La decisión de Urquijo y el inicio de la Guerra de la Independencia

Por . 14 mayo, 2014 en Siglos XIX y XX
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Hay decisiones que marcan para toda una vida, pero también las hay que condicionan la Historia. En la primavera de 1808, Mariano Luis de Urquijo (1769-1817) resolvió tomar partido por los Bonaparte en la crisis política que se había desatado en el reino de España, después de que Fernando y Carlos de Borbón abdicaran del trono.

Entonces parecía un sentir lógico, dado el vacío de poder existente en la Península, y por supuesto no fue el único en mostrar una opinión semejante. Sin embargo, lo que le diferencia a Urquijo de otros, bien más inseguros, vacilantes o simplemente oportunistas, fue su coherencia y firmeza. De ahí que fuera señalado como uno de los josefinosinfidentes, traidores o afrancesados según el juicio despectivo de quienes se consideraban a sí mismos como patriotas– más conspicuos y acabase sus días de manera prematura en el exilio francés.

Su decisión queda extraordinariamente reflejada en las tres cartas que Juan Antonio Llorente reprodujo en sus Memorias para la historia de la revolución española, aparecidas por primera vez en 1814. Estas misivas, que Urquijo envió a su amigo el capitán general de Castilla la Vieja Gregorio García de la Cuesta, son unos documentos excepcionales para el estudio de los acontecimientos que iban a dar lugar al inicio de la conocida como Guerra de la Independencia, por lo que han sido estudiadas por distintos autores, entre los que citaremos nombres como los de Dominique de Pradt, el conde de Toreno o Karl Marx.

No obstante, se sospecha que pueden haber sufrido interpolaciones posteriores que permitieran casar mejor los hechos con la perspectiva afrancesada.

Vamos a ver por tanto cómo Urquijo fue madurando sus planteamientos conforme las novedades se sucedieron hasta que llegó –si bien, en cierta manera forzado por las circunstancias– a una decisión final.

 

El contexto

Como es perfectamente conocido, entre el 17 y el 19 de marzo de 1808 se produjo el motín popular de Aranjuez que destronó a Carlos IV y desbancó del poder a la Santísima Trinidad, o lo que es lo mismo, a los reyes Carlos y María Luisa y a Manuel Godoy.

La corona fue a parar al príncipe de Asturias, Fernando, quien se apoyó en una camarilla conformada por su antiguo preceptor Juan de Escóiquiz, el duque del Infantado y Pedro Cevallos, secretario de Estado, quien ya había abandonado a su antiguo valedor, el infortunado Godoy.

La irregularidad con que nacía el nuevo reinado obligó a tomar medidas de carácter demagógico que estaban destinadas a captar voluntades. El 28 de marzo Fernando expidió una real orden para declarar arbitrarias varias penas de confinamiento y suspenderlas. Esta real orden beneficiaba a Urquijo, el conde de Floridablanca, Francisco de Saavedra, José de Castelló, Juan Andrés de Temes y el conde de Castañeda, víctimas todos ellos de la arbitrariedad regia.

Urquijo acogió la noticia con el escepticismo que le provocaba recibir la notificación del levantamiento del castigo de manos de quien había autorizado sus persecuciones pasadas, Pedro Cevallos. Nuestro protagonista fue precisamente su antecesor al frente de la Secretaría de Estado, de donde había salido de manera precipitada como consecuencia de una intriga. Intuyendo que pese a la amnistía su futuro político no quedaba claro, escribió a Fernando VII agradeciéndole la gracia pero mostrando su voluntad de permanecer retirado en su ciudad natal, Bilbao.

Por otra parte, el nuevo monarca estaba acosado por la presencia de un ejército expedicionario francés en España, que había atravesado la frontera española para invadir Portugal y que permanecía en varias plazas fronterizas y en Madrid. Su comandante en jefe, el general Murat, y el embajador francés Beauharnais se negaron a reconocerle, lo que suponía un grave inconveniente para poder reinar.

La inquietud sólo se despejó cuando Napoleón mostró su deseo de reconocerle como rey, siempre y cuando él marchara a su encuentro. Fernando VII partió confiadamente hacia la frontera, llevando consigo a un séquito reducido. Alrededor de este núcleo comenzaron a propalarse los rumores sobre los peligros que corría el soberano español.

 

Primera carta. Bilbao, 13 de abril de 1808

En plena guerra, García de la Cuesta contó que había intentado prevenir sin resultado a Fernando a su paso por Burgos, por lo que solicitó a un «vecino de Santander» que saliera al encuentro del rey en Vitoria y le convenciera de la importancia en no proseguir el viaje. El capitán general tenía evidentes motivos para ocultar la participación en este suceso de uno de los más destacados miembros del bando enemigo, el bilbaíno Urquijo, quien diera en aquella coyuntura tamaña muestra de patriotismo.

Nuestro personaje fue por tanto a Vitoria, donde fue muy bien recibido por el rey, que le invitó a comer. Pero la emoción del encuentro se volvió frustración cuando comprobó que sus palabras no hacían ninguna mella. El documento reproducido por Llorente muestra una argumentación sesuda y serena, lo que casa muy mal con la urgencia y la angustia del momento.

En cualquier caso, merece destacarse que Urquijo aludió a las pretensiones de Napoleón, que se habrían precipitado con motivo de la conspiración de El Escorial. Los miembros de la comitiva real respondieron con unas razones a medio camino entre la ingenuidad y el delirio: hubo quien habló de la existencia de una «guerra perpetua» entre Francia y España que sólo podría arreglarse colocando en los Pirineos fortalezas inexpugnables, otro pensaba que Napoleón se contentaría con concesiones territoriales y comerciales y finalmente el duque del Infantado se negó a considerar que el ánimo del emperador francés abrigara cualquier intriga.

En dos ocasiones Urquijo repite en la carta que «todos están ciegos, y caminan a una ruina inevitable». Ni siquiera se pudo convencer a Fernando de que llevara a cabo un plan de fuga, prefiriendo atravesar la frontera para reunirse con el emperador francés en Bayona mientras Urquijo regresaba a Bilbao impregnado de fatalismo.

 

Segunda carta. Bilbao, 8 de mayo de 1808

Cuando Urquijo escribe por segunda vez a García de la Cuesta, ya había tenido lugar el acontecimiento fatal, la abdicación de Carlos y Fernando, padre e hijo, al trono de España, hábilmente manipulados por Napoleón. Asimismo, la multitud se había amotinado en Madrid una vez que fue conocida la partida del infante Francisco de Paula.

Pero Urquijo se ponía en comunicación con el capitán general para darle a conocer la nota que le había pasado Evaristo Pérez de Castro, que había sido encargado por Fernando que llevara a la Junta de Gobierno que quedaba en Madrid dos decretos donde advertía que se hallaba sin libertad y cedía a la Junta su soberanía, autorizando la convocatoria de Cortes; según Llorente, ambos decretos quedaron sin efecto como consecuencia de la abdicación. La nota de Pérez de de Castro señala en efecto que ahora el asunto principal que ha de ventilarse es el de evitar los alborotos.

Urquijo aprovechaba la ocasión para transmitir a García de la Cuesta sus ilusiones y temores. Mientras que las primeras estaban representadas por la posibilidad de que una nueva dinastía dictara leyes y pactos que asegurasen la felicidad del reino, los segundos aludían al «carácter nacional de ferocidad y barbarie» de los españoles, capaz de provocar una guerra civil.

El contenido de la carta parece más propio de la época del exilio, cuando los afrancesados se pintaron como la encarnación de los valores de estabilidad, orden y moderación frente a los insurrectos. Puede ser fruto por tanto de una alteración posterior, una lectura retrospectiva sobre lo sucedido aquel conflictivo mes de mayo.

Entonces las juntas que empezaban a surgir en distintos puntos de la Península animaron a la movilización apelando a un discurso tradicionalista y estimulando la persecución contra los antiguos elementos godoyistas o simplemente tibios. Así cayeron personajes como Miguel Cayetano Soler, antiguo secretario de Hacienda, el corregidor de GranadaPedro Trujillo o el capitán general de Galicia, Filanghieri. El propio García de la Cuesta se vio obligado a ponerse al frente de la sublevación en Castilla la Vieja después de ser amenazado.

 

Tercera carta. Bayona, 5 de junio de 1808

El tono general de la tercera y última misiva difiere de las anteriores. Lo que allí se presenta como elemento de expectación e incertidumbre, aquí aparece ya como seguro e irrevocable.

Napoleón había conseguido atraer a Urquijo –nada menos que después de tres intentos–a Bayona para darle cuenta de sus planes. La escena debió de ser impresionante: el por entonces dueño de los destinos de Europa se dirigía a un antiguo político caído en desgracia y le preguntaba su opinión sobre los asuntos de España, halagando su vanidad.

Durante una entrevista de cinco horas hablaron sobre los Borbones, la libertad de Godoy, los levantamientos, las aspiraciones del emperador francés, la elaboración de una constitución, etc. Nuestro personaje quedó convencido de que Napoleón desconocía mucho del ánimo que movía a los sublevados, pero pese a ello se conformó con sus previsiones, pues llegó a amenazar con la conquista y partición de España en caso de que hubiera resistencia.

En un afán por mostrarse integrador, el emperador le pensaba conferir un importante puesto en el gobierno de su hermano, el futuro José I. Además, había otro cargo, el de virrey de México, a disposición de García de la Cuesta.

Pero, por si no fuera bastante para tener las cosas claras, Urquijo también habló con aquellos miembros del séquito de Fernando que quedaron en Bayona, especialmente con el duque del Infantado, quienes le aseguraron en nombre los Grandes de España que estaban dispuestos a colaborar con la nueva dinastía.

 

Conclusiones

Podemos decir que, según nos muestran las cartas, la decisión final de Urquijo, el apoyo firme a José I, se ve decantada por una serie de factores:

1º. La inevitabilidad de las abdicaciones de Bayona, como consecuencia de la incapacidad de la familia real y quienes la rodeaban de ver el peligro que representaban las aspiraciones de Napoleón. Ellos mismos precipitaron su propia ruina. A este respecto no está de más recordar también que las abdicaciones habían sido actos legales y que como tales no podían ser impugnados.

2º.La posibilidad de que la nueva dinastía impusiera una constitución y leyes que trajeran la prosperidad al reino. Como víctima del despotismo, Urquijo podía invertir los términos del viejo refrán castellano y decir que más vale bueno por conocer que malo conocido, especialmente si los nuevos vientos soplaban a favor de las reformas que había intentado implantar como secretario de Estado.

3º. La desconfianza que sentía hacia el protagonismo político del pueblo que, como buen ilustrado, repudiaba por su falta de instrucción y su fanatismo. A lo largo de la Guerra de la Independencia reprocharía a la Iglesia y a los Grandes de España haber engañado a las masas para que defendieran el mantenimiento de sus propias cadenas.

4º. El empeño de Napoleón, ante el que Urquijo pensaba que no se podía oponer ninguna resistencia. En previsión de males mayores era mejor participar de su proyecto y asegurar con ella la independencia nacional y la paz interna.

En resumen, Urquijo pudo estar totalmente equivocado con respecto a Napoleón y las posibilidades de plantar batalla a sus planes, pero no anduvo nada desencaminado en cuanto al talento y capacidades de Fernando VII y sus gentes, que conocía de primera mano. La Historia podría haber sido muy distinta si los españoles de 1808 hubieran sido conscientes de la ilegitimidad de los procedimientos de su Rey Ausente.


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