Miranda, el primer americano global

Por . 17 septiembre, 2014 en Siglos XIX y XX
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En pleno Siglo de las Luces, recorrió Europa anotando todo lo que veía en sus diarios. Viajó por Prusia, por Grecia, por la Rusia de Catalina la Grande. Recaló en Francia, donde se convirtió en general de la Revolución Francesa y estuvo a punto de perecer en la guillotina. No es por casualidad que su nombre aparezca en el Arco del Triunfo de París. Por todo ello, Francisco de Miranda (1750-1816) merece ser considerado el primer americano global.

Todo este bagaje le proporcionó una formación envidiable en términos políticos y militares, a la vez que una red de relaciones muy útil para sus propósitos. En aquella época no existía Facebook, pero se usaban las cartas de recomendación destinadas a personas que, a su vez, facilitarían otros contactos.

Como hijo de la Ilustración, Miranda se oponía a los privilegios de nacimiento. Creía en una sociedad donde el único criterio de discriminación fuera el mérito. Y eso, en un mundo tan racista como el de América, constituía un elemento más que revolucionario. Porque quien realmente gobernaba en los virreinatos españoles no era tanto la Corona como la oligarquía local, empeñada en mantener bajo una completa sujeción a los negros, a los indios y a los mestizos.

El Precursor venezolano representaba a los latinoamericanos que se sentían postergados por el régimen imperial, tratados como ciudadanos de segunda. Otro asunto es hasta qué punto esta queja responde a la realidad o fue exagerada por motivos políticos. No olvidemos que en la sociedad del Antiguo Régimen no contaba el origen geográfico de una persona, sino su linaje y sus servicios al rey. De ahí que los españoles tuvieran tantas veces gobernantes extranjeros como Ricardo Wall, irlandés, o el marqués de Esquilache, italiano. De ahí también que el rey Fernando VII tuviera entre sus principales servidores a un limeño, el duque de San Carlos.

Como se sabe, la gran aspiración mirandina no estribaba en independizar Venezuela, Perú o México, territorios que entonces no existían como naciones, sino el conjunto de la América hispana, desde California al estrecho de Magallanes.

El ambicioso proyecto, retomado por Simón Bolívar, fracasó para dar lugar a las repúblicas que hoy conocemos. Al resultarnos su presencia tan natural, olvidamos fácilmente que existieron, en su momento, otras alternativas. Como esa España conformada por ciudadanos de ambos hemisferios, según la memorable definición de la Constitución de 1812.

Los liberales peninsulares, por desgracia, no fueron coherentes con sus propios principios. Si Caracas, Lima o Buenos Aires integraban la patria en el mismo sentido que Cartagena, Barcelona o Gijón, sus habitantes debían tener una representación parlamentaria acorde con población. No fue así, porque entonces el centro de gravedad de la monarquía se hubiera trasladado a Ultramar, algo demasiado atrevido para la época.

El tópico afirma que la historia la hacen los vencedores. En el caso de Miranda sucede, obviamente, todo lo contrario. Porque la suya es la historia de un fracaso. Tras capitular ante los españoles en San Mateo, intenta escapar. Es entonces cuando Bolívar le acusa de traidor y, sin dejarle siquiera explicarse, lo detiene para entregarlo al enemigo. Miranda, por tanto, quedará ante la Historia como el mártir que muere en una prisión de Cádiz, pero su figura se verá oscurecida por el impulso arrollador del Libertador, al que siempre perseguirá la traición contra el que fuera su amigo.

Miranda, Bolívar… ¿Dos hombres y un destino? Tanto uno como otro se han visto oscurecidos por la mitología. Es lo que sucede cuando la Historia, en lugar de ser una disciplina rigurosa que procura entender el pasado, se transforma en propaganda al servicio de una causa. Para los hagiógrafos no parece haber más método que tomarse al pie de la letra todas y cada una de las palabras de sus héroes, como si no hubieran sido políticos en busca de objetivos concretos, seductores que intentaban encandilar a sus audiencias. Y eso, por definición, no se puede hacer si se dice siempre la verdad. Así, en 1797, Miranda no dudará en afirmar que Pablo de Olavide apoya sus proyectos aunque el antiguo ilustrado no quiera saber nada de él.

Miranda, ¿héroe de una guerra de liberación? Una vez más, los conceptos nacionalistas simplifican la realidad. Las guerras de emancipación en América no fueron revueltas de países oprimidos contra una potencia extranjera, sino guerras civiles en las que se enfrentaron dos conceptos de patria, el de los españoles y el de los criollos.

Aunque sea políticamente incorrecto decirlo, al régimen español en América no le faltaba quien lo sostuviera. Miranda lo comprobó en 1806, cuando le faltó respaldo popular para su tentativa de revuelta. Quizá podamos argumentar que el pueblo sufría de alienación, por emplear el célebre término marxista, pero el sentido común nos indica que la gente no siempre tenía razones para ponerse de parte de los independentistas, muchas veces miembros de las clases dominantes y propietarios de esclavos.


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Nací en Barcelona, en 1972, hijo de murciana y granadino. La mayor parte de mi trayectoria profesional la he dedicado a analizar el progresismo cristiano, con una tesis sobre la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y una biografía de Alfonso Carlos Comín, el de cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia, así como La Iglesia rebelde para Punto de Vista Editores. Sin embargo, en los últimos tiempos, mi interés se ha desplazado hacia América Latina. En el especial el periodo de las independencias, con mi biografía sobre Francisco de Miranda (Arpegio, 2012) o Heroínas incómodas (Rubeo, 2012), el libro que he coordinado sobre la mujer en las emancipaciones. A su vez, me atreví a entrar en el terreno narrativo con una travesura titulada Los españoles iban de gris (Rubeo, 2011). En cuanto a gustos, si algo me define son The Beatles, los Simpson y Perú. Y, naturalmente, la investigación histórica.

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  1. gravatar Jose M Guerrero Acosta Responder
    septiembre 20th, 2014

    Esclarecedor artículo. En efecto, el pueblo llano se opuso en muchas ocasiones a los independentistas. Y otra realidad es las grandes diferencias entre unos movimientos “liberadores” y otros. En el caso de México por ejemplo, los líderes basaron su lucha en las injusticias sociales y aprovecharon la cobertura religiosa para atraer al pueblo, pero en el resto de América no fue así.