Esta es una historia de la Guerra Civil (II)

Por . 14 julio, 2014 en Siglos XIX y XX
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Continúa de Esta es una historia de la Guerra Civil (primera parte)

 

1. El inicio del conflicto. Comienza la guerra de los mil días

Durante la segunda mitad del mes de julio de 1936, España se inundó de zozobras, audacias, resignaciones y expectativas.

 

Una sublevación que empieza en el norte de África

Todo comenzó en el protectorado español en Marruecos. En África. Después de que el levantamiento contra el Gobierno constitucional arrancara el 17 de julio en la ciudad norteafricana de Melilla y las unidades militares sublevadas se hicieran de inmediato asimismo con Tetuán y Ceuta, el general Francisco Franco partió al día siguiente desde Canarias hacia Marruecos en el tantas veces mencionado y ya tan cinematográfico Dragon Rapide. Ese día, el emblemático 18 de julio que sería la fiesta por antonomasia del franquismo, se sublevaron con mayor o menor éxito las regiones militares peninsulares.

Pero lo previsto por los sediciosos no funcionó y la sublevación fracasó en donde la confabulación esperaba triunfar, en las principales ciudades españolas. Y, además, el día 20 de ese mes de julio, moría en su exilio portugués en un accidente de aviación el general José Sanjurjo, jefe de los sublevados, cuando se disponía a ponerse al frente de las operaciones.

El plan previo de los conjurados venía tramándose casi desde el mismo día de la proclamación de la Segunda República, cinco años antes, pero no es hasta la primavera de este año 1936 que se aceleran los pasos para llevarlo a cabo. Coordinados por el general Emilio Mola, numerosos altos mandos militares se van uniendo a la sedición y se rodean de los promotores ideológicos de la misma, conspiradores ellos mismos, sobre todo monárquicos borbónicos o carlistas y también seguidores de los variopintos grupos parafascistas surgidos a imitación de las corrientes en alza en la Europa del momento pero con el tinte castizo propio de la extrema derecha española, sin olvidar a numerosos simpatizantes y militantes de partidos menos comprometidos con las nuevas formas del autoritarismo occidental.

Detengámonos brevemente. Franco ha llegado desde Canarias al norte de África, al epicentro de los alzados. Pero, ¿por qué venía Franco desde Canarias hasta Marruecos? ¿Qué hacía en aquel archipiélago?

Retrocedamos un poco en el tiempo. Franco había sido destinado a la comandancia general de Canarias por el Gobierno presidido por Manuel Azaña, un mes después del triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936. Allí, en las islas atlánticas, donde admitió sentirse confinado, se mantuvo indeciso respecto a los compañeros de armas que le animaban a unirse a la conspiración que pretendía derrocar al régimen republicano por medio de un golpe de Estado. Indeciso casi hasta última hora. De hecho, se sabe que Franco no había participado en ninguna de las primeras confabulaciones antirrepublicanas, ni siquiera en el intento de 1932, en el que fracasó su ex jefe directo, el general José Sanjurjo, y al cual negó explícitamente su participación cuando se pidió su implicación en la sublevación. Pero indeciso no quiere decir contrario, sino más bien partidario mas no dispuesto a llevarlo a cabo de inmediato; de hecho se puede decir que tras varias reuniones mantenidas en Madrid antes de partir desde Cádiz hasta su destino tinerfeño, Franco se involucró en la preparación de un golpe militar para el momento en que fuera irremediable llevarlo a cabo, aunque eso sí, carente del optimismo de los más conspicuos sediciosos. Mola, Manuel Goded, Joaquín Fanjul, pero también otros generales como Alfredo Kindelán, Ángel Rodríguez del Barrio o Andrés Saliquet, José Enrique Varela y Luis Orgaz, se encontraban entre los confabulados.

Se puede decir que, pese a que el general Franco tuvo escasa incidencia en la preparación conspiratoria, su participación en la fase final de la confabulación acabó por ser sencillamente decisiva. Aunque habitualmente se ha tenido la creencia de que, a raíz del asesinato del dirigente de extrema derecha y ex ministro primorriverista, José Calvo Sotelo, la misma mañana en que conoció el luctuoso acontecimiento, el 13 de julio del año 36, Franco se comprometió por completo con la revuelta e incluso pasó a proponer que se produjera cuanto antes; el historiador español Ángel Viñas ha demostrado que el general se había sumado ya a la conspiración activamente hacia mitad de junio de 1936 y desarrollado su propia participación en la misma, lo que implicaba hacerse con el control previo de Canarias y la eliminación del comandante militar de Las Palmas, el general Amado Balmes. En cualquier caso, el hispanista estadounidense Stanley G. Payne ha afirmado, en una de sus monografías dedicadas al franquismo, que Francisco Franco “se decidió a participar en la revuelta cuando llegó a la conclusión de que era más peligroso no hacerlo”.

En cualquier caso, el general llegó a Tetuán el 19 de julio con el objetivo cumplido de tomar el mando del Ejército de África, la más profesional fuerza de choque con que se podía contar en aquellos momentos.

 

El golpe se transforma en guerra civil

A medida que pasaban los días, el país iba quedando fracturado en dos zonas bajo el control de cada uno de los dos bandos, pues de bandos podemos hablar ya propiamente. El éxito o el fracaso de la rebelión era lo que medía la asignación territorial a una o a otra zona. Se ha hecho notar en ocasiones que de alguna manera lo que resultaba en este primer mapa del conflicto era una cierta reproducción del dibujo salido tras las elecciones del mes de febrero. Salvo excepciones, como en el caso de lo que entonces era la provincia de Santander, donde tras nueve días de tira y afloja la región quedó en el lado prorrepublicano, las zonas en las que habían logrado la victoria las candidaturas del Frente Popular evitaron caer en manos de los rebeldes y, por el contario, aquellas otras donde las derechas se habían impuesto pasaron con armas y bagajes a incrementar el territorio de los golpistas.

En efecto, ni el Gobierno reconstituido a trompicones ni los sediciosos habían resultado vencedores en ese primer asalto. Nadie dominaba el país por completo. Se avecinaba una guerra de duración impredecible dada la situación de cada contendiente. Una guerra civil que desde los dos bandos se tacharía en ocasiones de lucha contra un invasor, según se refiriera cada uno a la ayuda exterior que el enemigo recibía de sus aliados internacionales.

Si seguimos la división territorial actual, el régimen provincial imperante y las comunidades autónomas salidas de la Constitución de 1978, las áreas de la España de aquellos días quedaron como sigue.

Además del territorio bajo soberanía española en el norte de África, los sublevados dominaban a finales de julio los municipios de lo que hoy son las comunidades autónomas de Galicia, Navarra, La Rioja e Islas Canarias y una buena parte de Castilla y León; en Euskadi, la provincia de Álava; el occidente de Aragón; Islas Baleares, a excepción de la isla de Menorca; en Extremadura, la provincia de Cáceres casi en su totalidad; Oviedo en Asturias; y, por último, algunas zonas de Andalucía, entre ellas la ciudad de Sevilla.

Antes de continuar, es de rigor hacer una precisión terminológica.

Dado que los rebeldes y los historiadores favorables a sus actos llamaron nacional a su bando y a la zona conquistada por sus tropas, conviene dejar claro que en semejante adjetivo no será usado aquí por cuestiones en absoluto ideológicas, más bien profesionales. Nacionales eran los dos bandos. Y de hecho es curioso que quienes más ayuda internacional recibieran se adjudicasen, llevados por su ideario nacionalista, claro, ese apelativo.

Dicho lo cual; de su lado, el nuevo Gobierno constitucional presidido por el azañista José Giral o, mejor dicho, sus aliados frentepopulistas levantados en armas contra los sediciosos –que se valieron más bien de la impericia de estos últimos a la hora de llevar a cabo la sublevación en según qué zonas– habían logrado conservar las que habrían de ser su buque insignia, Madrid, Cataluña y la Comunidad Valenciana; casi todas las localidades de Andalucía; Euskadi, salvo la citada Álava; Asturias, a excepción de su asimismo mentada capital, Oviedo, Menorca en Islas Baleares; y todas las tierras de Cantabria, Castilla-La Mancha y Región de Murcia, así como parte de Cáceres y la provincia de Badajoz, en Extremadura.

 

En definitiva, en medio de una profunda crisis social y política, y de una exacerbada polarización de la sociedad, tiene lugar, contra el deteriorado orden constitucional instituido durante la Segunda República española, una sublevación militar en Melilla, plaza norteafricana perteneciente al protectorado español de Marruecos, donde se declara el estado de guerra. Es el 17 de julio del año 1936. El que se dará en llamar Alzamiento nacional se adelanta sobre lo previsto y su fracaso tendrá como resultado una guerra civil, la Guerra Civil española.

El día 18 de ese mes, la sublevación triunfa en todo el protectorado. Comienza a extenderse: así, llega a Canarias, donde se subleva el general Francisco Franco; Andalucía, con el general Gonzalo Queipo de Llano al frente de los rebeldes sevillanos; Valladolid; Burgos; Zaragoza… Dimite el jefe del Gobierno, Santiago Casares Quiroga. Intenta formar un nuevo ejecutivo el republicano Diego Martínez Barrio. Ante la situación, el sindicato anarquista Confederación Nacional del Trabajo (CNT) promueve la huelga general.

Un día más tarde, Barcelona se añade a la sublevación, también Vitoria, Oviedo (donde el coronel Antonio Aranda logrará hacer triunfar la rebelión desde la apariencia de fidelidad a la legalidad en medio de una Asturias fiel a la República), Cáceres… y la rebelión se generaliza por buena parte del país. Franco se pone al frente del principal cuerpo de Ejército, el del norte de África. El presidente de la República, Manuel Azaña, consigue por fin la formación de un nuevo Gobierno, encabezado por otro republicano, José Giral. El nuevo ejecutivo ordena la entrega de armas a las organizaciones sindicales y a los militantes de izquierda.

La sublevación fracasa en Madrid y en Barcelona el 20, pero triunfa en Galicia. Fallece ese mismo día en accidente de aviación el general José Sanjurjo, a quien los rebeldes habían designado jefe del llamado Alzamiento. Lo que comenzó como un pronunciamiento al uso se transforma, al no obtener su objetivo de inmediatez, en una auténtica guerra civil. Al mismo tiempo, el desplome del Estado a raíz de los acontecimientos se convierte, en la zona leal a las autoridades republicanas, en el comienzo de la revolución que los sublevados venían a impedir.

 

Continúa en Esta es una historia de la Guerra Civil (tercera parte)


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José Luis Ibáñez Salas nació en 1963 en Madrid. Se licenció en Filosofía y Letras y se especializó en Historia Moderna y Contemporánea. Editor e historiador, fue el responsable del área de Historia de la Enciclopedia multimedia Encarta, ha dirigido la colección Breve Historia para Nowtilus y ahora es promotor de nuevos proyectos en Sílex ediciones. Asimismo, dirige la revista digital Anatomía de la Historia y es editor de Santillana Educación y socio fundador de Punto de Vista Editores. Su último libro en Sílex ediciones es El franquismo.

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  1. gravatar kenny sang Responder
    julio 3rd, 2015

    Great task composing Esta es una historia de la Guerra
    Civil (segunda parte) | Anatomía de la Historia.