Vermeer. Intimismo y evasión en el siglo XVII holandés

Por . 30 abril, 2014 en Edad Moderna
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Una muchacha con sombrero rojo, la boca medio abierta, brillo en sus labios, rostro iluminado por la luz de una ventana. Con este lienzo, Vermeer se adelantaba al impresionismo francés. La luz es un elemento más de la composición en toda la obra del maestro de Delft, se expande desahogando el entramado de diagonales y juego de perspectivas, consiguiendo de este modo que los espacios se extiendan psicológicamente hacia el exterior.

Esto es algo que Hopper nunca quiso hacer, al contrario que la obra de Vermeer, la de aquél siempre estaba limitada por composiciones cerradas, asfixiantes.

John Michael Montias, autor de Vermeer and his milieu (1989), aportó una documentación de gran interés sobre Vermeer. Entre los papeles que consultó se encontraban dos solicitudes, una a los estados de Holanda y de la Frisia Occidental y otra a los magistrados de Gouda en las cuales, la viuda del pintor, Catherina Bolnes, y su suegra María Thins, pedían ayuda para mantener a los numerosos hijos que sobrevivieron al pintor, el pequeño de dos años. La segunda solicitud es francamente trágica porque explica cómo les es imposible pagar las curas a uno de los hijos herido en grave accidente. Se sabe que el pequeño sobrevivió, años más tarde se le sitúa en Flandes firmando su contrato matrimonial con una simple x.

Montias dice que los Vermeer, tras haber ascendido rápidamente en la escala social mediante el conocimiento de las artes y el matrimonio, volvieron a descender al nivel de artesanos analfabetos en un breve transcurso de tiempo.

La época en la que vivió Vermeer (1632-1675) no fue pacífica, las Guerras Anglo-holandesas marcaron dos décadas de despropósitos. En los mismos años que Vermeer pintaba su Alegoría de la pintura, Michiel de Ruyter lideraba un ejército contra la flota anglofrancesa, la cual hizo capitular a la ciudad de Utrecht; no sin antes violar, mutilar y destrozar todo rastro de vida que encontró a su paso.

Los holandeses, atormentados por la situación, abrieron las esclusas para reprimir al invasor, haciendo que se perdiesen todas las cosechas. Esto llevó a una rebelión en Delft en la que cayó Juan de Witt, estadista y matemático, que detentaba el puesto de gran pensionario. De Witt, que había pactado acuerdos muy favorables a la república tras la batalla de Medway, era ahora traicionado junto a su hermano Cornelius por los partidarios de Guillermo III de Orange.

Alejandro Dumas, en su novela El tulipán negro, narra este suceso que Jan de Baen pintara en 1672. Una imagen sangrante, sádica y trágica de lo que la muchedumbre puede llegar a hacer. Se hace difícil creer en el ser humano después de ver esa escena. Al poco tiempo, Vermeer pintaba Mujer joven sentada ante un virginal (también conocida como Mujer sentada tocando la espineta). La modelo nos mira en silencio, como si nada hubiese ocurrido: ante la tragedia y el desvarío generalizado solo resta ausentarnos, parece comunicar el pintor.

Unos años antes, cuando Vermeer pintó La joven de la perla, alrededor de 1665, las Provincias Unidas también estaban en guerra contra Inglaterra. Nada parece hacernos sospechar la situación, la muchacha del turbante azul tiene en su mirada esa apacibilidad del que se sabe en buena compañía y la disfruta. Se distingue de otras mujeres pintadas por Vermeer en que esta vez no aparecen rasgos comunes al resto de las féminas en su rostro. La Joven mujer con jarra de agua junto a la ventana, la Criada con cántaro de leche o La encajera evidencian cierta impersonalidad, cierto parecido que sugiere que no estamos ante retratos si no ante personajes “tipos”.

Cuando Napoleón III destierre dos siglos después a Théophile Thoré de Francia, le haría un gran favor a la historia del arte. Los hallazgos que este crítico e investigador hizo en sus años de exilio fueron decisivos para el estudio de la obra de Vermeer. En principio fue él, en sus visitas a los museos, quien descubrió en los archivos el nombre del pintor de la famosa Vista de Delft, quien lo dio a conocer de nuevo y quien escribió una monografía más que interesante sobre el maestro.

En referencia a Vista de Delft, sabemos que unos años antes de su realización quedaban varias fábricas cerveceras en la ciudad; que también era famosa por sus porcelanas y por sus tapices.

La visión de este cuadro nos sugiere un silencio emocional. Podemos hablar de serenidad y de luz. Casi nada nos hace sospechar que, pocos años antes, en 1654, justo detrás de la zona representada, había estallado un polvorín que, parafraseando al poeta Joost van den Vonden, dejó la ciudad atestada de cadáveres mutilados. El historiador Dirck van Bleyswijck escribiría por su parte que parecía que se habían abierto en la tierra las fauces del infierno.

Si comparamos la versión de Vista de Delft de Vermeer con las versiones de Egbert van der Poel tras la explosión, concluiremos que o bien el artista recrea su existencia hacia un camino consustancial a su propia huida de la realidad o bien es simplemente un encargo de los Van Ruijven, sus adinerados mecenas.

Mientras que Vermeer prescindió de los escombros, otros como Daniel Vosmaer, pintaron la desolación.

Unos años antes, en 1652, Carel Fabritius, compañero del maestro de Delft, había procedido de la misma forma. En un momento en que los corsarios ingleses actuaban impunemente contra la flota mercante holandesa y el almirante Maarten Harpertszoon Tromp renunciaba al mando tras el desastre acontecido en el canal de la Mancha, Fabritius, ajeno a la actividad política, pinta un comerciante descansando en medio de una Delft aparentemente sin contratiempo alguno.

Eso sí, si Vermeer ha de referirse a la guerra, lo hace con la seductora sonrisa de la muchacha en Oficial y mujer sonriendo: nunca nos muestra un mundo hostil, tampoco zalamero. Los personajes realizan sus tareas con discreción dentro de sus hogares burgueses. La mujer del artista lee una carta, otra dormita apoyando el codo en una mesa, la música protagoniza varios de sus lienzos y las perlas adornan cuello y rostro de sus intérpretes. Una criada, concentrada en su tarea y vestida con colores luminosos, vierte leche en una vasija. Nada nos hace suponer de nuevo que el hogar del pintor es frecuentemente violentado por su cuñado Willem, un alcohólico de carácter variable.

Una composición muy cuidada, dominio de la luz y del color, empleo impecable de la perspectiva son sus valores pictóricos. Teniendo en cuenta el uso de la cámara oscura por los artistas de la época y de la caja de perspectiva de Van Hoogstratten (1627-1678) expuesta hoy en la National Gallery de Londres, no ponemos en duda la posibilidad de que Vermeer la hubiera utilizado en sus dibujos preliminares. Esto es algo anecdótico, no obstante, dado que no le restaría valía a sus obras si pensamos que las artes en general, son pensamiento y juego visual.

Cuando en 1674 muere Pieter van Ruijven, su mecenas, comienza a morir también Vermeer. Sabemos poco del pintor de la luz, apenas lo que aparece en algunos documentos y lo que se desprende de su escasa obra, pero si algo es seguro es que no quiso legarnos más sufrimiento que el que implica el hecho de soportarnos a nosotros mismos coexistiendo en un mundo donde las cuestiones del arte no son más que asideros fortuitos desde donde tarde o temprano nos precipitaremos a un vacío incierto.


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Nací en Coruña en 1966, me licencié en Filología hispánica en Santiago de Compostela y en Filoloxía galego-portuguesa en la Universidad de A Coruña. En esta misma ciudad realicé la especialidad de Técnicas de volumen en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos Pablo Picasso. En la actualidad imparto clases de dibujo, pintura e historia del arte a niños en mi propio estudio, y lo compagino pintando y exponiendo mi propia obra.

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