Cortés en Cajamarca

Por . 12 mayo, 2014 en Edad Moderna
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Las entidades políticas precolombinas, como los virreinatos posteriores, no encajan en las fronteras estatales actuales de Perú y México. Desde el punto de vista histórico, en la destrucción de los reinos mexicas (o de Anáhuac) y el Imperio Inca —y posterior construcción de los virreinatos de Nueva España y Perú, respectivamente— la relación no es exactamente recíproca.

El centro y sur de América no fueron colonizados al mismo tiempo. Inicialmente la conquista se centró en las Antillas, para luego saltar a Mesoamérica, lugar en el que se establecerá el modelo de conquista que posteriormente Pizarro y otros llevarán al sur.

En ese sentido encontramos diferencias en el modelo andino respecto al mesoamericano, unas diferencias basadas en la acumulación de conocimientos que los cronistas del Perú tendrán en mente en el momento de contacto con los incas. Es decir, los españoles del virreinato del Perú veían a la cultura quechua a través del prisma mexica.

No obstante, sería muy arriesgado afirmar que todo lo que sabemos de la cultura incaica depende en exclusiva de la pericia de los cronistas europeos; sin duda existieron similitudes entre las diferentes culturas del vasto continente americano.

Me propongo estudiar este juego de similitudes y diferencias desde el punto de vista de la guerra. En primer lugar voy a elaborar una sucinta descripción de la guerra en la cultura mexica del siglo XV, y su contacto con la forma de guerrear que aportaron los españoles a principios del siglo XVI.

De este choque cultural surgió un bando victorioso —el de los europeos conquistadores— mientras culturas anteriores entraron en un rápido colapso. En segundo lugar, y derivado de este último fenómeno, surgió un modelo de éxito que pudo exportarse a norte y sur del territorio mesoamericano, siendo especialmente adecuado para el caso peruano por tener un sistema militar parecido al de sus vecinos más septentrionales.

 

La conquista de América Central

A finales del siglo XIV y principios del XV vemos fijados ciertos elementos característicos de la forma de conducir la guerra entre las culturas llamadas mesoamericanas. Es a la vez una empresa económica y religiosa: el guerrero mexica actúa como un sacerdote en una cruzada, al mismo tiempo, obtiene botín y protege a su grupo de la depredación de otros grupos.

Hasta aquí no encontramos mucha diferencia respecto de lo que podríamos ver en la Europa de aproximadamente el mismo período. La guerra de los caballeros feudales basaba su razón de ser en el botín y la defensa de la religión, todo ello amparado en la captura de sus iguales siempre que ésta pudiera ser posible. Un punto de contacto con las culturas mesoamericanas. Llegados a este punto debemos profundizar un poco más para mostrar la especificidad de la cultura precolombina en cuanto a la guerra se refiere.

Siguiendo con la cuestión de las capturas, llama fuertemente la atención el hecho de que lo más importante para una expedición guerrera era obtener prisioneros. El máximo exponente serían las conocidas como guerras floridas, un fenómeno inusual según Homer Barry Holt, destinado a probar tropas novatas, obtener hombres para el sacrificio o ambas cosas. No existe una verdadera ganancia territorial, y durante el reinado de Moctezuma Ilhuicamina (1440–1469) esta forma de guerra estaba intrínsecamente unida a la vida militar, religiosa y social de Anáhuac.

A los españoles de Hernán Cortés les sorprendió encontrar un país tan formidable como la República de Tlaxcala tan cerca de las fronteras de Moctezuma II. La respuesta de éste a la interpelación española fue que la tolerada independencia de Tlaxcala existía porque le entregaban víctimas para sacrificar a sus dioses.

Era, pues, una independencia relativa, supeditada al hecho de pagar un impuesto de sangre parecido al que en aquella misma época estilaban los sultanes otomanos, quienes en el Viejo Mundo reclutaban a su tropa de jenízaros entre niños de origen no musulmán de las regiones de Hungría y los Balcanes en forma de un verdadero impuesto humano. Lejos de ser un fenómeno inusual, esta forma de guerra más dedicada a la depredación que a la expansión territorial tiene su lógica en el hecho de que muchas de las poblaciones mesoamericanas eran —o habían sido pocas generaciones atrás—, nómadas.

La ganancia territorial sería algo muy relativo en un mundo formado por complejas redes entre ciudades. El territorio estaba limitado espacial y mentalmente por las aguas, que es precisamente lo que significa Anáhuac en la lengua náhuatl (‘rodeado de agua’). Es justamente este complejo sistema de relaciones, y no sólo la cuestión de la captura del prisionero, la que nos da la clave para entender el comportamiento militar mexica y su posterior problema de contacto con los españoles.

Promover y mantener alianzas, así como integrar y reclutar tropas aliadas fue el principal rasgo de los mexicas. Las diferentes ciudades se aliaban entre sí para mejorar su posición comercial, política y religiosa. Un ejemplo sería el producido durante las guerras floridas sostenidas en 1467 entre las ciudades de Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopán, por un lado, y las ciudades de Tlaxcala, Huexotzinco y Cholula, por otro.

Décadas antes, los mexicas se habían alistado como mercenarios en las excursiones guerreras de los tepanecas; así, desde su pobre posición en el lago Texcoco, empezaron a obtener botín. Relevantes datos etnohistóricos como estos son los que han sugerido a Holt la idea de que un exitoso y eficiente sistema militar mexica acabó desarrollando un sistema militar en expansión.

En afirmaciones como ésta puede notarse una influencia muy clara del exitoso concepto histórico revolución militar difundido por Michael Roberts y Geoffrey Parker. Según esta idea, existe una clara identificación entre la organización de estados centralizados y el desarrollo del aparato militar; lo segundo precede a lo primero, siendo la estructura política centralizada la única y máxima expresión de un sistema militar complejo y exitoso.

Un poco más allá de este, a menudo, determinismo militar o tecnológico-militar, está Ross Hassig, el cual defiende la idea de que el militarismo acompaña al crecimiento de un Estado, pero el militarismo por sí solo no explica la expansión imperial. El simple hecho de la complejidad cultural nos debería conducir a considerar la integración económica de grandes áreas como elemento definitorio.

De ese modo, el flujo de dominaciones y expediciones militares no puede ser explicado simplemente por el ansia de conquista imperial. El comercio fue la piedra angular de todas las relaciones políticas, militares, sociales y religiosas del mundo mesoamericano. De ahí la importancia de los mercados en ciudades como Tenochtitlan, o el hecho de que en la República Tlaxcalteca se valoraran por igual tanto el éxito de un guerrero en el campo de batalla como en el comercio.

A menudo el vínculo comercial era el pretexto para una expedición guerrera. Durante el reinado de Moctezuma Ilhuicamina, éste había oído hablar de fabulosos artefactos en Oaxaca. Envió emisarios para comerciar, los cuales resultaron muertos. Fue entonces cuando emprendió el ataque que subyugó a Oaxaca. O cuando en 1458, el mismo monarca y su aliado Nezahualcoyotl organizaron un ejército para destruir el poder comercial de Coixtlahuaca, reino que controlaba las rutas comerciales de las montañas centrales de México con Veracruz, Oaxaca y Chiapas.

La circulación y no circulación de productos entre los diferentes centros urbanos eran elementos estratégicos de primer orden que entraban dentro de la lógica guerrera precolombina. Atacar a un enemigo podía significar privarle de la llegada de sal por vía comercial, o eliminar física y sistemáticamente a los comerciantes de algún rival político.

Los mexicas y otros pueblos mesoamericanos habían aprendido que el pillaje, y luego los tributos exigidos, eran la única manera de proveerse de unos recursos siempre escasos, especialmente para los habitantes del área del lago Texcoco. De ahí se pasó a un sofisticado sistema de alianzas e intercambios, precedido en muchos casos por batallas rituales y aceptación de divinidades extranjeras. En este estado de cosas irrumpieron los hombres de Cortés en el año 1519.

En un par de años, unos cuantos cientos de hombres fueron capaces de vencer a ejércitos de miles de guerreros y derrocar reinos e imperios enteros. En el orden puramente táctico, la explicación de que unos pocos vencieran a tantos se debió, por un lado, a la costumbre mesoamericana de capturar vivos a sus prisioneros y, por el otro, a una superioridad tecnológica europea.

Ciertamente, la aparición de armas de fuego y caballos —desconocidos en América desde hacía miles de años—, hicieron tambalear a los indígenas, como en las grandes batallas contra los tlaxcaltecas. Hoy en día se acepta más la hipótesis de que fueron la utilización de las técnicas modernas de escuadrón aprendidas en las guerras de Italia las que permitieron a los ejércitos europeos soportar la presión indígena.

La idea es que la disciplina y la decisión de matar a toda costa al enemigo se imponían con relativa facilidad. Unido a un ejército numeroso pero poco resolutivo tenemos los factores clave que explican la huida de los diferentes ejércitos enviados contra los recién llegados. Para hacernos una idea gráfica, sería algo parecido a lo que ocurre hoy en día cuando un grupo reducido de policías carga contra una multitud de manifestantes por las calles de las principales ciudades europeas o de Estados Unidos.

Si vamos un poco más allá, veremos cómo las tropas indias se veían impotentes ante un enemigo que, evidentemente, no tenía otra opción que rendirse y entregarse para ser sacrificado. Las cargas impetuosas de las descoordinadas unidades indígenas eran seguidas por movimientos cada vez más faltos de espíritu, momento en el cual sobrevenía el colapso.

El colapso, esa pieza fundamental para entender la huida en los combates anteriores al advenimiento de las armas de muy largo alcance, tiene también un valor simbólico que trasciende el espacio puramente táctico para saltar al político general. ¿Qué sentido tenía movilizar miles de hombres para derrotar a unos cientos si detrás de eso no había una ganancia económica ni comercial ni religiosa?

El choque cultural que vemos aquí es la base de la explicación de la doble situación de colapso. Por un lado tenemos el colapso en los campos de batalla, y, al mismo tiempo, se produjo otro de dimensiones difíciles de calibrar para los contemporáneos.

El impacto de la llegada de los españoles fue devastador para las culturas indígenas. El delicado equilibrio agrícola y comercial que sostenía poblaciones de millones de habitantes fue desmontado, provocando la casi inmediata desaparición —por muerte o migración— de buena parte de la población autóctona.

Esto demuestra dos cosas. La primera es que los conquistadores traían consigo la lógica de la conquista y colonización peninsular sobre tierras islámicas, fenómeno que llevaba implícito el hecho de considerar despobladas las tierras que se extendían ante uno. Desde ese punto de vista, la inmensidad de territorio a cubrir por un grupo de hombres no representaba una barrera mental infranqueable. La segunda es que el ejército cortesiano cortocircuitó el sistema de alianzas y comercio al no encajar en absoluto en él.

Tradicionalmente se acepta que los europeos blancos fueron confundidos con dioses. Lo cierto es que ese origen mítico no era extraño entre los habitantes del mismo Anáhuac. Los propios aztecas se hacían proceder de un pasado nómada legendario, proviniendo del mítico lugar de Aztlán, del cual emergieron milagrosamente las siete tribus chichimecas.

El discurso mítico y fatalista no era ajeno a las culturas americanas precolombinas. Los aztecas creían que los dioses eran caprichosos y que el mundo había sido destruido cuatro veces con anterioridad. Podía ser destruido una vez más. Todo esto era perfectamente aceptable para los mesoamericanos.

Lo verdaderamente chocante para esas culturas fue el hecho de que a esos extranjeros no se les podía vencer ni, más importante aún, comerciar con ellos ni aliarse o absorberlos como mercenarios —al estilo de lo que habían hecho los tlascalenses con los otomíes—.

Las embajadas, intercambios y alianzas con otros grupos son constantes a lo largo de la narración de las aventuras de Cortés. Basta recordar el enfrentamiento contra Pánfilo de Narváez, durante el cual Moctezuma II ofreció ayuda militar al caudillo español.

En cuanto los grandes poderes de Anáhuac fueron aceptando uno tras otro al nuevo dios superior sobre los autóctonos —como se había dado entre los pueblos de esa región del mundo desde hacía siglos—, las viejas ciudades irían cayendo en favor de los futuros núcleos del virreinato de Nueva España.

El viejo orden fue descomponiéndose poco a poco. El flujo y reflujo de prisioneros y productos de intercambio tocó a su fin; los nuevos dominadores no tenían intención de continuar con el statu quo.

Lo más plausible es que la experiencia de la lucha con los pueblos mesoamericanos hiciera entender a los españoles que estaban ante un enemigo distinto al que conocían de las guerras de Italia, Portugal o el norte de África.

Ese sería uno de los alicientes para expediciones de conquista con un número todavía inferior de hombres, como la de Francisco Pizarro y Diego de Almagro hacia el territorio andino del Tahuantinsuyo. Efectivamente, los conquistadores encontraron un rival parecido en muchos aspectos militares a los pueblos mesoamericanos.

 

Cajamarca

En la zona andina encontramos ejércitos masivos de miles de hombres, creados gracias a la coordinación de alianzas y un sistema agrícola y de tributos muy preciso. También tenemos la superposición de deidades: por ejemplo, los incas, después de someter a un país, erigían en él monumentos al dios Sol; algo que podía ocurrir sin siquiera producirse contienda, como el caso de la expedición del ejército inca sobre la población de Cana.

En el orden táctico, al igual que sus vecinos del norte, carecían de una organización eficaz o de un buen sistema de comunicación de órdenes sobre el campo de batalla. Los proyectiles también estaban a la orden del día, siendo la principal virtud el hecho de ir esquivándolos en el transcurso del combate previa provocación por parte de ambas partes. A menudo no hacía falta llevar el combate más allá. Todo esto nos lleva a pensar que las batallas, en la zona andina, seguían patrones fuertemente ritualizados.

La institución andina identificada con batallas rituales sería el tinku: encuentro cruento entre dos comunidades para medir fuerzas y crear víctimas propiciatorias para el sacrificio. Estos encuentros seguían una firme organización. En ocasiones sirvieron para capturar muchachas para matrimonios.

El combate se realiza en lugares previamente escogidos, lejos de las zonas de viviendas. No se lucha por el dominio político ni para adquirir tierras; de hecho, después de la batalla suelen mantenerse relaciones de interdependencia, con intercambio de productos básicos o compartición de sistemas hidráulicos para el riego. El tinku persiste hoy en día, salvando las distancias, totalmente enmarcado en el área rural boliviana.

En una batalla ritual se conoce de antemano el cuándo, el dónde y el número aproximado de los contendientes. Con el tiempo se desarrollaría una cierta forma de duelo heroico en su interior, algo que podemos ver en la cultura moche. Sabemos, también, que algunas de estas guerras rituales se hacían en motivo de la muerte de la madre del inca. Conviene tener todo esto en mente para entender de qué forma impactan en el campo de batalla andino los españoles llegados del norte.

Después de combates menores en Punta Quemada (1525) y Puná (1531), Pizarro y sus hombres lograron tomar contacto con Atahualpa y su enorme ejército. El 16 de noviembre de 1532, en Cajamarca, el inca de un gran imperio fue apresado por unos pocos españoles emboscados.

Me ha interesado especialmente ver de qué forma fue descrita la batalla por los tres primeros cronistas y, a su vez, testigos del hecho: Hernando Pizarro, Francisco de Xerez y el texto de 1534 atribuido al capitán Cristóbal de Mena. Los tres hablan de lo sucedido en Cajamarca. Los he seleccionado basándome en la metodología que John Keegan utilizó para renovar la historia de las batallas en los años setenta y ochenta del siglo XX: dar un énfasis especial al testimonio más directo posible desde el punto de vista del soldado.

Los textos presentados por Hernando Pizarro a la Audiencia de Santo Domingo son la primera versión oficial que llegó a Europa de la caída del Imperio inca. El texto de Mena fue publicado anónimamente en Sevilla bajo el título de La conquista del Perú, llamada la Nueva Castilla; un escrito de doce folios que quedó en el olvido. Como respuesta a éste tenemos Verdadera relación de la conquista de la Nueva Castilla de Francisco de Xerez. Los tres autores conforman lo que Raúl Porras Barrenechea llama la crónica soldadesca.

¿La experiencia del ejército cortesiano fue valiosa para estos hombres? Sin duda. Francisco Pizarro buscó la alianza de Atahualpa en su lucha contra su hermano Huáscar. Hernando Pizarro nos relata la intención de amistad que tiene su hermano Francisco para con el inca, y “que si tenía algún enemigo, que se le dixesse, quel lo enviaría a conquistar”.

De la misma opinión son Mena y Xerez. ¿Tan bien conocían la cultura quechua como para saber que su propuesta sería contemplada? ¿O acaso están repitiendo simplemente el juego de alianzas y traiciones seguido por Cortés unos años antes?

Atahualpa se presentó con un ejército de sirvientes parcialmente desarmado al encuentro de Pizarro.

 

“Otro día, por la mañana, no hacían sino ir y venir mensajeros al real de Atabalipa, y una vez decía que había de venir sin ellas. El Gobernador le envió a decir que viniese como quisiese, que los hombres bien parecían con sus armas. A hora de mediodía comenzó Atabalipa a partir de su real con tanta gente que todos los campos venían llenos” ­relata Cristóbal de Mena.

 

¿Fue esta negociación alrededor de la entrada de Atahualpa y su gente un factor que hizo pensar al inca en un combate ritualizado? ¿Por qué acudió con la mayor parte de sus hombres desarmados? Creo que la clave está en el tiempo.

Al igual que para las culturas de Anáhuac, la lucha de noche estaba prohibida en la zona andina. Como sabemos, la captura se produce durante el anochecer: “A hora de vísperas empezaron a entrar por el pueblo, y allí estuvo el Cacique esperando un poco a su gente”, como relata Mena; “el gobernador le dixo que viniesse como él a medio día, y en llegar hasta un campo, que estaba medio quarto de legua de Caxamalca tardó hasta quel sol yba muy baxo”, y “no se halló en ellos resistençia ninguna, porque ya era noche”, según Pizarro.

¿Cuestión cultural aprendida por los españoles en Nueva España, o simple casualidad? También hay que tener en mente que el combate se realiza en época de siembra de maíz, momento —el de la siembra y la cosecha— muy delicado para llevar campañas incluso en Europa.

En el Imperio inca, además, el maíz revestía una gran importancia política y religiosa. Todos estos indicios nos hacen pensar en que la jugada de Cajamarca por parte de Pizarro fue arriesgada, pero con una base lo suficientemente sólida como para tener éxito.

La procesión del inca descrita por los conquistadores tiene elementos bastante próximos a la escenificación del poder del inca. Tenía sirvientes “limpiando las pajas del camino e cantando”. Una vez en la plaza “subieron doçe o quince indios en una fortaleçilla que allí está, é tomáronla á manera de posesión con una bandera puesta en una lança.” ¿Sería esta bandera la que relata Mena? Cristóbal de Mena, mucho más imparcial que Pizarro y Xerez, explica cómo se tortura a dos indios para obtener información del ejército de Atahualpa. Es entonces cuando se descubre “que tenían por bandera la camisa que el Gobernador había enviado al cacique Atabalipa”. Más adelante, De Mena describe:

“En esto se subieron siete o ocho indios en aquella fortaleza. Y un capitán, con una pica muy alta con una bandera, hizo una seña que viniesen las armas, porque el piquero que venía atrás, traía las picas de los que venían delante; desta manera parecían sin armas, y venían con ellas”.

Mientras, Xerez lo describe como “un capitán y subió en la fuerza de la plaza donde estaba el artillería, y alzó dos veces una lanza a manera de seña” . ¿Se trataba de elementos parciales de una batalla ritual? ¿Quizás un conjunto de símbolos victoriosos por el desenlace de la guerra civil entre Atahualpa y Huáscar favorable al primero? ¿Esperaba el inca que los españoles entendieran el mensaje?

Sin duda, la presentación de Atahualpa es la de un nuevo Moctezuma, siempre dócil y atento hacia los españoles, excepto en momentos como el que describe Pizarro, al querer Atahualpa recuperar todo lo que los españoles han robado. ¿Existió en realidad una superioridad innata de los incas hacia los españoles que estos últimos no entendieron y que los cronistas no supieron expresar? Sólo tenemos las explicaciones de los tres cronistas que hablan de armas escondidas entre miembros del séquito. En realidad están más concentrados en el favor divino por la victoria y en la superioridad de sus armas, como relata Xerez:

 

“traen caballos que corren como viento, y los que van en ellos llevan unas lanzas largas y con ellas matan a cuantos hallan, porque luego en dos saltos los alcanzan y los caballos con los pies y bocas matan muchos. Los cristianos que andan a pie dije que son muy sueltos, y traen en un brazo una rodela de madera con que se defienden y jubones fuertes acolchados de algodón y unas espadas muy agudas que cortan por ambas partes de cada golpe un hombre por medio y a una oveja llevan la cabeza, y con ella cortan todas las armas que los indios tienen; y otros traen ballestas que tiran de lejos, que de cada saetada matan un hombre, y tiros de pólvora que tiran pelotas de fuego que matan mucha gente”.

 

Con esta superioridad en mente, aprendida de la experiencia en Nueva España, los españoles de Pizarro fueron capaces de desatar una matanza en la plaza de Cajamarca, siendo Xerez el único español herido durante el combate. ¿Tenían presente la matanza en Cholula perpetrada por Cortés?

Cristóbal de Mena es el único que relata cómo los días posteriores a la derrota de Cajamarca, uno de los capitanes de Atahualpa se había aproximado “tres o cuatro veces con mucho poderío de gente sobre los cristianos, y como los cristianos lo sabían, el mesmo Atabalipa, su señor, le mandaba volver, por miedo que los cristianos no los matasen.” Elementos extraños como estos, fácilmente explicados por un autor como terror hacia el español, son los que quedan disfrazados entre las crónicas de toda América.

Formas parecidas de guerra que resultaron extrañas para los españoles pudieron encontrarse en el sur de lo que hoy es Estados Unidos, como las que encontró Álvar Núñez Cabeza de Vaca en su periplo por esas tierras: “Cuando se han flechado en la guerra y gastado su munición, vuélvense cada uno su camino, sin que los unos sigan a los otros, aunque los unos sean muchos y los otros pocos, y esta es costumbre suya.”

 

Conclusión

La conquista de los territorios americanos por parte de los europeos a lo largo de los siglos XV, XVI y XVII ha sido vista como el impacto de dos sistemas culturales, políticos, económicos y militares muy diferentes. En ese encuentro, los sistemas indígenas fueron los que entraron en un rápido proceso de colapso y mestizaje.

Si queremos entender mejor esa permanencia de lo aborigen en las culturas americanas post-colombinas debemos tener en cuenta cómo el modo de vida precolombino fue también parte en el proceso de destrucción. El germen de la conquista no sólo estuvo en las peripecias de los españoles, sino también en la fatal coincidencia de un entorno social que hizo posible un modelo de conquista y no otro.

Más allá de la visión teleológica de bandos enfrentados —uno victorioso y otro derrotado—, una historia militar verdaderamente renovada —una verdadera polemología histórica— debería arrojar luz a los procesos políticos de índole marcadamente manu militari. La violencia y el conflicto no deben ser puestos como motor del proceso, sino como filtro a través del cual estudiar un fenómeno o período. Para tener una visión mucho más integral de una sociedad a través de la guerra conviene cambiar completamente de perspectiva.

 

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