Las palabras y María Moliner

Por . 29 septiembre, 2014 en Siglos XIX y XX
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Punto de Vista Editores ha publicado Las republicanas “burguesas”, de Inmaculada de la Fuente, un trabajo del que reproducimos a continuación en Anatomía de la Historia uno de sus epígrafes, el dedicado a la figura de María Moliner.

Anatomía de la Historia

 

Retrato íntimo de María Moliner

“Había un punto, el de la tarde, en que realmente me sentía vacía, sentía que algo me faltaba y entonces me puse a trabajar en el diccionario con todo entusiasmo”. Así narró María Moliner el inicio de su empresa filológica a Daniel Sueiro en 1972. El DUE (Diccionario de uso del español), ya estaba en la calle y María Moliner evocaba e interpretaba el instante en que la idea de hacer un diccionario surgió en su interior. Ese momento de gracia en el que el DUE empezó a cobrar vida. La idea era antigua. Moliner pensaba que hacía falta un diccionario que ayudara tanto a los extranjeros como a los propios hablantes a usar su lengua conociendo a fondo sus posibilidades.

Comenzaba la década de los cincuenta del siglo XX y la lexicógrafa tuvo en cuenta el Learner´s Dictionary, un manual de inglés para estudiantes extranjeros que ella misma había utilizado para refrescar ese idioma y consultar alguna palabra. Pero Moliner tenía en la cabeza otro modelo latente: el Diccionario de la Real Academia Española. Lo había manejado desde su juventud y sabía que necesitaba una puesta al día profunda, ya que muchos de sus términos se encontraban obsoletos o sencillamente sin definir. De ese modo asumió el riesgo de abordar una tarea que les incumbía a los propios académicos. Su diccionario acabaría midiéndose con el dela RAE, al redactar de nueva planta todas sus entradas. Pero en vez de ahondar en el carácter normativo, ella se adentraría en su vertiente útil, de uso. Pretendía que el estudiante y el escritor encontraran la acepción buscada o la idea a la que querían llegar. Como explicó después, su diccionario estaba pensado para escritores o para quienes trabajan con el idioma. Además de decir el significado de las palabras, “indica también cómo se usan, y se incluyen otras con las que pueden reemplazarse”, precisó. A Moliner no le faltaba ambición ni capacidad de trabajo, así que el DUE acabó siendo la aventura de su vida.

Calculó que tardaría unos seis meses, o como mucho unos dos años. Era metódica y se dedicaría a la tarea con empeño. Pero “la materia fue creciendo y creciendo en mis manos y los dos años se estiraron hasta quince; empecé joven, y con hijos, poco más que niños, y lo acabé cargada de nietos”. Fue la obra central de la segunda parte de su vida, la que justifico toda su existencia y la que ha convertido a María Moliner en una figura clave del siglo XX. Pero, ¿de quién hablamos cuando escribimos María Moliner, del Diccionario o de su autora? Son muchos los estudiosos, escritores o traductores que denominan al DUE simplemente El María Moliner. Mientras tanto, la figura de María Moliner se mantiene en un segundo plano. En parte por decisión propia, pero también por no haber tenido en vida el reconocimiento merecido. Su biografía suele sustanciarse en unos cuantos rasgos: el prototipo de mujer abnegada que fundió su vida de lexicógrafa y bibliotecaria con la de esposa y madre de cuatro hijos. Hasta reducirla a un puñado de adjetivos: recoleta, tenaz, perfeccionista…

Ciertamente, sólo alguien capaz de trabajar e investigar sin medida y con una fuerza de voluntad titánica podría haber realizado “ella sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”, como escribió Gabriel García Márquez semanas después de que María Moliner falleciera, en 1981. Era rigurosa y organizada. Pero fue también una mujer enérgica y segura de sí misma, además de discreta. Alguien que vivió 81 años sin dar demasiadas pistas de sí misma.

 

Las dos vidas de María Moliner

Habría que hablar de dos María Moliner. La primera nació en 1900 en Paniza (Zaragoza), y fue una adelantada a su tiempo, una agitadora de la cultura, una bibliotecaria comprometida con la educación. Esta primera María Moliner (bautizada como María Juana) formó parte de la minoría de españolas que estudió en la Universidad y que llegó a dar clases en esa misma institución (fue profesora auxiliar en la Facultad de Filosofía y Letras de Murcia). No fue fácil, porque ya a los doce años tuvo que enfrentarse a la ausencia de su padre, médico dela Marina, lo que se tradujo en dificultades económicas. Pero ala joven Moliner los retos no le arrugaban: al contrario, eran su combustible. Sus padres se habían trasladado a Madrid, tras una breve estancia en la localidad soriana de Almazán, en torno a 1902, en busca de mejores perspectivas. Pero en la capital, donde nació una hija más, Matilde, a quien nos referiremos más adelante, la economía familiar acabó perdiendo fuelle. En el segundo viaje que el padre realizó como médico de barco a Argentina, no regresó. Fundó allí una segunda familia. Su ausencia pasó a ser un tabú, un secreto con el que cargaron parte de su vida su mujer y sus hijos.

Con el tiempo, el padre, Enrique Moliner Sanz, pasó a ser un fantasma, y se hablaba de él como si hubiese muerto. María Moliner, en una entrevista de 1972 con Carmen Castro de Zubiri para el periódico Ya, refiere que su padre murió joven pero elude hablar de su huida. El secreto familiar, tan hondamente guardado, sólo fue desvelado por los hijos de Moliner cuando la lexicógrafa ya había muerto.

En el tiempo en que su padre se instaló en Argentina, María Moliner inició el Bachillerato, examinándose por libre en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid, como los chicos y chicas de la Institución Libre de Enseñanza. Tanto su hermano mayor, Enrique, como María, empezaron a ir a la ILE antes de que su padre se ausentara. En el colegio del paseo del Obelisco (hoy calle del general Martínez Campos) al que acudían, no había programa de Bachillerato, pero preparaban a los alumnos por cursos o por asignaturas para afrontar los exámenes. Desde los doce o trece años, María comenzó a dar clases particulares a chicos de su edad rezagados y a prepararse ella sola algunas asignaturas, por lo que dejó de asistir al colegio de forma regular. Pero visitaba a menudo el centro y Manuel Bartolomé Cossío y el profesor Pedro Blanco la ayudaban en algunas materias y le permitían participar en determinadas actividades. Hasta hace unos años se discutía si María Moliner se había educado en la ILE, ya que, a pesar de su correspondencia con Manuel B. Cossío y sus afinidad con las ideas institucionistas, faltaba documentación sobre el tema. Pero en mi libro El exilio interior. La vida de María Moliner (Turner, 2011) queda claro que María Moliner sí fue alumna dela ILE durante algún tiempo.

Tanto María como su hermano Enrique terminaros el Bachillerato en Zaragoza, adonde regresó su madre para reducir gastos. Cada hermano podría tener su propia novela. La de María Moliner transcurrió en Zaragoza hasta terminar la carrera de Historia, cuajada de sobresalientes y matrículas de honor. Mientras estudiaba en la Universidad trabajó en el Estudio de Filología de Aragón (EFA) como secretaria-redactora. El EFA, dirigido por el catedrático Juan Moneva, recopilaba voces aragonesas para elaborar un diccionario propio. Moneva, además, era académico correspondiente de Aragón en la RAE y se encargó de revisar el Diccionario de la Lengua Castellana de la edición de 1914 para añadir los aragonesismos ya contrastados, tarea en la que participó María Moliner. Ambos trabajos supusieron una especie de máster en filología para la futura licenciada en Historia, la única carrera de letras que podía cursar en Zaragoza. Un periodo bien aprovechado en el que la futura filóloga estudió también alemán.

Moliner ingresó por oposición en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos en 1922. Después de estar destinada en Simancas y Murcia, en 1930 llegó a Valencia. Se había casado con el catedrático de Física Fernando Ramón y Ferrando y era ya madre de dos niños. Al mayor le llamó también Enrique, como su hermano y su padre, lo que hace pensar que recordaba con afecto a su progenitor, pese a todo. En Valencia nacerían sus dos hijos menores. Y en esa década, los años treinta, alcanzaría su plenitud personal y profesional como bibliotecaria, republicana y defensora de la lectura pública.

Combatir el analfabetismo y alentar la lectura fue su primera gran batalla. A través de las Misiones Pedagógicas (creadas por el Ministerio de Instrucción Pública de la República en 1931 para acercar la cultura a los núcleos rurales) llevó lotes de libros ala Valencia profunda y a los grupos escolares dela capital. Aunque trabajaba de funcionaria en el Archivo dela Delegación de Hacienda de Valencia, Moliner era capaz de mucho más. La llegada dela Segunda República supuso para ella la posibilidad de llevar a cabo actividades de más calado. Era la hora de las mujeres, al menos de las mujeres de perfil universitario que reclamaban libertad para sí mismas y la sociedad. Moliner se embarcó en la creación de una red rural de 105 bibliotecas de Misiones que intentó conectar con las bibliotecas públicas ya existentes. Sus informes sobre los pueblos que visitó y los maestros y ediles con los que trató en el curso de sus viajes constituyen un conjunto de observaciones agudas y llenas de ironía. Aunque su objetivo era transmitir a sus superiores la necesidad de apoyar esas bibliotecas rurales, no podía evitar que saliera a la luz su visión exigente y transformadora de la cultura.

Al inicio de los años treinta, además, Moliner se adhirió desde Valencia ala Asociación de Bibliotecarios en marcha y participó en el II Congreso Internacional de Bibliotecas y Bibliografía que se celebró en Madrid en mayo de 1935. Este encuentro concentró a la elite de bibliotecarios del mundo y Ortega y Gasset impartió la lección inaugural. Moliner expuso al Congreso su experiencia en las bibliotecas valencianas de Misiones. Un año antes, en la reunión preparatoria del Comité Internacional, ya había anunciado su propósito de crear una biblioteca-Escuela que a la vez que formara a los futuros maestros, coordinara y distribuyera fondos a sus sucursales rurales.

En los mismos años se involucró como madre y pedagoga en la Escuela Cossío, creada en Valencia por un grupo de padres liberales inspirándose en la ILE. Además de formar parte junto con su marido de la junta directiva y de la asociación de padres, Moliner era profesora extraordinaria de Lengua y literatura. Aunque no pertenecía al claustro de profesores en sentido estricto, su presencia era bien recibida, recordaba en 2011 una de sus alumnas, la veterana Vicenta Cortés, también bibliotecaria.

Los promotores dela Escuela Cossío eran matrimonios con inquietudes que cada domingo iban de excursión con sus hijos a los pinares de Burjasot. Además de tomar el aire y compartir una tortilla o un filete empanado, hablaban de poesía y de sus ideales pedagógicos mientras sus hijos correteaban entre los pinos. En el grupo se encontraba el doctor Puche, futuro rector dela Universidad de Valencia tras el golpe militar de 1936. Esa amistad y la competencia profesional de Moliner propició que Puche le pidiera que se encargara de dirigirla Bibliotecaria Universitaria de Valencia, el sueño de cualquier profesional. De hecho Moliner había trabajado hasta entonces como archivera, cuando aspiraba a puestos de bibliotecaria. Lo paradójico es que fuera en el brutal escenario dela Guerra Civil cuando confluyeran sus deseos y su realidad profesional.

En la Biblioteca Universitaria Moliner trabajó como si no hubiera guerra, con visión de futuro. Valencia permaneció leal ala Segunda República, libre hasta el final del alcance de las tropas franquistas, aunque no de sus bombardeos. Cuando el Gobierno se trasladó a la capital del Turia, las autoridades encargaron a Moliner que dirigiera la Oficina de Adquisición de Libros y Cambio Internacional. La bibliotecaria organizaba los fondos pensando en el día después de la contienda: la gente necesitaría más libros que nunca, incluso en el caso de que ganaran los rebeldes. De hecho, fue la creadora del Plan para una Organización de las Bibliotecas del Estado, un proyecto que englobaba a las bibliotecas públicas existentes y a las privadas que quisieran adherirse. Nunca se había acometido un plan tan concienzudo. La victoria franquista impidió que se llevara a cabo.

La guerra acabó, al fin, pero en el hogar de María Moliner y de Fernando Ramón nunca pensaron que algo tan deseado les dejara un poso de tristeza e incertidumbre tan grande. Ambos fueron depurados y sancionados. El marido perdió su cátedra durante unos años; la bibliotecaria fue degradada 18 puestos en el escalafón, se le vetó para puestos de responsabilidad y volvió a su Archivo de Hacienda. Empezaba su noche oscura, terminaba la etapa de su vida marcada por la actividad profesional. Ya nada iba a ser tan vertiginoso, pero María Moliner no miraba al pasado: “Los recuerdos se queman”, decía. Ni los referidos a su padre, ni a su juventud, ni a su intensa etapa valenciana tendrían en el futuro demasiado sitio en su memoria. Había echado el primer cierre.

 

Una lexicógrafa en la mesa del comedor

En el otoño de 1946 Moliner dejó Valencia y se instaló en Madrid con sus hijos. Su marido había recuperado la cátedra en la Universidad de Salamanca y esta ciudad estaba más próxima a la capital española que su antigua residencia valenciana. El matrimonio, además, quería que sus hijos estudiaran en la universidad madrileña. Ella, por su parte, había obtenido un nuevo destino como responsable dela Biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales.

1946 representa el punto de partida de la segunda vida de María Moliner. Depurada, vigilada, alejada de su marido…Sin nuevos amigos con los que compartir proyectos, más allá de algunas bibliotecarias depuradas con las que había trabajado en Valencia, y antiguos conocidos de la ILE igualmente proscritos. Tenía que hacer algo por las tardes, a la salida de la biblioteca. Teníaque emplear esas tardes en algo que tuviera que ver con sus aficiones o aptitudes, una actividad en la que ella fuera su propia jefa y se sintiera libre. No era exactamente “una señora recoleta” sino alguien que necesitaba superarse para seguir viviendo. En sus fichas, que redactaba en una máquina de escribir, o a mano, encontró un segundo destino, un mundo de silencios y matices en el que se sentía a sus anchas. Al principio trabajaba en la mesa del comedor, ya que era la más amplia que tenía y no contaba con despacho. El que había en su casa era de su marido, aunque estuviera de lunes a viernes en Salamanca. Poco después su hijo arquitecto le haría una mesa alargada para trabajar teniendo a mano las fichas y la máquina de escribir.

Entró en contacto con la editorial Gredos a través de Dámaso Santos y en 1955 acordó publicar en esta editorial el Diccionario que dejaría asombrados a los académicos. No lograría publicarlo harta 1966. Un diccionario que muchos consideran superior al de la RAE por sus definiciones llenas de matices. Y con innovaciones destacadas: creó los catálogos de palabras afines, combinó el orden alfabético con las llamadas familias de palabras del mismo origen etimológico (con una finalidad no solo semántica sino quizás nemotécnica), y decidió incluir la Ch en la C y la Ll en la L, anticipándose a lo que iba a ser la tónica de los diccionarios posteriores. Con razón, Rafael Lapesa y otros dos académicos propusieron en 1972 su candidatura para la RAE. No entró, al ser elegido Emilio Alarcos Llorach, y gran parte de la opinión pública sufrió una decepción. Para María Moliner, consciente de lo que valía su obra y a la vez ajena a cualquier vanidad, supuso una pequeña contrariedad que encajó con elegancia. De forma un tanto enigmática ya declaró al presentar su candidatura que su único mérito (¡y qué merito!) era el Diccionario. Sorprendió tal declaración a quienes conocían su anterior trayectoria. Pero Moliner vivía ya en el exilio interior y sus vivencias anteriores estaban clausuradas. Se debía al presente, y consideraba absurdo adornar con otras referencias una obra filológica de las dimensiones del Diccionario, razón más que suficiente para que un hombre entrara en la RAE. ¿Y una mujer? En aquella época predemocrática en la que la legislación se sustentaba en la supremacía del varón y los académicos no estaban convencidos de que era justo que ingresara una mujer en su corporación, la autora del Diccionario no quiso aportar más méritos que los que ya tenía: “Mi obra es limpiamente el Diccionario”. Y en una entrevista reconocía: “Desde luego es una cosa indicada que un filósofo entre en la Academia y yo ya me echo fuera, pero si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, diría: ´¡Pero y ese hombre, cómo no está en la Academia!´”.

Camilo José Cela se mostró abierto en principio a que entrara una mujer (en este caso María Moliner) en la RAE, pero a la hora de la verdad justificó su negativa a votarla esgrimiendo que no compartía su “ñoño criterio lexico gráfico”. Se refería a que Moliner no incluyó en su Diccionario palabras malsonantes, un lenguaje que Cela había analizado en el Diccionario secreto, además de utilizarlo en su narrativa y en su conversación. Para Cela estas palabras tenían un sentido transgresor que no sólo no empañaban su trayectoria de escritor sino que le daban un toque provocador, mientras que para Moliner, educada en la Institución Libre de Enseñanza, apenas aportaban nada a la excelencia y a la belleza del lenguaje. Aunque pionera en lo profesional, Moliner pensaba aún que esas expresiones estaban vedadas a las damas. Era mujer, había sido depurada y se había empeñado en hacer un diccionario sin ser filóloga, ¿iba a escandalizar a los estudiosos del Diccionario con palabras inconvenientes que dieran pie al comentario fácil o a la crítica? Optó por eludirlas. Aunque al publicarlo sí percibió algunas críticas en sordina dentro de su entorno y, como era rápida de reflejos, aceptó incluir algunos tacos en la segunda edición. Después de todo, eran palabras de uso, aunque a ella le repugnaran.

Cuando se supo que no había sido elegida académica, las alumnas de un instituto gallego hicieron una sentada en el patio como protesta. Y cuando murió, García Márquez, que no pudo conocerla por estar ella ya enferma, reconoció que aquella mujer había estado trabajando durante años para él. Su impagable labor investigadora ha dado y dará sus frutos en miles de libros y autores; su personalidad de mujer leal, perfeccionista y risueña –se reía a carcajadas con las ocurrencias de sus amigas, las bibliotecarias Consuelo Vaca, María Brey (cuya vida se abordará más adelante) y María Muñoz cuando la visitaban para que descansara de tanta filología– ilumina su obra.


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Inmaculada de la Fuente es escritora y periodista. Estudió Historia Moderna y Contemporánea y Periodismo y ha estado vinculada profesionalmente a El País desde 1977 hasta 2012. En 1985 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo en la modalidad de Reportajes y Artículos literarios. En los últimos años se ha especializado en ensayos biográficos de mujeres de la generación de la Segunda República y la posguerra. Recientemente ha publicado una biografía de María Moliner (El exilio interior. La vida de María Moliner, editorial Turner, 2011). Es autora, además, de la novela Años en fuga (El Acantilado, 2002) y los ensayos de temática histórica Mujeres de la Posguerra. De Carmen Laforet a Rosa Chacel, historia de una generación (Planeta, 2002) y La roja y la falangista. Dos hermanas en la España del 36 (Planeta, 2006). Ha participado también en la obra Historia de las mujeres de España y América Latina (Cátedra, 2006, tomo IV) con el capítulo “Escribir su propia historia”.

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