Aquiles y la Guerra Civil española

Por . 21 mayo, 2014 en Reseñas
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El canto XXIV de la Ilíada es uno de los más bellos y emotivos del poema escrito por Homero. Aquiles ya ha matado a Héctor, lo ha atado al carro y ha dado tres vueltas a las murallas de Ilión arrastrando su cuerpo por la tierra.

Luego, tras celebrar los funerales de Patroclo, el guerrero permanece en su tienda, con el cuerpo de Héctor tirado fuera, dispuesto para ser devorado por los perros. Dominado por la ira, Aquiles recrea una y otra vez su victoria sobre Héctor, expresando simplemente su enorme poder, un poder sin sentido, pues nada que haga podrá devolver la vida a su querido Patroclo.

 

“Aquiles lloraba recordando a su compañero, y el sueño, que a todos doblega, no le vencía (…) Al recordar todo aquello, derramaba lozanas lágrimas (…), otras veces se incorporaba de pie y paseaba vagabundo, bordeando la orilla del mar (…). Entonces, después de uncir bajo el carro los ligeros caballos, ataba el cuerpo de Héctor tras la caja para arrastrarlo, le daba tres vueltas alrededor del túmulo del Menecíada muerto [Patroclo] y se volvía de nuevo a la tienda a descansar, dejando a aquél extendido de bruces en el polvo” (XXIV, 3-18).

 

Por su parte Príamo, el anciano rey de Troya, decide abandonar la ciudad y acudir al campamento de los aqueos. Está dispuesto, frente a su más encarnizado enemigo, a rogarle para que le devuelva el cuerpo de su hijo. Sólo quiere enterrarlo con los honores y la dignidad que merece.

Como afirma James M. Redfield en La tragedia de Héctor, la muerte en la Ilíada no es un problema para el héroe, sino para los amigos y familiares que deben continuar viviendo sin él. Por eso los funerales tienen tanta trascendencia. Son una forma de expresar la ausencia del ser querido, pero también que la vida continuará sin él. Esta ceremonia consiste, pues, en una larga despedida, que generalmente dura varios días.

Sin embargo, como miembros de una sociedad, de una comunidad en la que se establecen lazos afectivos y de parentesco, la ceremonia no sólo despide al difunto, sino que con él también muere una parte del doliente. Algo de lo que permanece vivo se marcha también con el muerto.

En los versos del poema hay mucha simbología al respecto, como el acto de cortarse y depositar cabellos junto al fallecido. Lo cierto es que la muerte de una persona no sólo deja un vacío, sino también una herida en la comunidad, herida que no se cerrará hasta que el fuego de la pira funeraria la cauterice y la cure.

De este modo el funeral adquiere una dimensión social, de reivindicación y afirmación de la comunidad: el fuego sirve para purificarla y ayudarla a reconstruir el tejido social dañado teniendo en cuenta -sin olvidar- al individuo perdido. Es una forma de afirmar su continuidad a pesar de las fuerzas disolventes que la atacan. Así lo expresa Redfield.

Por otro lado, la guerra es la negación de la comunidad en la medida en que aspira a destruir a la sociedad enemiga. Pero la muerte que produce la batalla es soportable, incluso en muchos casos motivo de orgullo y gloria. Al fin y al cabo, la guerra y la muerte están muy presentes en la cultura de la Ilíada, forman parte de la vida.

Lo horrendo del combate, pues, no es la muerte, no es acabar con el enemigo debilitando con ello a la comunidad rival, sino negarle el funeral al fallecido. Con esa actitud no sólo se daña a la colectividad enemiga, sino que se le niegan los medios para curarse, como ya hemos visto.

Lo insoportable está en esa negación del funeral, negación que es vista como una herida no curada, como una mancha, como una impureza que marca a toda la comunidad y que le impide recomponerse, mirar hacia adelante, hacia el futuro.

Tenemos pues, en el Canto XXIV de la Ilíada, a Aquiles negándose a entregar el cuerpo de Héctor a los troyanos, impidiendo así el cierre y la purificación de las heridas de la comunidad.

Y tenemos a Príamo que acude a la tienda del mirmidón desesperado, dispuesto a hacer lo necesario para recuperar el cadáver de su hijo: “Y si es mi sino morir junto a las naves de los troyanos, de broncíneas túnicas, lo prefiero. Que al momento me mate Aquiles con el cuerpo de mi hijo en brazos, tras saciarme el deseo de llanto” (XXIV, 224-227).

Príamo ha perdido en la guerra a todos sus hijos, muchos de ellos aniquilados por la implacable ira de Aquiles. Ningún vástago le queda ya. Cuando finalmente llega a la tienda donde descansa el poderoso guerrero junto a los suyos,

 

“estrechó las rodillas de Aquiles y le besó las manos terribles y homicidas que a tantos hijos suyos habían matado. Como cuando una densa ofuscación apresa al hombre que mata en la patria a una persona y llega a un pueblo extraño ante un hombre acaudalado, y el estupor invade a quienes lo ven, así de estupefacto se quedó Aquiles al ver al deiforme Príamo” (477-483).

 

Hay que fijarse en el símil de este pasaje, fundamental para entender el conflicto: Príamo se convierte en asesino y Aquiles en un hombre rico. En un momento han intercambiado los papeles. Pero esa permuta aún va más allá: en el verso 478 el poeta califica las manos de Aquiles como androphonos, palabra que significa ‘matador de hombres’. Resulta que, junto al calificativo ‘domador de caballos’, androphonos es el epíteto específico de Héctor, que se repite en numerosos pasajes del poema (XVIII, 149; XVII, 428, 616, 638; XXIV, 509, y en otros).

Cuando Príamo besa las manos de Aquiles, acaricia el objeto de su aversión, se arrodilla ante el asesino de sus hijos; pero al mismo tiempo también está besando las que podrían ser las manos de Héctor: esas manos ‘matadoras de hombres’ de Aquiles han matado a Héctor, otro ‘matador de hombres’.

Aquiles no ha hecho nada que no hiciera el troyano, en todo caso nada que Héctor no le prometiera a Patroclo (XVI, 836 [Héctor le dice a Patroclo]: “a ti, en cambio, los buitres te devorarán aquí”). Este intercambio de papeles que aparece reflejado en ese genial fragmento, esa idea de que, en otras circunstancias, cada uno de ellos podría ocupar el lugar del otro es el primer paso hacia la reconciliación.

Pero hay más. Príamo, entonces, se pode a llorar por su hijo. ¿Y Aquiles? Aquiles “lloraba por su propio padre y a veces también por Patroclo” (XXIV, 511-512). ¿Por qué solloza por su progenitor? Porque lo ve en Príamo, un anciano que llora a su hijo muerto.

En realidad Príamo está haciendo lo que sin duda haría Peleo frente a Héctor si el fallecido fuera Aquiles: intentar recuperar a toda costa el cadáver de su hijo para enterrarlo. En la escenificación de ese dolor compartido experimentan Príamo y Aquiles la finitud de la vida humana.

Lo que por fin comprende el mirmidón tras su encuentro con Príamo es que lo mismo que la felicidad siempre es parcial en la vida, al igual que los dioses conceden dolor y sufrimiento al hombre, también le han otorgado el don de la finitud. Por eso el dolor debe tener un final, debe concluir. Aquiles capta esa norma, profundamente humana, y la pone en práctica. Cuando Aquiles comprende esa gran verdad, sólo entonces, deja marchar el cuerpo de Héctor, purificando con ello también su dolor.

Tanto él como Príamo son seres concretos incrustados en una sociedad y, por tanto, nunca dejarán de ser enemigos. Pero en la medida en que ambos se ven como representantes de algo universal, esa enemistad desaparece. Lo que visto de cerca, como individuos, les enfrenta, con la distancia de lo universal se esclarece. El odio y el desprecio dejan paso a la compasión, a la solidaridad frente a un destino común. La reconciliación de Príamo y Aquiles se escenifica con una comida:

 

“Se levantó el ligero Aquiles y una cándida oveja degolló (…). Después de saciar el apetito de bebida y de comida, el Dardánida Príamo se quedó mirando a Aquiles, admirado de lo alto y bello que era; al verlo se parecía a los dioses. Y también Aquiles admiraba al Dardánida Príamo, al contemplar su noble aspecto y al oír sus palabras” (XXIV, 621-632)

 

En esta escena ambos se ven como objetos totalmente independientes, como individuos absolutamente aislados. Están en un plano puramente individual y, a la vez completamente universal. Han dejado de lado la separación que ejerce la cultura sobre los hombres, los amores, los odios, las lealtades, las obligaciones, el estatus, las relaciones de parentesco. Todo lo que conforma a un hombre en su ser social, diferenciándolo de los demás, ha quedado a un lado.

Ambos se observan puros, como lo que son, dos seres humanos unidos por un mismo destino: la muerte. Eso es lo que descubren compartiendo su duelo, que el destino de los hombres es morir; pero también que el destino de los hombres es vivir, y eso es lo que reconocen en la comida que preparan. Hay que vivir. Restañar las heridas y vivir.

La despedida se narra así [Príamo le dice a Aquiles]:

 

“Sabes que asediados estamos en la ciudad, que la leña está lejos para traerla del monte, y que los troyanos tienen enorme temor. Nueve días nos harían falta para llorarlo en el palacio; al décimo lo enterraríamos y la hueste celebraría el banquete; al undécimo erigiríamos una tumba sobre sus restos; y al duodécimo entablaremos combate si es preciso. Díjole a su vez el divino Aquiles, el de los pies ligeros: «Así se hará también eso, anciano Príamo, como solicitas. Pues suspenderé el combate todo el tiempo que me pides» (XXIV, 662-670).

 

La reconciliación de Príamo y Aquiles simboliza, de alguna manera, el fin de la guerra, aunque sólo sea de forma temporal. El conflicto, pues, está resuelto, y la Ilíada puede terminar. Pero la Ilíada nunca termina. Su verdad, severa e incómoda, se repite una y otra vez, una historia escrita hace miles de años de la que aún nos queda mucho por aprender.


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Licenciado en Historia Contemporánea, entre mis distintas publicaciones cabe destacar un libro sobre Valencia (Valencia y su provincia: mucho más que luz y mar), así como diversas colaboraciones en obras colectivas, entre ellas las de El gran libro del vino de la Comunidad Valenciana y la ya citada sobre la familia Trenor: “Paseos por la Valencia burguesa (1808-1909)”. Apasionado de la literatura y el cine, varios de mis escritos han sido premiados en distintos certámenes literarios, como el V Certamen de Narrativa Breve (2006) organizado y publicado por el Ayuntamiento de Valencia, el Certamen Internacional Art Nalón Letras 2008 o el Premio de relato corto “Paso del Estrecho” 2010.

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  1. gravatar Cayetano Responder
    mayo 23rd, 2014

    Un post muy instructivo, ameno y muy trabajado. Mi enhorabuena.
    Un saludo.

    • gravatar Alejandro Lillo Responder
      mayo 23rd, 2014

      Muchas gracias, Cayetano. Un placer. Saludos