México, la Revolución

Por . 15 octubre, 2014 en Siglos XIX y XX
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La revolución fue para México en el siglo XX lo que la independencia de España en el siglo XIX: un momento fundacional, el factor que iba a determinar su evolución posterior. Marcó el inicio de un proceso que cambiaría profundamente el país y que en la actualidad reivindican grupos de ideologías opuestas, lo mismo el PRI (Partido Revolucionario Institucional) que los guerrilleros zapatistas de Chiapas. Nada extraño porque, en realidad, en esos años turbulentos se dieron muchas revoluciones en una. Para entender sus múltiples causas, nada mejor que retrotraernos a lo que sucedió un siglo antes.

Según la historia tradicional, la independencia mexicana arranca en 16 de septiembre de 1810 con el Grito de Dolores. Un sacerdote, Miguel Hidalgo, encabezó una rebelión campesina al grito de muerte a los gachupines, es decir, a los españoles, y al mal gobierno. Sin embargo, también daba vivas al rey Fernando VII. ¡Extraña manera de empezar un movimiento de liberación nacional! Lo cierto, sin embargo, es que Hidalgo, en un primer momento, consiguió diversas victorias y fue proclamado Generalísimo de las Américas. Pero su torpeza estratégica acabó provocando su derrota: tras la batalla de Puente de Calderón, los realistas le capturaron mientras huía. Terminó fusilado. Su lugar pronto fue ocupado por otro patriota legendario, José María Morelos, más hábil militarmente. Sin embargo, tras algunas victorias, también fue apresado y condenado a muerte.

Aunque parecía que la causa patriota se había hundido, subsistían núcleos de resistencia. La proclamación en España del Trienio Liberal supuso la oportunidad definitiva para la proclamación de un México independiente. Ante el peligro de que la Constitución liberal de Cádiz les despojara de sus privilegios, un sector de españoles apostó por la secesión. Les encabezó un militar, Agustín de Iturbide, quién encabezaría un efímero régimen imperial bajo el nombre de Agustín I.

 

Una nación por construir

Consumada la separación de la metrópoli, la antigua aristocracia colonial quedó como dueña del poder, mientras la mayoría de los mexicanos sufría condiciones de explotación. La desigualdad económica, unida a la de carácter racial y regional, se convirtió en un obstáculo para la articulación de una conciencia nacional sólida. Se había proclamado la república, pero ésta se vio sometida a los continuos vaivenes de las luchas civiles entre liberales y conservadores. Entre tanto, existía un serio peligro de que el país implosionara. Guatemala consiguió separarse. También Texas, tras una breve guerra dirigida por el incompetente general Santa Anna, que logró conquistar El Álamo pero después fue capturado.

La escasa fortaleza del Estado quedó en evidencia durante la desastrosa guerra con el poderoso vecino del Norte, entre 1846 y 1848, en la que el ejército de Estados Unidos se apoderó de la mitad del territorio de México, reducido así a sus límites actuales entre Río Bravo y Chiapas.

En los años que siguieron a la catástrofe, los liberales intentaron poner en práctica un proyecto modernizador, opuesto tanto a los intereses de la oligarquía como a la Iglesia y, sobre todo, a las clases populares. Los campesinos iban a verse perjudicados con la eliminación de las propiedades comunales y la privatización de las tierras yermas, enormes extensiones sin propietario legal. Un presidente de sangre indígena, Benito Juárez, consiguió sacar adelante diversas reformas, con especial atención al terreno educativo. Su labor se efectuó en condiciones muy difíciles, al tener que enfrentarse a la invasión de Napoleón III. El ejército francés ocupó el país, con el pretexto de cobrar su porción de la deuda externa, e impuso a Maximiliano de Habsburgo como emperador. El nuevo monarca era un hombre bienintencionado, preocupado por el bienestar de sus súbditos, pero un pésimo político. Al impulsar determinados cambios se enajenó a los conservadores que apoyaban su trono, sin por ello atraerse las simpatías de los liberales. Cuando París le retiró su apoyo, fue incapaz de resistir por sí mismo a las tropas de Juárez, cayó prisionero y murió fusilado.

 

Administración sí, política no

Tras su segunda guerra de independencia, México intentó continuar su desarrollo en un sentido liberal, pero tal camino se vio truncado por el golpe de Estado del general Porfirio Díaz, en 1876.

Díaz, antiguo héroe de la lucha contra los franceses, impuso una larga dictadura en la que el crecimiento económico, la cara, convivió con la represión y las prácticas corruptas, la cruz. “Poca política, mucha administración”, era el lema promovido desde el poder. Se logró, por fin, un período de paz y estabilidad, pero al precio de eliminar las libertades y e impulsar el desinterés de los ciudadanos por la cosa pública. La división de poderes brillaba por su ausencia, lo mismo que la independencia de la prensa. El jefe del Estado, sin nadie que le hiciera sombra, se dedicaba a repartir prebendas entre sus enemigos mientras castigaba a los disidentes. Como los nombramientos se efectuaban a dedo, no existían canales para que efectuara un relevo generacional dentro de las estructuras de poder.

Las inversiones estadounidenses y británicas impulsaron la prosperidad, aunque también colocaron al país en una situación de excesiva dependencia respecto al exterior. La ola de riqueza, por desgracia, no fue suficiente para acabar con los graves problemas sociales. La expansión de la industria había generado una burguesía y un proletariado con nuevas necesidades. Imposibles de canalizar por vía institucional, ya que la dictadura impedía el libre funcionamiento de partidos y sindicatos que, de otra manera, hubieran dado voz a las clases emergentes.

Mientras tanto, en el mundo rural, el muy desigual reparto de la propiedad lastraba las condiciones de vida de las comunidades campesinas, desposeídas en beneficio de la oligarquía latifundista, a la que hicieron frente con organización y espíritu combativo. La distribución de la tierra, por tanto, se convirtió en un foco de conflictividad. Se trataba de una cuestión económica pero también identitaria, ya que estaba en juego una forma de vida tradicional y la autonomía secular de los involucrados. Los pueblos indígenas, al contrario de lo que había sucedido en otros países, habían sobrevivido y conservaban su fuerza.

Este contexto hizo posible que la revolución política y la social fueran de la mano, al permitir la alianza entre burgueses y proletarios.

El poder de Porfirio Díaz se había basado en el equilibrio entre los sectores afines. En sus últimos años, sin embargo, esta tendencia se modificó por su predilección a favor de los “científicos”, que acapararon poder regional. La facción reyista, liderada por Bernardo Reyes, se vio así postergada frente a unos adversarios sumidos en un profundo desprestigio, fruto del desgaste del poder y de su corrupción. Reyes, en cambio, se había convertido en un personaje muy popular gracias a sus buenas relaciones con la burguesía y el movimiento obrero, a los que trajo con una legislación progresista. Ante su creciente influencia, Díaz, inquieto, optó por alejarle enviándole a Europa para estudiar la organización militar.

A falta de su líder, los reyistas apoyaron el movimiento de Fracisco I. Madero, opuesto a la reelección del dictador en 1910, aunque fuera a través de un hombre de paja como Ramón Corral. Se produjo así una transferencia de cuadros que se revelaría fundamental en el proceso revolucionario. Líderes como Venustiano Carranza, por ejemplo, eran antiguos partidarios de Reyes. Privado de uno de sus dos pilares, el régimen se reveló incapaz de revertir su propia decadencia.

La evolución de la política internacional tampoco era favorable a Porfirio Díaz. Estados Unidos, tras su victoria contra España en la guerra de 1898, había alcanzado un enorme poder en la región caribeña. Para contrapesar su influencia, México se volvió hacia Europa y Japón. La Casa Blanca respondió distanciándose del Porfiriato, a la espera de un cambio de gobierno que favoreciera sus intereses. No era el menor de ellos el relativo al petróleo mexicano.

La crisis económica vino a agravar aún más las cosas. Las exportaciones se redujeron mientras la banca limitaba sus créditos a los empresarios y aumentaba el coste de la vida. El desempleo comenzó a multiplicarse en tanto que se generaba un círculo vicioso: la debilidad económica provocaba la disminución de los ingresos del Estado. Para compensarla, el gobierno aumentaba los impuestos. Así, los contribuyentes se veían en crecientes dificultades. Otras circunstancias, mientras tanto, contribuyeron a configurar un panorama cada vez más dramático. La sequía provocaba malas cosechas, la caída del precio de la plata afectó a la minería, los emigrantes regresaban de Estados Unidos para encontrarse con pocas salidas laborales…

 

El apóstol de la democracia

Poco a poco, México se fue convirtiendo en una olla a presión. Pero no fueron las clases populares las primeras en protestar. La revolución, igual que la francesa de 1789, inició su andadura con una revuelta de notables.

El terrateniente Francisco I. Madero se movilizó en pro de la transparencia democrática, inexistente durante el interminable Porfiriato. Su programa se centraba en la limpieza de las elecciones y no reelección de la figura presidencial. En poco tiempo, pasó de líder local a figura de alcance nacional. Expuso sus ideas en un libro, La sucesión presidencial en 1910. Por otra parte, fundó el Partido Nacional Antirreleccionista, entregándose a una intensa actividad. Recorrió todo el país en viajes de propaganda.

En una demostración de pragmatismo, Madero ofreció al presidente convertirse en una figura meramente honorífica mientras el vicepresidente, surgido de unos comicios democráticos, asumía el poder efectivo. Se trataba, pues, de impulsar un cambio controlado, una especie de revolución desde arriba. Pero Díaz, con su intransigencia, hizo esta vía imposible, sin darse cuenta de que la represión sólo iba a conseguir la radicalización de sus enemigos. Por eso, en lugar de pactar, decidió optar nuevamente a la reelección. Quedaba así claro que el liberalismo mexicano no podía regenerarse con métodos pacíficos. Madero, sin embargo, decidió presentarse también. El país asistió entonces a un escenario inédito en mucho tiempo: en las elecciones de junio de 1910, los dos candidatos realmente se enfrentaban.

Díaz recurrió a los métodos acostumbrados y movilizó en su favor el aparato del Estado, un trámite que debía bastar para asegurarle la victoria. No contaba con el éxito de Madero, quien fue capaz de aglutinar a los opositores al régimen con una campaña de masas. Al estilo de las que emprendían los políticos estadounidenses, cuyo modelo siguió de cerca. El régimen, mientras tanto, le planteó todos los obstáculos posibles.

Las autoridades ordenaron su encarcelamiento. Se hallaba  en prisión cuando se celebraron las elecciones, con la esperada victoria de los candidatos oficialistas. Madero denunció los resultados por fraudulentos y poco después escapó a Estados Unidos, donde se refugió. El 20 de noviembre de 1910, llamó a la rebelión.

Se había producido una notable paradoja: un hombre de talante pacifista promovía la revuelta armada de sus conciudadanos, a los que ofreció un programa en el Plan de San Luis Potosí. Con todo, Madero distaba de ser un radical. Propugnaba la violencia como último recurso y defendía una lucha circunscrita dentro de ciertos límites.

La brutalidad de la represión gubernamental convenció a los maderistas de lo arriesgado de embarcarse en una revuelta, por lo que el plan de revuelta terminó en fracaso. En las montañas de Chihuahua, sin embargo, se levantaron partidas guerrilleras iniciado un movimiento de protesta que se extendió por las regiones limítrofes de Durango, Sonora y Coahuila. Los rebeldes sí que se se alzaban en busca de mejoras socieconómicas, no tanto porque les preocupara quién ocupase el palacio presidencial. Si en un principio se trataba de grupos mal armados, poco a poco su tamaño creció hasta constituir una auténtica amenaza para el ejército regular.

Los rebeldes lograron consolidarse en el norte del país. Madero ganó apoyos porque despertó esperanzas no sólo de la reforma política, también del cambio social. Ello le permitió obtener el apoyo del movimiento zapatista, que en el estado de Morelos reclamaba la devolución a los campesinos de las tierras que los hacendados les habían arrebatado durante Porfiriato.

Díaz, al enfrentarse a un adversario de envergadura, le ofreció un pacto. Ambos renunciarían, se formaría un gobierno provisional y se convocarían nuevas elecciones. A Madero, el plan le iba bien. Eso era lo que había reclamado desde el principio, un acuerdo entre elites. Por eso, aceptó la propuesta aunque entre sus filas se alzaron muchas voces en contra. Las de quienes no se resignaban a ser desarmados, como los zapatistas. El líder, sin embargo, no era capaz de ver que la situación había cambiado tanto desde 1910 que su proyecto original quedaba ya obsoleto.

 

Un cambio insuficiente

Abrumado por las circunstancias, Porfirio Díaz marchó al exilio, no sin advertir a sus oponentes que habían “soltado al tigre”, en referencia al pueblo, cuyo protagonismo temía. Madero, durante su presidencia, se distinguió por su política democrática en forma de elecciones libres y libertad de expresión, pero su mandato fue un periodo inestable, en el que a veces predominaban los experimentados cuadros del Porfiriato sobre los de la nueva generación, inexpertos y mal organizados. A la conflictividad política se le sumo la de carácter social, ya que el movimiento obrero aprovechó la apertura política para crear nuevas organizaciones y multiplicar las huelgas. En el campo, a su vez, proliferaban las ocupaciones de tierras.

El reformismo de Madero dejó insatisfecho a casi todo el mundo. A los latifundistas, por excesivo. A los revolucionarios, por timorato. De ahí que se extendiera el descontento en forma de sublevación armada. Los antiguos porfiristas, Bernardo Reyes entre ellos, buscaban recuperar sus privilegios. Sin embargo, en esos momentos, Reyes era una figura desacreditada. Había dejado pasar su oportunidad al marcharse a Europa, en representación de la dictadura, en lugar de encabezar la oposición. Por eso, su rebelión fue de muy corto recorrido.

Otros, como Emiliano Zapata, alzaban la bandera de la justicia social. Zapata, un hombre de facciones inconfundibles, con tez morena y sus prominentes bigotes, era un hombre polémico. Para sus detractores, no cabía duda de que era el “Atila del Sur”. Sus partidarios, en cambio, veían en él al apóstol de la revolución, capaz de luchar por sus principios desde una extraordinaria coherencia.

Los zapatistas reclamaban, sobretodo, la devolución de las tierras que los latifundistas habían arrebatado a las comunidades campesinas. Protagonizaron entonces una lucha de baja intensidad que el ejército de Madero combatió con mano blanda. Su movimiento acostumbra a ser identificado como un símbolo de la revolución en sí misma, pero lo cierto es que sus seguidores plantearon su lucha en términos locales, desprovistos como estaban de un proyecto de estado, entre otras razones por la ideología rural que les hacía desconfiar del mundo urbano. Lo suyo, más que una revolución moderna, era una revuelta tradicional. En cambio, los seguidores de Pancho Villa sí se implicaron activamente en la conquista del poder.

En palabras de Héctor Aguilar Camín, la revolución fue algo que bajó desde el Norte. Según este historiador, es inexacto identificarla con un programa agrario.

 

Todos contra Huerta  

El presidente Madero se creyó consolidado al vencer, aunque no fuera por completo, a todos los rebeldes. Fue un exceso de confianza fatal: el auténtico peligro para él venía de uno de sus generales, Victoriano Huerta, quien protagonizaría el golpe de Estado que le desalojaría del poder y le conduciría a la muerte.

Pero el huertismo no tardó en desintegrarse ante el acoso militar de sus enemigos. Su defensa estaba en manos de un ejército poco fiable, en manos soldados de reemplazo con muy escasa moral de combate, mal equipados por la falta de recursos económicos. La hostilidad de Estados Unidos contribuyó también a su desmoronamiento, con la toma de Veracruz en 1914. Los norteamericanos impidieron la llegada de un cargamento de armas alemán al tiempo que tomaban posiciones para ser ejercer su influencia sobre el gobierno que pronto iba a constituirse.

La rebelión constitucionalista estuvo encabezada por el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, un rico propietario que planteaba la revolución, al igual que Madero, exclusivamente en términos políticos. En 1914 consiguió imponerse, pero pronto quedó manifiesta la debilidad de su propio bando, una heterogénea coalición de intereses sin más nexo en común que la oposición a Huerta, en el que se mezclaban los defensores del orden social con quienes pretendían subvertirlo. Constitucionalistas, villistas y zapatistas tenían sus propios planes para el futuro del país.

 

La nueva constitución

Una vez derrocado Huerta, los diversos actores políticos se alinearon en dos bloques que se enzarzarían en una nueva guerra civil. A favor de Carranza, el “encargado del poder ejecutivo”, se encontraba el denominado “grupo de Sonora”, constituido por la dinámica burguesía rural del Norte. En contra estaba Emiliano Zapata, quien contaba con el apoyo de Pancho Villa, también partidario de cambios en un sentido antilatifundista. Por el Pacto de Xochimilco, a finales de 1914, ambos caudillos procuraron hacer un frente común, pero el intento resultó un fracaso por su distinto sentido de las prioridades. Para los zapatistas, lo urgente era ahondar en la revolución social. Los villistas, en cambio, estaban más preocupados por ganar primero la guerra. La división facilitó la derrota de ambos grupos a manos de los constitucionalistas, por lo que se vieron obligados a permanecer en sus respectivas regiones. Zapata quedó aislado en Morelos mientras Villa se veía obligado a escapar a Estados Unidos.

En 1916 se produciría un grave conflicto diplomático, a raíz de la incursión de Pancho Villa en Columbus, en el estado norteamericano de Nuevo México. Washington reaccionó con el envío de una expedición de castigo, al mando del general Pershing, que fracasó en su intento de capturar a Villa. Es más, obtuvo resultados contraproducentes al suscitar una reacción nacionalista entre los partidarios del caudillo mexicano. Los norteamericanos permanecerían en el país hasta el año siguiente.

Los vencedores de la guerra civil tuvieron que plantearse el modelo de México que deseaban. Por iniciativa del grupo de Sonora, la Constitución de 1917 implantó un régimen intervencionista  en materia económica, lo que significaba redistribuir la riqueza de cara a lograr la integración en el Estado de las distintas clases sociales.

La nueva Carta Magna marcó, según algunos especialistas, el inicio del México postrevolucionario, con la puesta en práctica de una praxis democrática hasta ese momento ausente en la historia nacional. Las autoridades tendrían que ser elegidas por el pueblo y los militares habrían de plegarse a las decisiones de los gobernantes civiles, aunque eso fue más fácil de decir que de hacer: los que mandaban tropas no se resignaban a renunciar al inmenso poder que habían acumulado. Asimismo, se implantaron las libertades de asociación y de expresión.

A regañadientes, Carranza aceptó la Constitución, pero se negó a hacerla cumplir, para decepción de los que aguardaban medidas sociales. El país, mientras tanto, aún no estaba pacificado por completo. El gobierno se dedicó entonces a someter a los rebeldes con una innecesaria violencia. Zapata fue eliminado en una emboscada. Otro importante revolucionario, Felipe Ángeles, acabó ante un pelotón de fusilamiento.

Carranza trató de perpetuarse en el poder escogiendo como sucesor a un hombre de paja. Políticamente aislado, acabó depuesto por el grupo de Sonora asesinado mientras huía de los golpistas. La burguesía del Norte se había impuesto, la revolución tocaba a su fin. El nuevo presidente, Álvaro Obregón, contentó a todos los sectores sociales concediéndoles lo que deseaban. Los campesinos tuvieron tierras. La CROM (Confederación Regional Obrera Mexicana), principal sindicato obrero, pasó a formar parte del aparato estatal. Los burgueses, a su vez, vieron garantizada la economía de mercado.

 

La refundación de México

Obregón no sólo impulsó cambios sociales. Favoreció un nuevo concepto de nación que integraba también a las masas, no a los criollos exclusivamente, como había sucedido en el siglo XIX. La identidad mexicana pasó a definirse en términos mestizos, como un producto de la mezcla de las herencias indígena y española. La pintura de los grandes muralistas como Siqueiros o Alfaro, así como el cine social, contribuyeron con su fuerza propagandística a hacer realidad esta refundación de la república.

Había nacido un Estado social, pero la democracia fue la gran sacrificada. Después de tantos años de guerra civil, los gobernantes primaron la cohesión interna al precio de sacrificar el pluralismo político, de manera que el poder quedó en manos  del Partido Nacional Revolucionario, antecedente del PRI (Partido Revolucionario Institucional).

La herencia de la revolución llega hasta nuestros días. Con un legado institucional, que configura el México moderno, pero también con una herencia subversiva. La que reivindicó, en 1994, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, al alzarse bajo la dirección del misterioso Subcomandante Marcos. Este insólito guerrillero, con su talento de relaciones públicas y su don para la pluma, colocó de nuevo sobre la agenda política la vieja aspiración de “tierra y libertad”. La rebelión de los indígenas de Chiapas se justificaba, en su opinión, por el olvido en que los tenía el Estado. Frente a esta marginalización secular, Marcos abogaba por la visibilizar a la población india, de forma que por fin alcanzara su propio lugar dentro del país. Eso sería posible con democracia y con justicia, para evitar que los campesinos, igual que en tiempos de Zapata, se vieran sometidos al expolio de sus propiedades comunales y al desprecio hacia su cultura.


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Nací en Barcelona, en 1972, hijo de murciana y granadino. La mayor parte de mi trayectoria profesional la he dedicado a analizar el progresismo cristiano, con una tesis sobre la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y una biografía de Alfonso Carlos Comín, el de cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia, así como La Iglesia rebelde para Punto de Vista Editores. Sin embargo, en los últimos tiempos, mi interés se ha desplazado hacia América Latina. En el especial el periodo de las independencias, con mi biografía sobre Francisco de Miranda (Arpegio, 2012) o Heroínas incómodas (Rubeo, 2012), el libro que he coordinado sobre la mujer en las emancipaciones. A su vez, me atreví a entrar en el terreno narrativo con una travesura titulada Los españoles iban de gris (Rubeo, 2011). En cuanto a gustos, si algo me define son The Beatles, los Simpson y Perú. Y, naturalmente, la investigación histórica.

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