Esta es una historia de la Guerra Civil (IX)

Por . 1 septiembre, 2014 en Siglos XIX y XX
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5. Las consecuencias de la Guerra Civil

Finalizada la Guerra Civil, es desolador hasta más no poder el panorama con que se encuentra la autocracia ultranacionalista. Un panorama que no es sino aquel en el que han sumido al país los avatares derivados de una contienda fratricida. Ahora queda por ver qué les deparará a los españoles el triunfo en ese conflicto del sector más antiliberal de cuantos promovieron la destrucción del régimen democrático instituido en abril de 1931 y de aquellos que simplemente se vieron impelidos a aceptar un bando.

Es sabido que la primera de las consecuencias de la Guerra Civil fue el elevadísimo número de pérdidas humanas, cifrado habitualmente en una cantidad superior al medio millón. Lo cual provocó una drástica disminución de la población activa y constituyó uno de los factores de la actividad económica de la posguerra.

Si los frentes de batalla sirvieron de suelo para la mayoría de las víctimas, incluidas las producidas en las ciudades bombardeadas −especialmente por los rebeldes−, no debemos de menospreciar que muchas de ellas sucumbieron en medio del horror de las represiones ejercidas en las retaguardias de las dos zonas.

Las represiones en la retaguardia

Llegó la hora de tratar con cierto grado de profundidad el más delicado asunto relacionado con la Guerra Civil y el primer franquismo, la tremendamente polémica represión.

“No vamos aquí ni a hacer el recuento de tales monstruosidades, ni a establecer comparaciones, ya inútiles, entre su dimensión en uno y en otro de los bandos en lucha”. Ese es en realidad el criterio del autor de la anterior frase entrecomillada, Ramón Serrano Suñer, quien fallecido el dictador, escribió unas memorias en las que no ocultó su reconocimiento del “brutal encarnizamiento de las retaguardias” y en las cuales afirmó que la “represión controlada” de los sublevados y por ende del franquismo fue una “justicia al revés”. Se refería con esa expresión a la “aplicación al revés del Código de Justicia Militar” implícita en la Ley de Responsabilidades políticas del año 39: acusando de rebelión  a quienes luchaban contra, o no habían secundado, la rebelión.

Pero si nos vemos aquí obligados si no a hacer el recuento sí a establecer el estudio aunque somero de las represalias en cada uno de los territorios en que se dividió el país a lo largo de la Guerra Civil.

No debemos olvidar, en cualquier caso, cuando de represión se habla, que no sólo se alude a los muertos, a los asesinados o ajusticiados según se quiera mirar, a la violencia física siquiera, sino que se ha de considerar por fuerza asimismo la represión económica y laboral, así como la política y la cultural.

Es evidente que durante la Guerra Civil se perpetraron esencialmente dos represiones, según el territorio fuera dominado por uno u otro bando.

Por lo que se refiere a la represión ejercida en el cada vez más menguado territorio fiel a la causa republicana se suele decir de ella que fue fundamentalmente espontánea, llevada a cabo por indocumentados sin control, en su mayoría anarquistas. Observa lector las palabras en cursiva porque cada vez es más reconocido que en la zona leal no sólo hubo represión espontánea y que no era extraño que quienes la llevaran a cabo o la consintieran sin reparos tuvieran nombre y apellidos, y cierto prestigio incluso, y, por supuesto, no fueran mayoritariamente seguidores de los principios del anarquismo.

Sí tiene más peso el reconocimiento de que aquella represión republicana estalló con vigor en el sangriento verano del 36 y se redujo notablemente, sin desaparecer, seis meses después de la sublevación. Y, evidentemente, cesó en cada lugar cuando las tropas franquistas entraban tras su incontenible proceso de conquista. Cesó para siempre. Mejor, se permutó por la de los recién llegados y por la de los quintacolumnistas o simples ex sufridores que en muchos casos volvían ahora las tornas hacia donde su odio les dictaba

La represión física perpetrada en el bando republicano, que suele estimarse en unos 50.000 seres humanos ajusticiados o asesinados, fue fruto de la propia revolución social provocada por el desbaratamiento del Estado traído por la sublevación de julio de 1936. Pero ese descontrol especialmente inicial se extendió a lo largo de todo el conflicto si bien institucionalizado, pese a los esfuerzos de los distintos gobiernos encabezados pronto por los socialistas, escindidos ellos mismos entre la tendencia demócrata pero poco y la revolucionaria intransigente, y formados además no sólo por anarquistas o por republicanos más o menos radicales sino también por comunistas.

Si hablamos de la represión ejercida por los sublevados, pronto franquistas, no podemos obviar su principal característica, derivada del resultado de los propios acontecimientos: su prolongación en el tiempo hasta el final de la misma dictadura en 1975. Si durante la guerra los represaliados eran cuantos pudieran ser tenidos por partidarios del otro bando e incluso los opuestos al ejercicio personalista del poder por parte de Franco, durante la posguerra lo fueron estos últimos y sobre todo cuantos cabría asimilar a los perdedores de la guerra, aunque de manera más directa todos aquellos tachados de antifranquistas.

El hito que parte en dos la represión franquista puede ser el final de la Segunda Guerra Mundial y el necesario lavado de imagen del régimen. A uno de sus lados, la más dura represión física y de todo tipo; y al otro la represión suavizada pero aun llena de una crueldad a la que desde 1945 se añade la poca piedad y el nulo perdón. Y eso sin tener en cuenta la misma injusticia de la dictadura a la hora de considerar los motivos para aplicar los castigos, injusticia desde cualquier óptica moral que se aplique.

Las cifras de la represión digamos física son continuamente analizadas y únicamente podemos afirmar aquí que en el caso de la ejercida por el franquismo se suele admitir que fueron eliminados (asesinados, ajusticiados: elija lector el calificativo) entre 150.000 y 200.000 seres humanos, aunque como más adelante tendremos oportunidad de recordar, se suele descender hasta el primero de los dos datos. Casi todos entre julio de 1936 y la promulgación en julio del año 1945 del Fuero de los Españoles, acabada ya la Segunda Guerra Mundial. Sólo en nueve años, principalmente en los de la guerra y en los de la primerísima posguerra. En concreto, se estima que el número de personas que recibieron la muerte en el ejercicio de la represión llevada a cabo por el régimen de Franco, una vez acabada la Guerra Civil española, ascendió a unos 50.000 seres humanos.

Autores como Paul Preston consideran, probablemente de una manera exagerada, que lo que supuso el franquismo en cuanto al uso de la violencia fue un auténtico exterminio de la oposición, de los ideales del liberalismo político y de la izquierda, buscado desde el mismo comienzo de la sublevación, que finalizará convirtiéndose en un verdadero Holocausto, esa es la palabra para muchos desmesurada que emplea: Holocausto. Sin llegar a usar ese vocablo, Reig Tapia también considera evidente que el fin de la represión franquista no era otro que lograr “la parálisis del enemigo mediante el terror y la aplicación de una lógica de exterminio”.

Pero a esa catástrofe, no hemos de olvidar, hay que añadir asimismo las otras represiones, la que se llevó a cabo por medio de la depuración de los funcionarios, no sólo aunque sobre todo profesores, incluidos por supuesto los militares (aquellos que se salvaran de los pelotones de fusilamiento, claro está); o la represión económica aplicada desde enero de 1937 por medio de incautaciones de bienes y embargos de cuentas a quienes se les tuviera por responsables de las pérdidas de riqueza durante la Guerra Civil, pero también a través de los numerosos despidos consentidos por el régimen; y por supuesto la más generalizada de todas, la estrictamente política, la que impedía asociarse fuera del partido único o del sindicato vertical afín o publicar periódicos sin la estricta autorización gubernamental fijada en la Ley de Prensa del año 38 o escribir en general sin pasar por la censura establecida o siquiera verter en cualquier lugar público opiniones contrarias a la famélica diversidad de criterios admitida por el régimen.

En suma, la dictadura −y aquí seguimos de nuevo a Santos Juliá“tuvo como primer fundamento la represión de los vencidos”. Si ya la guerra fue una guerra “de eliminación del enemigo interior, por la muerte, por el exilio o por la represión y depuración”, la dictadura que impuso la victoria sublevada “liquidó la herencia liberal y las tradiciones republicana, socialista y anarquista construyendo en su lugar un nuevo Estado […] que asegurara la exclusión eterna de los vencidos y el exterminio de la Anti-España”.

En palabras del historiador español Gutmaro Gómez Bravo, la represión franquista contempló “la exclusión y la marginación en una sociedad reconstruida sobre los rasgos de los vencedores, pero sobre todo, [da como resultado] una cultura que reniega de todo lo que tenga que ver con los vencidos, que los aparta y los incapacita para la vida futura”. El franquismo, en su esencial política de eliminación de las ideas disolventes de sus enemigos, acabó por provocar ya en la década de los 40 el llamado “exilio interior”. Gómez Bravo nos dibuja de forma magistral la situación: “el caos burocrático, la desidia, el aprovechamiento o la venganza interfirieron en un particular y kafkiano proceso español presidido por la arbitrariedad y la total incertidumbre”.

La ruptura con las tradiciones culturales que llevaban en volandas al país hacia la modernización, y que de hecho le mantenían en el vilo del progreso creativo, fue total a raíz de la victoria militar de la coalición que asumió la dictadura personal del general Franco. Semejante “erial”, no absoluto, por supuesto, sería fruto de las prohibiciones expresas del régimen pero también del manifiesto interés de este por imponer una concepción de la cultura que era, al tiempo, puro antiliberalismo católico y algo del específico fascismo español a medio camino de la soldadesca patriotera y la paradójica revolución social nacida para evitar la revolución social.

El historiador español de la literatura José-Carlos Mainer habla de “una suerte de glaciación” cuando se refiere a la cultura impuesta por los vencedores de la Guerra Civil, una glaciación contrarreformista que lo que hacía era esconder los últimos tres siglos y exaltar “el pasado medieval devoto y guerrero”. Y volviendo a la huida del país forzada por el resultado de la contienda cainita, el propio Mainer ha escrito que “el dramático hecho del exilio de muchos intelectuales fue la confirmación más patente de la hostilidad del régimen a la intelligentsia”.

Fue la represión franquista, en definitiva, y estamos con Gómez Bravo, “una forma de castigo colectivo llevada a cabo para atemorizar a la población mediante una ‘pedagogía del terror’”.

 

El historiador español Borja de Riquer recogió de forma brillante algo que carece de discusión a este respecto:

“El conjunto de las medidas represivas adoptadas por las autoridades franquistas se caracteriza por su voluntad de ejemplaridad y de castigo, por su masividad y su totalidad, por su arbitrariedad y por su continuidad”. La delación y la denuncia fueron elevadas a la categoría de actitudes patrióticas, aunque lo que hicieron fue promover la búsqueda de beneficios personales o el simple deseo de venganza. “Así conviene recordar que la represión tuvo sus colaboradores, activos y pasivos, y sus beneficiarios, directos e indirectos […], creó complicidades y lealtades y ayudó a cohesionar al bloque vencedor de la guerra”.

 

Y García de Cortázar y José Manuel González Vesga afirman en esta línea de cosas:

“Dos sentimientos invadían a los españoles de la primera posguerra: un desánimo que hacía presa en los vencidos y una exaltación revanchista, que mantenía unidos a los vencedores”.

 

Los otros efectos del conflicto

Otra consecuencia, podemos decir humana, de considerable valor derivada de aquella cainita lucha de tres años, y sobre la que ya algo se ha dicho aquí, es la nada despreciable cifra de exiliados. Un baldón profesional e intelectual pero también estrictamente laboral que el franquismo nunca valorará, pues el demérito sería en todo caso propiedad absolutamente suya.

En lo económico, la consecuencia más destacada del conflicto fue el descenso a niveles preindustriales del nivel de renta de la población, a lo que habría que añadir una brutal disminución de la producción provocada por la ya citada merma de la población activa, la casi desaparición de las reservas o la destrucción de una considerable parte de las infraestructuras del país (vías férreas y carreteras, pero también viviendas y hasta centros industriales).

También es importante no perder de vista otra deriva económica de la guerra: las deudas contraídas por el régimen con los dos países que de alguna manera habían financiado primordialmente el esfuerzo de los sublevados: Alemania e Italia. Si al Estado italiano se le estuvo pagando hasta un año tan tardío como 1967, al país dominado por los nazis se le devolvió su esfuerzo antes de que acabara la Segunda Guerra Mundial, a base de exportaciones, principalmente del queridísimo wolframio, y de mano de obra española (más de 10.000 trabajadores operaron en las industrias del Tercer Reich). Por no hablar, en un porcentaje menor pero nada despreciable, de la ayuda privada proveniente de empresas estadounidenses (Texaco, Standard Oil y General Motors) y británica.

Y en lo social, en lo que respecta a la vida cotidiana de la inmensa mayoría de quienes salían del largo túnel de una guerra civil para entrar en la oscura senda de los años de una posguerra inacabable, siguieron años de privaciones ya padecidas durante los años de conflicto. De privaciones protagonizadas por el racionamiento que habrían de durar hasta la década de 1950.

Todo ese panorama realmente terrible, provocado por la insensatez de todos pero muy especialmente por la decisión irrevocable de los sublevados y sus seguidores organizados en torno de la figura dictatorial de Francisco Franco, habría de estar pilotado por un régimen que construía un Nuevo Estado antidemocrático.

Sin una verdadera representación política, pues FET y de las JONS precisamente venía a cercenar esa práctica, sin la división de poderes propia de los regímenes demoliberales y sin las libertades propias de la Edad Contemporánea que el franquismo realmente negaba, Francisco Franco tenía la tarea descomunal de sacar a España del hoyo en que se hallaba. Contaba para ello con una base ideológica antiliberal, anticomunista, nacionalsindicalista y nacionalcatólica. 

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José Luis Ibáñez Salas nació en 1963 en Madrid. Se licenció en Filosofía y Letras y se especializó en Historia Moderna y Contemporánea. Editor e historiador, fue el responsable del área de Historia de la Enciclopedia multimedia Encarta, ha dirigido la colección Breve Historia para Nowtilus y ahora es promotor de nuevos proyectos en Sílex ediciones. Asimismo, dirige la revista digital Anatomía de la Historia y es editor de Santillana Educación y socio fundador de Punto de Vista Editores. Su último libro en Sílex ediciones es El franquismo.

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  1. gravatar Ignacio Fontes de Garnica Responder
    septiembre 2nd, 2014

    Simplemente, una nota para reivindicar, una vez más y en su memoria, la autoría de la afortunada “el exilio interior”, una expresión incorporada al habla cotidiana, llena de poética, tomada del título de la excelente novela de Miguel Salabert (‘El exilio interior’, Les Lettres Nouvelles, París, 1960, que no pudo publicarse en España hasta 1984, Ed. Anthropos). Miguel Salabert (Madrid, 1931-2007), padre de la novelista Juana Salabert, fue un excelente periodista que, hombre de izquierdas, se autoexilió a París a finales de los 50 y desarrolló en la agencia France Presse gran parte de su carrera; uno de los primeros artículos que escribió en su lengua de adopción se tituló, precisamente, ‘L’exile interieur’, sobre la vida intelectual en la cerrada España de la dictadura. Fue, además, un brillante traductor del francés y, dueño de una lengua precisa y hermosa, vertió al castellano tanto a Flaubert como a Julio Verne, de quien escribió una biografía fundamental: ‘El desconocido Julio Verne’ (CVS Ediciones, 1974).