Guernica en llamas

Por . 24 septiembre, 2014 en Siglos XIX y XX
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La editorial Foca ha publicado 1937: el crimen fue en Guernica. Mentiras propagandísticas de patas cortas y de siete leguas, de Ignacio Fontes de Garnica, una obra de la que a continuación reproducimos un extracto.

Hemos eliminado las notas al pie de página de la edición que tan amablemente nos han permitido utilizar la editorial Foca y el propio autor, si bien en ocasiones hemos incorporado sus contenidos en el cuerpo central de texto.

 

Guernica en llamas

Sin embargo, a la vista de los resultados y de que tres cuartos de siglo después del bombardeo de la población vizcaína aún existan aspectos desconocidos y otros polémicos e incluso quien siga creyendo las falsedades que se contaron, hay que preguntarse si Bolín no cumplió, incluso a la perfección, su labor. Gracias a la propaganda, pocas mentiras tan burdas han gozado de tanta credibilidad durante tanto tiempo. Si se dice que la mentira tiene patas cortas, la de Guernica calzaba botas de siete leguas…

El que ha pasado por primer bombardeo aéreo de la historia sobre una población civil –sin serlo y sin ir más lejos que 25 kilómetros al sur, el de Durango, bombardeada unos días antes, entre otros–, cobró una dimensión desorbitada en la prensa y opinión pública extranjeras por una continuada sucesión de torpezas propagandísticas, de errores y mentiras, y la inmediata presencia de periodistas extranjeros en las ruinas en llamas de la ciudad. Con la mala suerte añadida de que tres de los primeros cuatro que lo hicieron –los citados George L. Steer, de The Times; Noel Monks, de The Daily Express, y Christopher Holme, de la agencia Reuter– habían sido expulsados de malas maneras de la zona sublevada y se sentían liberados, o querían tomarse la revancha, de las servidumbres y pactos aceptadas y observados, más o menos, hasta entonces. Dos de ellos, Steer y Holme viajaban hacia Guernica en el mediodía del 26 de abril cuando fueron testigos del bombardeo por la Legión Cóndor del caserío de Gerrikaitz, a quince kilómetros de su destino, y su coche fue ametrallado por cazas italianos (o españoles); regresaron a Bilbao y al llegarles las noticias por la noche volvieron a Guernica junto con Corman y Monks: “No he visto nada más horrible que Guernica en llamas”, escribió éste, periodista australiano católico, en el Daily Express.

La crónica de Steer, un periodista sudafricano respetado a pesar de su juventud, 26 años, que ya había cubierto para The Times la guerra ítalo-abisinia en 1935 –fue quien informó que la aviación de Mussolini había utilizado las prohibidas bombas de gas mostaza–, dio la vuelta al mundo, publicada también por The New York Times, y, como la de Jay Allen sobre Badajoz, fue considerada modélica entre los corresponsales de guerra. De arraigadas ideas conservadoras –murió en la Segunda Guerra Mundial, con el grado de teniente coronel del ejército británico en un accidente de coche en Birmania–, sus crónicas desde la zona sublevada nunca habían traslucido hostilidad sino cierta comprensión hacia su causa y sus protagonistas, aunque siempre desde unos criterios inamovibles de objetividad. Tras su expulsión de la España franquista, fue enviado a Bilbao en la primavera de 1937 para cubrir la ruptura del bloqueo del puerto de Bilbao impuesto por la escuadra franquista por mercantes británic0s apoyados por su marina de guerra; hizo amistad con el lehendakari José Antonio Aguirre y simpatizó con la ideología reaccionaria del PNV, muy cercana a la suya, aunque luterano, y coincidente en no pocos puntos con la de los sublevados, a la que enfrentaba frontalmente su separatismo, el estatuto de gobierno autónomo y la práctica independencia alcanzada tras quedar el País Vasco aislado del gobierno de la República –como, de hecho, ocurrió en todo el frente norte, en Cantabria, Asturias, León y parte del norte de Castilla, donde se constituyeron Consejos que actuaron como gobiernos autonómicos–. Amistad y simpatía que se airearían –como las insidiosas acusaciones de ser un agente del espionaje, primero comunista y luego británico– para tratar de desautorizar su famosa crónica. Que, sin embargo y en efecto, es un modelo de objetividad sin ningún dato que no proviniera de su observación personal –por no constarle, se limitaba a decir que los aviones “de las tropas insurgentes” eran de fabricación alemana y daba cuenta de las inscripciones en alemán de las carcasas de bombas incendiarias que recogió: “(…) con las iniciales grabadas de la fábrica alemana Rheindorf y fecha de 1936. Por encima del nombre, el águila imperial germana con sus alas de espantajo abiertas”–, incluso en sus ingenuidades: “Como los vascos no tenían suficientes aviones para responder a la escuadrilla insurgente, la única respuesta de la que dispusieron fue el heroísmo desarrollado por el clero vasco. Éste bendecía y rogaba por las masas arrodilladas –fueran socialistas, anarquistas, comunistas o simplemente creyentes– en los destrozados refugios subterráneos” (Nicholas Rankin, Crónica desde Guernica: George Steer, corresponsal de guerra, Siglo XXI de España Editores, Madrid, 2005).

Guernica no era una “ciudad abierta” oficial –que, en términos de derecho internacional, supone que, ante la inminencia de una invasión y para evitar víctimas civiles y destrucción, las autoridades declaran de antemano la rendición de la ciudad sin combate ni condiciones–, aunque, totalmente indefensa, lo fuera de hecho.

Como era, también de hecho, un objetivo militar, aunque no fuera considerado así por el cuartel general de Franco, o así lo proclamara, atrapado en una maraña de mentiras. La realidad es que albergaba tres batallones de gudaris, unos dos mil combatientes, un hospital de sangre y una residencia para convalecientes y cuatro fábricas de armas: Unceta y Compañía, de armas cortas, la prestigiosa Astra; Talleres de Guernica, que fabricaba bombas de aviación; Beistegui Hermanos, de piezas de ametralladora, y Joyería y Platería de Guernica, una fábrica de cubiertos reconvertida en industria de casquillos, además de Los Pirineos, S. A., fábrica de caramelos transformada en manufacturera de raciones de campaña.

Tampoco parecía ser objetivo militar para el gobierno vasco, o así lo imponía la precaria posibilidad de armamento, pues no estaba dotada de ninguna defensa. En realidad, su única defensa era la pasiva civil, que contaba con un servicio visual de alerta y una quincena de refugios antiaéreos –unos más adecuadamente acondicionados que otros y con capacidad para unas tres mil quinientas personas–, iniciada la construcción desde los bombardeos de Otxandio (Ochandiano), el 22 de julio de 1936, e Irún, el 5 de septiembre, y ampliados tras los de Durango, del 31 de marzo al 4 de abril de 1937, y, sobre todo, de la cercana Eibar (a 38 kilómetros, en la frontera guipuzcoana), el 26 de abril de 1937, arrasada en un 80 por ciento tras ocho meses de ataques. Los guerniqueses estaban entrenados para refugiarse al primer toque de alarma, tantas en nueve meses de guerra que, en ocasiones, las fábricas –que se habían dotado de sus propios refugios subterráneos– silenciaban la alarma para no interrumpir el trabajo. Casi todos los refugios resistieron el intenso bombardeo, pero la techumbre de placas de hierro sin hormigonar de uno que estaba en construcción, se derrumbó sobre una treintena de refugiados al recibir el impacto directo de una bomba.

Además, Guernica tenía un alto valor estratégico: un cruce de caminos a quince kilómetros del perímetro defensivo de Bilbao, el famoso Cinturón de Hierro, y a otros tanto del frente –no a los seis que pretendió el informe oficial–, que, a la vez que protegía la retaguardia de las fuerzas republicanas, con unidades asturianas y cántabras junto al ejércit0 vasco, garantizaba tanto suministros como retirada. Para alcanzar la carretera de Bilbao se entraba a Guernica atravesando un pequeño puente de piedra sobre la ría de Guernica-Mundaka del río Oka. Su posición como nudo de comunicaciones, pues, y la existencia de ese puente –a pesar de que era posible cruzar la ría a pie un poco más arriba, al ser su cauce ya muy estrecho y su caudal escaso a su paso por la ciudad–, decidieron su destino.

También era notoria su significación como ciudad símbolo de las libertades e instituciones ancestrales de los vascos, sede de la Casa de Juntas presidida por el Árbol de Guernica, un roble sembrado en el siglo XIV –y sustituido tres veces, en 1742, 1860 y 2005–, ante el que los señores de Vizcaya juraban fidelidad a los fueros y, después, los reyes de Castilla, desde Alfonso XI en 1334, como herederos del Señorío vizcaíno.

El día 26 de abril era día de mercado y aunque se suspendió ante las noticias de probables bombardeos, numerosos baserritarras de los caseríos de los alrededores ya habían bajado a vender sus productos como hacían cada lunes, y a pesar de que se habían sellado los accesos a la ciudad, también habían llegado de los alrededores cierta cantidad de aficionados para presenciar el partido de pelota vasca convocado en el frontón aquella tarde y que también sería suspendido. No se sabe, pero el 26 de abril podía haber de cinco a seis mil personas, teniendo en cuenta el censo de 5.500 habitantes, disminuido por los movilizados y los refugiados en caseríos cercanos a la ciudad e incrementado por los combatientes acuartelados o en retirada, los heridos convalecientes y los forasteros que habían acudido ese día a Guernica; tampoco es posible determinar el número de refugiados de pueblos vecinos del frente oriental que, empujados por el avance, se habían establecido en la ciudad. Las hipótesis y estimaciones de los historiadores, incluso locales, alejados de cualquier intención propagandística, estiman un tope de 6.500 personas las que podían estar en Guernica la tarde del 26 de abril de 1937.

De cuatro y media a ocho menos cuarto, las alarmas de ataque aéreo no dejaron de sonar. Desde las bases de la Legión Cóndor en Vitoria y Burgos y de la Aviazione Legionaria en Soria y Vitoria, llegaba en oleadas una potente escuadra compuesta por tres escuadrones con un total de veintitrés Junkers Ju 52, cuatro He 111, diez Heinkel He 51, tres Savoia-Marchetti S.81 Pipistrelli y un Dornier Do 17, escoltados por doce Fiat C.R. 32 y, según fuentes, seis de los nuevos Messerschmitt Bf 109, además de “tres aviones experimentales” (Versuchsflugzeugen), quizá prototipos de los encargados por el Reichsluftfahrtministerium, el ministerio del Aire del Reich, a la Bayerische Flugzeugwerke (Bf), fabricante del Messerschmitt.

A principios de siglo se descubrió que también participaron en el ataque aparatos de la aviación de Franco con las misiones de protección de los bombarderos y ametrallamiento de las carreteras en torno a la población, no se sabe si también de bombardeo, lo que echó por tierra la última de las mentiras oficiales.

La flota aérea iba armada con una cantidad de bombas no determinada, que oscila entre las cincuenta toneladas que manejan los historiadores extranjeros, pasando por las 31 que calculan los historiadores franquistas sobre informes oficiales nazis de 1937 y las 28’22 que aceptan las autoridades vascas actuales. La cifra sobre la que hay mayor consenso es la de las bombas incendiarias que se arrojaron: 5.472 artefactos de un kilo –cilindros de aluminio y magnesio con 65 gramos de termita, mezcla de limaduras de aluminio y de óxido de otro metal (el de hierro se emplea para soldar raíles y piezas de acero) que, inflamada por una espoleta, reduce el óxido y eleva la temperatura del metal hasta los 2.760 grados centígrados–; consenso que, a la postre, resulta fundamental, pues minimiza la discusión sobre el número de aviones y el tonelaje de las bombas rompedoras y explosivas al contradecir y desmentir los alegatos de que no se buscaba la destrucción de Guernica.

Durante tres horas, la acción conjunta de los diversos tipos de bombas arruinaron el 99 por ciento de los edificios de Guernica –un 71 por ciento totalmente destruidos; un 7 por ciento, con graves daños; un 28 por ciento, con daños diversos y un 1 por ciento, indemnes–, causando un número de víctimas aún no determinado con exactitud.

Junto a la autoría intelectual, otra de las polémicas enconadas del bombardeo de Guernica, el número exacto de víctimas está aún pendiente de ser establecido de forma definitiva, tanto a causa de la inexistencia de documentos, por causas de la guerra o destrucción intencionada, como por las manipulaciones y falsificaciones construidas ad hoc por necesidad de la propaganda o para ir adaptando a la realidad el relato adulterado de los hechos. Así, es muy sospechosa la autenticidad de una orden del cuartel general de Salamanca, fechada el 6 de enero de 1937 y firmada por el comandante de la Fuerza Aérea, que fue aireada tras el bombardeo y que establecía que “Cuando se bombardeen objetivos militares en las poblaciones o próximos a ellas, se cuidará la precisión del tiro con objeto de evitar víctimas en la población no combatiente”…, pues un mes después, desde el 8 de febrero de 1937 y durante cinco días, la aviación, la marina y la infantería de insurgentes y aliados masacraron a las decenas de miles de personas, no combatientes en su inmensa mayoría, que, ante la entrada de las tropas, huían de Málaga por la carretera de Almería, causando de tres a cinco mil víctimas sin que nadie los detuviera a lo largo de los días ni nadie fuera expedientado y menos castigado por el bárbaro hecho… De modo que si tal orden fuera verdadera, habría que concluir que era tan respetada como el libro de estilo de la Luftwaffe, cuyo Manual de Bombardeo (Luftkriegführung), publicado en 1936, establecía que “los ataques contra ciudades con el propósito de aterrorizar a la población civil están absolutamente prohibidos”, aunque a la vez priorizaba los ataques aéreos contra “los pilares de la voluntad de resistencia enemiga”, entre los que el de la población civil era de primera importancia. Este mismo andamiaje propagandístico pretendió que, unos días antes, el propio Franco dio instrucciones de que se recordase a la aviación extranjera esa orden de salvaguardar a la población; que “a Franco le consternó descubrir más tarde que tanto Bolín como los alemanes le habían mentido y que exclamó: ‘No haré la guerra contra mi propio pueblo’” (Ramón Salas Larrazábal, Historia del ejército popular de la República, ed. La Esfera de los Libros, Madrid, 2006, cit. por Paul Preston, Franco: caudillo de España, Ed. Grijalbo, Barcelona, 2004). Sin contar con que a continuación y a lo largo de la guerra, prosiguió el bombardeo de población civil en muchas ciudades –alguna incluso abierta, como la localidad barcelonesa de Granollers–.

El número más o menos exacto de víctimas nunca se podrá conocer, pues hay datos imposibles de establecer, como los citados de los caseros y compradores que habían acudido al mercado, los cadáveres carbonizados o desintegrados y de los refugiados que huían del frente y se encontraban en Guernica, así como el consiguiente éxodo, que incluyó traslados de cadáveres. A ello se deben las oscilaciones que, desde el primer momento y a lo largo de los tres cuartos de siglo siguientes, ha sufrido la cifra de víctimas; por partida doble, pues también ha sido víctima de las propagandas de ambos bandos, que la han magnificado hasta diez mil y la han minimizado hasta doce… Sólo Jesús Salas Larrazábal había emprendido la tarea, por otra parte ciclópea, de levantar acta con nombre y apellidos de cada una de las víctimas, cifrándolas en 126. Hasta la actualidad, cuando Gernikazarra Historia Taldea, asociación de historiadores de la ciudad, reanudó el trabajo: hasta mayo de 2012 había documentado 153 víctimas y tenía otras seis en estudio. Pero ellos mismos dicen que nunca podrá conocerse el número de víctimas con exactitud; entre los otros extremos citados que lo impiden, el hecho de que el suelo de la Guernica reconstruida, el actual, está en una cota de 1’50 a 1’80 metros sobre la anterior al bombardeo: no se retiraron las ruinas sino que se compactaron para que sirvieran de cimientos a las nuevas edificaciones; los cadáveres que no estuvieran a la vista reposan para siempre en el subsuelo guerniqués…

En un primer momento, el gobierno autonómico proporcionó la cifra de 1.654 muertos y 889 heridos –una relación que extrañó, pues el número de heridos en un bombardeo suele duplicar e incluso triplicar el de fallecidos–, que una semana después rectificó por boca de Jesús María de Leizaola, vicepresidente y consejero de Justicia y Cultura, reduciéndola a 592 personas, que ya incluía heridos fallecidos en los hospitales de Bilbao. De dónde sacaran cifras tan precisas es un misterio para los historiadores vascos actuales, que creen imposible que tal exactitud pudiera responder a la realidad o a una información verdadera. El supuesto rigor de los números sería, pues, achacable a una maniobra propagandística para dar mayor credibilidad al dato: 1.654, 889 y 592 sugieren un recuento minucioso de las víctimas, impresión que no transmitirían de ser números redondos, 1.650, 900 y 600. Pero imposible de contabilizar en aquellos momentos, con muchos cadáveres carbonizados, descuartizados, bajo las ruinas aún en llamas, y en los posteriores… Inverosímil a la luz del trabajo ímprobo de investigación que supone el actual recuento de Gernikazarra, desde los archivos locales, parroquiales, hospitalarios, cementerios, a los nacionales, registro civil, militares, franquistas…, en ocasiones teniendo que ser reconstruidos por haber sido destruidos o manipulados, a los internacionales, como los de la Aviazione Legionaria, habiendo desaparecido para siempre muchos de la Legión Cóndor, destruidos en la Segunda Guerra Mundial por un bombardeo.

Pero no todas las estimaciones iniciales son descalificables por el mero hecho de adjetivarlas de acuerdo a determinados intereses. Hay evaluaciones que no por imprecisas dejan de ser objetivas.

En su primera crónica, Steer daba cuenta de cerca de un centenar de víctimas sólo en dos localizaciones, el hospital de las Josefinas y el refugio en construcción cercano a la Casa de Juntas. Holme, corresponsal de la agencia Reuter, dijo en su crónica: “El ataque aéreo más atroz de todos los tiempos (…) [causó] cientos de muertos”. El del Daily Express, Noel Monks, transmitió haber contado personalmente 600 cadáveres y, más tarde, la agencia Associated Press distribuyó un despacho elevando la cifra de muertos hasta los 800… Se trataba de medios con credibilidad indiscutible y de profesionales no sólo acreditados sino, en este caso, además, presionados por sus Redacciones para extremar el rigor ante las contradictorias noticias puestas en circulación por ambos bandos en liza.

Monks dio cuenta en sus sucesivas crónicas de las nuevas visitas a Guernica, empujado por sus superiores una y otra vez a confirmar las estremecedoras noticias que enviaba: “Volví al pueblo ennegrecido al amanecer [del día 28 de abril]. Las llamas se habían apagado pero las ruinas ardían lentamente. Vi más de ochocientos cadáveres. Otros trescientos cadáveres no eran reconocibles como tales porque no eran cuerpos, eran solo manos, piernas, brazos, cabezas y pedazos de carne humana. Muchos cuerpos tenían heridas de bala, balas de las ametralladoras de los aviones”.

 

Los corresponsales acreditados ante las fuerzas de Franco entraron en varias tandas, según su grado de afección; la primera fue una decena de incondicionales empotrados en las tropas de los sublevados –entre ellos, cuatro italianos fascistas–; Guernica aún humeaba cuando entraron junto a requetés y Flechas Negras (Frecce Nere, cuerpo mixto hispano-italiano mandado por oficiales italianos), acompañados de falangistas y tropas regulares–. Fueron los únicos periodistas del bando rebelde que pudieron ver el estado real de la ciudad.

Cuando entraron las siguientes tandas, las de los corresponsales considerados hostiles e incluso tibios, ya del 8 al 12 de mayo, fueron visitas “guiadas” por itinerarios con apenas cráteres de bombas –alguno de hasta siete metros de profundidad–, para que los periodistas no vieran lo que se les quería ocultar. Durante unos días, sólo las tropas de los sublevados y de sus aliados habían podido entrar en el perímetro bombardeado –en seguida serían trasladados presos republicanos y empleados en la reconstrucción–; soldados alemanes especializados de la Legión Cóndor maquillaron con meticulosidad las ruinas de la ciudad: recogieron restos de cadáveres, casquillos y carcasas, bombas sin estallar y otros indicios del ataque aéreo, rellenaron pozos, fotografiaron minuciosamente las ruinas, levantaron planos, redactaron informes, esparcieron gasolina y amontonaron bidones vacíos en el atrio de una iglesia para tomar fotografías…: mucho de ese material desapareció en el incendio de los archivos de la Legión Cóndor.

Aunque denostado, el laborioso trabajo de los aparatos de propaganda fue tan eficiente como el de los de limpieza, pues en menos de dos semanas de polémica y versiones contradictorias habían conseguido sembrar las dudas en el ámbito internacional. Así, aunque mucho después reconocieran sus errores, James Holburn de The Times, W. P. Carney de The New York Times, Georges Botto de la agencia Havas, Max Massot de Le Journal de Paris, Pierre Héricourt de la Action Française, Richard Massock de la Associated Press…, y otros, bien intimidados o, sencillamente, convencidos de que lo que veían reflejaba lo que les habían venido contando, trasmitieron crónicas coincidentes con la segunda versión de los hechos: tras un ligero bombardeo rebelde, Guernica había sido enteramente destruida por vascos y asturianos en su retirada –Le Figaro tituló: “Periodistas extranjeros revelan que Gernika no fue bombardeada. Las casas fueron rociadas con gasolina e incendiadas por el Gobierno vasco”–.


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