La guerra de Secesión en el Oeste… en mil palabras

Por . 4 junio, 2014 en Siglos XIX y XX
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¿Cómo contar en mil palabras la guerra de Secesión en el frente del Oeste? Ahí va el reto.

Poco antes del histórico disparo en Fuerte Sumter se constituyeron los Estados Confederados de América. Su frontera septentrional era incierta, sin embargo, al este limitaba con el océano Atlántico y al sur tenía frontera con México y el golfo del mismo nombre. El gobierno confederado reclamaba cerca dos millones de kilómetros cuadrados y una población de casi diez, de los cuales más de tres eran esclavos, según el censo de 1860.

Sus dirigentes estaban convencidos de protagonizar una segunda revolución, de vivir en el lugar de América en el que todavía era posible dar un paso más allá. Diseñaron su nueva bandera y colocaron en su escudo al mismo padre que también tenían sus vecinos del Norte, George Washington, con el lema Deo vindice, es decir, “Con dios, nuestro vindicador”.

Esa frontera incierta del Oeste devino en un quebradero de cabeza para los estrategas de la Confederación y de la Unión, debido principalmente a la inexistencia de unos límites definidos, con el dominio británico del Canadá o con su vecino México en el sur.

Y justo en el centro se extendían unas tierras pavorosamente inmensas donde pastoreaban manadas de bisontes y tribus de indios belicosos. ¿A quién pertenecía aquel territorio? ¿Al Sur, al Norte? Además, en la costa del Pacífico ya se había constituido el estado de California, que se mantuvo en una neutralidad precaria durante la guerra.

Con la ruptura de las hostilidades, la frontera del Oeste se convirtió en el denominado Teatro de Operaciones del Oeste, menor para los políticos y militares en ese momento, pero vital en el desarrollo del conflicto desde nuestra perspectiva histórica. Sin embargo, hubo una excepción: el veterano general Winfield Scott, comandante en jefe de la Unión hasta noviembre de 1861. Propuso el llamado Plan Anaconda, que no era otra cosa que ahogar la economía sureña estableciendo un bloqueo a las costas atlánticas de la joven nación, más el curso de los grandes ríos Tennessee y Misisipi, pues su control abriría la puerta a las ricas ciudades del Viejo Sur.

Tardó en ponerse en práctica, pues era crucial el control de los grandes ríos. La costa atlántica, sin embargo, sufrió un asfixiante cerco debido a la superioridad de la escuadra de la Unión. Pero, ¿quién era capaz de plantear una ofensiva en aquellos territorios tan alejados de las rutas de comunicación habituales al otro lado de los montes Apalaches?

Las campañas comenzaron pronto, pero no dejaron de ser escaramuzas, como las que afectaron a los estados fronterizos de Misuri y Kentucky, la primera barrera del Sur. Más tarde, al segundo año de la guerra, le tocó el turno a las cabeceras del Cumberland y del Tennessee, en un movimiento orquestado de norte a sur con más soldados y equipos.

Empero, la acción más destacada y vital paras las aspiraciones federales sucedió en la desembocadura del Misisipi, con la toma de la ciudad de Nueva Orleáns sin necesidad de plantar batalla debido a la pericia de David Farragut. No es extraño que se convirtiera en el primer contraalmirante, el primer vicealmirante y el primer almirante de la Marina estadounidense.

La Confederación se quedó sin salida al mar, pero todavía controlaba el curso del gran padre —en palabras de Abraham Lincoln— desde la fortaleza de Vicksburg. Entonces, la maquinaria federal se puso en marcha. Se alistaron regimientos y se les instruyó en una campaña que iba a ser lenta y muy sangrienta. No es extraño que los generales más laureados de la Unión se forjaran en el Teatro de Operaciones del Oeste. Sus nombres serán conocidos por los lectores: Ulises S. Grant, William T. Sherman o George H. Thomas.

El signo de la guerra cambió en el verano de 1863, cuando Robert E. Lee se tuvo que replegar en su segunda invasión del Norte y cayó la ciudad de Vicksburg. Ahora sí, los estrategas de la Unión comprendieron la importancia estratégica del, si me lo permiten, frente ruso de la guerra de Secesión. Formidables ejércitos federales pertrechados, adiestrados y, lo más importante, en su mayoría experimentados soldados en los campos de batalla se abalanzaron contra las valerosas, pero insuficientes, fuerzas confederadas.

De esta forma, se sucedieron las terribles campañas de Tullhoma, Chickamauga y Chattanooga, entre junio y diciembre de 1863. Posteriormente la feroz ofensiva en Atlanta, la llamada puerta del Sur, entre mayo y septiembre de 1864. Lo mismo ocurrió en Nashville, y la no menos famosa marcha hacia el mar del general William T. Sherman, que dividió en dos a la Confederación y le dio su golpe de gracia en diciembre de 1864. Como remate, la ofensiva final de las Carolinas, ya en febrero y abril de 1865.

La realidad fue más prosaica en los campos de batalla, y por varios motivos. Nunca hubo una línea clara de frente, por lo que eran frecuentes las razias —sobre todo de los jinetes de la Confederación en acciones guerrilleras— y los encuentros entre tropas regulares en la mayoría de las ocasiones eran fortuitos, y donde dictaba la geografía (véase la épica lucha en las Lookout Mountains durante la batalla de Chickamauga). Las líneas de aprovisionamiento en la retaguardia se alejaban peligrosamente del frente, por lo que había que subsistir de lo que daba la tierra (¿guerra total?).

Los oficiales se movían en muchas ocasiones a ciegas, pues los mapas no eran fiables, así que bajaban de sus monturas y preguntaban a los buenos ciudadanos por caminos, ríos, senderos o cerros que había que bordear. Otro fenómeno lo constituía la llamada sombra acústica, esto es, la imprecisión para localizar determinados sonidos en la línea de batalla, es decir, las cargas de artillería o fusilería amigas o enemigas, lo que desconcertaba a la oficialidad.

Y la normativa sobre uniformidad fue bastante laxa, por cierto. Oficiales como el general confederado John C. Breckinridge lucían camisa civil con sombrero de ala ancha, y se popularizaron así los chamelos entre la tropa unionista. Me quedo sin palabras.


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Los capítulos de la Historia están plagados de héroes y antihéroes, de reyes y villanos, de conservadores y revolucionarios, de perdedores y ganadores, de desaires y tragedias, de sucesos extraordinarios y nimios, de avances y retrocesos… en definitiva, el gran libro de la vida, al que evidentemente siempre le quedan algunos capítulos por escribir. De ahí que publicara recientemente La guerra de Secesión, la guerra entre el Norte y el Sur, que tiene más de serial televisivo de la HBO que de un sangriento conflicto. Échenle un vistazo a mi web www.fernandomartinezhernandez.com

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  1. gravatar Fernando Martínez Responder
    noviembre 6th, 2014

    Gracias por su comentario. Como dice, fue una constante en la guerra, del frente más lejano llegaron los generales más decididos y un carácter bélico a prueba de bombas, justo lo que quería el presidente Abraham Lincoln.

  2. gravatar Aitor Pérez Blázquez Responder
    junio 9th, 2014

    Buenas tardes:

    Reto superado. Una muy buena sintesis del desarrollo de la guerra. La caida de Vickburg a la par de la derrota de Gettisburg dej´ a la Confederación herida de muerte. Es curioso, pero los generales de la Unión más importantes y determinantes, frente a la inoperancia de MacClellan, Burnside y compañia, vinieron de este teatro de operaciones.

    Un saludo.