¿Por qué el arte griego era tan diferente?

Share Button

La respuesta a esta pregunta, sin que sirva de precedente, es bastante simple: el arte griego era tan diferente de cuantos lo precedieron porque la sociedad que le dio vida lo era también. La cuestión, por tanto, debe ser reformulada en estos términos: ¿qué tenía de especial la sociedad griega para hacer posible la aparición de un arte tan especial?

Retrocedamos un poco en el tiempo. Durante los dos o tres milenios anteriores a la eclosión de la civilización griega, las sociedades humanas que habían avanzado lo suficiente para desarrollar una cultura escrita se caracterizaban por la más infame de las desigualdades. La distancia entre las minúsculas clases dirigentes, que detentaban una enorme proporción del poder económico y la totalidad del poder político y religioso, y la inmensa mayoría de la población era sencillamente abismal; el valor del ser humano, casi nulo.

Las sociedades antiguas no eran sino hormigueros de dimensiones ciclópeas en que el individuo no tenía más valor que el que generaba su trabajo ni más dignidad o derechos de los que él mismo podía arrancar por la fuerza, y siempre de forma temporal, de un Estado del todo arbitrario.

Como ya destacara en los años cincuenta del pasado siglo el historiador alemán Karl Wittfogel, caracterizaban la vida de las personas «…el terror total, la sumisión total, la soledad total», frutos todos ellos de una situación en la que el Estado era mucho más fuerte que la sociedad en que se asentaba y no respondía en su actuación a más principios ni limitaciones que los del propio gobernante y sus intereses.

Sí, era de esperar que el arte que estas sociedades terribles produjeran no tuviera otra raíz que sus creencias ni otro destino que servir a los intereses de sus gobernantes. El individuo debía sentirse tan pequeño, tan insignificante, que cualquier tentación de rebelarse contra su trágico destino le pareciera del todo quimérica.

De ahí que el arte fuera obra del Estado y fruto exclusivo del trabajo de artesanos anónimos; de ahí que las dimensiones de sus productos fueran tan colosales que su mera contemplación transmitiera el mensaje del inmenso poder del déspota; de ahí también que lo divino, una dimensión de la vida por completo sometida al control del Estado, tuviera absoluto protagonismo sobre lo humano, y lo cotidiano se batiera en retirada ante la epopeya, la leyenda y el mito, siempre orientados a reforzar la idea de omnipotencia e inevitabilidad del despotismo.

Grecia es otra historia. Aunque conoció la monarquía, nunca se desarrolló allí un verdadero despotismo oriental. Las necesidades de organización impuestas por el medio siempre fueron limitadas, como lo fue el fruto que la tierra rendía al esfuerzo humano, por grande que este fuera. Las posibilidades de centralización política, roto el paisaje en multitud de valles separados por montañas, eran escasas.

Así las cosas, resultaba casi imposible la consolidación de un Estado semejante a los que se habían desarrollado en China u Oriente Próximo. La pequeña comunidad humana se convertía en la forma más lógica y la mejor adaptada a las peculiaridades del medio físico de Grecia, y fue en su seno donde se desarrollaron las condiciones que hicieron posible el nacimiento del concepto de ciudadanía y, asociada a él, la idea de la dignidad del individuo.

Por supuesto, Grecia, y después Roma, marcaron límites hoy inaceptables a esa idea. La dignidad no iba asociada al hombre en cuanto tal, sino al ciudadano; no la poseían, por tanto, o al menos no en igual grado, los esclavos, las mujeres o los extranjeros. Pero la idea ya estaba ahí, y en relación con ella, una visión del mundo desde el individuo y para el individuo, una visión en la que todo, desde la economía a la religión, desde la sociedad a la política, gira en torno al hombre entendido como entidad única e irrepetible.

Así las cosas, el arte griego no podía sino ser como fue: el hombre es su protagonista, no el hombre el general, sino el individuo en particular, idealizado, pero real; el hombre es su destinatario, pues sus obras no persiguen empequeñecerle, sino acogerle, abrazarle, servir a sus necesidades de diversión, reunión o debate político; el hombre es su medida, pues es la proporción entre sus miembros la que marca el canon de la belleza, en la escultura, pero también en la arquitectura, cuyos edificios son todos orgánicos cuyas partes se relacionan entre sí de acuerdo con principios geométricos semejantes a los del cuerpo humano.

Frente a un arte para el Estado, como lo había sido el producido por las sociedades precedentes, el griego es un arte para el hombre. ¿Cómo no iba a ser diferente?


Share Button

Adquiere nuestros libros impresos con un 5% de descuento, gastos de envío gratis y la versión ebook de regalo. Solo tienes que visitar la tienda online de Punto de Vista Editores e ingresar el código de cupón PDV-04001


La historia me gustó desde muy pequeño. Como a casi todos los historiadores, el gusanillo empezó a picarme con las películas de romanos. Mi otra vocación, la docencia, llegó por entonces. A los veintitrés años aprobé la oposición y empecé a dar clases. En un instituto de la madrileña localidad de Alcorcón. Pero llegó la LOGSE y con ella mi primera plaza en propiedad. ¡Sorpresa! No era en un Instituto de Bachillerato, sino de Formación Profesional. Y de Historia, poco. Casi me tocaba explicar de todo menos Historia. ¿Cómo reaccioné? Empecé el doctorado. Y así descubrí mi tercera vocación: escribir. Primero escribí sesudos trabajos de investigación, libros gruesos como ladrillos que nadie lee, pero decoran los estantes de muchas bibliotecas universitarias, y me hice doctor en Historia Contemporánea. Pero con el tiempo lo tuve más claro: enseñar me gustaba más que investigar, pero escribir seguía gustándome mucho. La salida sólo podía ser una: la Historia divulgativa. Me puse a ello. Maeva publicó mi primer libro, una Historia de Occidente contada con sencillez; Nowtilus, un encuentro providencial, todos los que la han seguido. Y van cinco. No vivo de ello, por supuesto. Vivir de esto es muy difícil. Por el camino me hice inspector, y de ello como. Pero no os relajéis: os amenazo en firme con escribir muchos más. Ah, y nací en 1966 en Guadalajara. Por acabar por el principio.

Participa en la discusión

  • (no será publicado)

  1. gravatar Alfredo Malagón Responder
    mayo 19th, 2015

    Estoy de acuerdo. Sin embargo, propongo tres aclaraciones. Primera, Platón se declara impedido para filosofar acerca de las mujeres, pues ello exige, como mínimo, ser una de ellas; pero se permite señalar que entre hombres y mujeres no hay sino una diferencia, que el hombre concibe y la mujer da a luz a su descendencia. Y, sobre los niños, que es necesario considerarlos hijos comunes. Segunda, acerca de la belleza distintiva del arte griego, conviene notar que es producto de la proporción matemática llamada armónica, que es una y no tantas como la mayoría cree. Tercera, que en el mundo griego la verdad se reflejada en el arte (toda, es decir, la práctica y la bella) y se establecia a partir de la razón (numérica), pero se verificaba solo cuando el resultado, además de ser razonado y razonante, inteligible pues,se mostraba asimismo bondadoso y bello.