Sin noticias de Nutka

Por . 9 julio, 2014 en Edad Moderna
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José Mariano Mociño (1757-1820) fue uno de esos ilustrados de la América hispana que, precisamente por estar alejado de la metrópoli, pudo llevar a cabo un proyecto personal y político acorde con las ideas ilustradas del momento.

Su pensamiento, forjado en la Nueva España de la segunda mitad del siglo XVIII, es una vuelta de tuerca que va mucho más allá de lo que podría encontrarse en las sociedades económicas y de amigos del país de la España de Carlos IV. Uniendo conocimiento teórico con práctica empírica, Mociño se embarcó en uno de los proyectos más apasionantes de la historia científica americana, llegando a finales de la centuria al extremo más septentrional del imperio colonial español: San Lorenzo de Nutka, hoy Vancouver.

El relato de lo sucedido en los meses que pasó allí es la materia prima de este artículo, un texto lleno de elementos que nos dan la clave para un tipo específico de pensamiento ilustrado: el vinculado con el cristianismo católico.

 

Introducción

Una de las ideas tradicionales asociadas a las ideas ilustradas es que éstas surgieron en Francia e Inglaterra, centro desde el cual se irradiaron conceptos en todas direcciones con mayor o menor éxito. De ese modo surge la explicación de que reinos atrasados como España habían quedado al margen de ese sistema de pensamiento cultural y económico.

Lo cierto es que, al igual que otros sistemas de relaciones sociales y de poder como el feudalismo o el capitalismo, la Ilustración no tuvo un centro definido. Simplemente existieron diferentes versiones de lo que, de hecho, no era una única forma de pensamiento ilustrado.

En España tendríamos una Ilustración muy influenciada por la literatura francesa y  por las ideas económicas inglesas. Al mismo tiempo, esas corrientes tuvieron que chocar con un catolicismo aparentemente monolítico. Es lo que podríamos llamar una versión cristiana o, para ser más exactos, católica de la Ilustración.

Los territorios americanos de la Corona española no fueron impermeables a estas ideas. Al contrario, casos como el del mexicano Francisco Javier Clavijero o el del quiteño Eugenio de Santa Cruz y Espejo nos muestran una Ilustración de Indias parecida a la española, aunque en muchos casos independiente por su propia recepción de influencias directas europeas y estadounidenses.

En este artículo propongo exponer a uno de esos ilustrados americanos: José Mariano Mociño y Losada. Utilizaré una de sus obras, Noticias de Nutka, escrita en los límites geográficos del imperio colonial español y casi en los límites cronológicos de ese mismo imperio. Ese límite es el que me servirá de contexto histórico en la primera parte del estudio.

A continuación haré una presentación del científico novohispano y del viaje que realizó a San Lorenzo de Nutka (actual Vancouver). La parte principal del texto consistirá en analizar de qué forma las ideas ilustradas se plasman en las notas que escribió en 1793 sobre su estancia en el enclave español más septentrional.

 

Los límites de la conquista

El siglo XVIII se inaugura en la península Ibérica con una nueva dinastía en el trono español. Después de una guerra de doce años, Felipe V afianzó su posición en España por encima del pretendiente al trono Carlos de Austria.

La nueva familia reinante —los Borbón— se convertiría en la responsable de un conjunto de reformas que alterarían el mapa político americano. Es, de hecho, el momento en el que los territorios de Indias son considerados colonias. La afluencia de miles de peninsulares, con las reformas borbónicas bajo el brazo, es lo que me hace pensar en una reconquista de América. Una estrategia política que provocó la reacción de miles de criollos del Nuevo Mundo.

Es la época en la que el regalismo llegó al extremo de expulsar a los jesuitas para poder debilitar a la Iglesia, así como el fin del sistema de reparto de comercio. En virtud de éste, los funcionarios reales recibían su salario de la producción extra de los indígenas, la cual servía a los comerciantes para exportar. Con la Ordenanza de Intendentes todo cambió. Ésta llegó en 1784 en Perú y en 1786 en México. Se acabó con los repartos, y los alcaldes mayores y corregidores fueron reemplazados por intendentes.

El siglo XVIII es también el siglo de la irrupción de Inglaterra y Rusia en el continente americano, especialmente en su parte norte. Esta expansión se produjo a costa de las posesiones españolas. En el caso inglés, la pugna se desarrollará principalmente en el Caribe, perdiendo los españoles el control de La Habana y la Florida durante algunos años.

Irónicamente, a raíz de la ayuda prestada a los rebeldes de las trece colonias inglesas, los territorios españoles del resto de Norteamérica tuvieron que soportar no sólo la tradicional presión por parte de las posesiones inglesas restantes, sino también por parte de los recién creados Estados Unidos de América.

El caso ruso responde a la continuación de la política de expansión iniciada en los primeras décadas del siglo XVIII por el zar Pedro I. Siberia empezaría a ser colonizada y, con el tiempo, el Pacífico americano fue objetivo de múltiples factorías rusas en busca de pieles con las que poder comerciar. Esto llevó a los rusos a unirse a la competencia que mantenían en la zona estadounidenses, ingleses y españoles. Además, representaban una amenaza para el territorio novohispano de la Alta California.

En este estado de cosas, se empezará a eliminar la vaguedad de los espacios fronterizos, creando un vasto proyecto de fundaciones urbanas de magnitud similar al llevado a cabo en el siglo XVI. Esos nuevos núcleos urbanos se instalaron por todo Texas, Florida, Antillas, Chile, Patagonia y el mundo hispanoportugués; especialmente en el noroeste de México, donde tendrán que instalarse presidios para luchar contra los indígenas resistentes a ese proceso urbanístico español.

La creación de la frontera no fue algo característico del espacio colonial. No era más que el reflejo de lo que por esos mismos años se estaba produciendo en la península Ibérica. El proteccionismo económico borbón, la lucha contra el contrabando y el cordón sanitario impuesto ante cualquier tipo de contagio de nuevas ideas políticas y sociales promovieron la creación de las fronteras político-militares que caracterizarán a los estados nación.

En América, el nuevo papel de la ciudad y el nuevo papel de la frontera serán básicos para entender algunos de los elementos propios de la cultura política hispanoamericana a medida que las nuevas repúblicas vayan sustituyendo a los territorios coloniales.

Las nuevas ciudades son una excelente promoción para los ilustrados que quieren una mejora socio-económica para la población española. La ciudad surge así como un elemento de desarrollo, un espacio en el que llevar a cabo una verdadera política ilustrada por parte de la Secretaría Universal de Indias.

Se sigue la tradición fundacional del siglo XVI, pero además se atiende la higiene, la seguridad ciudadana y la ocupación de los vecinos. Higiene, seguridad y el juego de contrarios entre ociosidad y laboriosidad, algo muy a tener en cuenta en las nuevas descripciones que de los grupos indígenas harán los europeos.

Esa política de corte ilustrado se desarrolla en mitad del doble impacto que supone para Hispanoamérica la política gubernamental española y las cambiantes condiciones americanas producidas por el crecimiento demográfico, el desarrollo agrícola, el aumento del comercio transatlántico y la bonanza minera. Si nos referimos al territorio mexicano, que es el que nos ocupa, la producción de plata superó a la producción peruana entre 1750 y 1810.

La versión española de la Ilustración supuso una reducción de su contenido ideológico, dejándola sólo como un programa de modernización dentro del orden establecido. En América significó mejorar los instrumentos de control y aumentar la riqueza imperial.

Irónicamente, la economía colonial empezaba a depender de una metrópoli subdesarrollada, por eso se iniciaron un conjunto de reformas entre inspiradas y pragmáticas. En la fisiocracia se buscó la primacía de la agricultura, mientras el mercantilismo justificaba una explotación más eficaz de los recursos coloniales. El liberalismo pedía levantar las restricciones al comercio y la industria.

Para ello se necesitó hacer inventario del imperio.

 

José Mariano Mociño y la Real Expedición Científica de la Nueva España

Mociño nace el año 1757 en Temascaltepec, un pueblo minero cercano a la capital del virreinato. Hijo de criollos dedicados al negocio de recuas, un tío lo llevó a los diecisiete años al Real y Pontificio Seminario Tridentino de la Ciudad de México.

En vísperas de ser ordenado sacerdote se casa con la criada de su tío, María Rita Rivera. Juntos van a Oaxaca, donde enseñará Filosofía, Historia, Teología y Moral. A los veintisiete años abandona pueblo y esposa para ir a la Universidad de la Ciudad de México. Y a la edad de treinta años obtiene el bachiller en Medicina con Nemine discrepante, una calificación que no había dado la universidad en dos décadas.

La esposa había iniciado un juicio por abandono, y el propio obispo de Oaxaca decía de Mociño que era “un descamisado sin abrigo y sin otro arrimo que su gran talento”, lo cual me lleva a pensar que Mociño había entrado en una dinámica del saber como principal forma de vida, motivación que compartirá con Alexander von Humboldt y que ya podemos rastrear en Juana Inés de la Cruz.

Cuando Mociño finalizaba sus estudios de Medicina en 1787 encontramos en México el Jardín Botánico de la Nueva España, la Cátedra de Botánica, los primeros gabinetes de historia natural —luego llamados museos—, el Colegio de Minería y la Real Academia de las Bellas Artes de San Carlos.

Este intenso ambiente ilustrado, unido a su insaciable voluntad de saber, experimentar y clasificar, probablemente impulsaron a Mociño a enrolarse en la Real Expedición Científica de la Nueva España, iniciada ese mismo año 1787. Trece años después de recorrer media América, él sería el único superviviente. Muere en Barcelona el 19 de mayo de 1820 después de haber pasado unos años en Francia acusado de afrancesado.

 

California y San Lorenzo de Nutka

La exploración española de la costa noroccidental de América se había iniciado en 1542. En cuanto aquellas expediciones terminaron a principios del siglo XVII, fueron otros los barcos que empezaron a merodear esas costas, principalmente rusos, ingleses y portugueses.

En el año 1774 España llega al límite septentrional de su imperio colonial americano. El buque español El Santiago arriba a lo que hoy en día es la isla de Vancouver, a la cual bautizará con el nombre de San Lorenzo de Nutka, nombre escogido a causa de la confusión de los españoles respecto a cómo los indígenas llamaban a su tierra. Con ellos intercambiaron baratijas por pieles de nutria.

Cuatro años más tarde llegaba el capitán James Cook; a partir de ese momento españoles, ingleses y rusos empezaron a competir por el mercado de pieles, muy beneficioso en China y Filipinas, al cual pronto se añadirían mercantes de las excolonias inglesas en Norteamérica.

A causa de un conflicto diplomático por el enclave de Nutka, ingleses y españoles enviaron oficiales para entrevistarse: George Vancouver y Juan Francisco de la Bodega y Quadra. Es en ese momento que el virrey de México Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla aprovecha para unir a Bodega y Quadra una expedición naturalista relámpago: desde San Blas zarparán el doctor José María Maldonado, el dibujante Atanasio Echeverría y José Mariano Mociño, llegando a Nutka el 29 de abril de 1792.

Con los más de cuatro meses que pasaron en aquel lugar, Mociño elaboró en 1793 un manuscrito por triplicado antes de zarpar para España. Las primeras referencias de la obra se encuentran en la edición madrileña de 1802 Relación del viaje hecho por las goletas Sutil y Mexicana en el año de 1792 (título más conocido como Noticias de Nutka).

También sabemos que el barón de Humboldt utilizó el manuscrito para documentarse y, entre 1803 y 1804 la Gaceta de Guatemala publicó el informe sin el diccionario español-nutka que el propio Mociño compuso. No es hasta 1913 que Alberto Carreño edita la primera edición a partir del descubrimiento del manuscrito que había pertenecido al botánico mexicano Cervantes, de la que sólo se imprimieron cien ejemplares.

Existe una traducción al inglés hecha en 1970 por Iris Wilson y la edición definitiva es la de 1998 de la Universidad Autónoma de México, realizada a partir de la de 1913 de Carreño más las láminas que se habían encontrado recientemente en el Archivo Histórico del Ministerio de Relaciones Exteriores de España.

 

Un ilustrado mexicano entre nativos norteamericanos

Noticias de Nutka no es un relato perfectamente ordenado de acontecimientos: los diferentes personajes aparecen de vez en cuando, sin presentarlos debidamente para entender su importancia; la cronología no se presenta de forma correlativa y, en general, cuesta entender en qué momento ocurren algunos hechos. También llama la atención su falta de numeración de individuos y cosas que ve.

Sólo en un momento de la obra se nos habla de la cantidad de personas que viven en Nutka: unas dos mil. Los capítulos principales son en realidad los cinco últimos, que narran desde la llegada de los españoles en 1774 hasta la de Vancouver en 1792. Dejando a un lado la pericia narrativa de Mociño y Losada, Noticias de Nutka contiene las peculiaridades de un ilustrado cristiano.

 

La buena educación (y la mala)

Los manuales de urbanidad que circulaban por Nueva España ya desde el siglo XVI iban dirigidos a crear el joven cristiano a partir de las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y las cuatro cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza), propias de la educación romana.

En El niño instruido por la divina palabra, de lectura obligada por Carlos IV en las escuelas de Indias, se señalaba que siempre el inferior debía guardar cierta distancia ante el superior, “ya caminando unos pasos más atrás o ya ocupando un lugar más bajo y retirado”.

Todo esto estaba en la mente de José Mariano Mociño cuando observa por primera vez a los nutkenses: le llama la atención no encontrar gente obesa entre ellos, aunque proclama su superioridad al declarar que en el mirar “advertí en muchos una vivacidad tan patética que por ella sola pude, sin mucha equivocación, adivinar varios de sus pensamientos”. La higiene que un novohispano de la segunda mitad del siglo XVIII debía asumir fue puesta a prueba en Nutka, con sus casas llenas de “miseria, el desorden, el abandono y la suciedad”. Todo provocaba “un asco insoportable a quien no se haya criado en medio de tanta hediondez”.

No comer cosas asquerosas era parte de la urbanidad que había que mantener. Y, aunque Mociño lamenta que a causa del contacto con los europeos los nutkenses se han entregado con demasía al vino, al aguardiente y a la cerveza, se vanagloria de que a partir de esa comunicación también conocen el pan, el chocolate, el azúcar, las confituras, el té y el café. Lamentablemente, no se acostumbran a las especias, el queso o el aceite de oliva, pero sí a los frijoles, a los cuales llaman tais-frijoles o “plato de reyes”.

La peculiar dieta de los nutkenses, sin sal ni otro tipo de condimento, también se veía criticada por los rumores de españoles y bostoneses que apuntaban a la antropofagia entre los indígenas. La búsqueda de actitudes caníbales entre los indígenas del Nuevo Mundo fue una de las primeras prácticas de los europeos. Como vemos, siglos después la actitud no ha desaparecido; es más, la obsesión por esta práctica alimenticia horrible a ojos de un europeo se esparcirá por África y Oceanía.

De hecho, Mociño nunca llegó a fiarse del todo de las negativas de los nativos, los cuales aseguraban que eso sólo lo habían practicado en el pasado algunos guerreros. Éste es un elemento de vital importancia para entender la superioridad que en todo momento muestra el científico novohispano.

El otro “grado de civilización a que esta tribu llega” lo mide a partir de su escritura y de sus pinturas, que él juzga tosquísimas y limitadas por la propia isla. El interés por las lenguas de los nativos americanos —o de cualquier otro continente— no respondía a una neutra tradición filológica, sino a lo que considero como una de las partes fundamentales del programa intelectual ilustrado: la búsqueda de los orígenes.

Pocos años antes del viaje de Mociño, Francisco Ruiz Cañete había publicado “El origen de los mejicanos” en la Gaceta de Literatura. Ruiz Cañete veía a los indios de Nutka como una rama nahuatlata para demostrar su idea de la migración mexicana desde el noroeste del continente americano. También veía parecidos artísticos en las láminas que aparecían en la obra de los viajes del capitán Cook de 1784. Mociño se limitó a elaborar un diccionario para futuras investigaciones, admitiendo que tiene “tan olvidado el mexicano que no me hallo capaz de buscar su analogía con éste de un modo que pueda ser instructivo”. Años más tarde, el barón de Humboldt dirá que el parecido entre las dos lenguas es exagerado.

El tema de los orígenes es vital para entender la idea de progreso entre los filósofos ilustrados. Era muy difícil aceptar que una cultura o sociedad dadas pudieran desarrollar por sí solas cambios significativos. De esa forma surgirían las ideas difusionistas en la prehistoria y la arqueología: los cambios provenían siempre de algún otro lugar más avanzado o más importante.

También es importante esta forma de pensamiento para entender la obsesión por los calendarios de otras culturas. Mociño descubrió que entre los nutkenses las personas más cultas dividían el año en catorce meses y cada mes en veinte días. Los gobiernos de los reyes (o taises) también se utilizaban para arreglar las fechas. A partir de la edad de los taises y de su memoria oral se podía llegar a retroceder hasta unos doscientos años atrás gracias a unas guerras que recordaban. Otro ilustre escritor mexicano, Francisco Javier Clavijero, mostró ese mismo interés en su obra Historia antigua de México.

 

El buen salvaje

No todo era bueno en el mundo del que procedía Mociño y Losada. “El tráfico con los europeos les ha hecho conocer varias cosas de que les hubiera sido mejor haber carecido siempre y conservado la primitiva simplicidad de sus costumbres”. Como “los vicios crecen con las necesidades y éstas con el lujo de las naciones viciadas, nadie dirá que exagero si afirmo que son pocos los de estos salvajes, comparados con los nuestros. No se ve allí ambición de la hacienda ajena, porque los artículos de primera necesidad son muy reducidos y comunes a todos. A nadie obliga el hambre a saltear en los caminos ni hacer en las costas la piratería.”

Llevado por la culminación de todas las virtudes, la caridad, defiende a los salvajes ante los marineros que “en fuerza de su educación casi brutal o envidiosos del trato humano que el comandante y demás oficiales daban siempre a los naturales, los insultaron varias veces, estropearon a unos e hirieron a otros y no dejaron de matar a algunos. La humanidad es el mejor carácter de la civilización. Todas las ciencias y artes valen nada si sólo sirven para hacernos crueles y orgullosos.”

El discurso del buen salvaje, característico de la Ilustración, se utiliza claramente aquí para atacar a los propios elementos occidentales faltos de cultura y educación cristiana. Una educación que Mociño conoce muy bien, tan bien que es capaz de encontrar sus propias fallas al afirmar que “no carecen de ella [la elocuencia] estos isleños y prevengo de paso la ligereza con que algunos críticos tienen por falsas las arengas que algunos escritores ponen en boca de los salvajes, como si para hablar con energía y hacer uso de las figuras más patéticas se necesitara frecuentar las universidades, leer los libros intitulados de retórica y ser unos ridículos monos de Marco Tulio; basta, para ser elocuente, seguir con la libertad el impulso de la naturaleza cuyo magisterio creó a los más célebres oradores de la Grecia.”

Mociño defiende aquí una vuelta a la “naturaleza” en “libertad”, siguiendo los pasos de Rousseau. De hecho, procura fijarse en detalles que él conoce por sus lecturas previas. Por ejemplo, cuando describe que el “lujo de los salvajes casi en todo el mundo consiste, como observa Montesquieu, en la variedad de colores con que desfiguran su rostro.” Por eso observará que los taises jamás se pintan alrededor de los ojos, mientras los plebeyos se tiñen todo el rostro sin diseño alguno.

 

Jerarquía y política

Para los ilustrados, el gobierno descansa sobre el derecho natural y el control social. La libertad y la igualdad son derechos básicos, discernidos por la razón, forma opuesta a la revelación y la tradición. El progreso intelectual también debe liberarse de los dogmas religiosos, como el de la Iglesia católica. Por último, el objeto de ese gobierno es proporcionar felicidad al mayor número de personas, “felicidad entendida principalmente en términos de progreso material”.

Mociño entendió claramente el papel del monarca entre los nutkenses: sabe que necesita de los brazos de sus súbditos, por eso éste los ama como a hijos, los defiende de sus enemigos y les alivia en lo posible las penalidades de la vida. Nunca trabaja, es el primer ministro de los sacrificios y el depositario principal de los secretos de la religión. Un perfecto alter ego del monarca ilustrado por excelencia del mundo hispano: Carlos III. En un día regular del monarca español, él “definía la política a seguir, pero dejaba que ellos [los ministros] se ocuparan de los detalles. Por costumbre, se levantaba a las seis de la mañana, rezaba quince minutos, bebía una taza de chocolate, asistía a misa en la capilla y entonces desayunaba con sus hijos. Su día de trabajo comenzaba a las ocho, cuando se reunía con sus ministros hasta las once, recibiendo después a embajadores y a otros dignatarios. Terminaba el trabajo a la hora del almuerzo al que seguía una corta siesta. Le gustaba cazar por las tardes, pasar ratos con sus hijos después y retirarse a la cama temprano.”

La crítica al sistema de gobierno nutkense es, al mismo tiempo, una crítica feroz al propio sistema imperante en la época entre las monarquías europeas. El gobierno es “patriarcal, pues el jefe de la nación hace a un mismo tiempo los oficios de padre de familias, de rey y de sumo sacerdote”.

Los vasallos reciben el sustento del monarca y creen que es gracias a la intercesión del soberano con Dios. “De aquí es que, confundiéndose unos con otros los derechos políticos y de religión, fundan la base de un sistema que, a primera vista, parece más despótico que el de los califas y no deja de serlo bajo ciertos aspectos, siendo moderadísimo por otros.” No hay jerarquía intermedia entre príncipes y esclavos. Estos últimos son los meschimes, que no tienen parentesco con el tais, mientras los príncipes son los “hermanos del jefe” o taiscatlati.

 

La fisiocracia

Desde el punto de vista fisiocrático (armonía entre leyes humanas y naturales y preeminencia de la agricultura sobre la manufactura o el comercio), Mociño fue innovador dentro del mundo hispano. Según él la religión no es impedimento de progreso. Al contrario, gracias a la “verdadera religión” se podrían haber promovido ventajas para la sociedad nutkense: la agricultura, el reconocimiento del interior de la isla y la destrucción de los breñales. Por ello critica a la propia jerarquía eclesiástica —a los que llama “crucíferos”, quizás en una ocurrencia propia de un botánico puesto que es también el nombre de una familia de vegetales— la cual opina que “no podía establecerse allí una misión por falta de tierras que cultivar. Debilísimo obstáculo; como si misión y heredad fueran sinónimos y no pudiese una doctrina que enseñaron primeramente los pescadores, comunicarse a los que por necesidad, ignorancia y falta de auxilios, siguen esta profesión”.

También critica la opción política de la Corona, empeñada en tomar posesión de la isla de Nutka para comerciar con pieles. Aconseja imitar a los de Boston, los cuales comercian sin necesidad de conquista territorial, y concentrar los esfuerzos en California, por tener allí “arraigada nuestra conquista” y “propagada nuestra religión”.

Gracias al “puerto de San Francisco (digan lo que quieran los pilotos de San Blas)”, “el mejor de cuanto se ha visto en toda la costa”, y a las posesiones de Nueva California, se podría sacar mucho de lo que ofrece esa tierra. Dios lo ofrece pero por falta de gente no se aprovecha: hay unos dos mil vasallos, “de los cuales tampoco son quinientos los que se llaman gente de razón, comprendiendo mujeres y niños”.

 

Conclusión

El pensamiento ilustrado no existió en bloque en todas partes. Como cualquier otra forma de pensamiento, movimiento cultural o escuela económica, lo que existió fueron un conjunto de ideas más o menos comunes y más o menos interconectadas. De entre las muchas razones que podría aportar para demostrar esto, lo reduciré a la simple máxima de que es imposible transmitir todo el conocimiento totalmente. Sabemos que Mociño leyó a Montesquieu porque el mismo lo dice, pero no sabemos a ciencia cierta a quién más leyó.

La versión española de la Ilustración supuso una reducción de su contenido ideológico, dejándola sólo como un programa de modernización dentro del orden establecido. En América significó mejorar los instrumentos de control y aumentar la riqueza imperial; pero más allá de eso, el pensamiento ilustrado unido a un pensamiento cristiano católico permitió crear puntos de unión con la ética protestante.

 

Bibliografía

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  1. gravatar Benedicto Cuervo Álvarez Responder
    julio 9th, 2014

    Me parece un artículo muy interesante el realizado por Francesc Morales. En primer lugar realiza una breve biografía de quién fue José Mariano Mociño y después hace una síntesis de la obra sobre la expedición española a Vancouver. Por último es interesante la comparación y diferenciación entre los ilustrados europeos y los establecidos en América.