Cuba dependiente

Por . 23 junio, 2014 en Siglos XIX y XX
Share Button

Las islas caribeñas de Cuba y Puerto Rico se mantuvieron bajo dominación española durante todo el siglo XIX, desvinculadas del proceso de independencia que había coincidido con las luchas en España.

En este ensayo mi intención es mostrar cómo las transformaciones políticas, y no sólo las económicas y demográficas, acaecidas en Cuba alrededor del año 1800 permiten explicar la permanencia de la colonia en manos españolas durante cien años más.

Yendo un poco más allá, quiero resaltar el caso de Cuba como espacio en el que se producen innovaciones de tipo político anteriores a las que llegaran en su momento y con dificultad a España. Me refiero básicamente a ideas de tipo liberal. La Cuba del cambio del siglo XVIII al XIX sería un perfecto laboratorio de estudio de las ideas políticas que empezaban a inundar el mundo hispano.

El ensayo se estructura en dos partes. La primera son las bases demográficas, económicas y sociales desde las cuales parto para explicar la segunda parte, la destinada a la política y a las transformaciones ideológicas.

 

Las bases

Tal y como señala Jonathan Curry-Machado, son cuatro los elementos principales que establecen la nacionalidad cubana en el siglo XIX. Al abrigo de la industria azucarera, surge una elite criolla. El segundo elemento estaría completamente relacionado con éste: las innovaciones, los contactos internacionales y la voluntad de dominación de la elite blanca atrajeron a capital foráneo que invirtió y, en ciertos momentos, empezó a controlar partes de la isla.

El tercer elemento sería la súbita transformación demográfica constatada a partir del aumento de la esclavitud y la llegada de habitantes de diferentes puntos del Caribe. Finalmente, la situación geopolítica hizo que durante años la isla fuera codiciada por diferentes potencias mundiales.

Demografía

A principios del siglo XIX llegaron nuevos inmigrantes. La revuelta en la isla de Santo Domingo (Saint-Domingue) y la venta de Luisiana a Estados Unidos por parte de Francia hicieron que miles de colonos inmigrantes transformaran por completo la economía agrícola cubana. En pocas décadas se pasó de una colonia subdesarrollada de pequeñas ciudades, ranchos de ganado y plantaciones de tabaco, a las grandes plantaciones casi-industriales del azúcar y el tabaco.

Esta nueva forma de explotación de la tierra se llevó a cabo con una enorme masa de esclavos africanos. Según Richard Gott, en los treinta años posteriores a 1762 llegaron a la colonia casi 100.000 esclavos, más que durante los tres siglos anteriores: de los 240 esclavos de media al año llegados a Cuba entre 1511 y 1762, a finales del siglo XVIII la media anual llegó a los 3.300.

De 38.879 esclavos en 1774, la población esclava se elevó a 85.000 en 1791, llegando a 199.000 en 1817. Diez años después se había incrementado en casi un 50%, hasta 287.000. En 1841 vivían en la isla 427.000 —436.495, según Curry-Machado— esclavos, casi el 45% de la población total que rondaba el millón de habitantes.

Cuba contaba con una peculiaridad en relación a su población de origen africano: tenía un gran número de negros no esclavos. Comparada con otras islas del Caribe y con los estados de América del Norte, en Cuba había muchos más negros descendientes de esclavos liberados. Durante la primera mitad del siglo XIX el número de antiguos esclavos y su progenie —las conocidas como personas de color libres— se había casi triplicado, pasando de 54.000 en 1792 a 153.000 en 1841.

En el otro lado estaban los colonos blancos. Los negros ya habían superado en número a los blancos desde principios del siglo XVII, la cuestión era el grado de organización con el que contaban ahora. Para intentar equilibrar la situación se fomentó la llegada de colonos blancos, un movimiento demográfico que a menudo se producía entre las diferentes colonias del Caribe, normalmente trabajadores emigrantes especializados en busca de trabajo.

Gran parte de la eficaz forma que tenía el negro esclavo para organizarse se debía a otra peculiaridad del sistema español: se les permitía recordar a sus antepasados y su origen particular. Esto era el resultado de la extensión del sistema de cabildos a la población esclava. Los blancos, a través de los cabildos, se organizaban en base a la región española de origen; lo mismo ocurrió con los negros, tanto esclavos como libres. Un observador de la época, Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, obispo de La Habana a mediados del siglo XVIII, mostró su admiración por la adhesión de los negros a sus cabildos africanos.

 

Economía

A finales del siglo XVIII, las reformas y las expediciones destinadas a hacer inventario del imperio hicieron que soplaran vientos de cambio. Esos vientos soplaron pronto sobre Cuba: en La Habana se estructuró una nueva generación de terratenientes, plantadores y empresarios ilustrados para debatir sobre el desarrollo económico y promocionar las nuevas ideas que llegaban de Europa. Estas medidas coincidieron con la revuelta esclava en Santo Domingo, acontecimiento político que permitió a Cuba convertirse en el primer productor de productos tropicales, básicamente el azúcar.

Parte del éxito de la industria azucarera en Cuba fue debido a la voluntad de los propietarios de ingenios de completar todas las fases de producción en la propia isla. Otras colonias azucareras tendieron a enviar producto sin refinar a sus metrópolis, pero Cuba tenía la peculiaridad de que producía todo por sí misma.

Los inmigrantes franceses que huían de Santo Domingo posibilitaron la aparición de plantaciones de café en las faldas de Sierra Maestra y en torno a Guantánamo. Desde aquel momento se invirtieron los papeles entre las dos grandes Antillas: Santo Domingo cayó en la barbarie y Cuba empezó su fortuna.

El principal promotor del debate económico en la isla fue el capitán general Luis de las Casas y Aragorri, que lo fue de 1790 hasta 1796. De las Casas y Aragorri reunió en torno suyo a un grupo de terratenientes y abogados reformistas, entre los cuales el más destacado fue Francisco de Arango y Parreño. En octubre de 1790 comenzó a publicarse en La Habana su primer diario, Papel Periódico, y en 1793 se constituyó una Sociedad Económica de Amigos del País. Los veintisiete magnates del azúcar más acaudalados se encontraban entre sus miembros. Al cabo de menos de un año generó un Consulado Real de Agricultura, Industria y Comercio. En estas instituciones la elite cubana ejerció cierta influencia sobre la forma en que se gobernaba el país.

Entre 1792 y 1802 la vida habanera adquiere un nuevo sentido: toda actividad debía tener un fin azucarero. Los campesinos, por ejemplo, abandonaron sus cultivos para ir a cortar caña; los salarios de los empleados blancos en los ingenios se duplicaron. Obreros y campesinos ganaron en meses lo que antes hubieran tardado años en reunir. Esta explotación transformó por completo el paisaje de la isla, acabando, de paso, con la producción de barcos en los astilleros habaneros.

El precio del terreno cercano a La Habana se incrementó en un 500%, y el valor de bueyes y negros se disparó. Incluso los curas aumentaron los derechos parroquiales por bautismos, entierros y misas. La fuerza azucarera desmontó la superestructura legal, apareciendo el comercio libre de facto: el 24 de noviembre de 1791 se concedió el libre comercio de esclavos en Cuba durante seis años.

Los barcos llegados son 781 en 1797, 800 en 1798, 803 en 1799, 771 en 1800 y 993 en 1801; de éstos, 150 son norteamericanos en 1796, 383 en 1797, 416 en 1798, 558 en 1799 y 606 en 1800. Los casi siempre neutrales barcos procedentes de Estados Unidos fueron siempre importantes en un momento en el que franceses e ingleses cambiaban constantemente de alianzas respecto de la Corona española.

Hasta finales del siglo XVIII, las instituciones cubanas reflejaban lo que era la isla: una tierra de paso, isla productora de tabaco y bastión militar. Con el impulso azucarero se produce una crisis orgánica que los propios gobernantes de la isla resuelven. Se necesitaban instituciones para solucionar conflictos entre comerciantes y productores, o para gestionar la enseñanza, el arreglo de caminos y el comercio de esclavos. Las soluciones ofrecidas por la metrópoli fueron el Consulado y la Sociedad Patriótica.

El Real Consulado empieza sus gestiones el 29 de mayo de 1795. Arango consigue que el capitán general De las Casas y Aragorri se convierta en su presidente, dirigente completamente emparentado con la oligarquía habanera. En su primera Junta de Gobierno figura por ejemplo Ignacio Montalvo Ambulodi, propietario de dos ingenios y 500 esclavos; otros propietarios de ingenios serían Antonio Beitía, el marqués de Casa Peñalver, Juan Tomás de Jáuregui y Pedro Juan de Erice. Todas excepto una de las reuniones de la Junta estuvieron dedicadas a favorecer la industria azucarera.

La Real Sociedad Patriótica también miraba hacia el mundo azucarero. Por eso una de sus primeras medidas respecto a la publicación de libros fue la traducción de las obras de Corbeaux y Dutrône relativas al cultivo de la caña y la fabricación de azúcar. El primer acuerdo en educación, la Escuela de Química, se realizó teniendo en mente que la química era el arte de hacer azúcar. Y su primera publicación oficial fue la obra de José Ricardo O’Farrill sobre los métodos cubanos de cultivo de la caña de azúcar.

Arango fue la principal figura en esas iniciativas. Aplicó nuevas técnicas científicas a la industria azucarera e hizo llegar de Inglaterra la máquina de vapor. También creó la Junta de Fomento, una rama de la Sociedad Económica que actuaba de hecho como un ministerio de desarrollo. Alexander von Humboldt, el economista y naturalista alemán que visitó Cuba en 1800, escribió un texto seminal sobre la economía de la isla que ilustró a los europeos y más tarde a los estadounidenses sobre su potencial económico; gran parte de esa obra provenía de sus conversaciones con Arango. También fue un gran defensor del libre comercio y del esclavismo, puntos que presentó en repetidas ocasiones al rey de España para convencerle de los beneficios que eso acarrearía.

En la década de 1820 Cuba era todavía una tierra de ganado y tabaco, pero el azúcar y el café se fueron convirtiendo en un sector sustancial —y pronto dominantes— de la economía de la isla. En 1827 el ganado, el tabaco, el azúcar, el café, el algodón y el cacao eran productos destinados principalmente a la exportación: “una parte sustancial de la población permanecía dedicada a la agricultura de subsistencia, una forma de vida que no había cambiado desde los días de Diego Velázquez”.

 

Movimientos sociales

Tras la revolución haitiana, Cuba se convirtió en la principal área de explotación azucarera del mundo. La oligarquía de los plantadores de azúcar se enriqueció rápidamente, pero a cambio se convirtieron sus miembros en esclavos políticos de Madrid: las exigencias políticas estaban limitadas por las tropas y funcionarios españoles que controlaban a los esclavos negros.

Además, la fuerte dependencia del tráfico de esclavos hizo que a menudo los comerciantes de esclavos se apoderaran y suplantaran a la oligarquía criolla del azúcar en las máximas esferas del poder. Con el tiempo, la oligarquía comercial peninsular desplazó también a la criolla. Por ejemplo, a finales del siglo XVIII existían multitud de milicias locales: el Regimiento de La Habana, el Batallón de Voluntarios Blanco de Santiago de Cuba y Bayamo y los Dragones de Matanzas, entre otros. Pues bien, a medida que avanzamos en el siglo XIX se fue produciendo un desmantelamiento de estas estructuras para restar poder a los criollos.

En la lucha por parte de los criollos contra los poderes del antiguo régimen, la Iglesia fue uno de los rivales más formidables. Es significativo constatar cómo los ingenios, al principio, se fundaron bajo la advocación de vírgenes y santos protectores, como por ejemplo San Antonio, San Francisco, Virgen del Carmen o Virgen de Regla. A partir de los conflictos entre Iglesia y sacarocracia, se establece una problemática alrededor de los nombres. Se empieza a detectar la aparición de nombres como La Amistad, La Ninfa, Esperanza, Atrevido, Confianza, Desengaños, etcétera. Algunos, como vemos, relacionados con la oscilante situación económica.

 

Transformaciones ideológicas

El período que va de 1792 a 1815 es de guerra en toda Europa y, por extensión, en las partes del planeta dominadas por los europeos. La ampliación de las guerras europeas al Caribe tuvieron su propio impacto sobre Cuba, pero la historia de la isla se iba a ver afectada más profundamente a partir de 1791 como ya sabemos por la exitosa rebelión de los esclavos en Santo Domingo —más tarde rebautizada como Haití—, la colonia europea más rica del Caribe en aquel momento.

Curiosamente, estaba ocurriendo lo mismo en Europa desde 1789: los reinos fronterizos con la Francia revolucionaria recibieron miles de refugiados, creando un clima de permeabilidad para muchas ideas ilustradas.

 

La revuelta haitiana y sus consecuencias

La rebelión de 1791 supuso que 500.000 esclavos negros se alzasen en armas contra sus propietarios blancos. Santo Domingo abastecía más del 60% de la oferta mundial de productos tropicales de la época. La parte oriental de la isla, española, permaneció prácticamente sin desarrollo durante ese periodo, con una población que apenas llegaba a los 125.000 habitantes.

Los primeros refugiados llegaron a Cuba en 1793, congregándose principalmente en La Habana con la esperanza de regresar pronto a casa. En 1795 toda la isla de La Española cayó en manos de los rebeldes negros. Después de intervenciones fallidas por parte de ingleses y franceses, la migración se aceleró: en la década posterior a 1791 llegaron a Cuba unos 30.000 refugiados franceses.

El incremento de la población esclava fue de gran importancia para la política de Cuba. Muchos negros cubanos buscaron inspiración en el ejemplo haitiano. Los primeros en organizarse fueron los hombres de color libres. Mientras, en el resto del continente era la elite criolla blanca la que iniciaba la independencia. Esta característica es sintomática de las diferencias existentes entre las posesiones caribeñas de Cuba y Puerto Rico y el resto de las colonias americanas.

En 1795 tuvo lugar la primera revuelta, dirigida por el liberto Nicolás Morales. En su grupo también había blancos. Su intención era abolir los impuestos que oprimían a los pobres y quitar las tierras a los ricos. Morales fue traicionado por uno de sus propios hombres. Este tipo de reivindicación no es un caso aislado. Se ataca a puntos clave de la economía del Antiguo Régimen, dirigiéndose expresamente a los ricos. Se podría decir que las mismas situaciones se detectan en España durante la guerra de 1808 contra los franceses.

 

La crisis de 1808

Los meses de mayo, junio y julio de 1808 son meses de revuelta en España, ha estallado la guerra de la Independencia. El control de Napoleón sobre la península Ibérica y la sustitución del rey Fernando VII por José I —un Bonaparte— supusieron la aparición de diferentes juntas en las principales ciudades españolas. La tradición jurídica española hacía de la junta un organismo local o regional destinado a solucionar algún tipo concreto de crisis política o económica.

El 17 de julio, los principales de la ciudad de La Habana presentaron al capitán general el plan de creación de una Junta Superior de Gobierno, revestida de igual autoridad que las del resto de la Península. La propuesta estaba redactada por el mariscal de campo Agustín de Ibarra, Francisco de Arango y Parreño, José de Ilincheta, el conde de O’Reilly y Tomás de la Cruz Muñoz.

Es interesante ver cómo Cuba ya había acumulado bastante bagaje político como para considerarse plenamente autónoma respecto del virreinato de Nueva España, al cual oficialmente pertenecía. La iniciativa de La Habana fue pionera en América, dirigida por un grupo reducido de hacendados que se consideró lo suficientemente fuerte como para llevar a cabo la propuesta pero que, a la mínima resistencia o adversidad, no pudo seguir adelante, como sí ocurriría años más tarde en Nueva Granada, Nueva España y Río de la Plata.

Efectivamente, el 27 de julio ya había muestras de rechazo al plan, y algunos de los firmantes empezaron a retirarse. Del malestar se pasó a la oposición abierta, con el conde de Casa-Barreto a la cabeza. José Francisco Barreto y Cárdenas, el 10 de octubre de 1814, justificó su actuación de aquellos días de julio —en carta conservada en la University of Florida— porque durante el cautiverio provocado por la “perfidia inaudita de Bounaparte” se trató “en esta ciudad por algunos ambiciosos, establecer una junta superior, y por su naturaleza independiente, pues que era a imitación de las que se habían erigido en la Península con el imperiosos motivo de la urgencia y necesidad constante que intervenía, al paso que acá no era ni aun presumible por las diferentes sircunstancias en que se hayaban las Américas por la imposibilidad del enemigo de imbadir estos dominios en el concepto del que tenían en los mares nuestros aliados los ingleses.”

La Junta, en nombre del pueblo, se apresuró a recoger firmas “de los vecinos principales para que estas arrastrasen las de otros igualmente incautos, y a quienes se les conquistaba alucinándolos”. Detrás de esto estaba el deseo de mando de “los secretos autores o promoventes que se habían destinado a vocales”.

Por un lado estaba “el fermento del pueblo con la amenaza de efución de sangre y revolución que era notorio por las explicaciones libres en las calles y plazas y por los pasquines más insolventes que no pudo contener la vigilancia de la policía”. Por el otro “que los egoístas se querían aprovechar del luto y aflixión del reyno para extender sus miras”; esto último tenía en mente “la disidencia de la metrópoli que podía ocacionarse, como después se ha visto en las demás provincias de América que adoptaron este sistema”. Él lo evita “por evitar al mismo tiempo la anarquía que podría sobrevenir”.

Formó Barreto una representación para que varios vecinos de la primera nobleza se unieran, “pero nadie se atrevió, aunque conocían sus sólidos fundamentos, por no desagradar a los mandarines ocultos, y porque temían alguna violencia”. Al final convenció al gobernador y capitán general de “lo violento e innecesario de este paso”.

Se preparó una venganza contra él, pero dos meses después informó a la Junta de Sevilla y después a la Central, para que investigaran. El pesquisidor Rafael Villavisencio resolvió que “había evitado perjuicios de gran consecuencia, y que por la conducta que aprobaba tenía las pruebas más constantes de su verdadero patriotismo, adheción a la buena causa, y que vehía en ella la tranquilidad del país.”

Revueltas de nueva planta

Un intento independentista más serio fue el iniciado en 1810. Varias personas de color libres enroladas en la milicia negra se unieron a un movimiento independentista blanco encabezado por dos aristócratas conservadores y un rico oficial blanco, todos ellos masones.

Aspiraban a la independencia pero no pretendían cambiar la estructura social de la isla. Según la constitución que propugnaban, los esclavos seguirían siendo esclavos y los blancos seguirían mandando. Fue el primer movimiento político cubano que evocó el pasado indio, diseñando una bandera con la figura de una mujer india envuelta en una hoja de tabaco. A su vez, consideraban a Cuba como una prolongación del Yucatán. Recobraron de la memoria oral la figura de Hatuey, el cacique del siglo XVI, al que exaltaban como primera víctima de los españoles.

La participación en la rebelión de miembros de la milicia negra sirvió para movilizar contra ella a la población blanca de La Habana, dando lugar por primera vez a un fenómeno que se repetiría durante todo el siglo y que se convirtió en un elemento clave del control español de la isla: se creó una milicia de voluntarios blancos formada por jóvenes de las familias de reciente emigración para ayudar a las autoridades coloniales. Conservadores en sus inclinaciones políticas y racistas, se convirtieron en un bastión esencial del dominio español.

La rebelión de 1810 fue aplastada por esos leales al imperio, ayudados por algunos de los nuevos inmigrantes franceses de Santo Domingo y con la dirección activa del capitán general, Salvador José de Muro Salazar, marqués de Someruelos. Los dirigentes blancos fueron condenados a diez años de prisión, con la subsiguiente proscripción de las Américas, mientras que dos esclavos negros que participaron en la rebelión recibieron doscientos latigazos y una pena de prisión de ocho años, encadenados con grilletes.

El cambio del siglo XVIII al XIX vio nacer al soldado surgido de las quintas anuales intentadas en las últimas décadas, mezclado con el soldado nacional de las Cortes de Cádiz. Pero también vio nacer la creación de unidades militares pensadas tanto para controlar a la población civil y dar más poder a las clases dirigentes como para combatir al enemigo.

La retórica del ochocientos, que considera la milicia nacional como el ciudadano en armas que actúa como guardián y principal interesado dentro la nueva organización estatal, nos ha transmitido también una idea de agrupación de ciudadanos iguales defensores de un ideario cívico burgués de tipo nuevo. En el fondo, estas milicias permitieron crear el mito de la defensa igualitaria de unos intereses comunes, ayudando a crear la falsa idea de que servir en el ejército era cuestión de privilegio y conquista democrática, cuando en realidad se trataba de un impuesto de sangre.

Casos parecidos como el de La Habana de 1810 se producían en la España invadida por Francia y en América del Sur. En 1806 los propietarios criollos y españoles crearon en Río de la Plata el Regimiento de Patricios, pensado tanto para combatir a los ingleses que habían conquistado recientemente la ciudad de Buenos Aires como para organizar la masa de negros, mulatos y jóvenes que ocupaban las calles.

El valor de la posición social iba por delante incluso del mismo sentido que pudiera tener una unidad militar, apareciendo entidades más emparentadas con la organización civil que militar. Un ejemplo bastante claro lo tendríamos en noviembre de 1808, cuando los catalanes residentes en “la isla de La Habana [sic]” organizaron —después de recibir de manos del capitán general un oficio enviado por la Junta Suprema— cuatro compañías voluntarias de infantería de unos ochenta hombres cada una, más una compañía de artillería volante —41 hombres más—. Se trata en realidad de una unidad ficticia, una asociación de personas destacadas de origen catalán que enviaron 14.755,25 pesos fuertes a la Junta Superior del Principado de Cataluña para ayudar en el esfuerzo de guerra.

En 1812, una nueva rebelión evocó el ejemplo de Haití. No fue una simple rebelión de esclavos sino el primer movimiento político organizado por personas de color libres, a escala de toda la isla, que tenía como finalidad la independencia. Su líder, José Antonio Aponte, era un hábil carpintero negro de La Habana, de origen étnico lucumí, de lengua yoruba y procedente de la bahía de Benín. Antiguo jefe de la milicia negra de La Habana y hombre de bastante prestigio en su comunidad, presidía el cabildo yoruba local. Se ganaba la vida tallando imágenes religiosas que incorporaban elementos cristianos y africanos.

Aponte estaba bien informado de la política del mundo exterior, en particular de los acontecimientos en santo Domingo. Sus héroes personales —a juzgar por las pinturas encontradas en las paredes de su casa— eran los líderes haitianos Toussaint l’Ouverture y Henri Christophe. También poseía un retrato de George Washington. En su casa se hallaron copias de la declaración de independencia haitiana de 1804, así como cartas escritas por Christophe.

En esos momentos, los líderes revolucionarios tenían sobrados ejemplos de cesarismos, personajes que por la vía de las armas se habían apoderado del poder político en, a veces, extensos territorios; o estaban en vías de hacerlo. Tenemos los ejemplos de Washington y Toussaint l’Ouverture, pero también habría que mencionar a Bolívar, San Martín y Napoleón.

Los negros cubanos del siglo XIX tenían sus propios servicios de inteligencia: entre los trabajadores de los muelles de las ciudades portuarias, vendedores ambulantes, contrabandistas extranjeros, durante la misa de los domingos, los cabildos afrocubanos, etcétera. Aponte era uno de los receptores de los informes de inteligencia que llegaban del extranjero. Los negros cubanos habían tenido noticia de la reunión de las Cortes españolas en Cádiz en 1812, la asamblea casi revolucionaria a la que asistieron representantes de las colonias y en la que se habló de poner fin al tráfico de esclavos y hasta de la abolición de la propia esclavitud.

Parecía haber llegado el momento para una insurrección antiespañola del tipo que estaba teniendo lugar en el resto de América. Si los esclavos cubanos se unían a ella, la rebelión de Aponte tenía grandes probabilidades de éxito. Se movilizaron varios cabildos negros y se celebraron reuniones secretas en La Habana y otras capitales de provincia.

La finalidad de la rebelión era abolir la esclavitud y la trata de esclavos, derrocar la tiranía colonial y sustituir el régimen corrupto y feudal por otro, propiamente cubano y sin discriminaciones odiosas. También tenía una dimensión internacional: grupos amigos de abolicionistas estadounidenses y brasileños, así como el gobierno haitiano, fueron informados de la inminente rebelión.

Los rebeldes, tanto personas de color libres como esclavos y blancos, estaban dispuestos a la acción en Puerto Príncipe (Camagüey) y en el Oriente. La conspiración contaba con el apoyo de hombres de diferentes profesiones: zapateros, carpinteros, curtidores, carboneros, campaneros y boyeros. El plan de Aponte consistía en tomar el poder en La Habana cuando las tropas españolas salieran de la capital para enfrentarse a esas revueltas locales.

Lejos de parecer un precursor de José Martí, Aponte fue más bien un líder seguidor del modelo haitiano. Hilario Herrera, el principal lugarteniente de Aponte en Oriente, había participado en la revolución en Santo Domingo, era por tanto otra de las figuras de esa galería de héroes cubanos —desde Hatuey y Caguax hasta Máximo González— provenientes de la isla vecina.

Como de costumbre, era difícil mantener en secreto los planes de la rebelión. La conspiración de Puerto Príncipe fue denunciada a las autoridades y, aunque en algunas haciendas azucareras en torno a La Habana se produjeron las revueltas previstas, los servicios de seguridad del marqués de Someruelos entraron pronto en acción en toda la isla.

Herrera escapó a Haití, pero Aponte fue detenido en La Habana y condenado a la horca con otros cinco hombres de color libres y tres esclavos. Someruelos dio órdenes para que se exhibieran sus cabezas en los lugares públicos más concurridos como advertencia para otros, y la de Aponte fue mostrada en una jaula de hierro a la entrada de la capital. La feroz represión impidió eficazmente nuevas rebeliones durante más de una década, pero la memoria de la conspiración de Aponte fue celebrada en la comunidad negra durante muchos años.

La lucha por la independencia se reanudó en la década de 1820 a cargo de disidentes blancos influidos por el éxito de Simón Bolívar en el continente.

José Francisco Lemus, antiguo oficial del ejército de Bolívar en Colombia, dirigió la sección cubana del movimiento bolivariano, denominada Soles y Rayos de Bolívar. Como en la conspiración anterior de 1810, los émulos de Bolívar en Cuba también invocaban su pasado precolombino, reivindicando la creación de un nuevo Estado independiente que se denominaría Cubanacán, uno de los nombres indios de la isla. Las autoridades españolas fueron más rápidas que los conspiradores y el complot fue descubierto antes de llegar a su culminación.

 

Conclusiones

Con una clase criolla blanca y conservadora en el poder de la isla, desconectada desde hacía décadas de los asuntos hispanomericanos en favor de otros más europeos y estadounidenses, Cuba se mostró inmune a las diferentes revueltas que se sucedían por todo el continente. La cuestión africana siempre hizo sospechar en la posibilidad de convertir a Cuba en un segundo Haití.

En otras partes de Hispanoamérica los pequeños ejércitos de criollos se aprovecharon de los esclavos negros para utilizarlos como carne de cañón. Esto nunca fue planteado como posibilidad en la isla de Cuba. El mismo hecho de buscar referentes precolombinos en las revueltas de 1810 y 1820 demuestra la especificidad del movimiento independentista cubano en esos primeros años.

El criollo cubano progresista que defendía la independencia de España lo hacía con la boca pequeña, consciente de la problemática que se le podría venir encima. No sólo por la dependencia de funcionarios y soldados españoles para mantener el régimen esclavista, sino porque la Corona ya proporcionaba las ventajas económicas de libre comercio que reclamaba. Incluso los partidarios de cambio de amo —por ejemplo, la anexión a Estados Unidos— tuvieron cada vez menos predicación a medida que se iba avanzando en el siglo.

El fuerte peso demográfico de los negros, el autonomismo, la dependencia militar, el capital extranjero, las conquistas del libre comercio y el fracaso del proyecto de junta en 1808 permiten situar el porqué de la dependencia de Cuba después de las independencias del período 1808-1821.

Del mismo modo que en 1778 Cuba sirvió para apoyar la revuelta de las colonias inglesas en América del Norte, en la década de 1820 hubo tímidos intentos de utilizar la isla como plataforma de conquista de los territorios americanos que ya habían dejado de pertenecer a la Corona. Los acontecimientos en España, enmarcada entre la revuelta de 1820 y la invasión francesa de 1823, hicieron que la clase política del reino empezara a olvidarse de la reconquista de América.

Para tener un cuadro más completo de la historia cubana de los primeros años del siglo XIX es necesario enmarcarlo dentro de una historia de España más abierta, dirigida al otro lado del Atlántico. No sólo eso, una historia de España más receptiva debería ser capaz de entender cómo la transformación que sufre Cuba en materia de ideas económicas y sociales será la misma que, años más tarde, transformará España durante la construcción del Estado liberal.

 

Bibliografía

Curry-Machado, Jonathan. “Sin azúcar no hay país: The Transnational Counterpoint of Sugar and Nation in Nineteenth-Century Cuba”. Bulletin of Hispanic Studies 84.1 (2007): 25–42.

 

Gott, Richard. Cuba: Una nueva historia. Madrid: Akal, 2007.

 

Guerra, Ramiro. Manual de historia de Cuba. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1980.

 

Junqueras, Oriol. Els catalans i Cuba. Barcelona: Proa, 1998.

 

Lynch, John. The Spanish American revolutions, 1808–1826, 2ª ed. Nueva York: W. W. Norton & Company, 1986.

 

Moreno Fraginals, Manuel. El ingenio: Complejo económico social cubano del azúcar. Barcelona: Crítica, 2001.

 

Tarragó, Rafael E. Experiencias políticas de los cubanos en la Cuba española: 1512-1898. Barcelona: Puvill Libros, 1996.

 

Vázquez Cienfuegos, Sigfrido. Tan difíciles tiempos para Cuba: El gobierno del marqués de Someruelos (1799-1812). Sevilla: Universidad de Sevilla, 2008.


Share Button

Participa en la discusión

  • (no será publicado)