Garcilaso y Boscán: la amistad cierta

Por . 7 mayo, 2014 en Edad Moderna
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Amistades que son ciertas, nadie las puede turbar.

Miguel de Cervantes

 

Poetas renacentistas

Entre los pajes que se encontraban en el cortejo del césar Carlos cuando llegó a Sevilla en 1526, para celebrar sus esponsales con su bella e inteligente prima Isabel de Portugal, se encontraba el joven Garcilaso de la Vega. Descendiente de la Casa de Mendoza por parte de padre y de los Guzmanes por vía materna, pertenecía al linaje toledano de los Lasso de la Vega y ya se distinguía en la Corte trashumante del primer rey de España.

Dotado para las armas y apasionado de las letras, era tan hermoso de cuerpo como refinado de espíritu. El prodigio renacentista alcanzado en la Península 70 años antes, durante los reinados de Juan II de Castilla, Juan II de Aragón y Juan II de Portugal, más la apoteosis en época de los Reyes Católicos y Manuel el Afortunado, halló en él y su gran amigo Boscán el colofón adecuado a una tradición poética en la que habían brillado Juan de Mena, el Marqués de Santillana o Jorge Manrique y que habría de continuarse en Juan de Herrera y los grandes poetas del Barroco.

Plenamente renacentista en sus gustos, no es tanto ya la fama y el honor lo que persigue, al modo del trovar caballeresco del Medievo, sino el trance del amor, la plenitud de la vida natural o las delicias que procura la amistad. Fiel a su contexto aristocrático, cumplía a la perfección su papel cortesano y militar, pero desdeñaba el boato, huía de la pompa vacía y cuestionaba el empeño bélico permanente. Añoraba una Arcadia pastoril y bucólica en la que componer poesía sin tregua, donde sólo se escuchara la música de la flauta o los dulces sones del laúd y la lira.

Como miembro segundón de una familia de abolengo entró al servicio de Su Majestad a los 15 años, y al cabo de dos años fue nombrado contino, es decir, miembro de la guardia personal del Emperador.

A los 19 se distinguió en la guerra que se desató entre España y Francia por la ocupación de Navarra y, tal fue su valor y entrega, que don Carlos le hizo gentilhombre con sesenta mil maravedíes de renta y le concedió el hábito de Santiago. Un año antes había recibido su bautismo de fuego. Fue en la batalla de Olías que los imperiales libraron contra los comuneros. A él le tocó el bando de los señores y gobernadores sabiendo que su hermano mayor, Pedro, peleaba en el contrario. Cuando los cabecillas de esta guerra perdida por incipientes demócratas fueron ajusticiados en Villalar, Pedro Lasso de la Vega se libró de ser decapitado gracias a su condición de noble y a la presencia de su hermano en la guardia imperial.

De Sevilla, la comitiva regia siguió a Granada, pues don Carlos quería conocer “estos mis reinos de Espanya” y mostrar a su esposa la “maravilha de la Alhambra mora”. Allí Garcilaso se veía a menudo con el marqués de Lombay, futuro san Francisco de Borja y por entonces mayordomo de Su Majestad, quien le presentó a un fascinante personaje llamado Íñigo de Loyola.

En aquel año de 1526 el antiguo capitán guipuzcoano se desvivía por llevar a los jóvenes de la nobleza y la milicia a sus Ejercicios Espirituales, lo único que podía hacer pues se le había prohibido predicar por sospecha de erasmismo y herejía. Inflamado de amor a Cristo y obediencia al papa, ya hablaba de una milicia ideal de castos varones para defender los Santos Lugares, deseo que no pudo cumplir por la sempiterna guerra con la Sublime Puerta y los éxitos militares del poderoso Solimán el Magnífico.

Herido en la defensa de Pamplona, había dejado su vida militar y cortesana para abrazar una religión exaltada con la que expiar su pasado disoluto. Vestido de saco y lacerado con cilicios y penitencias, Loyola quiso ganar para su causa al joven poeta. Pero Garcilaso era un nómada espiritual que transitaba, exquisito, por las esferas del paganismo, el amor platónico y la amistad fervorosa, de modo que no hizo caso al vehemente místico ni quiso saber de culpas o expiaciones.

Por la tarde, cuando la serenidad daba tregua a los afanes del día, Garcilaso recorría los jardines del Generalife con el conde Baltasar de Castiglione, que le interesaba bastante más. Al famoso literato, autor del celebrado libro El Cortesano y embajador de Clemente VII ante la corte carolina, lo había conocido en Sevilla durante las justas que se celebraron con motivo de las bodas reales y enseguida se trabó entre ellos un vínculo de amistad e interés literario mutuo. En uno de esos paseos, Castiglione le presentó a otro humanista italiano: Andrea Navaggero, historiador, poeta y embajador de la República de Venecia, autor de un Viaje por España encantador y erudito.

Caminando despacio entre los cipreses, iluminados por la plenitud del ocaso, Navaggero recitaba a Garcilaso poemas de Petrarca, entonando la voz sobre el rumor de las fuentes. La fascinación del toledano ante la cascada de endecasílabos pudo compartirla su amigo Juan Boscán, quien se les unió recién llegado de su Barcelona natal donde ya había publicado sus Rimas castellanas.

Y tal fue su fervor por la cadencia de esta versificación que Navaggero le sugirió adoptarlos y escribir a la manera de Petrarca en lengua castellana. Garcilaso insistió en ello y hasta hizo intervenir a su madre, quien rogó a Boscán que tradujera a Petrarca. A su vuelta a Cataluña, Boscán superó su temor inicial y decidió entregarse a la tarea, si bien como confiesa sincero “aunque al principio hallé alguna dificultad, fui paso a paso metiéndome con calor en ello”.

Ausiàs March ya había escrito en el siglo anterior poesía de tipo italiano, pero Boscán tiene el mérito de haber sido el introductor definitivo de la métrica toscana en España, tras los intentos un tanto imperfectos de Francisco Imperial y los cuarenta y dos sonetos fechos al itálico modo del Marqués de Santillana una centuria atrás. Garcilaso no tardó en imitar a su amigo y empezó a componer hermosos endecasílabos de corte petrarquista. El arte poético reforzó el vínculo de aquellos dos espíritus afines en una amistad que jamás conoció mudanza ni desasosiego.

Juan Boscán Almogáver era diez años mayor que Garcilaso. Descendiente de armadores y comerciantes de linaje, había nacido en Barcelona en 1493. Como el toledano, siguió la carrera militar y formó parte de la Corte de Fernando el Católico, a quien sirvió en sus campañas de Italia. Al regreso de Nápoles fue nombrado ayo de Fernando Alvárez de Toledo, el futuro Gran Duque de Alba. Debió de conocer a Garcilaso cuando éste tenía 18 o 19 años, en la corte del recién coronado emperador. Juntos leían a Virgilio y Horacio y juntos aprendieron a tocar el arpa y la vihuela con Francisco de Borja, en la Casa de Alba.

La amistad ensambló dos humanistas a quienes ya unía el ideal caballeresco. Con su sentido del equilibrio y pasión por lo hermoso, construyeron una relación que les duró toda la vida y no llegó a sufrir grietas ni sinsabores. Garcilaso dedicó a su amigo Boscán una elegía, varios sonetos y la epístola al modo de Horacio en la que le dice:

 

Y con vos a lo menos me acontece

una gran cosa, al parecer extraña;

y porque la sepáis en pocos versos,

es que, considerando los provechos,

las honras y los gustos que me vienen

desta vuestra amistad que en tanto tengo,

ninguna cosa en mayor precio estimo.

 

 

En las célebres églogas de Garcilaso, Boscán está representado en la figura del pastor Nemoroso, mientras él mismo es Salicio. El afecto personal adquiere así rango de paradigma literario en los campos de la Arcadia pastoril.

 

 

El dulce lamentar de dos pastores,

Salicio juntamente y Nemoroso,

he de cantar, sus quejas imitando…

 

 

Pero lo más conmovedor es el soneto que Boscán dedica a la muerte en combate del amigo, cuando estaba escalando las almenas de una torre. Éste es el primer cuarteto:

 

 

Dime ¿por qué tras ti no me llevaste

cuando de esta mortal tierra partiste?

¿Por qué al subir a lo alto que subiste

acá en esta bajeza me dejaste?

 

 

Los periodos históricos. El Renacimiento

Establecer periodos históricos según las normas académicas es naturalmente discutible y resulta artificioso en muchos casos, pero es bien cierto que en la formación de lo que la historiografía anglosajona llama las “mentalidades”, es decir la manera en que las sociedades de cultura afín sienten, necesitan y se expresan a través de los tiempos, existen etapas bien diferenciadas, franjas históricas en las que el inconsciente colectivo tiende hacia modelos que aglutinan el interés común. Son las modas, los estilos artísticos, las corrientes literarias y las distintas escuelas filosóficas que se van dando con el transcurrir de los siglos.

Una vez superado el trance de la desaparición del mundo grecorromano con la llegada de los pueblos euroasiáticos y su superposición sobre la cultura mediterránea, la civilización europea entra en un proceso de reestructuración del poder, fijación de nuevos ideales y relaciones jerárquicas.

La Edad Media es una búsqueda constante, una exploración de la subjetividad aunque siempre constreñida entre los muros del dogma. El Renacimiento abre arcos de luz en esos muros y levanta pérgolas en los jardines de la creación para aposentar de nuevo las estatuas paganas que habían sido arrumbadas por la desidia ignorante y el fervor fanático.

En los templos del conocimiento, donde la Belleza se une en amistad a la Naturaleza, las flores son las verdaderas plegarias y la poesía el canto sagrado, el arte se convierte en el genuino sacerdocio. Ninfas, pastorcillos, bacantes, sustituyen a vírgenes dolorosas, cristos lacerados y santos en trance de sumisión. Se forman logias filosóficas en las que discurrir libremente sobre las cosas de este mundo, a la manera griega o romana.

Junto a la oferta ideológica cristiana basada en una sencilla estructura cuyos ejes son las puertas giratorias pecado/expiación y condenación/salvación, surgen en los siglos XIV y XV, como puestos alternativos ante un gigantesco supermercado, pequeños santuarios estéticos en la historia del pensamiento, altares donde se depositan con el temblor de lo efímero algunos de los símbolos que nutren la mente humana, sus grandes y pequeñas verdades.

En el Renacimiento el ser humano se encuentra a sí mismo. Fluye libremente el arte de poetas, pintores y músicos. En las plazoletas de la amistad se van encontrando muchas almas gemelas que sólo necesitan la mano compañera para seguir adelante.

Los poetas sienten la necesidad de llevar al lenguaje la armonía del mundo. Los arquitectos plasman la perfección en la redondez de las cúpulas, los escultores son capaces de expresar el infinito en la curva de unos hombros y los pintores captan la insaciable melancolía con su juego de perspectivas, luces y colores.

El Renacimiento liberó al hombre de miedos atávicos. Dos siglos después, el Barroco volvería a encadenarlo a la culpa, el oscurantismo y el morbo de la expiación.


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He publicado 16 libros, la mayoría relacionados con la Historia y casi todos novelados. He colaborado para el diario El Mundo como columnista con la serie Polos opuestos sobre personajes antagónicos de la Historia, el arte, la política y la literatura; he sido crítico literario en La Esfera de los Libros (1998-2000), he escrito cerca de 200 artículos en Historia y Vida, La Aventura de la Historia, Época y Tiempo. Director del programa Claves de la Historia en Radio Intercontinental, asimismo soy colaborador asiduo de Radio Nacional y Radio5 y esporádico de otras cadenas. Otros libros míos son Los dominios del lenguaje, Elogio de la amistad, Amor es rey tan grande, La Ruta de las Estrellas, Por El Empecinado y la libertad, El druida celtíbero, Biografía de la Gran Vía y Alma de juglar. De 2013 es Serrano Suñer, valido a su pesar.

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