La llegada al trono del primer Borbón español

Por . 3 septiembre, 2014 en Edad Moderna
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El 2 de junio de 2014, el rey Juan Carlos I de Borbón anunció su abdicación en su hijo Felipe. Es el sexto soberano español con ese nombre. Pero hay que viajar en el tiempo 300 años para encontrar a su antecesor, el que fuera el primero de la dinastía de Borbón en reinar en España, como bien expresa Juan Granados en su exitosa Breve historia de los Borbones españoles.

La Historia, en este caso, es un cúmulo de casualidades. Se cumple el tricentenario de la conquista, por las tropas de Felipe V, de Barcelona, último acto de la Guerra de Sucesión española. El devenir histórico ha hecho que trescientos años después, otro rey con el mismo nombre se siente de nuevo en el trono. ¿Ironías de la Historia? Tal vez.

 

Carlos II, el último de los Austrias

Debemos remontarnos al otoño de 1700 para ver cómo llegó un Borbón, casa enemiga de la reinante en Madrid, al trono. El último de los Austrias, Carlos II, fue un personaje enfermizo y con todo tipo de dolencias. Una sombra de lo que representó el primero de su linaje, Carlos. De hecho, y ante su falta de descendencia, en la última década del siglo XVII comenzó a darse una serie de maniobras diplomáticas para colocar a un nuevo soberano y repartirse las posesiones de la Monarquía Hispánica.

Madrid aún seguía siendo un poder a tener en cuenta a pesar de las derrotas ante la Francia de Luis XIV y la pérdida de Portugal. Había dos motivos para ello: el primero, el hecho de conservar piezas estratégicas en el tablero europeo. El segundo, las riquezas que seguían viniendo de las Indias y que podrían financiar cualquier campaña o abrir nuevos mercados a otras potencias. Todo esto hacia deseable el trono español a pesar de todos los problemas y de la “crisis” que azotaba a la monarquía.

Como hemos dicho, la falta de descendencia del rey Carlos II suponía un problema para la sucesión al trono, por lo que las maniobras diplomáticas para repartirse sus reinos a su muerte comenzaron. Por este motivo, testó a favor del heredero del Elector de Baviera, pero, por desgracia para el joven príncipe, murió poco después de conocerse la decisión. La sombra de Versalles, en la repentina enfermedad y muerte de un niño de siete años, parecía alargada. Se llegó a sospechar de un envenenamiento, aunque nunca pudieron los coetáneos confirmar esa conjetura. La muerte del joven príncipe ocasionó que sólo hubiera dos pretendientes. Uno de los jugadores, el mismísimo Luis XIV de Francia, casado con una hermana del rey hispano apoyaba a su nieto, Felipe de Anjou. Por el otro lado, estaba el Sacro Imperio, junto con Inglaterra y Holanda. Los aliados del Sacro Imperios deseaban evitar una potencia hegemónica en el continente y acceder a las riquezas de las Indias. En esto último coincidían con la Francia de Luis XIV.

Como es lógico, junto a los jugadores principales, en la villa y corte de Madrid los principales consejeros del rey se fueron decantando por una u otra opción. Sólo tenían una cosa en común, con independencia de quién fuese su candidato: la defensa de la integridad de todos los territorios. De este modo, se rechazaban todos los acuerdos de partición que se hubieran hecho a espaldas de la corte española.

Finalmente, Carlos II, el 3 de octubre de 1700, declaró como su heredero a Felipe de Anjou. Lo hizo con repugnancia, pues ofrecía su trono a su gran enemigo a lo largo de treinta años. Fue presionado por sus consejeros, destacando el cardenal Portocarrero, al verse la opción francesa como la más segura y fuerte. En el caso de que Felipe renunciase, pasaba al archiduque Carlos, hijo del emperador, la herencia de Carlos II.

Menos de un mes después, el 1 de noviembre, el último Austria fallecía. Durante ese tiempo, el testamento se había filtrado entre los círculos cortesanos. Sin embargo, como nos relata el historiador británico Henry Kamen, se dio un curioso incidente. Mientras se esperaba la noticia del fallecimiento, el noble español que tenía que anunciar el deceso se dirigió al embajador imperial. Esto causó gran estupor, en especial entre la delegación francesa, al considerar que tenían en sus manos todos los triunfos. Cuando llegó ante el embajador austriaco, le dio un gran y largo abrazo, diciéndole “Señor, es un placer, es un gran honor para toda mi vida, despedirme de la ilustrísima Casa de Austria”. Tras esto, ahora sí, anunció lo esperado por todos.

A partir de entonces, se inició una compleja maquinaria burocrática, para anunciar a instituciones y ciudades el fallecimiento del rey y la decisión que tomó. Era habitual solicitar a las ciudades que se llevaran a cabo honras fúnebres en su honor. Por otro lado, había que informar a Versalles y que el candidato aceptase la corona. En esta ocasión, fue Luis XIV quien lo hizo en nombre de su nieto.

Felipe V fue presentado como rey de España el 16 de noviembre. Era el momento de iniciar los preparativos para la salida hacia su nuevo hogar del joven Felipe. El viaje a su recién obtenido trono comenzó el 4 de diciembre. Era un cortejo con un gran lujo. Se detuvo en todas las ciudades a su paso. Llegó a Burdeos en la Nochevieja de 1700 y el Bidasoa no lo cruzó hasta el 22 de enero de 1701.

 

El primero de los reyes Borbones españoles

De forma paralela al inicio del viaje del joven rey, se celebraron las honras fúnebres de Carlos II y las proclamaciones del nuevo rey, en las principales ciudades. El motivo más importante era el miedo a posibles alteraciones a favor del archiduque Carlos. Esta amenaza no se encontraba tanto entre el pueblo, que recibió bien al joven rey. El problema estaba en posibles manifestaciones de hostilidad entre destacados personajes de la corte o de las oligarquías ciudadanas.

Volviendo al viaje de nuestro protagonista, la ruta era San Sebastián, Vitoria, Burgos y Guadalajara. Por donde pasaba la comitiva real, la muchedumbre se agolpaba, celebrándose importantes fiestas y celebraciones en honor de su majestad. La gente quería ver a un joven rey, con energía tras las últimas décadas de decadencia física y moral del débil Carlos II. Felipe respondía a los saludos y muestras de sus nuevos súbditos levantando su sombrero, actitud que no gustó en ciertos círculos, quizá por ser demasiado campechano.

Finalmente, llegó el 19 de febrero, instalándose en el Palacio del Buen Retiro. Sin embargo, su entrada oficial en la villa y corte no se hizo hasta el 14 de abril, pasadas ya Cuaresma y Pascua. A lo largo de las principales calles de la villa y corte se levantaron elementos propios de la arquitectura efímera, como arcos del triunfo en honor del primer Borbón. Se decoraron las calles y se iluminaron con antorchas, además de llevarse a cabo celebraciones durante toda la tarde y noche. Los festejos continuaron a lo largo del día siguiente, cuando visitó la iglesia de Nuestra Señora de Atocha.

Desde febrero en adelante, fueron llegando nobles y representantes de las principales ciudades de Castilla para jurarle fidelidad. Aun eran los momentos felices donde se veía a un joven rey, que era la antítesis física de su predecesor y que comenzaba a manifestar ya ciertos síntomas de depresión. Sólo la guerra que estaba a punto de iniciarse y donde se ganó el apelativo de “el Animoso” por su valor y arrojo, fue capaz de mitigar estos primeros signos de una enfermedad que acabaría por condicionar todo su reinado.


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Nacido allá en 1977 en Bilbao, encontré mi “tierra de promisión” en Málaga, donde me formé como proyecto de historiador en la promoción de 1997-2001. Desde el 2004 soy editor, responsable e irresponsable de la bitácora Reflexiones de un modernista (http://reflexionesdeunmodernista.com) y profesor de Educación Secundaria, de la especialidad de Geografía e Historia, desde 2005. Desde 2004 estuve alejado de la investigación histórica, pero en 2008 retomé mi formación como aprendiz de historiador realizando el Master en Ciencias Históricas de la Universidad Rey Juan Carlos, culminando sus estudios en diciembre de 2009.

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