Felizmente, Cortázar

Por . 26 agosto, 2014 en Siglos XIX y XX
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A Rogelio López Blanco

 

Uno

A Julio Cortázar lo descubrimos cuando muchos éramos adolescentes, adolescentes de mucha enjundia y estupidez que aspirábamos a una prosa aturdida, a una literatura ampulosa, a una obra campanuda. Hablamos de los años sesenta y setenta del siglo XX, cuando los libros del maestro argentino llegaban a España con un timbre o marchamo de calidad.

Llegaban sus obras, cierto, pero accedíamos también a sus traducciones: Edgar Allan Poe o Daniel Defoe, por ejemplo. Las versiones de estos clásicos anglosajones se convierten en canónicas y nuestro primer acercamiento al terror o a la aventura está mediatizado por Julio Cortázar.

Es mi caso, pero creo que puedo objetivar dicha experiencia. A Poe no lo entiendo sin el auxilio del argentino, sin la sintaxis eficaz y luminosa de Cortázar. Y no es un problema de lenguas. Es un asunto de culturas. ¿De dónde había salido ese Cortázar que nos hacía accesibles a los clásicos de la literatura anglosajona…?

¿Nos interesó el escritor más allá de sus trabajos adventicios? El primer cuento que Jorge Luis Borges publicó a Julio Cortázar llevaba por título “Casa tomada” (1946). Es un relato aparentemente sencillo. Dos personas habitan una residencia. Sospechan que está siendo invadida. Las referencias culturales pueden ser múltiples: desde el cuarto encerrado hasta la habitación oscura, pasando por la invasión de extraños, gente ajena que viene a doblegarnos, a sojuzgarnos. Los habitantes de “Casa tomada” son una pareja de familiares. Viven solos, ajenos al mundo exterior. Y viven confortablemente en esa casa antigua y espaciosa en la que reúnen recuerdos domésticos y la propia infancia.

En aquel inmueble pueden habitar hasta ocho personas sin mayor tropiezo, sin estorbarse, como dice el narrador, uno de los personajes: el hermano de la hermana. La mantienen aseada, limpia. Almuerzan, como está mandado, al mediodía: con una puntualidad que ambos no rompen. Les gusta comer así, en silencio, en el silencio de una casa ajena al mundo exterior y por tanto, un lugar extraño.

Les sirve para residir, para vivir sin tener contacto con los exteriores. No necesitan abrir los portones, los postigos. Mientras tanto hacen sus cosas ordinarias: desde punto, la hermana, hasta las lecturas preceptivas que ellos mismos se imponen. Tienen una buena puerta que les aísla, que les separa, un portón de macizo de roble. Todo transcurre con normalidad, con la normalidad con que dos chiflados misántropos pueden experimentar. Todo marcha hasta que sienten una presencia.

Una presencia indistinguible y a la vez amenazante que va acotando la casa hasta hacerle pequeña e irrespirable. Por fin se encierran sin escape. No hay nada que hacer, nada de lo que huir. Nada de lo que perderse. El mundo está acabado: no hay futuro, no al menos para los habitantes de la casa. ¿Qué será de ellos?

Este cuento es el primero del primer libro publicado de Cortázar: Bestiario (1951). El segundo relato, que está concebido como pieza de una correspondencia, se titula “Carta a una señorita en París”. El protagonista innominado, narrador, vomita conejitos en un apartamento prestado. Hasta un determinado momento sólo alcanzarán a diez, los animalillos. Pero, como todo lo que empieza amenaza con desbordarse, el vómito de los conejos sobrepasa lo llevadero. ¿Qué se puede hacer cuando el simple vómito de una bestia es incontrolable? Todo se tuerce. Como se tuercen las cosas en tantos y tantos cuentos y novelas de Cortázar. Desde Rayuela (1963) a Libro de Manuel (1973). Experimentalismo y narración, conjetura y evocación, experiencia y fantasía.

 

Dos

En Julio Cortázar, lo que parecía simple acaba siendo complejísimo; lo que creíamos ordinario y evidente puede resulta monstruoso; lo que suponíamos rutinario se convierte en extraño; lo que confiábamos saber nos sorprende; lo que juzgábamos previsible resulta finalmente imprevisto.

Hay en Cortázar un constante juego de apariencias, de hechos supuestamente confirmados, de personajes presuntamente reconocibles, de situaciones ya vistas, de parajes incluso turísticos, de acciones comunes: todo o prácticamente todo acaba teniendo otro sentido porque una variación, a veces ligerísima, altera la disposición o la secuencia de lo ordinario.

Es un estímulo del pensamiento. O, si lo prefieren, es una quiebra de los automatismos. Sin alarma previa, sin cataclismo final. Las cosas pasan dentro de los relatos: se cuentan como si la historia sólo interesara al estrecho círculo de los personajes que lo protagonizan. Liviandad y sugerencia son las consecuencias.

O, como dijo Jorge Luis Borges de los cuentos de Cortázar, “los personajes de la fábula son deliberadamente triviales”. Todo parece efectivamente banal. A esos personajes, añade Borges, “los rige una rutina de casuales amores y de casuales discordias. Se mueven entre cosas triviales: marcas de cigarrillo, vidrieras, mostradores, whisky, farmacias, aeropuertos y andenes. Se resignan a los periódicos y a la radio”: a lo más común, pues; a lo predecible, sí. “La topografía corresponde a Buenos Aires o a París y podemos creer al principio que se trata de meras crónicas”. ¿Es así?

“Poco a poco”, precisa Borges, “sentimos que no es así. Muy sutilmente el narrador nos ha atraído a su terrible mundo, en que la dicha es imposible”. ¿La dicha es imposible? ¿Por qué? Porque somos monstruosos, extraños o raros, aunque no lo sepamos: tenemos siempre particularidades que nos distinguen. O porque la fatalidad de lo que nos espera malogra lo que deseábamos, todo aquello a lo que aspirábamos. ¿Instalados tal vez en un clima de opresión y pesadilla?

Pero lo que no dice Borges es que en Cortázar hay humor, mucho humor verbal, lingüístico, de la clase de Defoe, de la estirpe de Poe; hay un sarcasmo malherido ─en ocasiones explícito─ o una leve ironía ─siempre presente─ que quita severidad y pompa al relato de la tragedia ordinaria. Lo subrayó Saúl Yurkievich: “en Cortázar se da, basamentada en su propia personalidad, fuera y dentro del texto, una constante lúdico-humorística”. Juego y humor, efectivamente: un fuego que abrasa, que quema lo heredado.

“Con una gratuidad que es la antesala gozosa del lado de allá, posible pasaje al allende, propende al derroche del juego verboso, a la palabra excéntrica, a la consternación de la lengua surgente, a la libérrima facundia”, añade Yurkievich.

Pero no es un bla bla bla exhibicionista u ostentoso. Es una interpelación sin fin: guiños o recursos metanarrativos que tienen su papel literario y su función burlesca. La suya no es mera guasa: en lo cómico está el origen de la realidad. O, mejor, con lo risible y con lo grotesco, los humanos frenan el miedo y la fatalidad: justamente eso que destapan también los relatos del argentino.

¿Hay un Cortázar perdurable? Sin duda, aquel que concibió un mundo con poesía y miedo, aquel que rompió las rutinas para descubrir nuevos hábitos no menos férreos, ordinarios. El orden las cosas se quiebra, pero la realidad repudia el vacío. Algo nuevo lo reemplazará y el escritor argentino nos enseña el vértigo de lo cotidiano.

Felizmente, Cortázar.


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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