Esta es una historia de la Guerra Civil (V)

Por . 4 agosto, 2014 en Siglos XIX y XX
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Continúa de Esta es una historia de la Guerra Civil (cuarta parte)

3. No ha llegado la paz, ha llegado la Victoria: Franco domina toda España

 

Atendida la primera de las fases en que he dividido el desarrollo militar de la Guerra Civil, hablaré en este epígrafe de las otras dos, ya adelantadas en su momento: la que tiene su epicentro en la campaña del Norte y la decisiva, que lleva al triunfo del bando franquista.

 

El camino hacia la victoria franquista

Evidentemente, aunque fue en la primera etapa de la guerra cuando el avance sobre Madrid protagonizó la estrategia rebelde, dicha fijación en conquistar la capital del Estado no desapareció en todo el conflicto, si bien dejó de ser el objetivo esencial de los movimientos y las decisiones franquistas.

Si en junio de 1937 Vizcaya pasaba a poder de los ejércitos de Franco y con ella lo que quedaba de Euskadi, en agosto Cantabria hacía lo propio y en octubre dichas tropas tomaban los territorios que les faltaban en Asturias y cerraban así la llamada campaña del Norte, donde nuevamente se demostraban dos cosas: que la unidad de mando y la mayor profesionalización militar de los sublevados, así como la capacidad de estos de atraerse a sus aliados naturales, la Italia fascista mussoliniana y la Alemania nazi hitleriana, y de mantener la aberración de la neutralista no intervención de las demás potencias estaban resultando decisivas a la hora de imponerse en una guerra en la que el otro bando apenas contaba con ayuda exterior, más cara política que económicamente (la soviética), y era asimismo incapaz de estructurar debidamente por más que lo había intentado una organización castrense profesional en todos sus rangos.

Conquistado el norte peninsular por la España dominada desde la autoridad depositada en Franco, el curso de la Guerra Civil española se dirige hacia su ecuador dibujando una situación cada vez más favorable a los enemigos de lo que queda del régimen republicano. La otra España, la gobernada desde mayo de 1937 por el socialista Juan Negrín, parece que ha encauzado demasiado tarde el objetivo del conflicto hacia la obtención de la derrota bélica de los rebeldes más que hacia la posibilidad de lograr la sociedad perfecta ideada por los obreros conscientes que, aunque han intentado evitarlo, siguen desorganizados y disgregados en al menos tres grupos, como poco (comunistas, socialistas y anarquistas).

Acerquémonos a la situación de la política interna en la zona sublevada dominada unipersonalmente por Franco, donde el 19 de abril de 1937 había tenido lugar en Salamanca –de alguna manera capital franquista por aquel entonces– uno de los pasos encaminados a facilitar al militar gallego ese desempeño autocrático: la promulgación, por su parte, del llamado Decreto de Unificación que llevaba implícita la creación del partido único que todo régimen autoritario porta como santo y seña de su política de participación pública. Ese partido recibía el inacabable nombre de Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FET y de las JONS), amalgama coriácea de todas las formaciones políticas que habían participado en las labores de acoso y derribo al régimen republicano o se habían unido finalmente a los sublevados que ahora se encontraban bajo el poder de Franco. Si bien su nombre hace referencia solo a tres de ellas (falangistas, jonsistas y carlistas) amasaba asimismo al disolverlas al resto de ellas: alfonsistas (monárquicos defensores del regreso del exiliado rey Alfonso XIII), cedistas y, en general, partidarios de todas las fuerzas de derechas no republicanas que participaron en las elecciones de febrero de 1936 en las candidaturas opuestas al Frente Popular.

La norma en cuestión fue publicada en el Boletín Oficial del Estado al día siguiente bajo el epígrafe siguiente: Decreto núm. 255 Disponiendo que Falange Española y Requetés se integren, bajo la Jefatura de S. E. el Jefe del Estado, en una sola entidad política, de carácter nacional, que se denominará “Falange Española Tradicionalista de las JONS”, quedando disueltas las demás organizaciones y partidos políticos.

 

Dejemos a Saz Campos que nos puntualice qué significó la unificación:

“Ideológicamente, el nuevo partido […] se presentaba como una continuación de la tradición, de la del siglo XVI y de la tradicionalista del siglo XX, en la que lo falangista parecía reducirse a la técnica, la novedad, la propaganda, etc. Políticamente, era el gobierno y no el partido el eje central de la vida política”.

 

Si el franquismo ya tenía su Alzamiento Nacional desde julio del 36, con FET y de las JONS añadía su propio Movimiento Nacional pues esta fue la denominación más habitual que se usó para referirse al partido único del que por supuesto Franco será jefe máximo desde primera hora. Las divergencias internas de las fuerzas políticas ciertamente variopintas que conformaban la base no militarista del régimen que se iba creando (que iban creando Franco y el paso del tiempo a través del crisol de la guerra) llegaron a su fin con el Decreto de Unificación, mal recibido por los más altos dirigentes carlistas y falangistas, pero en general atendido con disciplina por la casi totalidad de los militantes antirrepublicanos. La victoria en la guerra era ya el único objetivo, común, de todos los grupos que luchaban contra los restos de la autoridad republicana.

En 1938 asistimos al año decisivo, un año que casi se abre con la conquista republicana de Teruel en el mes de enero, la ciudad aragonesa que poco pudieron retener los leales en sus manos pues los hombres de Franco se la arrebatarían en febrero.

Pero es en julio de ese año cuando dará comienzo la que es considerada batalla decisiva del conflicto civil: la del Ebro, largo y cruel combate que finalizará en noviembre con la derrota del Ejército republicano en la que fue su última y más decidida ofensiva en pos de lograr un triunfo que se le escapaba irremediablemente ante la conducción de la guerra efectuada por Franco, considerado por sus panegiristas un consumado estratega militar pero que cada vez es más valorado como un excelente estratega en lo político pero mediocre en lo castrense. Y ahí entraríamos en la habitual confrontación entre quienes opinan que Franco retrasó el objetivo principal de toda guerra, vencer al enemigo cuanto antes para reducir los costes propios, porque lo que le interesaba, en aras de lograr el poder absoluto, era prolongar la guerra al máximo para afianzarse él mismo y para doblegar por completo a los contrarios −de forma que nunca más supusieran una amenaza al despliegue de su militar manera de entender la configuración de un régimen político− y quienes consideran lo contrario, amparados habitualmente en la estimación de que el general gallego fue un estratega invencible y un estadista de mérito. Para aquéllos sería, como dije un poco más arriba, más bien un mal estratega militar pero un excelente estratega político, si seguimos las conclusiones del historiador Alberto Reig Tapia.

El caso es que la victoria de los franquistas tras la batalla del Ebro significaba la destrucción casi definitiva del enemigo y despejaba su avance hacia Cataluña. Y así es, en efecto, pues a finales de enero de ese año 1939 los ejércitos de Franco llegan a Barcelona, camino de la frontera con Francia, poco antes de proceder a la ocupación de los pasos gerundenses hacia el país vecino que van desde Puigcerdá hasta Portbou.

 

El final de la guerra

A los defensores de la República apenas les quedan territorios en el centro de la Península y en el sur. Pocos. Es así que la ofensiva franquista de los meses de febrero y marzo es un avance hacia el final del conflicto, decidido y certero.

Si el Gobierno de Negrín intentó por todos los medios a su alcance, escasos, prolongar el conflicto hasta el más que probable estallido de la Guerra Mundial que se acercaba como un cohete más rápido que el avance franquista, en los primeros días de marzo la realidad del interior de su propio bando le vino a dar la espalda: en Madrid se había creado el autodenominado Consejo Nacional de Defensa, a la cabeza del cual estaba el jefe del Ejército del Centro, el coronel Segismundo Casado, que destituyó al jefe del ejecutivo republicano como medida previa para negociar una paz honrosa con Franco, no sin antes verse obligado a enfrentarse militarmente en la capital con los partidarios de resistir hasta el final, sabedores de la inclemencia del jefe de los sublevados.

Pero la paz no llegó, y no llegó porque no hubo acuerdo de paz. Hubo rendición y Victoria con mayúscula. El triunfo de los valores diametralmente opuestos a aquellos que habían inspirado las jornadas de alegría colectiva de abril de 1931, el triunfo de la autocracia personalista ultraconservadora, antiliberal y antidemocrática, revanchista y represiva. Los franquistas entraban el 28 de marzo en Madrid y tres días después no quedaba un solo metro cuadrado sobre el que alguna autoridad contraria a Franco pudiera hacer valer su mando. Con el famosísimo bando de guerra postrero, el 1 de abril la guerra había terminado.

 

El historiador español Luis Enrique Íñigo Fernández concretó muy bien las causas de la victoria de los ejércitos sublevados cuando respondía a la pregunta “¿por qué fue derrotada la República?

“Los factores son múltiples, pero actuaron en una suicida combinación de falta de unidad política, tardía disciplina militar, oficialidad escasa y sin formación y tácticas militares conservadoras. Dicho de otra forma, los militares sublevados se alzaron con la victoria gracias a su rápida unidad militar, política e ideológica, la mayor importancia de la ayuda extranjera que recibieron, un uso más imaginativo del armamento, que no siempre era mejor que el republicano, y una oficialidad más numerosa y competente”.

 

Sobre la ayuda extranjera, no está de más que citemos a un experto a ese respecto, al también historiador español Ángel Viñas: “Sin la ayuda material y humana, absolutamente determinante, de Mussolini y Hitler, por orden de cuantificación, hubiera sido imposible para Franco sostener y ganar la guerra”.

Como tantas veces se ha escrito, España es a partir de aquella primavera del año 1939 un país de vencedores y vencidos.

 

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José Luis Ibáñez Salas nació en 1963 en Madrid. Se licenció en Filosofía y Letras y se especializó en Historia Moderna y Contemporánea. Editor e historiador, fue el responsable del área de Historia de la Enciclopedia multimedia Encarta, ha dirigido la colección Breve Historia para Nowtilus y ahora es promotor de nuevos proyectos en Sílex ediciones. Asimismo, dirige la revista digital Anatomía de la Historia y es editor de Santillana Educación y socio fundador de Punto de Vista Editores. Su último libro en Sílex ediciones es El franquismo.

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  1. gravatar Pedro Carrillo Responder
    agosto 5th, 2014

    Muy interesante, impecable.
    En cuanto al debate de si Franco era mejor estratega político que militar, en mi opinión le interesaba más ganar el poder en su propio bando que ganar la guerra, al menos hasta la muerte de Mola. Es muy posible que la guerra hubiera sido mucho más corta si al comienzo Franco hubiera acudido a Guadarrama en lugar de ir a Toledo. Desde el punto de vista militar esto fue un error y la consecuencia humanitaria un desastre pero le permitió alzarse con el liderazgo de la sublevación, dándose un baño de masas.
    Gracias por la lectura, saludos.

    • gravatar José Luis Ibáñez Salas Responder
      agosto 5th, 2014

      Gracias por tu lectura y por tu comentario. Parece que sí, que todo apunta a que a Franco le interesaba más su liderazgo y la destrucción de cualquier posible oposición a su poder que la rapidez de su victoria.
      Un saludo.