El grito de Trotsky

Por . 3 noviembre, 2014 en Siglos XIX y XX
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Dos décadas después de la caída del Telón de acero y de la subsiguiente desmembración de la URSS, los crímenes del estalinismo se asemejan a una especie de crepitación lejana. Los infames procesos de Moscú, las purgas masivas, el Gulag pueden parecerle a millones de jóvenes crecidos en democracia fenómenos remotos y extemporáneos felizmente sepultados en la noche de los tiempos. Pero la misma pervivencia de regímenes comunistas en el mundo, como los de Cuba o Corea del Norte, y las consecuencias que para la historia de las ideas políticas, en el plano teórico, y para la configuración de nuestras modernas sociedades, desde una perspectiva más cercana, se derivan de aquel tiempo, convierten en perfectamente vívidos y actuales sucesos como el que ahora alcanza su septuagésimo aniversario.

Observado a distancia y a pesar de que aún la URSS ejerciera una enorme influencia durante las décadas posteriores, acrecentada por su participación en la II Guerra Mundial y como resultado de esta la partición del mundo en dos bloques antagónicos, el atroz asesinato de Trotsky a cargo del comunista español Ramón Mercader supone de algún modo el canto del cisne del terremoto que en 1917 llenó de esperanza a millones de trabajadores en todo el mundo. El espectáculo de la Revolución devorándose a sí misma, como ha descrito algún crítico el brutal asesinato de Trotsky, fue una operación largamente preparada que llegó a término en Coyoacán (México DF) cuando el viejo revolucionario expelía un grito de rabia y de dolor que aún sigue conmoviéndonos.

 

Persecución y destierro

En enero de 1928 los peores presagios se cumplían para Lev Davidovich Bronstein. Tan solo cuatro años después de la desaparición de Lenin, su compañero y líder de la Revolución de Octubre, la campaña de acoso orquestada por Stalin y su camarilla contra el creador del Ejército Rojo tomaba un rumbo irreversible al hacerse efectivo su destierro. Se le acusaba, nada menos, que de «sostener campañas contrarrevolucionarias consistentes en la organización de un partido clandestino hostil a los Soviets» que pretendía «provocar un alzamiento antisoviético y preparar un movimiento armado contra el Poder de los Soviets». A pesar de lo dureza de los cargos, sería lo más amable que desde el Kremlin se lanzaría a partir de entonces contra un hombre de casi cincuenta años que, tras haberse convertido en una de las principales figuras de la toma del poder por los bolcheviques, había pasado a encarnar de la noche a la mañana el papel de gran traidor del proyecto soviético.

Como las de tantos otros en aquella época –escribiría poco después en su autobiografía, durante el «entreacto» de Constantinopla, «una etapa imprevista aunque nada casual»–, la cárcel, el destierro y la emigración fueron las universidades de este revolucionario nacido en 1879 en un rincón de la Rusia meridional y que llegaría a ser conocido mundialmente por el falso nombre con el que él mismo se rebautizaría (en alusión a uno de sus carceleros de Odesa) cuando huyó por primera vez –dejando atrás a su primera mujer y a los dos hijos que tuvo con esta–, de su confinamiento en Siberia.

Se han vertido ríos de tinta para intentar explicar cómo le fue movida la silla al a todas luces heredero de Lenin y, por más que nos detenemos a atender las fundadas razones que lo justifican, cuesta trabajo aún, casi un siglo después, comprender cómo el azar pero especialmente la ilimitada capacidad de intriga de un hombre por el que siempre había sentido más que aprensión o desprecio, indiferencia, Iosiv Stalin, no solo consiguió alejarlo del poder sino directamente arrojarlo a encarnar la figura de moderno judío errante con la que tantas veces se le ha caracterizado. Lo que no habían conseguido el zarismo, dos revoluciones (la primera de ellas, la de 1905, fallida), los campos de concentración, o una sangrienta guerra civil, lo ejecutarían sus antiguos correligionarios, hasta el punto de que su expulsión de la URSS, efectiva a comienzos de 1929, tras pasar un año recluido cerca de la frontera china, no sería sino el cumplimiento del primer plazo de una condena que no podía ser otra que la capital.

El «rebelde por excelencia», como lo definió su biógrafo Isaac Deutscher, pronto descubrió que por mucho que huyera jamás escaparía de los agentes de Stalin. La obsesión del georgiano por Trotsky venía de los tiempos en los que la Revolución triunfante había convertido a la estrella del presidente del Soviet de Petrogrado en un faro que iluminaba las aspiraciones de millones de trabajadores dentro y fuera de Rusia. Es fácil imaginar para alguien tan ambicioso y taimado, cuán repugnante habría de resultarle la presencia de aquel que, nacido en el mismo año, tan opuesto resultaba por sus orígenes, formación y naturaleza. Oscuro, tosco y pragmático, uno; brillante, culto y apasionado, el otro, Trotsky unía a su condición de afilado polemista, retórico y orador brillante, de teórico aventajado del posmarxismo, su condición de hombre de acción con una fe inquebrantable en el triunfo de la causa del proletariado. Mientras Trotsky, pese a sus veleidades mencheviques, se convertía en una figura fundamental de la Revolución, Stalin representó un papel insignificante, como demuestra el hecho de que John Reed apenas lo mencionara en su crónica del ascenso del nuevo régimen en lo que constituyó, según palabras de Lenin, «la versión más fiel de los acontecimientos» (lo que explica que su Diez días que conmovieron al mundo fuera retirado de las bibliotecas de la URSS durante los años 30 y prohibida su reedición en vida del dictador). Además, y no menos importante, Stalin era consciente de que a todo lo anterior había que sumarle su privilegiada relación con Lenin quien, a pesar de las agrias discusiones que mantuvieron al cabo de los años, no disimulaba su admiración por Pero (La Pluma), seudónimo con el que firmaba sus publicaciones en Iskra, la revista marxista editada en Londres a principios de siglo y en la que junto al mismo Lenin escribían Plejànov o Màrtov.

Puede decirse que en este caso la paranoia homicida de Stalin, que le llevó a cometer los más execrables crímenes y que lo convirtieron en uno de los mayores asesinos de la historia, estaba más que justificada. El ex comisario de Guerra, aquel que aparecía retratado innumerables veces junto a Lenin (ya se encargaría él de ir «borrándolo» de las fotos), el incansable y tozudo revolucionario que había enervado a las masas en el Circo Moderno de San Petersburgo durante aquellas jornadas aurorales, y que se había atrevido a cuestionar abiertamente los métodos de la nueva dirección tras la desaparición del amado líder, debía ser eliminado.

Stalin encontró además en Trotsky la excusa perfecta para llevar a cabo sus purgas internas. El «perro rabioso» como pronto lo llamaron sus detractores (en contraposición al bello título de «el hombre que amaba a los perros», que le consagra Leonardo Padura en la extraordinaria novela en la que recrea su periplo vital) sería trasformado en el falso enemigo a través del que crear un cordón sanitario más allá del cual estarían justificadas las más abyectas persecuciones, la construcción, en definitiva, de un estado policial convertido en máquina depuradora de elementos presuntamente antisociales. Orwell, que sufrió en carne propia durante la Guerra Civil española la infame persecución comunista del POUM, partido marxista revolucionario en el que militaba, se inspiraría años más tarde en Trotsky a la hora de dibujar el personaje de Emmanuel Goldstein de 1984. El Enemigo del Pueblo, como se le llama en la novela al personaje, comparte con el real rasgos físicos y origen judío, pero es en la sarcástica institución de los Dos Minutos de Odio de la ficción donde más claramente se advierte el nivel de delirio persecutorio que alcanzó en la URSS el demonizado trotskismo.

Las divergencias entre Lenin y Trotsky pasaron a ser, pues, convenientemente manipuladas, la historia falseada y la profesión de fe antitrotskista se convirtió en salvoconducto para subir peldaños dentro de la cúpula administrativa estalinista. No resulta exagerado afirmar que si Trotsky no hubiera existido, Stalin habría tenido que inventarlo.

 

Ramón Mercader

Mientras Trotsky continuaba su penoso peregrinar por medio mundo como un apestado, viendo cómo uno a uno sus familiares más próximos iban siendo detenidos, deportados, asesinados, conducidos al suicidio, el plan definitivo para su liquidación se iba poniendo en marcha.

El asesinato de Trotsky fue una telaraña pacientemente urdida y resuelta a golpe de piolet por un joven militante del Partido Socialista Unificado de Cataluña, hijo de Pau Mercader Marina, un respetable señor burgués del barrio barcelonés de Sant Gervasi, y de María Eustasia de la Caridad del Río Hernández, una activista de familia acomodada medio cubana que terminaría enamorándose de un personaje que tendría también una gran influencia sobre Ramón: Nahum Nikolaievich Eitingon, alias Kotov, espía al servicio de la temible OGPU (más tarde NKVD) y a la sazón encargado, previo mandato de Beria y Sudoplatov, de preparar la elaboración del plan operativo de eliminación del «perro rabioso».

Trotsky y su mujer, Natalia Sedova, habían llegado a México en el Ruth, vapor petrolero empleado ex profeso para el traslado del matrimonio desde Noruega, donde habían vivido los últimos meses, cumpliendo así la petición de asilo que el pintor Diego Rivera y el líder de los trotskistas mexicanos, Octavio Fernández, habían cursado al presidente Lázaro Cárdenas. Sería precisamente en el país americano, aunque no en su primera residencia, la Casa Azul, domicilio del propio Rivera y de su mujer, la también pintora Frida Kahlo, donde se ejecutara la sentencia.

Tres años y medio tuvieron que pasar aún para que un Trotsky avejentado aunque aún pleno de energías que seguía canalizando en su inútil lucha de poner en claro los excesos de Stalin, conociera a su asesino.

Ramón Mercader, joven apuesto, culto, e intachable comunista, había luchado a favor de la República en el frente del Ebro, donde recibió un balazo que le dejaría una cicatriz en el antebrazo izquierdo (su madre resultaría herida en Bujaraloz recibiendo once descargas de metralla que pusieron en riesgo su vida), y había ascendido a comandante del Quinto Regimiento a las órdenes de Líster, participando en la defensa de Madrid, antes de ser invitado a participar en su gran cita con la historia: la operación más importante del estalinismo. Su elección no fue ni mucho menos casual. Pocos como él podían igualarlo en arrojo, astucia y fe revolucionaria. Pero la operación no era ni mucho menos sencilla. A pesar de que Stalin había destinado medios ilimitados a la misión, Trotsky era casi inaccesible. Tras abandonar la Casa Azul después de romper con Diego Rivera por razones ideológicas y personales (la breve pero tempestuosa relación erótica que mantuvieron Trotsky y Frida no contribuiría a mejorar el ambiente reinante en el hogar de los Rivera), el desterrado se trasladó junto a su séquito a unas cuantas cuadras de su anterior domicilio, a la avenida Viena de Coyoacán. Su aislamiento, sus altos muros, su proximidad con un río, la fuerte seguridad convertían a la casa casi en inexpugnable. Había que encontrar una llave proporcionada a semejante cerradura y esta se encarnó en la figura de una desmadejada criatura llamada Sylvia Ageloff.

Fue Ruby Weil, secretaria de Louis Budenz, director del Daily Worker, periódico del Partido Comunista de Estados Unidos, la que presentó a la joven trotskista a Mercader. El encuentro tuvo lugar en el bar del Hotel Ritz, a donde casualmente había acudido aquel hombre atractivo y encantador, fotógrafo ocasional de la sección deportiva de Ce Soir, que hacía pasarse por hijo de un diplomático belga ya fallecido y heredero de una gran fortuna. El nombre por el que se hacía pasar era Jacques Mornard. Hermana del correo de Trotsky en Estados Unidos, Ageloff, pecosa, canija, miope, de voz chillona y celosa en extremo (como Mercader pudo pronto comprobar), sintió un flechazo casi instantáneo por aquel caballero refinado y ¡apolítico! que la colmó de atenciones desde el primer encuentro.

A partir de ahí, el plan consistía en introducirse en la casa de Trotsky y en cuestión de minutos llegar hasta sus dependencias, burlando toda la seguridad y acabar con su vida. Esto solo se podía hacer teniendo un conocimiento minucioso del recinto, de las guardias, de las costumbres del lugar. Esta era la misión de Mercader y prueba de la dificultad de la empresa el hecho de que una primera operación fallase. Más o menos el fiasco aconteció como sigue. La suerte se había aliado en un primer momento con nuestro hombre. Coincidiendo con una visita de su «novia» a los Trotsky, madame Yankovitch, secretaria de Lev Davidovich, enfermó y el anciano revolucionario le pidió a su joven seguidora, hijo de rusos blancos y por lo tanto conocedora del idioma, que le ayudara a pasar a máquina lo grabado en el dictáfono. Esta circunstancia imprevista obligó a Sylvia a acudir con regularidad a la residencia de la avenida Viena y Mercader no desaprovecharía esta circunstancia que el azar le ponía en su camino. Primero se limitó a acompañar a su novia a la casa, esperándola en el coche junto a la puerta. Poco a poco, gracias a su encanto natural y a sus numerosos gestos de cortesía, fue granjeándose la confianza de los secretarios y de los guardaespaldas del protegido, hasta que por fin se ganó el derecho a traspasar el umbral del edificio y conocer más en detalle al «objetivo». Con toda esta información y tras corromper a uno de los secretarios, Robert Sheldon Harte, que custodiaba la entrada, Mercader dejó el paso libre en la madrugada del 24 de mayo de 1940 a la veintena de hombres comandados por el pintor comunista David Alfaro Siqueiros que intentó, abriéndose paso con ráfagas de ametralladora, liquidar al odiado líder de la contrarrevolución. El resultado, una chapuza.

Mientras tanto, el clima de hostilidad por la presencia del «barbas de chivo» –como popularmente se le conocía en el país– era creciente en México. Las manifestaciones, tanto de extremistas de derecha como de izquierda se sucedían. Además, el fracaso de la intentona había puesto en grandes aprietos a Eitingon frente a sus superiores directos en la inteligencia soviética. No se podía fallar de nuevo y, además, había que alcanzar el objetivo pronto. Stalin lo exigía.

Mercader, que había entrado en el país bajo la identidad de un ingeniero en minas canadiense llamado Frank Jacson –brigadista caído en la Guerra Civil española–, era, no obstante, algo así como un as en la manga. Era el único con un acceso directo a Trotsky y sabría encontrar la oportunidad de estar a solas con el fundador del Ejército Rojo en la redacción de un artículo en defensa del trotskismo que él mismo escribiría (en realidad lo preparó Eitingon) y que le daría a corregir al revolucionario. El texto estaba tan plagado, conscientemente, de inexactitudes e ingenuidades que sería necesaria su reescritura, lo que le daría a Mornard/Jacson/Mercader la oportunidad de concertar, tres días después, un segundo encuentro en privado. El definitivo. Al parecer, Trotsky no confiaba demasiado en aquel hombre. Demasiados interrogantes se cernían sobre su persona, desde su verdadera identidad hasta su extraño comportamiento, continuando por su súbita adscripción ideológica. Pero, desoyendo las palabras de su propia esposa, no ahuyentó a aquel enigmático individuo y quiso desafiar o, quizá mejor –quién sabe si, cansando de esconderse, de luchar en vano–, afrontar resignadamente su propio destino.

A pesar del calor, Mercader no se desprendió ni del sombrero ni de la gabardina que Eitingon le entregó con un puñal cosido en el forro y una pistola, para caso de necesidad, pues sería bien otra la arma que pasadas las 5 de la tarde del 20 de agosto de 1940 le asestaría el golpe finalmente mortal a su víctima. Mientras este leía reclinado sobre el escritorio de su despacho las cuartillas mecanografiadas, Mercader se colocó a su espalda y, cerrando los ojos, descargó el piolet con todas sus fuerzas sobre el cráneo de Trotsky. El grito, compuesto de dos terribles aullidos, inundó en unos segundos toda la casa, pero contra lo previsto, la víctima no murió en el acto (no lo haría, tras entrar en coma, hasta el día siguiente) sino que aún tuvo tiempo para arrojarse contra su asesino, morderle una mano, e impedir que este le rematara. Paralizado por el horror de aquel crimen, por la sangre que manaba de la cabeza del viejo, Mercader no intentó siquiera huir del despacho (su madre y Eitingon lo esperaban con un coche a unos metros de allí) y antes de que tuviera tiempo de reaccionar, los guardias se le habían echado encima, golpeándolo.

 

¿Intercambio de papeles?

Durante los veinte años de presidio que siguieron a su arresto, Ramón Mercader jamás dejó de afirmar que él era un belga nacido en Teherán, hijo de diplomático. Cuando lo detuvieron llevaba una extensa carta escrita en francés en la que se declaraba, entre otras invenciones, un seguidor de Trotsky al que habían propuesto viajar a Rusia con el fin de asesinar a Stalin (junto a la acusación de colaborar con una potencia extranjera, la razón más manida durante los «procesos» soviéticos), motivo por el cual había decidido sacrificarse «quitando de en medio a un jefe del movimiento obrero que no hace más que perjudicarlo». Ramón Pavlovich López, como oficialmente se le conocería tras su llegada a la URSS en 1960, donde sería condecorado con la Orden de Lenin y nombrado Héroe de la Unión Soviética, terminaría sus días en Cuba sin ver cumplido su sueño de morir en Cataluña, en una España ya sin Franco que se encaminaba hacia la consecución de un régimen de libertades tan alejado de los ideales que le llevaron a convertirse en brazo ejecutor de uno de los dictadores más perversos de la historia. Hasta el final se mantendría fiel a su catecismo comunista, considerándose algo así como un objeto de la necesidad histórica de la lucha del proletariado, ante la que cualquier sacrificio estaba justificado, y pese a que con el tiempo fueron públicamente esclarecidas las circunstancias de su crimen, nunca asomaría un dejo de arrepentimiento, de compasión por la víctima. Al menos públicamente, pues cuesta imaginar que, tras la celebración del XX Congreso y del reconocimiento de los crímenes del estalinismo o, ya durante su residencia en Moscú, mientras asistía al fraccionamiento de los comunistas españoles escenificado en la Casa de España, no existiese un profundo desengaño corroyendo su espíritu. O eso nos gustaría creer.

No sabemos si de haber «ganado» Trotsky la batalla por la herencia de Lenin, la Revolución rusa habría tomado otro rumbo. Algunos, como José Ramón Garmabella, que recoge en El grito de Trotsky los pormenores del asesinato, recuerdan los sucesos de Krondstat, la mano de hierro con la que condujo el Ejército Rojo hacia la victoria en aquellos tiempos en los que según Karl Radek «la Revolución cambió por una espada la pluma de su mejor publicista», para convencernos de que todo no hubiera sido más que un intercambio de papeles. ¿Acaso Trotsky habría aceptado una oposición, dado voz al pueblo, abierto el Partido a la sociedad? ¿Habría dado curso y efectivo cumplimiento a su teoría de la «revolución permanente» o habría cedido a la triunfante tesis acuñada por Bujarin e impuesta por Stalin del «socialismo en un solo país»? ¿Se habría atrevido –podemos seguir preguntándonos– a defender hasta el final, como hizo en Literatura y Revolución (1924) que «los socialistas no podían legislar contra las expresiones culturales que fuesen complejas o incluso hostiles», es decir, habría defendido la libertad de expresión hasta sus últimas consecuencias o, por el contrario, habría alentado igualmente la persecución, acallado, asesinado o arrastrado al suicidio a parte de la mejor generación de autores rusos del siglo XX? ¿No hubiera, en definitiva, actuado del mismo modo que su odiado Stalin, cercenando todo disidencia, imponiendo una férrea censura, enviando a los elementos subversivos al Gulag?

Enfoques contrafactuales aparte, de lo que no cabe duda es de que el despiadado asesinato de Trotsky sirvió para erigir un monumento al fanatismo y el odio de un siglo tan caro a la inmersión de la razón en pura barbarie. El sórdido espectáculo de la Revolución devorándose a sí misma no sería esta vez un monumento de piedra o bronce como las estatuas que han gustado de erigirse todos los dictadores que son y han sido. Sino uno hecho de ondas sonoras propagadas en forma de grito atravesando el cielo del DF y propagadas a los cuatro vientos por un mundo que había vuelto a sumirse en una cruel matanza planetaria. Un grito que llenaría de pesadillas los sueños de Mercader hasta su muerte y que, setenta años después, con el comunismo acantonado en algunos escasos países y la corrupción enseñoreándose de los territorios que un día sirvieron de suelo a uno de los experimentos políticos más ambiciosos y nefastos de la historia humana, conviene no olvidar.

 

«La venganza de la historia –como escribió el mismo Trotsky– es más poderosa que la venganza del más poderoso secretario general.»

 

Pero la historia ha demostrado también su capacidad de vengarse de sí misma sumiéndose demasiadas veces en un infamante olvido.

 

[Este artículo, en su escritura inicial, lo publicó el autor en su blog Apocalípticos e integrados (http://apocalipticoseintegrados.blogspot.com.es/) el 20 de agosto de 2010 y forma parte de su obra Hermesiana. Noticias de letras para Punto de Vista Editores]


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  1. gravatar Valdis23 Responder
    noviembre 3rd, 2014

    Excelente artículo.