Los ojos de Caín

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Una versión anterior de este relato ganó el I Premio de cuento en castellano de la Universidad de Deusto (2002).

 

Locura.

Esa es la única palabra que puede describir lo que está pasando, lo que veo cada día. Una locura colectiva. De la noche a la mañana todos a mi alrededor parecen haberse trastornado. Personas normales, que apenas unos meses atrás vivían en relativa armonía con el resto de sus conciudadanos, se dedican ahora a destruir y asesinar. Y otras personas, también perfectamente normales, sirven como blancos del ansia de sangre de los primeros. La ciudad es un caos. El país entero es un caos. Y yo no estoy en mi mejor momento.

Me atenaza el pánico cada vez que salgo de casa. Hace apenas diez días fui testigo de cómo en plena calle una turba enfurecida intentaba linchar al alcalde. ¡Al alcalde! ¿Pero qué había hecho el pobre Ramón? ¿Había cometido algún delito? Algo habrá hecho, escuché que murmuraba una señora. El alcalde se salvó únicamente porque llegó a tiempo una patrulla que se lo llevó a la cárcel. Visto y no visto. Se libró de ser ajusticiado por quienes le habían votado para acabar fusilado y enterrado en una fosa anónima, como el resto de sus compañeros de partido. Jamás volveré a discutir con él en esas entretenidas sobremesas en el café de la plaza, después de echar la partida de mus. José, otro de los fieles a la tertulia, estaba entre los que pretendían matar a Ramón. En cuanto nuestras miradas se cruzaron me tuve que alejar de allí para vomitar. ¡Esos ojos! ¡Ese odio surgido de la nada! ¿Por qué?, ¿por qué?, es la pregunta que se repite una y otra vez en mi agotada cabeza. ¿Por qué?

Los amigos contra los amigos, los compañeros de trabajo que se denuncian entre sí, las familias rotas, los cadáveres que aparecen en las afueras, tirados en la cuneta, de los que nadie dice nada. Y no se dan cuenta. A veces me imagino que lo que está ocurriendo es un ataque pasajero de una extraña fiebre que ha convertido a los hombres en animales salvajes. Si algún día despiertan, ¿qué harán cuando descubran sus manos cubiertas de sangre? ¿Qué dirán? ¿Qué harán cuando ya no quede nadie a quien asesinar y se den cuenta de lo que han hecho? ¿Serán capaces de seguir sabiéndose culpables, como si no hubiera pasado nada? ¿Podrán vivir con esa carga en sus conciencias? ¿Qué les contarán a sus hijos? ¿Y a los hijos de sus víctimas?

Vivimos cerca del cementerio, así que cada mañana me despierto con el ruido de las descargas de los fusilamientos, que comienzan puntualmente poco antes de cada amanecer. ¿A quién le ha tocado el turno esta vez? ¿Hay entre los muertos algún familiar o amigo? Aunque, de ser así, ¿cómo íbamos a enterarnos? Nadie se atreve a reconocer los cuerpos por miedo a compartir su destino. La incertidumbre lo invade todo. Y, mientras, quienes fueron seres humanos esperan, anónimos y solitarios, ser enterrados por algún buen samaritano. ¿Pero quedan aún de esos? No, no lo creo. Seguramente huyeron de aquí cuando aún estaban a tiempo.

Adela se remueve inquieta entre las sábanas cuando yo me levanto de la cama. Acaso el ruido no le afecte tanto como a mí. ¿Se ha acostumbrado a las detonaciones? Supongo que ella es capaz de ocultar su dolor y su desconcierto en el fondo del pecho mientras que a mí me supura por cada poro. Adela sabe que necesita ser dura. Dura por los dos, dura por nuestros hijos, porque yo soy demasiado débil y me estoy derrumbando. No soporto tanta maldad, Dios mío, no aguanto más.

Pero debo hacerlo.

Los niños duermen cuando salgo a trabajar y les beso en la frente. Ellos deberían ser el futuro, pero temo que la guerra los manche. ¿Cómo podremos explicarles lo que está pasando? Creen que se trata de unas largas vacaciones, porque ya no tienen que ir a clase. Las vacaciones se las han dado a los maestros de su escuela, pero de esas, por desgracia, no se vuelve. Están deseando salir a jugar al patio con el resto de sus amigos, pero Adela no se lo permite. Dice que, últimamente, hay demasiados peligros en la calle: los enormes camiones militares que suben y bajan a toda velocidad. ¿Es eso lo que piensa o en realidad teme que a nuestros hijos se les contagie el fanatismo? Tomó la decisión de enclaustrarlos el día en que Carlitos empezó a hacer preguntas extrañas tras leer unos panfletos que le había dado un joven falangista.

Yo anhelo quedarme en casa y jugar como un niño. Pero no puedo.

Ayer se llevaron a Miguel. Era un recepcionista jovial y simpático que nunca olvidaba el santo de un compañero y solía regalar caramelos a mis hijos cuando venían a verme al trabajo. Tampoco se sabe por qué lo han detenido, tan solo que no frecuentaba demasiado la iglesia. Con él ya van tres que faltan en la empresa. El jefe está preocupado, se le nota mucho. Entre los detenidos y los que han tenido que alistarse le falta personal y no hay modo de encontrar reemplazos dignos de tal nombre. El otro día el nuevo de Contabilidad cuchicheaba que, según las malas lenguas, el jefe era masón. Menos mal que nadie le hizo caso. No faltó quien sugiriese que la única mala lengua era la suya. Yo asentí, pero tampoco me signifiqué demasiado. Por si acaso. De todas formas, ¿qué demonios han hecho los masones para que se les odie tanto?

Un tipo con boina roja me taladra con la mirada cuando entro por la puerta. ¿Será un carlista? Sí. ¡Un carlista! Me resulta difícil creerlo. Recuerdo que mi abuelo me contaba historias de cuando luchó contra ellos el siglo pasado. Por sus modales, deduzco que el progreso no les alcanzó. Quieren reinstaurar la monarquía absoluta o algo así. ¿También el feudalismo? Parecen recién llegados de una máquina del tiempo, de la época de Felipe II o algo así. Infunden pánico, porque aborrecen a todo el que no piense a su manera: republicanos, marxistas, demócratas, judíos… ¡Judíos! Pero si los expulsaron los Reyes Católicos. Supongo que suspendían historia en el colegio, los pobres carlistas. Estoy seguro de que tampoco soportan al resto de sublevados. A veces tienen discusiones con los falangistas. Ojalá se enzarzaran entre ellos y nos dejasen en paz.

Soy consciente de que el otro lado no es un oasis. Manuela, la prima de Adela, llegó el lunes a la ciudad. Había logrado escaparse de la zona republicana después de que asesinaran a su novio. Nos pintó un cuadro que ponía la carne de gallina: jovenzuelos borrachos quemando iglesias, milicianos fusilando curas, empresarios y militares, y las temibles checas, sobre las que corrían espantosos rumores. Estaba muy exaltada. Cuando intentamos convencerla de que aquí ocurría algo similar a lo que había descrito se puso a insultarnos. Para ella los rojos no eran seres humanos y debían ser exterminadas como alimañas. Luego se calmó un poco. La conversación fue por otros derroteros hasta que Manuela insinuó que yo debía presentarme como voluntario. “La Cruzada necesitaba soldados en el frente, no oficinistas en retaguardia”. Aquella frase sacó de sus casillas a Adela. Jamás la había visto así: hecha un hermoso basilisco. A pesar del tiempo y mis flaquezas, me seguía amando. Le gritó a Manuela que yo no iba a alistarme, que esta no era nuestra guerra y que, si tanto ansiaba la lucha, se fuera ella misma. Salimos de la casa de su tía sin despedirnos. Lo sentí por la pobre doña Nuria, que no se merecía ese desaire, pero su hija había abierto un foso infranqueable entre nosotros.

Locura. Prima contra prima. Ya en nuestro hogar Adela se echó a llorar en mis brazos. Se derrumbó de pronto, sin más, como si en realidad hubiera estado conteniendo las lágrimas todo el trayecto. Recordó cuando ella y Manuela jugaban juntas en los calurosos veranos del pueblo. “¿Qué diría mi madre si viviera?”, me preguntó angustiada por la culpa. Yo intenté calmarla con mis besos. Poco a poco dejó de sollozar y finalmente respondió a mis caricias. Nos amamos como nunca esa noche, sabiéndonos juntos en un barco perdido en medio de la tormenta. Deseé haberme podido quedar allí para siempre, fundido con ella, escuchando su respiración, mientras el resto del mundo se iba al infierno. Por un instante pudimos creernos los únicos supervivientes del desastre. Ese momento me da fuerzas para resistir, para continuar trabajando como antes del 18 de julio.

 

En casa me espera Paula, la vecina del tercero. Siempre nos hemos llevado bien con ella y su marido, un ferroviario serio pero cortés. Alguna vez incluso hemos comido juntos, como cuando me ascendieron o el día en que su hijo fue aceptado en la Universidad. Ella está desaliñada y se muerde las uñas compulsivamente. Sé que su muchacho se ha escapado al monte, supongo que para pasarse a los republicanos, porque estaba metido en política. ¿Será por eso? No. Me cuenta que esta mañana han venido unos hombres da camisa azul a buscar a su marido. Falangistas, comprendí. No han querido explicarle nada. Simplemente llegaron y se lo llevaron a rastras, como si fuera un saco. Le pregunto si Pedro estaba metido en algún asunto peligroso. Al parecer estaba afiliado al sindicato, “como todos sus compañeros”, puntualiza. ¿Algún cargo?, me intereso. “No, que va, pero su hermano era uno de los líderes en la ciudad”. Suspiro. ¿Por qué lo habrán detenido? Si encierran a todos los ferroviarios, ¿quién conducirá los trenes?

¿Por qué?

“Antes le ha dado un ataque de nervios”, me susurra Adela, “es mejor que Paula se quede en casa”. Asiento con la cabeza. Puede dormir en la sala, en el sofá. Ella se resiste al principio, porque insiste en que tiene que estar en casa cuando regrese su marido. De otro modo, él se llevaría un buen susto. Al final, conseguimos convencerla. Yo le prometo hacer todo lo posible para averiguar qué es de Pedro. “Esta no es nuestra guerra”, me recuerda Adela preocupada. “No, no lo es”, reconozco, “pero él es nuestro vecino”.

No tengo ni idea de a quién dirigirme ni qué puertas tocar: carezco de contactos entre las nuevas autoridades y los que tenía entre las viejas no van a servirme de mucho. Paseo un rato dándole vueltas a la cabeza hasta que decido ir directamente a la Prisión. No tienen nada contra mí, me repito para tranquilizarme. Solo quiero información. Me recibe un suboficial seco y altivo, orgulloso del protagonismo que ha ganado gracias al Alzamiento. En su mirada capto el mismo odio frío que en los ojos del carlista. Me observa de arriba abajo. “¿Pedro Hidalgo?” No le suena. Yo insisto. Entonces hace como si repasara una enorme lista en la que, según él, están inscritos todos los presos. No creo que se tome demasiadas molestias. De repente me mira y me pide los datos. “¿Para qué?”, pregunto cautelosamente. “Solamente he venido a enterarme del paradero de Pedro Hidalgo, nada más”. “Su nombre, sus apellidos, su domicilio, su trabajo actual, su filiación”. Me somete a un auténtico examen. “¿Pertenece a algún partido o sindicato? ¿Votó al Frente Popular en las últimas elecciones? ¿De dónde es? ¿Por qué no se afilia a Falange? ¿Por qué no se une al Ejército? ¿Tiene miedo de luchar o qué? ¿Conoce a alguien que dé cobijo a rojos o que guarde armas?”

“Yo solo preguntaba por Pedro Hidalgo”. Me manda al despacho de un coronel. “Él le atenderá”, me promete, pero no es verdad: no me dejan hablar con el coronel hasta después de otros tres nuevos interrogatorios. ¿Acaso creen que si fuera un rojo me atrevería a ir a la Prisión? Todos tienen los mismos ojos gélidos. Me pregunto qué significará. Cada militar me envía a ver a un superior y yo empiezo a desesperarme. No me hubiera extrañado demasiado si alguno de ellos me suelta lo de “vuelva usted mañana”. Aunque con galones, no dejan de ser burócratas.

Es casi de noche cuando el coronel me atiende. Bendita casualidad: resulta que es del pueblo de mi padre. Dice que conocía a mi abuelo y que de pequeño era amigo de uno de mis tíos, con quien hizo la primera comunión. Le caigo simpático. Se preocupa por mí y manda a su ayudante a ver si mi vecino está en alguna de las atiborradas celdas. “¿Carlos Alberto Hidalgo?”, me pregunta tras leer un papel que le ha traído su asistente. “No, no, ese es su hermano, el que yo busco es Pedro Hidalgo”. He repetido ya cien veces el nombre de mi vecino. Coge el teléfono y hace unas llamadas. Pregunta por Pedro, pero no entiendo muy bien las conversaciones, porque casi parece estar hablando en clave. Al final me mira y sonríe: “A Carlos Alberto le dieron un paseo esta mañana los de Falange, pero al tal Pedro no se le busca por nada, ni está en la cárcel”. El coronel parece un niño cuando me cuenta todo eso. La verdad es que hablar del pueblo le ha puesto de muy buen humor. En cambio, por la forma en que se refiere a la cárcel da la impresión de que la odia. “Nadie quería una guerra”, me confiesa. “Desde luego, yo no. Solo deseaba retirarme al pueblo y pasarme el resto de la vida cuidando de mi huerta”. Creo que es sincero, pero a él también le ha afectado la epidemia de demencia. Manda fusilar a veinte prisioneros cada día. “Es que hay que hacer sitio para los nuevos”, se disculpa con media sonrisa. No estoy seguro de si se trata de una broma o no. Quiero creer que sí, así que eso es lo que hago. El ayudante me hace un gesto con la cabeza y comprendo: es mejor no añadir nada, así que me despido y me voy.

Camino de casa intento pensar qué le voy a decir a la vecina, pero no se me ocurre nada apropiado. Estoy como al principio: a Pedro se lo ha tragado la tierra. ¿Tendrán los de Falange alguna cárcel secreta como las checas comunistas que nos mencionó Manuela?

Cuando abro la puerta Adela se me lanza ansiosa al cuello. “Temía que nunca volvieses”, me dice mientras me besa una y otra vez. Paula espera impaciente a que mi mujer se serene. Sus ojos me interrogan, aunque sus labios son incapaces de articular palabra. “No he averiguado demasiado”, me disculpo. “En la cárcel no sabían nada o tal vez no me han querido responder, pero sospecho que ocultan algo. El que sí ha pasado hace poco por allí es su hermano”. “¿Su hermano?”, pregunta ella extrañada. “Es imposible. Se escapó con mi hijo hace tres semanas y está a cientos de kilómetros, en el otro lado”.

Entonces lo comprendo y no me atrevo a seguir hablando: ¿qué le voy a decir? ¿Que le han matado a su Pedro porque un estúpido falangista lo ha confundido con su hermano o porque, ya puestos en faena, le daba igual un Hidalgo que otro? ¿Que ya no importa que lo espere en su casa o en la nuestra, porque jamás regresará? ¿Que ni siquiera podrá llorarle en público ni llevarle flores al cementerio, porque es uno más de un montón de cadáveres sin nombre?

Por la noche, en la cama, se lo confieso todo a Adela. Un hilo dentro de mí se ha roto. Ella me acaricia lentamente el cabello, mientras me repite una y otra vez que esta no es nuestra guerra. Sé lo que le pasa: tiene miedo de que cometa alguna locura. No lo haré, aunque todas y cada una de las células de mi cuerpo me piden que vuelva a la cárcel a recordarle al coronel que los hombres a los que manda ejecutar cada amanecer “para hacer sitio a los nuevos” tienen padres, mujeres e hijos, y que quizá también sueñan con retirarse al pueblo.

 

Han llamado a la puerta. Aún no ha amanecido. Al menos hoy no he abierto los ojos con el ruido de los fusilamientos. Adela también se levanta. Me coge de la mano. “No, no abras”, me susurra nerviosa. ¿Cómo no voy a abrir? Tiene un mal presentimiento, pero yo sé que no puedo hacer nada. Los niños y Paula también salen a ver qué pasa. Cuando abro la puerta me saludan unos falangistas con el brazo derecho en alto. Paula los reconoce y les pregunta a gritos por su marido. Ellos la ignoran y me ordenan acompañarles.

Adela se niega: “él no se va a ningún lado”. Yo me resisto, pero sé que todo es inútil. Ella y los niños chillan cuando uno de los falangistas saca una pistola y me la pone en la sien: me voy con ellos o me mata aquí mismo. Adela les dice que esta no es nuestra guerra y que yo no he hecho nada. El del arma se encoge de hombres y sugiere que ahora ya es nuestra guerra. Es cierto. Desde ayer. O quizá desde que empezó, aunque no quisiésemos darnos cuenta. “Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”, me vienen los versos de Antonio Machado a la mente.

Carlitos pregunta a dónde me llevan y yo le intento tranquilizar: “estaré de vuelta a la hora de cenar, como siempre”. No me dejan besar a Adela. “Te quiero”, es mi despedida. Han sido muchos años, pero no se me ocurre nada mejor.

Antes de salir observo los ojos del falangista y descubro la misma demencia fría del carlista, los militares de la prisión, la turba que quería linchar a Ramón y Manuela. ¿Y cuántos habrá como ellos en todo el país? Mi memoria hace un viaje a la infancia, a las lecturas de la Biblia en la catequesis, y me doy cuenta de quién son esos ojos. Mientras me llevan de paseo, un escalofrío recorre mi espalda, no por mi muerte, un trámite ineludible, sino porque ahora sé que, después de miles de años, se han vuelto a abrir los ojos de Caín.


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  1. gravatar Benedicto Cuervo Álvarez Responder
    agosto 20th, 2014

    La guerra civil es la peor de las guerras (como diría el pensador romano Cicerón)ya que se enfrentan hermanos contra hermanos, padres contra hijos, vecino contra vecino. Enfrente no hay extranjeros (o muy pocos)sino compatriotas. Yo no había nacido pero mi padre, que en aquella época tenía tan solo 16 años, me comentó que durante nuestra Guerra Civil hubo excesos por ambos bandos, tanto por parte de los republicanos como de los nacionales. Primero llegaron a su pequeña ciudad los republicanos y robaron todo lo que quisieron, matando a personas sin juicio ni razón. Después, al año siguiente, llegaron los falangistas e hicieron lo mismo buscaron y ajusticiaron a toda persona mínimamente sospechosa de ser favorable a la república. Incluso se mataba a algún vecino simplemente para saldar alguna deuda económica, si la persona está muerta nunca más podrá pedir cuentas de nada.

    Las matanzas eran de tal calibre que al pasar por un camino para ir a su casa la base del muro del cementerio se veía rojo por la sangre de las personas fusiladas en el muro interior del cementerio.

  2. gravatar Margalida Simonet Vidal Responder
    agosto 20th, 2014

    Puede que la guerra acabase pero somos generaciones los que nos negamos a olvidar lo que han sufrido nuestos abuelos/as