Clero disidente durante la II República y la Guerra Civil

Por . 10 septiembre, 2014 en Reseñas
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Hay reseñas que se hacen por encargo. Otras, por la necesidad de cubrir un espacio en una revista o un compromiso editorial. Hay quien las utiliza para saldar cuentas pendientes. No son pocas las que sirven, básicamente, para demostrar que se sabe más del tema en cuestión que el propio autor. Y son menos frecuentes de lo habitual las que se escriben por placer, por el mero disfrute de difundir y compartir el goce de una lectura tan bien escrita como documentada, tan sugerente como oportuna. Si, además, hablamos de historia y de un trabajo coral, la frecuencia referida deviene en excepción.

Hacer una reseña para el libro que nos ocupa se encuadra en este último caso. Aquí, el goce lector no está reñido con el dramatismo que destilan las diez vidas relatadas. Experiencias vitales truncadas por la muerte, la incomprensión o el exilio. Biografías que tienen en común, pese a tanta heterogeneidad, la heterodoxia y, como derivada, la contradicción, la amargura o el desagarro producido cuando entran en conflicto las convicciones religiosas y el compromiso social, las lealtades a la jerarquía y al prójimo.

La Iglesia (entendida como institución) católica ha estado muy vinculada al poder político en la España contemporánea y sus intereses han confluido tradicionalmente con los de la monarquía y las derechas. Por eso el régimen republicano de los años treinta se vivió como un ajuste de cuentas y fue testigo de un pulso cultural entre el gorro frigio y la mitra que llegó al paroxismo durante la Guerra Civil, donde la iconoclastia y la sacrofobia de la retaguardia republicana fueron contrarrestadas con la santificación de la contienda por los sublevados, con la connivencia de la jerarquía, que la bendijo como “cruzada”.

Pero este relato de brocha gorda es parcial y el libro viene a trazar pinceladas que otorgan un colorido que no cuadra con el blanco y negro de un conflicto menos maniqueo de lo que aparenta pues trasciende la supuesta “persecución religiosa” de unos y la “fascistización” eclesial de otros. Aunque sus protagonistas pueden ser excepciones, cada vez van emergiendo más casos supuestamente raros conforme el interés historiográfico crece en torno a unos curas considerados traidores por la jerarquía eclesiástica porque avalaron las reformas o la cultura republicana. Ni la Iglesia fue tan monolítica entonces ni lo fue después.

No cabía duda de la existencia de curas “rojos” en la España franquista pero apenas habían trascendido de la historiografía especializada los curas “republicanos” de los años treinta. Este es el mérito del libro, sacar de esa losa de olvido y silencio estos casos. Se trata de otra de las grandes aportaciones del grupo de investigación coordinado por Feliciano Montero sobre la confrontación catolicismo-laicismo en la España del siglo XX, que complementa con éste sus trabajos anteriores sobre catolicismo, laicismo, anticlericalismo o religiones políticas.

Si echamos mano al refranero, podemos decir que no están todos los que son pero sí son todos los que están, alternando biografías más conocidas con otras menos. Nos encontramos ejemplos de todos los puntos cardinales del país, aquéllos que destacaron en el primer bienio republicano y los que sólo adquirieron protagonismo durante la guerra, quienes llegaron a la ruptura con la Iglesia por el compromiso social (la mayoría) y quienes lo hicieron por experiencias intelectuales (los menos). Algunos fueron asesinados por los supuestos cruzados de la fe y otros tuvieron que exiliarse para no ser represaliados por un régimen católico.

 

Marisa Tezanos, una de las coordinadoras, es la autora de dos de las biografías: la del canónigo y diputado Luis López-Dóriga (1885-1962) y la de un sacerdote mucho menos conocido que el anterior, Tomás Gómez Piñán (1897-1956), que dejó los hábitos para ejercer la abogacía y el periodismo en los años treinta.

López Dóriga (capítulo I) evolucionó desde el catolicismo social del grupo Democracia Cristiana hasta el Partido Radical Socialista y su actuación parlamentaria durante el primer bienio supuso una piedra de escándalo para el catolicismo; no podía ser menos si, amén de apoyar la separación de la Iglesia y el Estado o la instauración del divorcio, daba su voto a la ley de confesiones y congregaciones religiosas; sin embargo, lo que entonces le valió la excomunión y, tras la guerra, el exilio (teniéndose que ganar la vida como docente) no hubiera sido tan grave tres décadas después, pues se le presenta como ejemplo de sacerdote postconciliar que ejerció su ministerio en una Iglesia preconciliar.

Muy diferente es el caso de Gómez Piñán (capítulo III), un sacerdote poco interesado en la labor pastoral, secularizado no tanto por su sensibilidad social (más bien escasa) como por sus postulados regeneracionistas, y que evolucionará ideológicamente desde el republicanismo moderado (participó en la Comisión Jurídica Asesora de la Constitución y militó en el Partido Nacional Republicano de Sánchez Román en el segundo bienio) hacia el franquismo.

Antonio C. Moreno Cantano analiza otros dos de los personajes más conocidos: el también canónigo y diputado Jerónimo García Gallego (1893-1961) y el anticlerical Juan García Morales (seudónimo del presbítero Hugo Moreno López, 1883-1946).

García Gallego (capítulo II) defendió como diputado republicano los intereses católicos y agrarios en el primer bienio, desde posiciones cercanas al presidente Alcalá-Zamora, pero rompió con las posiciones eclesiásticas en 1936 y se convirtió en un activo propagandista al servicio de la causa republicana durante la Guerra Civil, junto a Gallegos Rocafull (uno de los grandes ausentes en este libro) y Leocadio Lobo (del que luego nos ocuparemos), lo que le condujo al exilio en Francia en la posguerra.

También fue un activo propagandista de la República su otro biografiado, aunque desde posiciones más extremas; Hugo Moreno experimentó una gran transformación cuando llegó a Madrid procedente de la diócesis almeriense y entró en contacto con el mundo literario; tras ser suspendido pastoralmente, rompió con su pasado y creó un personaje, Juan García Morales (capítulo IV), feroz anticlerical, experimentando una evolución política que le llevó desde posiciones moderadas del republicanismo a una progresiva radicalización, incompatible con la tímida política religiosa impulsada por el vasco Manuel de Irujo en el Gobierno de Negrín.

Dos son también las biografías analizadas por Enrique Orsi Portalo. En la de Leocadio Lobo (capítulo VI) no puede ser demasiado original, pues parte de investigaciones de otros historiadores (en especial, de José Luis González Gullón) e incluye una errata en la fecha de su muerte (1949 en lugar de 1959).

Un sacerdote como Lobo no podía faltar en una obra como ésta; calificado por su apasionamiento como “un gran corazón sin freno” fue, a diferencia de los anteriores, un perfecto desconocido hasta 1936; apenas dejó constancia de su actividad política en los años de la República pero experimentó el salto desde “cura social”, de extracción pobre, a propagandista por antonomasia del gobierno republicano a partir de la sublevación militar, prestándole desde entonces diferentes servicios tanto en el exterior (los más relevantes) como en labores de asistencia a sacerdotes y otras de apoyo a la tarea pretendidamente normalizadora de Irujo; como en otros casos, se encontró con una suspensión a divinis y vivió sus últimos años en el exilio norteamericano.

El otro biografiado (capítulo VII), Joan Vilar i Costa (1889-1962), compartió con Lobo su propagandismo republicano y su labor para restablecer unos mínimos del culto católico durante la guerra aunque, en este caso, desde postulados catalanistas, por los que había abandonado años antes la Compañía de Jesús y justificado luego su disolución.

Ninguno de los anteriores empuñó las armas. Pero hubo casos documentados de curas milicianos. Uno de ellos, Cándido Nogueras (1899-1976), ocupa el capítulo VIII y es retratado por Luisa Marco Sala. Aunque en su caso se mezcla un comportamiento excéntrico con el asesinato de un hermano maestro por los falangistas para explicar su metamorfosis, su comportamiento viene a coincidir en lo básico con otros biografiados en la explicación del anticlericalismo como evolución natural de la apostasía y la derivación de responsabilidades en una institución que había descuidado su labor respecto a los pobres. Fue juzgado tras la guerra y pasó por la cárcel de Carmona, antes de ingresar en un psiquiátrico.

Peor suerte corrió el gallego Matías Usero Torrente (1875-1936), asesinado en agosto de 1936. De él realiza un magnífico retrato José Ramón Rodríguez Lago, que lo muestra como rara avis de su tiempo, un hombre de mundo y de vocación sacerdotal tardía. Pasó de ser misionero en América y defender creencias y prácticas exotéricas a tener una militancia teosófica clandestina; tras secularizarse, apostó por el socialismo con fervor religioso, mientras denunciaba la deriva autoritaria de la institución eclesiástica.

También fue fusilado Francisco González Fernández (1897-1938), cuya militancia masónica sumada al abandono del sacerdocio por la escuela fueron determinantes. Su biografía es analizada conjuntamente por Encarnación Barranquero y Feliciano Montero; se trata de otro ejemplo de cura social cuya conversión republicana le llevó a alejarse del clero y a dejar los hábitos por la tiza, adquiriendo entonces un fuerte compromiso educativo; su crisis vocacional plantea, como en el resto de los casos, no pocas dudas, que no se pueden reducir a una frágil formación sacerdotal.

No menos interesante es el último de nuestros personajes, Régulo Martínez Sánchez (1895-1986). Miguel Ángel Dionisio Vivas resume su larga vida como la de “un luchador por la justicia evangélica”, por afrontar la cuestión social con una radicalidad cristiana que le llevó a distanciarse, primero, y a romper con la jerarquía, después. Defensor de la República durante la guerra, salvó la vida tras serle conmutada la pena de muerte. Aunque fue liberado en 1941, sufrió nuevas detenciones por su militancia política en la clandestinidad y reivindicó la memoria republicana durante la Transición. Parece, por tanto, una suerte de eslabón entre los curas republicanos y los postconciliares, hipótesis que merecería un estudio más en profundidad.

Sólo cabe felicitar a los autores y editores. Que se incluyan unas conclusiones finales —algo infrecuente en los textos corales— resulta la guinda perfecta para un libro que no encaja en la historiografía martirial, pues ninguno de sus protagonistas será llevado a los altares. Pese a que hay casos importantes olvidados o ausentes en estas páginas, su interés no decae por ello. Porque tan importante como lo que se dice es lo que sugiere para futuras investigaciones. Aunque, para ello, los archivos eclesiásticos debieran ofrecer más facilidades para consultar la documentación relativa a los sacerdotes represaliados. A los dos casos mencionados aquí hay que añadir dieciséis sacerdotes vascos y algunos otros en diferentes diócesis españolas.

Y, volviendo a ese eslabón perdido mencionado antes, cabría preguntarse si hubiera sido posible la politización y el fuerte compromiso social de los curas obreros antes y durante el Concilio sin los precedentes republicanos. Quien pretenda hallar algunas respuestas y plantearse nuevos interrogantes —algo tan básico para cualquier avance científico— no puede dejar de leer esta monografía. La misma recomendación cabe hacer a quienes buscan obtener el placer de la lectura fuera del ámbito literario y, sobre todo, a los interesados en conocer mejor nuestra historia traumática, pues esta prosopografía permite conocer mejor la sociedad en la que vivieron a través del hilo conductor de sus experiencias vitales.

 

Otra Iglesia. Clero disidente durante la Segunda República y la Guerra Civil

Feliciano Montero García, Antonio C. Moreno Cantano y Marisa Tezanos Gandarillas (coords.)

Trea, 2014.

304 páginas.


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