La conferencia (¿la historia cultural?)

Por . 15 mayo, 2014 en Discusión histórica
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A José Luis Ibáñez Salas, amigo.

 

La presentación que ha hecho de su persona ha sido  brevísima, incluso cicatera. Al final, las palabras de José Miguel sonaban extrañamente hostiles. No sabe si ha escuchado bien lo que cree haber escuchado. Es duro de oído. Lo que él ha entendido es esto: “A la postre, nuestro colega sabrá entretenerles. Verán cómo no les aburre. Son años y años explicando lo mismo. Dale que te pego. La historia cultural, ¿no? Pues no perdamos más tiempo con mi cháchara. Tiene la palabra, Justo”.

Nada más cederle el turno, el conferenciante comienza agradeciendo la oportunidad que se le brinda, pero habla con rencor. “Es un placer estar aquí, hoy, con todos ustedes, participando en una actividad académica que organiza bien y con mano firme Juan Manuel”, dice Justo muy incómodamente. Lo dice y sabe que está mintiendo. No hay placer alguno. Y encima ha equivocado el nombre. ¡Juan Manuel! Vaya despiste. Sin embargo, nadie parece haberlo advertido.

“Muchas gracias al Departamento, a la Facultad y, en fin, a todos ustedes”, añade con disgusto. Nota que de inmediato José Miguel abandona la mesa. Como si tuviera prisa. Efectivamente, sin esperar más tiempo, quizá unos minutos, José Miguel sale disparado. No creía que se pudiera ser más descortés.

“Presento hoy y aquí una ponencia breve, pequeña, sobre la historia cultural”, dice. Lo de breve y pequeña o es una redundancia o es una excusatio non petita. Justo quiere ganarse al público y utiliza estos ardides. Precisamente cuando pronuncia la última palabra, cultural, distingue al fondo de la sala un grupo de cuatro muchachos que aplauden sin parar. Sorprendentemente no se oyen las palmadas. Al poco cree que le señalan haciendo inmediatamente después el gesto de partirse. Partirse de risa. Le cuesta divisarlos porque está anocheciendo y en el salón de actos la luz es muy pobre. Por otra parte, la megafonía de la sala retorna y hace molestos pitidos. Justo se oye con algún segundo de diferencia y eso le está desconcertando.

“La historia cultural es una disciplina amplia”, empieza y precisamente cuando se escucha decir semejante banalidad comienza a lamentarse. “Una disciplina amplia y variada“, añade empeorando las cosas. “Hay ya una bibliografía extensa”, se oye decir. “Pero si me permiten un pequeño narcisismo les recomendaré la lectura del libro que sobre este tema escribí con un colega y amigo”. Resulta una publicidad improcedente, indebida: aún no ha empezado a explicar en qué consiste tal cosa, tal disciplina, y ya se dedica a la promoción.

El malestar empieza en la punta del estómago. No es la primera vez que sucede. Ha dado conferencias y en alguna ocasión el rostro de una persona, de una sola persona, le ha incomodado hasta dejarlo atónito. En noviembre pasado, con algo de fiebre llegó a perder el hilo: ni leía ni improvisaba. Sencillamente miraba y balbuceaba. Sólo fueron veinte segundos, según le dijo después Manola para restarle importancia. Sí, veinte segundos de angustia, de puro aturdimiento.

“Pero no es de la bibliografía de lo que yo quiero ocuparme, sino de su definición”, dice Justo con mucha pompa. “Lo que tiene definición no tiene historia”, añade imprecisamente. Sabe que algo así dijo Friedrich Nietzsche, pero no sabe nada más. “Por eso es paradójico que yo les defina algo que es historia”.

Las cosas no van bien. Está enredando el tema, está enredando al auditorio, que ya empieza a mostrar evidentes signos de impaciencia… ¿Evidentes? Y, en fin, se está enredando él solito. Los muchachos del fondo siguen gesticulando con mucho aspaviento y nadie les afea la conducta, su pésima educación. Justo mira a su derecha y a su izquierda por ver si alguien de la mesa, de la tarima, comprende la situación. Juan Miguel o José Manuel, se llame como se llame, no está. Ahora lo recuerda. Y Davinia (así se la han presentado o así ha entendido su nombre) no se inmuta: cree verla dibujando arabescos y otras figuritas. Parece tener estilo.

“Les hablo como historiador y no como filólogo o artista. Mi competencia es, por tanto, limitada, pero de ese obstáculo obtengo ventaja. Ya verán”, dice sin venir a cuento. Nota inmediatamente que dos muchachas de la primera fila hacen gestos. ¿Quizá de estupor? “En realidad, hablo como historiador cultural. Contraigo con ello una grave responsabilidad“, añade con excusas que nadie le ha pedido.

Ahora los muchachos del fondo, a los que apenas divisa ya, se han acercado a la cuarta fila. Parecen bostezar ostentosamente pero, como antes, siguen sin hacer ruido. El eco de la sala ahoga el menor sonido. Es la voz metálica de Justo la que tapa la desaprobación o el aburrimiento.

Por fin, cuando se estropea y se apaga la megafonía definitivamente, Justo parece encontrar su tono y su objeto. “La historia cultural no trata sólo de las grandes elaboraciones del genio humano, no trata únicamente de las duraderas producciones del arte y la literatura. La historia cultural aborda las comunidades de valores, las reglas, las prohibiciones y prescripciones que las sociedades siguen“. Lo ha dicho de corrido, sin detenerse a leer, con una seguridad que milagrosamente le ha vuelto. “Los historiadores culturales abordan la fabricación material e inmaterial que es fruto de la habilidad o inhabilidad humanas“, precisa.

Precisamente en ese momento regresa José Miguel o Juan Manuel. No se dejará amedrentar, se dice Justo. Vuelve sonriendo, como resignado a escuchar lo que ya sabe y conoce, y vuelve con algo en la mano. José Manuel o Juan Miguel se acerca lentamente por el pasillo central.

“Somos naturaleza, pero crecemos, maduramos procurando alejarnos de ese estadio primero y primario. Somos artificio, elaboración propia o resultado de la simple socialización. Así aprendemos a escuchar, a ver, a percibir, a dar sentido”, insiste Justo.

“Las obras de arte, mayores y menores, las convenciones culturales, sirven para dos cosas. En primer lugar, para elevarnos, para distanciarnos de esa condición originaria, para reparar lo que la naturaleza no nos dio”. Se oyen toses de desaprobación, piensa Justo. “Que la calidad estética sea excelente o pobre no dice nada de esa función. En segundo lugar, los artefactos culturales sirven para ampliar o confirmar las experiencias, para agrandar o achicar nuestras percepciones, deseos y temores. Y esto lo experimentan tanto los productores y mediadores culturales como los destinatarios, los lectores, los espectadores”, concluye Justo casi sin respirar, casi sin aliento.

Cuando creía dominar la palabra y la situación es precisamente cuando cree descubrir el objeto que José Manuel o Juan Miguel lleva en la mano. Empuña un arma. Extiende su brazo. No sabe por qué, pero lo esperaba. Esperaba un desenlace previsible con conferenciante asesinado. Gran escándalo, titular a cinco columnas anunciando su muerte. Raramente se siente bien; experimenta, sí, unos segundos de gloria, de incongruente gloria. Justo calla y piensa que todo esto que le está ocurriendo podría ser materia de relato. Es decir, convertir su experiencia personal o sus heridas, esta muerte que se avecina, en objeto de narración: este dolor inextinguible, esta expectativa y este fracaso, puro fracaso.

José Miguel o Juan Manuel, se llame como se llame, solicita un instante de interrupción, pide disculpas a Justo. Acerca el botellín de agua al conferenciante y anuncia que en breve estará reparada la megafonía.


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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