Reescribir el ‘Quijote’

Por . 20 junio, 2014 en Reseñas
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Decía Jorge Luis Borges que la imprenta es un invento abominable, dado que multiplica el número de los libros. Sobre todo el número de los libros prescindibles.

Por su parte, Michel Foucault indicaba que el “autor” −la idea de autoría, la concepción según la cual los libros tienen un responsable que firma− es sólo un hecho reciente. Durante siglos, numerosos textos circularon anónimamente, por temor a la censura o por considerar el propio “autor” que era innecesaria su rúbrica. Sobre esas cosas, Roger Chartier ha escrito reflexiones cimeras.

Desde que la autoría se ha impuesto, desde que los derechos legales se preservan (más o menos), todo papel, por banal que pueda ser, va firmado. Nos va la gratificación en ello. Así se hacen, incluso, las ‘Obras Completas’ de los escritores más afamados: si un resguardo de lavandería tiene en el dorso una anotación, un aforismo, un pensamiento escueto, sus albaceas literarios o sus exégetas juzgarán necesario incluir este desperdicio en la serie. Pero se incluirá el texto, no la nota de lavandería.

Con dicha operación, las ‘Obras Completas’ depuran el aforismo, el pensamiento, lo descontextualizan y lo pegan a otros textos como si de un papel neutro se tratara. A lo mejor, precisamente, porque ya vino aseado de la lavandería. ¿Valía la pena editarlo?

En ‘Pierre Menard, autor del Quijote’ (1939), Jorge Luis Borges nos cuenta una historia insólita: la de un escritor simbolista francés que se propuso volver a escribir la obra de Cervantes. “No quería componer otro Quijote –lo cual es fácil−, sino ‘el Quijote’…” Se lo propuso a comienzos del XX cuando habían transcurrido varios siglos desde que en 1605 apareciera la primera parte de la obra.

 

“Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran –palabra por palabra y línea por línea− con las de Miguel de Cervantes”.

 

Enumera Borges la obra de Pierre Menard, este oscuro autor, y detalla así un repertorio de textos variados y de escaso relieve a los que el argentino se refiere con indudable ironía y en algún caso desdén: son, en efecto, textos que no le habrían concedido gran fama y relumbre a su autor, textos que quizá no valiera la pena firmar, pero que, seguro, le habrían servido como adiestramiento previo para acometer con garantías y solvencia su improbable empresa.

Con ello, Borges tal vez subrayaba de otro modo esta certidumbre sobre la imprenta: la de que la diabólica invención de Gutenberg no sería más que la máquina que nos ahoga con papel impreso, con miles, qué digo miles, con millones de palabras excedentes. Pero, al mismo tiempo, con el caso de Menard, el argentino nos mostraba qué significa leer: sobre el clásico se adosan interpretaciones parasitarias o creativas.

Las palabras que componen el ‘Quijote’ de Menard son, dice Borges, aparentemente las mismas, pero no es así: sobre Cervantes no está la experiencia del escritor simbolista y éste, por su parte, debió recrear lo que se nos antoja igual en un espacio cultural distinto, con un horizonte de expectativas diferente. Los contextos varían, en definitiva.

Por eso, el ‘Quijote’ de Menard “es casi infinitamente más rico”, añade Borges. “Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo –por consiguiente, menos interesante– que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, través de las experiencias de Pierre Menard”. En efecto, ésa es la improbable, la heroica, la inútil, la fallida empresa de este escritor, rezagado o adelantado, no sé.

Pero hay más. Para los lectores de Menard, de la obra anterior de Menard, la experiencia de leer su ‘Quijote’ revela datos sorprendentes: detrás de la palabra homónima, con términos “verbalmente idénticos”, detrás de la frase que creemos calcada de Cervantes, se detecta el y al francés e, incluso, en aquellos capítulos de la magna obra que nunca llegó a rescribir “reconocí”, dice Borges con un tono paranoico, “el estilo de nuestro amigo”.

Cuando así se hace se comete un anacronismo, claro, porque pensamos en el Menard del Novecientos cuando leemos prosa del siglo XVII. En fin, un lío. Pero es también una experiencia fascinante: la de leer sin cronología, con la técnica de la incoherencia deliberada y algo demente, con el procedimiento de la atribución arbitraria, la de leer de manera aventurera.

Como se sabe, este texto de Borges es una paradoja de principio a fin, pues tiene la forma de una ‘nota’ docta de crítica filológica en la que, de manera irónica, paródica, se hace burla de las erudiciones de las que se valen los expertos para añadir interpretación tras interpretación. Es, en efecto, un cuento que simula ser un ensayo y que, de manera oblicua, escarnece el ensayo, precisamente el género al que pertenecería este texto.

Lo más gracioso de todo es que esta burla es, tal vez, el mejor homenaje que podríamos hacer al ‘Quijote’, transcurrido ya el Cuarto Centenario, justo en un momento en que los expertos nos fatigaron con interpretaciones eruditas e inacabables.

Sin embargo, lo peor que me podría ocurrir a mí es que esto que digo no fuera más que una repetición, al modo posmoderno. Pero no es tan malo lo que me sucede. Lo mío es una repetición, sí, vaya si lo es, lo que digo no es más que una reiteración de otra reiteración de otra reiteración…, una cita paródica (¿y paranoica?) del narrador argentino que otros, antes que yo, ya hicieron.

No importa, la desenvoltura de repetir me la enseñó Borges. Perdón: Pierre Menard.


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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