Brásidas, uno de los hombres que forjaron la leyenda

Por . 19 septiembre, 2014 en Historia Antigua
Share Button

Anatomía de la Historia te ofrece un pasaje de la obra de José Alberto Pérez Martínez titulada Espartanos: los hombres que forjaron la leyenda (Punto de Vista Editores, 2014), extraído del capítulo dedicado al general Brásidas.

Los años en que Brásidas se dio a conocer al mundo fueron los del comienzo de la guerra más devastadora que haya tenido lugar en Grecia a lo largo de su historia: la sangrienta guerra civil del Peloponeso, que se desarrolló durante el último cuarto del siglo V a.C. Aquel conflicto dividió al país heleno en dos mitades perfectamente diferenciadas con Esparta y Atenas a la cabeza de cada uno de los dos bandos. Las ciudades más pequeñas o menos poderosas se aglutinaron en torno a la figura de una de estas dos superpotencias de la época a fin de reclamar sus legítimas aspiraciones o con objeto de solucionar litigios particulares. Desde comienzos del siglo V, Atenas había emprendido un gigantesco programa de construcción naval que tenía la intención de extender su influencia por toda Grecia a propósito del comercio con otras ciudades. La velocidad que alcanzaban sus trirremes así como el gran número de ella, les permitía navegar de un extremo a otro del país en apenas unos días. Merced a este dominio del mar pudieron sortear las tradicionales, accidentadas y peligrosas rutas terrestres que, a menudo, estaban plagadas de asaltantes y ciudades rivales que entorpecían el comercio y la comunicación.

La cercanía que experimentaron los atenienses con muchas ciudades de la Grecia continental e insular les brindó la posibilidad de estrechar lazos no solo comerciales sino también de amistad y cooperación militar. Así, para cuando el número de ciudades simpatizantes de Atenas fue lo bastante elevado y representativo, decidió poner en marcha un mecanismo de actuación conjunta conocido como Confederación de Delos por tener su epicentro en esa isla del Egeo. Aquella simaquia o alianza de carácter defensivo entre las ciudades signatarias, nació con el espíritu de defensa mutua ante el eventual ataque de otra potencia (presumiblemente del Imperio persa) a cualquiera de ellas. Sin embargo, dicha alianza, que nació sobre la base virtual de la igualdad entre las diferentes poleis, fue transformándose gradualmente hasta terminar convirtiéndose en una tupida tela de araña en la que quedaron atrapadas y sometidas al poder de la metrópoli ateniense. Ello le permitió a Atenas el liderazgo de buena parte de Grecia gracias a la forzada pérdida de autonomía de sus aliadas. Las riquezas provenientes del comercio y de los impuestos a los que Atenas forzó a las poleis vasallas multiplicaron su tesoro público, lo que le permitió seguir invirtiendo en infraestructuras navales y militares, así como acometer un buen compendio de obras públicas cuyo icono principal sería el Partenón.

A los ojos de Esparta, el crecimiento rápido y desmedido de Atenas suponía una amenaza real para sus intereses. Durante la primera mitad del siglo y tras cosechar los éxitos de las guerras contra los persas, Esparta abandonó la política expansionista iniciada por Cleómenes y se refugió en el Peloponeso tratando de mantenerlo como zona de control ajeno a la vorágine ateniense. Sin embargo, la tradicional enemistad con Argos, vecino norteño residente también de la península peloponesia, desbarató la pretendida impermeabilidad de la zona. El temor de Esparta a una ciudad equiparable en fuerza a ella la obligaba a abandonar su prolongado “letargo” y actuar. Hasta entonces, los espartanos habían ejercido un liderazgo de facto de toda Grecia sin realizar un solo movimiento, ya que los conflictos particulares entre ciudades de todo el país habían impedido el crecimiento de una alternativa fuerte.

En el 460 a.C. esta desconfianza mutua entre Atenas y Esparta derivó en un primer enfrentamiento, en lo que se conoce como Primera Guerra del Peloponeso, que se saldó con la victoria de Esparta en la batalla de Tanagra (457 a.C.). A pesar de la victoria, la pérdida de hombres que Esparta estaba sufriendo agravada por el terremoto del 464 a.C. más la idea de que Atenas había perdido por estar luchando de manera simultánea también en Egipto, hicieron que la creencia popular fuera que Atenas se había convertido de manera oficial en una auténtica alternativa a la supremacía espartana.

 

La Gran Guerra

Pasados unos años, hasta el 431 a.C., los asuntos de Grecia se mantuvieron con una relativa calma sobre la que soplaban vientos de guerra. Atenas no cejaba en su empeño de extender su influencia por todo el país y desbancar a Esparta, y para ello no había dudado en transformarse en un líder ciertamente despótico de la Confederación de Delos. Había aumentado de manera decidida los impuestos a las ciudades firmantes, las cuales no dudaron en mostrar su descontento e iniciar algunos capítulos de deserción suplicando la intervención de Esparta a favor de la liberación de Grecia de la tiranía que ahora ejercía Atenas sobre todas ellas. Sin embargo, Esparta, a diferencia de Atenas, se había dedicado a vivir de las rentas de su fama y gloria durante toda la primera mitad del siglo y la escasez de recursos, innata a su propia organización económica y unida a su tradicional inmovilismo, la convirtieron en un líder poco preparado para enfrentarse a la joven y dinámica Atenas. Aun así, a Esparta no le quedó más remedio que atender las peticiones de las ciudades que solicitaban su protección.

 

Brásidas, el joven

Después de no pocos titubeos e incertidumbres, el conflicto terminó por estallar en el año 431 a.C. […]


Share Button

Adquiere nuestros libros impresos con un 5% de descuento, gastos de envío gratis y la versión ebook de regalo. Solo tienes que visitar la tienda online de Punto de Vista Editores e ingresar el código de cupón PDV-04001


Participa en la discusión

  • (no será publicado)