Una tragedia del yo frente a la sociedad. Don Álvaro

Por . 6 octubre, 2014 en Reseñas
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La editorial Liber Factory acaba de publicar Don Álvaro o La fuerza del sino. Estudio y edición de un manuscrito “apócrifo”, una obra de uno de los mayores especialistas en el teatro español del siglo XIX, José Luis González Subías. Anatomía ofrece a sus lectores un adelanto de la misma.

 

La presencia angustiosa y fatal del destino en la obra que nos ocupa ha hecho que sea interpretada y calificada, por importantes estudiosos de la misma, como “drama del destino”, un género muy conocido en Europa por las fechas en que Ángel de Saavedra, exiliado por entonces en Tours, parece que escribió la primera versión del texto. Y, efectivamente, don Álvaro se encuentra predestinado por nacimiento, tal y como anuncia la gitana Preciosilla —que ha leído las líneas de su mano— en las primeras escena de la obra. Este sino, que da nombre al título del drama y fue recogido en la versión operística de Verdi, constituye el fondo filosófico que subyace tras la romántica historia de un amor trágico e imposible, el cual constituye su principal o más inmediato atractivo. En cualquier caso, ambos núcleos temáticos se encuentran fatalmente relacionados y no se puede comprender plenamente el Don Álvaro sin atender a la confluencia de estos.

Considero interesante reflexionar sobre la actitud de la familia del marqués de Calatrava, cuyo peso es fundamental para explicar ese supuesto destino trágico que persigue al protagonista de la obra. Don Álvaro resulta un personaje simpático a nuestros ojos y nos identificamos con él, pues lo sentimos como una víctima inocente de unas situaciones que no desea y en todo momento trata de evitar con todas sus fuerzas. Es cierto que su origen desconocido, sin nombre que lo respalde —pues lo oculta—, hacen de él un pretendiente, para su hija, indeseable a los ojos del marqués de Calatrava; y que el amor de ambos jóvenes se antepone a cualquier convención social, e incluso a la voluntad paterna (ese es su único delito); pero la actitud violenta e irracional del marqués, quien se niega a escuchar siquiera al joven que tiene enfrente, a quien desprecia, insulta y vilipendia con virulencia antes del fatídico accidente que le arranca la vida, tiene una gran parte de responsabilidad en la tragedia que conlleva su muerte. Don Álvaro comete el error de sacar su pistola, es cierto, pero solo para defender su vida; y, rendido y postrado humildemente ante el padre de su amada, es solo un fortuito accidente el causante de la muerte de este. E igual actitud violenta, vengativa e irracional —ligada asimismo a una convención social muy arraigada en España, la defensa del honor— es la causante de la muerte de los hijos del marqués, quienes persiguen implacables a don Álvaro para darle muerte; así como a su hermana, a quien consideran igualmente causante de su deshonra y de la muerte de su progenitor.

A lo largo de toda la obra, don Álvaro manifiesta una actitud ejemplar y heroica, muy humana, incluso piadosa; siendo víctima, si no del destino, al menos de seres humanos que no le dejan otra opción que matar. Con la mentalidad de la época en que el texto fue escrito y es ambientada la historia, resulta del todo punto imposible evitar las muertes que tuvo que ocasionar. La del marqués fue, simplemente, un accidente al que el propio don Álvaro llama destino: “Yo a vuestro padre no herí, / le hirió solo su destino” (vv. 1520-1521); y la de sus hijos, el resultado de su actitud vengativa: “que solo anhelo venganza / y sangre…” (vv. 1500-1501), afirma don Carlos; “Soy un hombre rencoroso / que tomar venganza sabe” (vv. 2266-2267), ratifica don Alfonso. Aunque el tema del destino tiene un peso importante en la obra —tanto el sino funesto de don Álvaro como el de Leonor son anticipados por Preciosilla en la escena segunda del drama—, no podemos obviar que los sucesos acaecidos en el texto tienen poco de sobrenaturales y son las pasiones humanas, como el rencor y la venganza que mueve a los hijos del marqués, las que mueven los hilos de la trama, ahondando cada vez más en la tragedia.

No obstante, resulta difícil deslindar venganza y honor en el universo calderoniano en que se desarrolla este drama, así que, en buena medida, sentimos también como víctimas al marqués y sus hijos —sin olvidar a Leonor—, pues su comportamiento responde al esperado asimismo de un caballero en su tiempo. He ahí otra tragedia, netamente romántica, por otra parte: la imposición de unas normas que hay que cumplir, por encima del propio hombre y de los sentimientos individuales. Nos hallamos ante la lucha del yo contra la sociedad, tema esencial del Romanticismo.

Vemos que las posibilidades interpretativas de Don Álvaro o La fuerza del sino son, pues, muy numerosas; tanto que podríamos calificarla como una tragedia de tragedias: tragedia del amor imposible, tragedia de honor y venganza, tragedia del destino, tragedia del yo frente a la sociedad…


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