Antonio Muñoz Molina. Las microhistorias

Por . 16 junio, 2014 en Reseñas
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En 1997, en una pequeña editorial de Palma de Mallorca, Calima Ediciones, aparecía uno de los volúmenes menos conocidos de Antonio Muñoz Molina. Y, sin embargo, es uno de los libros más representativos de su autor, aquel en el que mejor se aprecia una de sus formas de creación.

 

¿Una obra menor?

Escrito en un instante es una obra deliberadamente menor, escueta, una obra de escritura escasa y de márgenes amplios, generosos, que facilitan la lectura y que separan con precisión las piezas que allí se reúnen. Porque, en efecto, es un libro compuesto, hecho de trozos, de cachitos, de textos sueltos sin sucesión entre ellos, sin progresión, sin clímax.

Escrito en un instante es un volumen que reúne circunstancias, miradas instantáneas sobre el mundo. La diferencia es que no persigue la diatriba, la polémica contra la indignidad contemporánea, sino la evocación del presente hecha con un lenguaje poético.

Cada texto tiene su propio cierre, es decir, carece de sucesión que lleve a un final que reúna todos los textos y fragmentos, y en cada uno se cuenta una historia, un episodio menor, una observación, un detalle de la vida o del viaje, que, a la postre, acaban siendo lo mismo. Pero no es un libro de cuentos, en el sentido habitual.

En todo caso, es un volumen de artículos. De hecho, en Muñoz Molina hay que distinguir estrictamente la escritura de la pieza y su aparición bajo el formato de libro. La escritura de los artículos expresa el enfoque particular con que el autor afronta algún fenómeno del mundo en un momento determinado, la iluminación; la publicación de la obra que los reúne, por el contrario, da cuenta de una gama de estados de ánimo y su aparición viene precedida, claro, de su concepción en forma de libro y de la adopción de un hilo conductor explícito o implícito.

Por eso, los volúmenes periodísticos de Muñoz Molina suelen aguardar una serie de años antes de cobrar su estado definitivo y, por eso, la fecha de su publicación es el jalón exacto que marca la etapa biográfica del autor: es entonces cuando de verdad lo retrata y cuando él le da paso en su trayectoria intelectual.

Aparte de corriente historiográfica, la microhistoria es el modo de mirar de que dispone un observador agudo y que consiste en vislumbrar lo que no es explícito, en distinguir la sombra que no se percibe porque está fuera de campo. El microhistoriador, en la acepción que aquí adoptamos, es aquel que percibe el sentido de que es portador un rostro, un hecho o un objeto, porque los intuye en ese instante que es presente eterno y en el que se da la inmediatez de lo vivido.

El microhistoriador sabe que aquello que enfrenta es local, es escueto, es escaso, que remite a un entero cuyas dimensiones exactas ignora, sabe que eso que observa retiene sobre sí toda la historia del mundo, el pasado milenario que pesa en cada fragmento de la realidad.

Ese observador, que acarrea con un pretérito y con unos antepasados que han dejado su huella en el presente de hoy mismo, se sabe dotado de recursos internos. Aquel que mira no sólo distingue en el instante que le toca ver o vivir lo que es herencia más o menos remota, sino que, además, se sabe portador de vivencias que vuelca sobre lo que percibe.

Los libros de artículos suelen ser esos volúmenes que los grandes editores acometen cada cierto tiempo para que no se olvide el nombre de sus autores, para que no pierdan vigencia y actualidad comercial. Pero son también, al menos en los mejores casos, esas obras que completan el mundo literario de un narrador, que dan pistas acerca de los modos de percepción y de creación y que contienen —insisto, por lo menos en los ejemplos más notables— algunas de las páginas más logradas, algunos de los textos más redondos de esos escritores, esbozos de historias o cuentos de gran economía verbal.

Hay numerosas clases de artículos en la prensa diaria. Los hay argumentativos, analíticos, artículos que se expanden y que requieren una serie, como si de un repertorio de capítulos se tratara; y los hay cerrados, únicos, textos que aspiran a revelar o a interrogar y en los que sus autores no emprenden una explicación detallada, un razonamiento, un análisis doctrinal exigido por la actualidad.

Es decir, hay artículos que no son comentarios circunstanciales, pronunciamientos perecederos; hay artículos que no son controversias o diatribas que pronto caducan o evaluaciones que el tiempo arruinará; hay artículos que pueden ser —como lo saben los degustadores del género— un esfuerzo narrativo, un empeño por retener con pocas palabras el relato del mundo, una incursión breve en la historia grande o pequeña, una evocación o una fantasía o una conjetura.

En efecto, esas piezas no suelen tener continuidad, no constituyen entre sí una sucesión cuya intriga exija la lectura ordenada de cada uno de ellos, no suelen formar una serie que tenga un desarrollo a plazos. Por eso, en tantos y tantos artículos su intriga y su conclusión no se aclaran en el siguiente, sino que se resuelven en cada uno: es por lo que pueden tomarse como intervenciones cerradas, incluso como relatos propiamente, como cuentos que compendian el mundo, como comentarios que parten de una anécdota y que plantean o iluminan un enigma.

Arrojan luz o formulan interrogantes, evocan o fantasean, y ello con una prosa condensada, apretada, en la que se ha expurgado propiamente lo innecesario o redundante: la ganga del lenguaje. Son textos con una sintaxis, en fin, en la que cuenta la connotación, lo que la voz o la observación provocan en el lector, lo que la expresión sugiere con economía y contención.

 

Por eso, “donde más se aproxima la prosa a la poesía —subraya Muñoz Molina en la nota del autor que se incluye en Escrito en un instante— es en el artículo, en su instantaneidad y su conocimiento, en su cualidad de burbuja de tiempo, de mirada y pulsación preservadas en palabras”.

 

La brevedad y la contención

Los mejores artículos reúnen esa cualidad de la poesía, la de la contención, la de la connotación, porque en esas palabras escuetas, en ese espacio reducido que deja la prensa, en la restricción del espacio y en la urgencia de su entrega, hay que contar una historia. Y hay que contarla con la voz exacta, de modo que el lector reciba información y sugestión, expresión del yo que habla o se pronuncia y descripción del mundo.

Por eso, sorprende —aunque no lo diga así el propio Muñoz Molina— que al libro de artículos, al libro que recopila textos breves se le tenga tan poco aprecio, como si fuera un producto meramente alimenticio (cuando justamente no suelen ser éxitos de ventas), o como si fuera un mero entretenimiento que los editores concederían a los lectores en espera de las obras mayores del novelista. Si de verdad es exigente, si de verdad está concebido coherentemente, ese volumen será, sin embargo, creación y logro.

El acto de creación está en cada uno de los artículos que fueron concebidos tiempo atrás, pero su consumación se alcanza cuando es una pieza congruente con otras que le son vecinas y con las que forma un repertorio de afinidades imprevistas años después.

Pues bien, en Muñoz Molina se aprecia no ya el virtuosismo de la pieza única, sino también la tarea de concebir ese artículo como un fragmento más de un todo que se construye trozo a trozo y del que, en conjunto, apreciamos su coherencia. Así, el volumen no es sólo un repertorio de cachos sueltos, sino el mapa impresionista de un territorio entrevisto, iluminaciones parciales de una realidad que sobrepasa al propio libro.

La coherencia de una obra así se la da, desde luego, la decisión del autor, el modo en que organiza esos materiales, pero a esa congruencia contribuye también el editor de prensa que impone restricciones a la creación del escritor. Esos límites son como la rima a que se obliga el versificador o, en ejemplo más reciente, como las constricciones a que se sometían voluntariamente los creadores del Oulipo.

 

Las dos partes de Escrito en un instante

Escrito en un instante tiene dos partes bien diferenciadas que forman dos modos de entender el artículo y la intervención en los medios de comunicación. Durante el mes de febrero de 1988, Muñoz Molina se comprometió a publicar un texto diario. Se trataba de un artículo de quince líneas que apareció en un periódico madrileño (Diario 16). Ese grupo de textos forma la primera parte del volumen y es del que el libro toma su título.

La segunda, cuyo epígrafe general es “Paseos y viajes”, está compuesta de piezas algo más extensas, de unas cuarenta líneas cada una, de textos que, sin ser tampoco muy largos, fueron ideados para permitir su emisión radiofónica en una par de minutos, más o menos. Como es de suponer, la variedad de temas y la vastedad de su repertorio es lo que primeramente apreciamos. Son, en efecto, trozos concebidos uno a uno, cachitos autónomos, observaciones que no constituyen serie manifiesta ni retablo unitario. No podemos detallar cada uno, pero sí que intentaremos establecer la afinidad de asuntos que son vecinos, y el modo común de observarlos, un modo que los hace próximos, incluso dependientes.

La primera parte

Los asuntos de la primera parte son los otros, los contemporáneos, de quienes poco o nada sabemos y sobre quienes aventuramos existencias particulares, a quienes dotamos de biografía, de quienes conjeturamos avatares y razones para poder vivir y para poder hacernos mutuamente accesibles.

Pero los temas de esa primera parte son también quienes nos precedieron, los que se resisten a abandonarnos, y que retornan acarreando un pasado que no acaba de desaparecer, con un determinismo que puede arrebatarnos el presente, una suerte de fatalidad que arrasaría nuestra libertad y nuestra existencia. Es éste uno de los motivos dominantes de la escritura de Muñoz Molina, una de las obsesiones particulares de su autor, una obsesión que, lejos de ser manía personal o tema arbitrario, deviene angustia propia del ser humano, asunto perenne y universal. También aquí, con otros materiales y con otros procedimientos, lo vuelve a abordar.

La vida es azar —insiste en algunos de esos textos el observador—, pero por afirmarnos, por asegurarnos y por sobrevivir justificadamente, necesariamente, la pensamos como un destino que se nos ha concedido o hemos logrado. Descubrir eso, descubrir que no hay logros definitivos ni ventajas ni infortunios imperecederos, descubrir en fin que no hay nada que irreparablemente haya tenido que ser así y no de otra manera…, es en principio un alivio.

Constatamos que hay esos itinerarios potenciales por los que podrían haber discurrido nuestras vidas; constatamos que la acción puede torcer la mala suerte, que podemos elegir el bien, el mal, la inteligencia o la insensatez y que no podemos parapetarnos tras el destino ciego que nuestros clásicos invocaban. Por ello, por esa libertad que descubrimos con la madurez, mostramos nuestra gratitud.

Pero, atención, ese hallazgo también nos devuelve a la incertidumbre, al miedo retrospectivo —dice— por lo que tenemos o somos y que podríamos perder o no ser. Estos textos revelan a un observador solo, a un paseante solitario e incluso algo apesadumbrado, silencioso, que no parece hablar con sus contemporáneos, a un observador incluso mudo que aprecia y distingue, que se aventura a interpretar con pocos datos y sin mayores noticias la suerte de sus contemporáneos, la suya propia.

Estos artículos, que son acopio del tesoro ordinario que ese observador hace, de esas conjeturas cotidianas, parecen revelar a la vez a un individuo que se admite infinitesimal, a alguien que constata su tamaño exacto, que descubre día a día el escándalo de la muerte que siempre se avecina y que, en el fondo, no es nada.

Parafraseando de mala manera al autor podríamos decir algo así como: mi muerte no cambiará nada esencial ni traerá cataclismo alguno. Soy una parte menor, indistinguible casi, un insecto. Si el pasado posible, si la biografía se forja desmintiendo lo que los mayores o los demás dictaron o esperan de nosotros, la conclusión no consiente euforia alguna: al final, mi condición es exigua, no hay omnipotencia en la que quiera torpemente creer y el cese de la vida me revela como ese logro infinitesimal que soy.

La existencia y los individuos transcurren y yo no los detengo y mi ausencia, mi desaparición, no los aminora. Con contradicción y con una cierta angustia, el observador aprecia la marcha del tiempo y valora lo que tiene y lo que es, sopesa el calendario y el reloj y quiere aceptar la objetividad de ese tiempo. Sin embargo, una y otra vez distingue la subjetividad inevitable con que mira el reloj u hojea el calendario.

Vive, pues, en la tensión continua de quien se aferra a la medición exacta de las horas, de las semanas, de los meses y de los años que le permite orientarse, tranquilizarse —dice—, el tiempo de los físicos, y la sugestión de un tiempo maleable, cuya infalibilidad se licúa, la temporalidad de la consciencia, el a priori kantiano. Y vive también en la contradicción de quien se atreve a mirar y a descubrir con euforia que nada está dado de antemano, conjeturando por ejemplo la biografía de esa mujer que escruta un libro en una cafetería, el avatar de esa persona anónima, el perfil de ese destinatario a quien él mismo dirige sus artículos, y a la vez de quien teme la irrupción de esas existencias, de su azar, de su desorden.

 

La segunda parte

La segunda parte de la obra es un compendio de estampas, paisajes vistos o entrevistos, viajes a parajes, a ciudades, con el pertrecho de la vida y de la literatura.

Si tan breves son esos artículos, concebidos y escritos para ser leídos en dos o tres minutos de emisión radiofónica, el lugar sólo puede ser captado fugazmente, en una de sus partes o perspectivas, en uno de sus ángulos posibles, el que le sugiere al observador una visita anterior o la impresión de un instante o de un momento exactos. Se evocan viajes, paseos concretos, recuerdos de transeúnte o se condensan visiones, impresiones.

No es posible apresar la ciudad con las palabras, no es posible traducir la totalidad del mundo externo, no es posible trasladar el espacio, su materialidad y sus innumerables vidas, a unas pocas líneas, a unas cuarenta líneas. En un texto tan reducido no cabe, en principio, un lugar, diríamos. Pero, claro, hablar así es hablar impropiamente.

No hay retrato realista que sea fiel al original, que sea copia o simple traslado.

Pero no porque un pequeño artículo no pueda contener la piedra y el ladrillo de la ciudad y las almas de sus habitantes, sino porque sus dimensiones son distintas, porque el dominio de la palabra es uno y el dominio de la vida es otro, porque las palabras sólo dan cuenta de una vertiente posible, porque —si se nos consiente— las palabras sólo nombran y la vida transcurre.

Tomadas así, esas estampas son muy atinadas, son retratos completísimos, y revelan un esfuerzo de síntesis y de designación, de descripción, un empeño por mirar limpiamente, sin artificios impostados, esfuerzo que no excluye la literatura y otras prótesis, recursos que nos hacen ver y reconocer lo que otros ya vieron y que tomaron como objeto de evocación.

El autor con Antonio Muñoz Molina, fotografiados por Ricardo Martín.

La ciudad peatonal por la que se aventura el transeúnte, sin apremio, sin apreturas, sin cláxones ni ronquido de motores ni gemido de neumáticos; la Roma que sólo puede transitarse por caminos por los que viajeros innumerables y distinguidos ya pasearon, como ese Velázquez que el observador evoca; el cabo de Creus, al que inevitablemente se identifica como fin del mundo al estilo de Verne, como paraje abrupto y novelesco, como finis terrae, añadiríamos; el Viaducto de los suicidas, de Ramón Gómez de la Serna y de Rafael Cansinos Assens, que mucho vértigo sigue dando después de tantos años; La Granja a la que es posible concebirla como un Versalles menor, como un paisaje que carece de la antipática perfección —dice el observador— del poder, del poder absoluto, añadiríamos; el Chicago de ensueño, con sus rascacielos insensatos e imaginativos que algunos idearon hace un siglo y que no parecen concebidos en estado de vigilia; la Cuesta de Moyano, el paseo de los libros que lleva al descubrimiento exultante de un volumen imprevisto y al destino previsible, el logro menor pero gozoso del vermú; el Cádiz portuario, marítimo: al que se llega, como dicen los naturales con expresión antigua, con el Vapor; la Feria del Libro de Madrid, repleta de ejemplares y rodeada de lluvia, como expresión de cultura, de civilización septentrional; la Úbeda amurallada, como una pequeña corte medieval italiana, anota el observador, en medio de un mar de olivos y junto a una Sierra que es el límite exacto del horizonte y del mundo, añade; el inhóspito bar de carretera, el infierno tan temido, podríamos decir, el pozo negro del camino, indica el viajero, y en el que se arraciman los horrores y la fealdad, los expositores de baratijas y la mugre antigua; los peligros de Central Park, en donde es posible ser arrollado no por un delincuente, sino por ciclistas, corredores y patinadores y en donde nadie parece mirar o pasear; el Rastro de Madrid, el museo desvencijado de lo insólito y perdido, el museo desastroso, dice el observador, el vertedero o río en el que fluye una corriente imparable; el paraje secreto del Albaicín, el pasadizo sobre el que fantasear con el concurso de la leyenda y de la historia; la Córdoba temprana a la que aún no han llegado los turistas más madrugadores, y que contiene lo árabe y lo romano, la inteligencia y los sentidos; nuevamente la lluvia y los libros, aunque esta vez en Oxford, una meta de sosiego que, una vez satisfecha, es probable que al latino, al meridional, se le vuelva intolerable; la Lisboa de los paseos interminables gracias los cuales se descubren librerías, pastelerías y tiendas de ultramarinos, con ese elevador insólito enclavado en el centro de la ciudad y que parece propio de una ficción de Verne; la Mallorca del interior, la que se distancia del bullicio turístico y que permite el reposo, el retiro, la convalecencia al modo de aquellos enfermos imaginarios que se hospedaban en el sanatorio de La Montaña Mágica.

No es posible recorrer esas ciudades o parajes sin literatura, pero, en este caso, la cultura literaria de la que se vale el viajero y observador no es simple aderezo que adorna la evocación, no es atavío con que hacer bonito o con la que lograr una bella prosa. La literatura es el modo de mirar, aquello que al transeúnte le permite identificar o confirmar, pero también aquello que la vida o el paseo concreto niegan o desmienten.

¿Se puede visitar Roma sin la literatura que nos precede?

¿Cómo podemos pasear por Roma sin valernos de esa cultura milenaria que es nuestra prótesis y nuestro lastre? De hecho, el viajero no sólo observa, sino que también se observa. Mirar la ciudad es, por supuesto, descubrir lo que ignorábamos o confirmar lo que ya sabíamos para bien o para mal.

Pero mirar este o aquel lugar es también observar nuestro interior, la sugestión que nos provoca, la evocación literaria o personal que ese paraje o esa perspectiva nos inducen. A lo largo de esa segunda parte, la voz que se expresa se nombra en distintas ocasiones. Habla de sí mismo como paseante laico y poco amigo de las ancestrales celebraciones colectivas, de la juerga obligatoria.

Se identifica —y otros como él también podrían hacerlo— como un transeúnte ilustrado. Se nombra como paseante perezoso y atento. Y se califica, por qué no, como turista, como heredero (aunque no lo diga) de aquellos que siglos atrás emprendieron el Grand Tour, como turista caminante y gandul, como turista ilustrado, como turista haragán. Es siempre alguien solitario, empeñado en ver, en contemplarlo todo, en apreciar lo que el paraje le da.

Quien viaja se forma y aprende, desde luego, con las enseñanzas del lugar, pero sobre todo se descubre a sí mismo y lo mejor, en ese caso, es hacerlo con parsimonia, sin apresuramientos, sin los apremios del viaje organizado y sin las urgencias del mero reconocimiento. En fin, el observador no rechaza su condición de turista, porque el viaje del turista es históricamente un logro civilizado, el logro de quien se aventura a abandonar la aldea y con guías y con literatura busca un cierto exotismo que no tiene por qué estar muy distante, y que, de hecho, puede hallarse en esa ciudad excepcional, pasajeramente peatonal.

 

¿Y por qué ese título?

Pero queda algo por aclarar de esta obra singular: su título. ¿Por qué Escrito en un instante? Más que escrito en un instante hemos de convenir que sus piezas pueden ser leídas en un instante y que son destellos, fogonazos, una iluminación momentánea, al modo de Walter Benjamin. Éste expresa de modo excelso la consciencia, la técnica Y la meta del fragmento y de la iluminación, la imposibilidad del orden sistemático, la necesidad de analizar, tratar, abordar los objetos y los hechos a partir de su misma escasez y presunta irrelevancia. De él aprendimos, entre otras cosas, ese modo de mirar entre líneas, de descubrir lo sustantivo de un proceso a partir de lo aparentemente secundario.

En sus breves ensayos, que son iluminaciones de un mundo enteramente inabordable, la mirada es recuerdo, intimidad, pues; pero es también imaginación histórica. Cada parte tratada no es una pieza congruente de un entero trabado y reconocible. Es, por el contrario, un repertorio que cambia cada vez, como un calidoscopio de perfiles y trabazón inestables. Benjamin ha callejeado aquí y allá y ha visto cosas, hombres, circunstancias, reúne impresiones, intuiciones, reminiscencias y deja esos destellos como lo que son y como lo que es la vida.

“Reúne Ud. temas, pero no los desarrolla”, le reprochó tempranamente y con acritud T. W. Adorno. Más adelante, sin embargo, supo captar la tarea efectiva que Benjamin se había propuesto. “Era intención de Benjamin”, señalaba Adorno en las palabras que reproduce Jesús Aguirre en la edición española, “renunciar a toda interpretación manifiesta y dejar que las significaciones saliesen a la luz por medio de un montaje chocante del material. Para coronar su antisubjetivismo iba a hacer que su obra capital consistiese únicamente en citas”.

La fragmentación de las observaciones y los ecos del pasado que resuenan en cada comentario del mundo son atisbos de Benjamin, pero son también dos lecciones del siglo XX, tras el hastío y la ruina de los sistemas y después del agotamiento de las vanguardias. No hay autor preocupado de nuestro tiempo que pueda permanecer ajeno a enseñanzas tan decisivas.

En los libros de artículos de Muñoz Molina hay una vecindad de textos cuya significación sale a la luz por medio del montaje; hay también la cita expresa y la alusión cultural, que deliberada o inconscientemente suenan en el interior de esas palabras dichas ahora.

Un volumen como Escrito en un instante es, pues, una indagación acerca del instante, de ese presente continuo que vivimos. Pero también es una pesquisa del mundo, ignorando de antemano en qué consiste ese mundo que nos han legado. Por ello, procuramos que la impresión y la reminiscencia, el fardo cultural que inevitablemente acarreamos, y el montaje de sus partes den como resultado un atisbo de significado.

En general, son artículos tan redondos, de confección tan redonda, en el sentido de que nada sobra, en el sentido de que todo funciona, de que todo contribuye a que ruede el texto, que a su escritura parece serle adecuado ese título. Y, sin embargo, a poco que lo piense bien, el lector se aventurará a calificar ese epígrafe de embustero, como embustera es la ficción, que finge que es lo que no es y para lo que se sirve del como si, de lo que aparenta ser y no es exactamente.

Parecen, en efecto, textos de rápida elaboración, sobre todo los textos de la primera parte y de la que procede el título, textos que caben en una cuartilla o en una holandesa con márgenes generosos. Son escritos tan breves que su duración, la del instante, parece conferirles su cualidad. Pero la brevedad no procede de su confección, sino de su posible lectura. Son, en fin tan escuetos como puede ser un poema de pocos versos, como un soneto cuyos límites no pueden sobrepasarse.

Pero la escritura, la consumación de un poema, por breve que sea, puede durar muchísimo tiempo. Más aún, aunque la escritura sea efectivamente instantánea —que no automática, por supuesto—, su condensación ha sido laboriosa y en cada palabra que se emplea, en cada voz que se expresa, hay un sedimento de siglos y de cultura, de lecturas y de interlocución con los antepasados y con las manifestaciones del genio y de la creación de las que el nuevo autor se convierte en deudor modesto y en recreador.

No es ya la intertextualidad expresa, las citas explícitas, implícitas, conscientes o crípticas que el escritor practica; es la tradición y la literatura que habla por boca del autor; es la vida de la calle de la que el creador se hace eco, es, en fin, la mezcla de alta y de baja cultura, de novedad y de repetición, que el poeta —en este caso, el articulista— emprende.

 

 

Nota bene

En unos meses aparecerá Antonio Muñoz Molina. El tiempo en nuestras manos, de Justo Serna. Será publicado por la editorial Fórcola. Este texto no es un adelanto de lo que allí se contiene, sino un texto al margen, un texto pensado a partir de una pequeña obra de Muñoz Molina: Escrito en un instante, publicada por Javier Jover (1997, Calima). Justo Serna recupera ahora para Anatomía de la Historia sus reflexiones. Por otro lado, el blog del escritor de Úbeda recupera igualmente ese título y así el diario de internauta que publica se llama precisamente Escrito en un instante.


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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