentalismo de telenovela y la austeridad franquista.

Por otra parte, en estos grupos emergentes de jóvenes audaces era evidente la dimensión lúdica, la alegría, la búsqueda de la ligereza y el caos, como reacción liberadora frente a los rigores heredados de la dictadura no menos que a las estrecheces de la estética y dogmática marxista: la ociosidad, la indolencia, el desencanto político y las ganas de sorprender con una bocanada de aire fresco resultaban elementos inseparables de una respuesta al modelo de cultura socialmente comprometida de los años sesenta o al corsé moral de la típica familia burguesa del franquismo.

El aspecto más interesante de esta primera fase de la movida fue precisamente la capacidad demostrada para reactivar el cuerpo social español, para involucrar a las nuevas generaciones dentro de un sentido de comunidad, de pertenencia ciudadana, que resultaba completamente original. Además, esta capacidad que tan bien define el fenómeno brotaba sin ataduras del ámbito popular, emergía desde abajo, de una voluntad de liberarse y renovarse con los pocos medios que la realidad ofrecía.

Provocación extrema y posibilidad de volver a recorrer la liberación moral y sexual del 68, aunque sin un credo político definido, fueron claves que adquirieron una particular vitalidad porque esta generación se encontró, de repente, en el seno de un contexto social en el que por primera vez sucedía

 

«[…] el encuentro de una cultura internacional con una situación virgen, donde todos tienen necesidad de cultura, dinero, experiencias […]»

José Luis Gallero, Sólo se vive una vez: esplendor y ruina de la movida madrileña, Madrid, Árdora Ediciones, 1991, pág. 43.

 

La búsqueda de lo «vivido» o del «querer experimentar juntos» se convirtió en el elemento principal de este fenómeno de despertar cultural juvenil.

Sin embargo, hay que insistir en que este intento, sin duda intenso y de importantes consecuencias, de los más jóvenes por sintonizar a nivel cultural con lo que estaba sucediendo en otras partes de Europa y del mundo se circunscribía a una realidad marginal, por lo demás urbana.

La movida fue capaz de dar un nuevo sentido al movimiento acelerado que estaba viviendo un país en el que, a pesar de todo, viajar desde los pueblos de provincia a la ciudad era como viajar a través del tiempo. Sin embargo, tanto la ciudad como la provincia estaban expuestas al mismo flujo comunicativo de los medios de comunicación de masas. En otras palabras, con las primeras manifestaciones de la movida (música, fotografía, performances transgresivas) quedó de manifiesto el anacrónico provincialismo español. Pero, también, esta eclosión de expresiones culturales de naturaleza popular permitió proyectar una nueva identidad absolutamente moderna para la España democrática.

El Ministerio de Cultura, por entonces todavía bajo mando de la UCD, no obstaculizó la evolución del movimiento juvenil que de forma espontánea se confundía y cabalgaba hacia una más completa liberación moral de las costumbres. Poco más se puede decir de los responsables centristas. Apenas vivieron transversal y secundariamente el fenómeno. En todo caso, esa movida incipiente que se estaba generando no contaba con la simpatía del partido en el gobierno. Los distintos ministros de Cultura de la UCD se mostraron críticos con la proliferación de material erótico, sexual o pornográfico.

El ministerio sabía que la juventud tenía que representar uno de los objetivos prioritarios de la política cultural. Por eso se creó, dentro del organigrama ministerial, una Dirección General de la Juventud (con su correspondiente Instituto de la Juventud).

 

Y no faltaban las declaraciones rotundas: «hoy se puede afirmar que el problema global de la reforma de la sociedad debe ser resuelto con los jóvenes».

CDC, Dirección General de la Juventud, Organización, competencias, objetivos, Gabinete de Estudios y Coordinación. Secretaría General Técnica, Madrid, 1978, pág. 9.

 

Pero, a pesar de semejante dechado de buenas intenciones, la política juvenil de la UCD se resume en su apoyo a la organización, en Valladolid, de un congreso mundial de la Juventud Estudiante Católica y del Movimiento Internacional de Estudiantes Católicos, a un seminario organizado por las Juventudes Socialistas sobre la desocupación y, como en época franquista, a campamentos y viajes estivales, además del mantenimiento de residencias, alojamientos y casas para la juventud.

En cambio, fueron los socialistas quienes comprendieron la pluralidad de impulsos creativos que estaban emergiendo de la ciudadanía. Buscaron, con absoluto realismo, exorcizar el desencanto y, paralelamente, fomentaron la absorción en el discurso democrático de la vitalidad, la modernidad y la dimensión participativa características de estas primeras manifestaciones de renovación cultural y juvenil del país.

El gobierno de UCD, por su parte, aplicó un modelo híbrido. Por un lado, acercándose a posiciones socialdemócratas, la prioridad fue la de hacer la vida cultural más accesible a la ciudadanía, por el otro, sin embargo, sus medidas no estuvieron exentas de un fuerte componente conservador y católico a la hora de encarar la vitalidad procedente de la sociedad. La dirección cultural de la UCD se orientó, en definitiva, hacia una política de perfil bajo, privada de paradigmas con carga ideológica, con el objeto de favorecer y consolidar una Transición en condiciones de generar lazos de solidaridad entre los propios ciudadanos.


Share Button

Participa en la discusión

  • (no será publicado)