Kennedy, entre la luz y la sombra

Por . 31 octubre, 2014 en Siglos XIX y XX
Share Button

Dice el periodista catalán Antoni Bassas que la presidencia de John Fitzgerald Kennedy se ha convertido de inacabada en inacabable, por la continua revisión histórica que suscita un personaje siempre fascinante. ¿Cómo separar la persona del icono?

Nos situamos ante un hombre al que todos creen conocer, aunque sea mentira. Igual que Elvis Presley, suscita una curiosidad inagotable y morbosa, tal vez porque ambos murieron prematuramente, pero, sobre todo, porque tanto el político como el cantante encarnaron una determinada imagen de Estados Unidos. No parece casualidad que los dos aparezcan en Bubba Ho-Tep, película surrealista de 2002 acerca de un Elvis anciano y un JFK negro que han de enfrentarse a una temible momia asesina.

Sobre su figura se han publicado más de cuarenta mil libros, pero, si separamos el grano de la paja, la literatura de calidad no es lo primero que resalta. Abundan, por el contrario, las obras sobre sus aventuras sexuales reales o supuestas, o las teorías, a cual más descabellada, sobre su asesinato. El hecho de convertirse en carne de sensacionalismo ha jugado en su contra porque, mientras los estudiosos serios han tendido a esquivar su figura, proliferan los oportunistas que intentan ofrecer, a toda costa, nuevos y espectaculares descubrimientos, espoleados por motivos comerciales. Así, cuando trascendió que Mimi Alford, una antigua becaria de prensa, había sido amante de JFK, a Edward Klein le faltó tiempo para contactar con ella y ofrecerse para ser el negro de su autografía. Le prometió, a cambio, suficiente bienestar económico para vivir tranquila. Varios agentes literarios, mientras tanto, pugnaron por hacerse con los derechos del futuro libro, en un intento de capitalizar la noticia.

 

Ser ecuánime con JFK no es fácil

Y ahí está el reto. En aprehender al personaje esquivo tras la máscara de perfección. Una apariencia creada, en primer lugar, por su instinto de seductor, capaz de lograr que las personas más inteligentes cayeran bajo su hechizo. A diferencia de otros líderes, aparecía como un personaje guapo, encantador, ingenioso, capaz de escuchar a cualquiera proporcionándole la impresión de que nadie el mundo era importante. Siempre aparece impecablemente vestido, atento a no mostrar en público el menor signo de debilidad, por lo que ni siquiera se permite usar gafas. Sólo las lleva en la intimidad, nunca en público. Si ha de leer un discurso, se aumenta el tamaño de los caracteres y problema resuelto. Cuando es necesario, sabe distender el ambiente con una broma inteligente y oportuna, con la que ofrece una sensación de frescura y juventud, tan distinta de la rigidez de los políticos tradicionales. El humor, a veces, resulta más eficaz para desarmar al contrario que un sesudo discurso.

Durante las presidenciales de 1960, un periodista preguntará a los candidatos sobre la vulgaridad del lenguaje del expresidente Truman. Nixon contesta con graves palabras sobre la responsabilidad de un mandatario, encarnación de las virtudes nacionales. Kennedy, en cambio, sólo dice una cosa: la única que puede mejorar el vocabulario de Truman es su señora. No es necesario precisar quién se gana las simpatías de un público que ríe la ocurrencia. Por eso mismo, su principal autor de discursos, Ted Sorensen, guarda un archivo de bromas para que pueda escoger la más idónea en un momento dado. Ninguno de estos comentarios aparecerá en la versión escrita de sus intervenciones, por lo que se pueden repetir en varias ocasiones.

A nadie puede extrañar, pues, que un periodista, Benjamin C.Bradlee, describa a nuestro hombre con palabras rendidas: atractivo, alegre, divertido, ingenioso, interesante, exuberante… Kennedy, según Bradlee, era todo eso y más. Todos están de acuerdo en que cuando entra en una sala se convierte en el centro de atención, haciendo que la temperatura se dispare. Si ha de hablar en un estrado, su magnífica oratoria –conseguida a fuerza de voluntad, ya que no era de naturaleza extrovertida– encandila inmediatamente a la audiencia. Para eso sirve la capacidad de “leer una prosa pedestre como si se tratara de latín clásico”, tal como apuntaría el reportero William Manchester.

El presidente sabía captar simpatías entre las distintas partes de un conflicto, convenciendo a cada interlocutor de que apoyaba su punto de vista. Siempre con una sorprendente falta de prejuicios, consciente de que la política, el arte de lo posible, requiere llegar a un entendimiento con antiguos antagonistas, por lo que no debe permitirse que cuestiones personales interfieran el recto juicio. Poco antes de morir reconviene a Jacqueline cuando ésta le manifiesta su desagrado con el gobernador de Texas, Connally, al que acusa de ser un pesado egocéntrico. Sus palabras son una lección de arte diplomático: “No debes decir que no te gusta, Jackie. Si lo dices, llegarás a creértelo, y esto te creará un prejuicio respecto a él cuando le veas al día siguiente”. Un hombre así, de un pragmatismo tan notable, sin duda habría suscrito el consejo de Michael Corleone a su sobrino Vincent en El Padrino III:

 

“No odies a tus enemigos. Te impide juzgarles”.

 

Según W. J. Rorabaugh, JFK supo nadar con maestría entre dos aguas, la corriente de cambio que agitaba el país y las tradiciones que aún conservaban una poderosa influencia: “los primeros sesenta era una etapa de transición que compartía el conservadurismo de los cincuenta y parte de la rebelión de los años siguientes de la década. Kennedy detectó este talante dual y construyó sobre él su popularidad”.

A su carisma, indudable e irrepetible, hay que unir una propaganda sabiamente orquestada, en la que su familia desempeñó un papel decisivo. Porque JFK, como ser humano, es inseparable del clan Kennedy, ese sucedáneo de monarquía norteamericana.

Ante la opinión pública, contaba el individuo pero también el miembro de un linaje de éxito, en el que todos destacan por su belleza física, su glamur, su talento, su elegancia, y su ingenio, hasta el punto de que un comentarista ha podido decir que parecían salidos de un experimento de eugenesia. En público, la familia daba una apariencia de inquebrantable unión. Todo era felicidad y armonía, sin que trascendieran las disputas entre sus miembros y, mucho menos, las infidelidades de los varones Kennedy a sus esposas, al aprovecharse de su apellido y su atractivo para llevar una vida sexual desenfrenada, de acuerdo con un patrón de conducta machista común a todos ellos.

La imagen de los Kennedy se construyó a través de un relato muy selectivo de sus vidas, de forma que sólo llegaran hasta el gran público aquellas informaciones que redundaba en mayor prestigio para el clan. A lo largo de su carrera política, John F. Kennedy se ocupó cuidadosamente de influir sobre lo que se escribía o lo que se decía acerca de su persona, con el objetivo evidente de aparecer ante sus conciudadanos bajo la mejor luz. Es cierto que era un hombre amante de los niños, que disfrutaba en compañía de sus hijos. Mimi Alford, al rememorar muchos años después su aventura en común, resalta esta faceta tierna de su personalidad: “fue paciente y encantador con los niños, les dio la mano y habló con cada uno de ellos, agachándose para estar a su altura”. Todo ello era genuino, sin duda, pero compatible con la explotación publicitaria de su imagen más doméstica, la que aparecía en las fotografías de Caroline y John-John mientras jugaban en el Despacho Oval. De esta manera, su padre se atraía las simpatías del americano medio, para el que la familia constituía un puntal de su existencia.

Así, se borraba la frontera entre el político y la socialité, la figura que despunta en el mundo del famoseo. Al parecer “más estrellas de cine que muchas estrellas de cine”, los Kennedy adquirieron un capital social susceptible de proporcionar un inmenso rédito político. Otra cosa es que los historiadores, con desconcierto comprensible, tengan dificultades para deslindar la realidad de la representación. Uno de los biógrafos más ilustres de JFK, André Kaspi, expresaba su irritación ante un actor magistral que convertía su vida, tal vez incluso su intimidad, en una función. “No ha cesado de ofrecer una representación permanente”, constaba desalentado al comprobar cómo, en su protagonista, la máscara parecía tan perfecta que constituía casi una segunda piel que impedía desentrañar el enigma del ser humano.

La amistad con los chicos de la prensa le fue a nuestro biografiado de gran ayuda. Establece con ellos una relación cercana, les hace confidencias, se gana su respeto y su complicidad. En ruptura con la tradición, accedía a dar ruedas de prensa en directo, pese al temor de los tradicionalistas, medrosos de que el presidente pudiera tener un lapsus de consecuencias catastróficas. En estos encuentros con el cuarto poder, todo se desarrollaba, al menos en apariencia, de manera espontánea y sin intervención de la censura previa. Otro asunto es que entre bambalinas se favorecieran ciertas preguntas.

A cambio de tantas facilidades, los periodistas se guardan de profundizar en temas conflictivos. Ninguno desea que le corten el acceso a la Casa Blanca. Bradlee, por entonces un reportero de la revista Newsweek, era al mismo tiempo uno de los “compinches” del jefe del Estado, por lo siempre se movía en el terreno fronterizo entre lo profesional y lo personal.

Si en ocasiones tenía que traspasar los límites de la censura, el presidente no tenía ningún remordimiento en hacerlo. Uno de sus colaboradores, Sorensen, cuenta que en 1958, cuando aún era senador, realizó intensas gestiones en el mundo editorial para impedir la publicación de su biografía por parte de un autor al que juzgaba de poco fiar, pero que se presentaba como íntimo suyo. El propio Sorensen admite que lo virulento de su reacción se debía, en parte, “a una sensibilidad extremada ante la crítica”. Poco después, Kennedy encargaría a James McGregor Burns la redacción de una biografía oficial, confiando en el prestigio que le proporcionaría un profesor tan respetado en la comunidad intelectual.

 

¿Dónde está Kennedy?

El problema, para el historiador, es cómo llegar a la entraña de un hombre con una existencia tan compartimentada, de manera que nadie podría decir que lo sabe todo acerca de él. Sorensen, por ejemplo, admite que, pese a su cercanía al presidente, estaba lejos de conocer su opinión respecto cualquier asunto: “sus motivos resultaban, pues, desconocidos o un tanto inexplicados para los demás”.

Se trata, pues, de valorar su fortaleza de carácter y su inteligencia sin por ello olvidar puntos oscuros como su necesidad compulsiva de sexo o por qué sus actos no siempre se adecuaban al idealismo de sus discursos. Se trata de comprenderle más que de juzgarle.

Cada generación ha reescrito su propio Kennedy, lo que ha supuesto una erosión progresiva del pedestal sobre el que descansaba su mito. Su desaparición prematura suscitó, lógicamente, una especie de culto a su figura. Tras los elogios rendidos, llegaron las diatribas furibundas. Entre éstas últimas, podemos citar la del periodista Cristopher Hitchens, quien interpreta el ascenso de Kennedy al poder como un prodigio de mercadotecnia. En su opinión, fue el dinero de la familia y la manipulación de los mass media lo que transformó a un joven de mala salud y deficiente catadura moral en un líder supuestamente carismático. De esta forma, según Hitchens, un “Filoctetes sifílitico y supurante” terminó convertido en un Aquiles. La razón de su éxito no obedecería a su talento de estadista, ni a su magnetismo personal, sino a una “calculada combinación de sexo, espectáculo, dinero y fanfarronería”.

En una línea similar se situaría el periodista de investigación Seymour M. Hersh, quién comienza La cara oculta de J.F.Kennedy reconociendo que la vida de su protagonista tuvo “muchos instantes magníficos”. Si no se centra en ellos, es porque el objeto de su investigación no es la biografía completa del presidente, sino sólo sacar a luz su lado oscuro. Sin embargo, lo que viene después es una arremetida brutal en la que nada parece salvarse. El mandatario demócrata habría llegado al poder a través de unas elecciones fraudulentas y ni siquiera podríamos reconocerle el mérito de haber evitado la guerra nuclear durante la crisis de los misiles. Eso sin hablar de una vida privada escandalosa, que habría interferido, según Hersh, en la toma de decisiones políticas. ¿Retrato fiel de las debilidades de un líder idealizado? Algunos críticos han señalado, con razón, las debilidades de un libro basado en fuentes no siempre fiables.

Toda una industria editorial se ha recreado en divulgar la polémica vida sexual de JFK y otros líderes, con lo que muchas veces se trivializa la Historia de Estados Unidos hasta convertirla en una lista de secretos de alcoba. ¿La negativa de Hoover a admitir la existencia del Crimen Organizado? Los que afirman estar en el secreto aseguran que la Mafia poseía una fotografía donde se le veía practicar sexo con otro hombre. Gracias a esta imagen, el jefe del FBI no habría mirado hacia otro lado en lugar de aplicarse a perseguir padrinos. Que esta teoría, como otras, no tenga visos de verosimilitud, no importa. Proliferan libros como Marilyn y JFK (Aguilar, 2010), del periodista galo François Forestier, lleno de detalles morbosos, inconsistentes desde un punto de vista histórico… ¡El príncipe y la corista habrían mantenido su romance a lo largo de diez años! Suerte que la obra cuenta, en su activo, con un ritmo trepidante capaz de enganchar al lector desde la primera página.

¿Interfirieron los múltiples romances del presidente en su política? Sólo hay una cosa cierta, que la respuesta es afirmativa o negativa según las preferencias políticas de cada autor.

Sin embargo, pese a las revelaciones escandalosas, Kennedy aún suscita simpatías. Todos están de acuerdo en que su vida privada no hubiera resistido, en la actualidad, el escrutinio público de la prensa, pero los datos sobre su comportamiento mujeriego le han hecho, relativamente, poco daño.

Una encuesta reveló que es el cuarto presidente más admirado por los estadounidenses tras Ronald Reagan, Abraham Lincoln y Bill Clinton. Tal vez porque su imagen de conquistador refuerza una imagen de virilidad con la que tantos, en el fondo, se identifican. Tal vez porque su mandato, más allá de las realizaciones concretas, refleja una época de aspiraciones nobles, una épica que en la actualidad se echa a faltar en medio de tanto pragmatismo gris. Por eso la retórica vibrante de sus discursos aún nos conmueve. Porque conecta con fibras muy íntimas aunque sepamos que detrás se encuentra la habilidad de talentosos asesores de comunicación, auténticos linces para encontrar mensajes rotundos fáciles de recordar. Es por eso que una de sus frases más memorables, la de no preguntes que puede hacer tu país por ti sino lo que tú puedes hacer por tu país, contiene en inglés quince monosílabos sobre un total de diecisiete palabras: “Ask not what your country can do for you, ask what you can do for your country”. Esta invitación al heroísmo es lo que la literatura sobre escándalos sexuales no llega a captar, al reducir una trayectoria rica, complicada, ambivalente por momentos, a una simple patología.

 

¿Cómo valorar el legado de JFK?

Unos le definen como un estadista transformador. Otros hacen hincapié en lo mediocre de su balance legislativo. Todos tienen su parte de razón. En parte, tal controversia se alimenta de la personalidad ambigua del propio Kennedy, quién, político a fin de cuentas, sabía cómo decir lo que sus interlocutores deseaban escuchar. En el momento de afrontar una grave crisis, su inclinación natural era demorar la resolución. Podía admirar a los políticos valientes, pero acostumbraba a guiarse por la cautela. Su sentido de la prudencia le aconsejaba mantener todas las opciones abiertas, de ahí que hiciera planes para una cosa y para la contraria, para derrocar a Fidel Castro y para llegar a un modus vivendi con él, para permanecer en Vietnam y para retirar a sus tropas. No es extraño que los historiadores hayan llegado a conclusiones contrapuestas, todos apoyados en documentos auténticos.

¿Cómo afrontar la biografía de un personaje que es a la vez una estrella mediática y un enigma?

Uno de sus colaboradores en la Casa Blanca, Kenneth O’Donnell, tituló significativamente sus memorias Johnny, we hardly knew ye (Johnny, apenas te conocimos).

El biógrafo Chris Matthews, al definirle como un héroe escurridizo (elusive hero) también pone el dedo en la misma llaga, la dificultad de contestar a la pregunta sobre cómo fue John F. Kennedy. ¿Un hijo de papá? ¿El típico self-made man americano? Un poco de ambas cosas, pero también un hombre de extremada complejidad, banalizado a menudo por las brillantes fotografías de los periódicos y las revistas.

 

Este texto es un adelanto de la biografía que el autor está escribiendo sobre J. F. Kennedy para Sílex ediciones.


Share Button

Nací en Barcelona, en 1972, hijo de murciana y granadino. La mayor parte de mi trayectoria profesional la he dedicado a analizar el progresismo cristiano, con una tesis sobre la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y una biografía de Alfonso Carlos Comín, el de cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia, así como La Iglesia rebelde para Punto de Vista Editores. Sin embargo, en los últimos tiempos, mi interés se ha desplazado hacia América Latina. En el especial el periodo de las independencias, con mi biografía sobre Francisco de Miranda (Arpegio, 2012) o Heroínas incómodas (Rubeo, 2012), el libro que he coordinado sobre la mujer en las emancipaciones. A su vez, me atreví a entrar en el terreno narrativo con una travesura titulada Los españoles iban de gris (Rubeo, 2011). En cuanto a gustos, si algo me define son The Beatles, los Simpson y Perú. Y, naturalmente, la investigación histórica.

Participa en la discusión

  • (no será publicado)