¿Cómo fueron posibles las victorias de Alejandro Magno?

Share Button

El precio que la otrora orgullosa capital del Ática hubo de pagar por su derrota fue astronómico. La oligarquía, apoyada por celosos destacamentos espartanos, se impuso como sistema de gobierno en las antiguas aliadas de Atenas, que se vio forzada a aceptar la destrucción de sus murallas, la entrega de su flota y la disolución de la Liga de Delos; recibió también el regalo de una guarnición lacedemonia, y hubo de sufrir en sus propias carnes el régimen más arbitrario y violento que nunca viera, el conocido como gobierno de los treinta tiranos.

Pero no sólo los derrotados en la Guerra del Peloponeso padecieron sus consecuencias. Treinta largos años de conflicto cambiaron hondamente a los griegos. La fe en la democracia, degenerada en demagogia, sufrió un duro golpe. La figura del ciudadano soldado, que defendía a su patria con sus armas y la gobernaba con su voto en la asamblea, perdió peso frente al mercenario que se alquilaba al mejor postor. La guerra, antes puntual y breve, se generalizó y alcanzó extremos de crueldad nunca vistos con anterioridad.

La hegemonía espartana no fue aceptada de buen grado, ni la tebana después de ella. Y la guerra continua minó las bases de la prosperidad griega, destruyendo los campos de labor y arrojando a las masas campesinas hacia unas ciudades que no tenían trabajo que ofrecerles.

No obstante, mientras Grecia se debilitaba, encaminándose hacia una indudable decadencia, al norte de la península Balcánica, en Macedonia, una región que los helenos tenían por semibárbara a pesar del dialecto dorio que hablaban sus habitantes, la tradicional anarquía y las sempiternas luchas tribales habían dejado paso al fin a una monarquía unificada.

Al principio, a lo largo del siglo V a.C., los flamantes monarcas macedonios estuvieron bastante ocupados afirmando la frágil unidad de su reino, siempre amenazada por los príncipes semiindependientes del norte y por la contumaz agresividad de sus vecinos ilirios y tracios, y la estabilidad de sus fuentes de ingresos, sólo asegurada tras hacerse con el control de las ricas minas de plata del monte Disoro, en Bisaltia, que, según narra Virgilio, producían un talento diario, es decir, unos treinta kilogramos del precioso metal.

Pero fue a mediados del siglo IV a.C., precisamente cuando la orgullosa Grecia que tanto la despreciaba se hundía en lo más profundo de su declive, cuando ascendía al trono de Macedonia uno de esos hombres que parecen haber nacido sin otra razón que servir al elevado designio que da sentido a sus vidas. El flamante monarca se llamaba Filipo II y ese designio no era otro que la unificación de Grecia y la derrota definitiva del Imperio persa.

Filipo, un hombre ambicioso y sin escrúpulos que se había hecho con la corona usurpándosela a su sobrino, de quien era regente, era también un gran estratega que había aprendido mucho de Epaminondas, el célebre general tebano vencedor sobre los espartanos en Leuctra (371 a.C.), a quien había conocido en su juventud mientras permanecía como rehén en Tebas.

Su revolucionaria táctica de combate, basada en el principio de la superioridad local como instrumento para romper las líneas enemigas, había elevado a Tebas a la primacía entre las ciudades griegas; las nuevas concepciones de Filipo sobre la tradicional formación hoplítica de la falange harían lo propio con Macedonia. Sin el legado de su padre, Alejandro Magno jamás habría derrotado a los persas y fundado un imperio de dimensiones colosales.

En efecto, en las apenas dos décadas que duró su reinado, Filipo II derrotó a los peonios y los ilirios, asegurando así las fronteras macedonias; conquistó Anfípolis y Calcidia, y con ellas las minas de oro del Pangeo, y fue derrotando una tras otra a las distintas alianzas y ligas que los griegos alzaron frente a él hasta derrotarlos por completo en la batalla de Queronea en el año 338 a.C.

Pero el legado que Alejandro recibió de su padre no se limitaba a su ejército y a sus tácticas, sino a su designio. «¡Hijo mío, búscate otro reino que sea digno de ti. Macedonia es demasiado pequeña!», le había dicho Filipo entre lágrimas tras su decisivo papel en la victoria de Queronea. Y sin duda lo hizo.

La muerte sorprendió a Filipo preparando la campaña que habría de liberar las ciudades jonias que gemían bajo dominio persa, de modo que Alejandro se incorporó a un proyecto en marcha. Pero se trataba de un proyecto de magnitud inconcebible y por completo distinta. Ya no se trataba de derrotar a una endeble alianza de ciudades que podían alzar en armas a unas decenas de miles de hombres, sino a un imperio colosal, capaz de poner sobre el campo de batalla a cientos de miles.

Sin embargo, a pesar de tan terribles dificultades, Alejandro se alzó con la victoria y edificó casi de la nada un imperio que, aunque efímero, fue mientras duró, y con la sola excepción del de Gengis Kan, el mayor debido a un solo hombre.

¿Cómo fue posible semejante logro? Alejandro fue, sin duda, un hombre excepcional. Su irresistible carisma, la claridad de sus metas, su capacidad de organización y su genialidad como estratega pocas veces han coincidido en un solo individuo a lo largo de la historia. Sin embargo, es posible que tan raras virtudes hubieran sido insuficientes de no ser por la tarea que antes llevara a cabo su padre. La revolución en la táctica militar de los griegos y la unificación política de la Hélade sirvieron de sólidos e imprescindibles cimientos a los logros de Alejandro.

Por ello podemos decir que sus victorias, de algún modo, fueron también las de Filipo de Macedonia.


Share Button

La historia me gustó desde muy pequeño. Como a casi todos los historiadores, el gusanillo empezó a picarme con las películas de romanos. Mi otra vocación, la docencia, llegó por entonces. A los veintitrés años aprobé la oposición y empecé a dar clases. En un instituto de la madrileña localidad de Alcorcón. Pero llegó la LOGSE y con ella mi primera plaza en propiedad. ¡Sorpresa! No era en un Instituto de Bachillerato, sino de Formación Profesional. Y de Historia, poco. Casi me tocaba explicar de todo menos Historia. ¿Cómo reaccioné? Empecé el doctorado. Y así descubrí mi tercera vocación: escribir. Primero escribí sesudos trabajos de investigación, libros gruesos como ladrillos que nadie lee, pero decoran los estantes de muchas bibliotecas universitarias, y me hice doctor en Historia Contemporánea. Pero con el tiempo lo tuve más claro: enseñar me gustaba más que investigar, pero escribir seguía gustándome mucho. La salida sólo podía ser una: la Historia divulgativa. Me puse a ello. Maeva publicó mi primer libro, una Historia de Occidente contada con sencillez; Nowtilus, un encuentro providencial, todos los que la han seguido. Y van cinco. No vivo de ello, por supuesto. Vivir de esto es muy difícil. Por el camino me hice inspector, y de ello como. Pero no os relajéis: os amenazo en firme con escribir muchos más. Ah, y nací en 1966 en Guadalajara. Por acabar por el principio.

Participa en la discusión

  • (no será publicado)

  1. gravatar protagoras de sínope Responder
    mayo 25th, 2014

    Alejandro fue un ególatra el ffrente de una manada de borrachos donde tambien había soldados, enfrentándose a ejércitos de borrachos y discapacitados militarmente

  2. gravatar Pr. Benedicto Cuervo Álvarez Responder
    mayo 5th, 2014

    Este artículo firmado por Luis Enrique me parece bastante interesante. No obstante quería señalar que si Filipo II fue cruel al usurpar el trono a su sobrino, Alejandro lo fue aún más ya que parece ser que estuvo involucrado en el asesinato de su padre a manos de Pausanias. Alejandro no asesinó a su padre pero estaba enterado del complot y no hizo nada para evitarlo ya que temía que Filipo II tuviera otro descendiente masculino de su segunda esposa y le arrebatara el trono.

    En segundo lugar, si bien es cierto que Filipo unificó prácticamente toda Grecia, Alejandro tuvo que enfrentarse, pocos años después, a varias revueltas internas como fueron el descontento de los soldados macedonios veteranos que querían regresas a Grecia y la sublevación de Esparta dirigida por Agis III. Dicho conflicto duró unos 5 años hasta conseguir su total pacificación. También hubo disturbios y conspiraciones en Atenas provocadas por el mecenas Hárpalo.

    En definitiva no fue fácil ni las conquistas en Asia Menor de Alejandro ni, sobre todo, mantener unido el ejército macedonio, y algunos territorios del interior de la propia Grecia.