Una lectura de Por la religión y la patria

Por . 12 noviembre, 2014 en Reseñas
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Entre fines de los años treinta y fines de los cincuenta (y algún que otro epígono, incluso, en el siglo XXI) fueron apareciendo sucesivos martirologios diocesanos (casi tantos como provincias eclesiásticas) para dejar constancia del tributo sangriento pagado por la Iglesia española en su llamada “Cruzada”, documentando con todo lujo de detalles, por escabrosos que resultasen, el martirio sufrido por los religiosos y clérigos españoles, cuyos nombres quedaron tallados, por otra parte, en diferentes lugares de memoria de la geografía española.

Los unos y los otros debían impedir que la memoria del testimonio de fe hasta la muerte se perdiese. Contaron, tanto los martirologios como los monumentos en memoria de los eclesiásticos caídos por las “hordas marxistas”, como les gustaba reiterar, con la ayuda de la maquinaria gubernamental y eclesial (que en todo, o casi todo, iban de la mano en aquellos años de religión politizada nacionalcatólica).

Entre los mártires se incluían a numerosos laicos (buena muestra fue el martirologio conquense, firmado por Cirac Estopañán), pues la propaganda franquista unía en el mismo lote a los caídos en nombre de la fe religiosa y patriótica. Fue un eclesiástico, Antonio Montero, quien se encargó, a inicios de los sesenta, de reducir las cifras manejadas con anterioridad, eliminando de las listas a los laicos, y fijar en 6.832 la lista de consagrados asesinados durante la guerra (13 obispos, 4.184 sacerdotes, 2.365 religiosos y 283 religiosas).

En contrapartida, el libro que nos ocupa ofrece la otra cara de la moneda. Por la religión y la patria habla de los curas nada inocentes que contribuyeron, pistola en ristre o  a cristazo limpio, a sumarse a los sublevados, informar sobre las actividades subversivas de sus enemigos o bendecir los pelotones de fusilamiento. También, la de sacerdotes víctimas del fascismo. Porque, como sus autores dejan claro, parafraseando al ministro católico vasco de la Republica, Manuel de Irujo, la Iglesia fue, a la vez, víctima y verdugo (o como diría años después Julián Marías, perseguida y profanada).

No es esta la visión que ha llegado a nuestros días, como se han encargado de recordar los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, tan proclives a llevar a los altares a unos mártires de la llamada “persecución religiosa” cuyas causas habían paralizado sus predecesores en la cátedra de San Pedro.

En apenas un centenar y medio de páginas, Francisco Espinosa Maestre y José María García Márquez, recurriendo a fuentes variadas y con un lenguaje fluido, realizan un exhaustivo catálogo tanto de los sacerdotes “fascistas” como de las víctimas que no han subido a los altares (aquéllos curas “demócratas” o escandalizados ante tanta barbarie en el nombre de Dios). Es decir, de los curas “malos” que ocultan los martirologios, y de los “buenos” que no reconocen aquellas hagiografías escritas con el afán manifiesto de hacer perdurar “su” memoria martirial como paso previo a su beatificación, finalmente conseguida.

Es la lógica respuesta de historiadores que tanto han combatido por “recuperar” la memoria histórica republicana. El contenido restante, una cuarta parte del total, se distribuye entre anexos, procedencia de las fotografías —detalle de agradecer—, notas, bibliografía e índices.

El lector podrá encontrar ejemplos suficientes de cómo la Iglesia se unió a los sublevados (“Los curas y el 18 de julio”) o se convirtió en colaboradora necesaria del posterior proceso depurador (“Un país poblado de curas fascistas”). Y, dentro del mismo, cómo participó, de manera más sofisticada, como “fábrica de informes político-sociales” y su papel en la maquinaria judicial militar o en la purga de maestros.

Lo esencial, ya lo conocíamos, merced a publicaciones previas de los propios autores sobre la represión franquista en las provincias de Huelva, Sevilla y Badajoz así como por la pionera obra de Julián Casanova sobre La Iglesia de Franco (Temas de Hoy, 2001) y monografías provinciales de excelente factura como las firmadas, entre otros, por José Ramón Rodríguez Lago sobre Galicia (a quien se cita frecuentemente en estas páginas), Enrique Berzal sobre Valladolid o Javier Dronda sobre Navarra. La novedad, en este caso, viene por la recopilación y catalogación de casos dispersos en numerosos títulos.

Entre los numerosos ejemplos relatados, encontramos en el mismo capítulo un testimonio tan conocido como desgarrador, el de fray Gumersindo de Estella, “testigo del terror”, junto a otro más desconocido, el de César Lozano, que permite abordar a los autores el interesante mito del “cura bueno”, en realidad “bueno solo por un día”. Lo que resulta insuficiente a todas luces son “algunas historias de curas víctimas del fascismo”, que, sin duda, hubieran sido completadas si su publicación no hubiera coincidido prácticamente en el tiempo con el excelente libro sobre los curas republicanos retratados en la Otra Iglesia, al que dedicamos otra reseña en esta misma revista.

Hay otras carencias bibliográficas menos justificables. Ni Francisco Espinosa ni José María García Márquez son especialistas en la historia de la Iglesia o en el conflicto político-religioso de la España republicana. Son, no cabe duda, autoridades en el tema de la memoria histórica (Espinosa, Contra el olvido: historia y memoria de la guerra civil, Crítica, 2006) y de la violencia roja y azul (Crítica, 2010). Pero ello no les exime de haber obviado otras referencias bibliográficas imprescindibles del equipo de investigación dirigido por Feliciano Montero, que les podría haber otorgado un punto de vista menos monolítico y con más matices en el análisis de la “Iglesia y la Segunda República” y, en general, en el tono del libro.

Otro tipo de carencias son de contenido. Si nos dejamos guiar por su subtítulo, La Iglesia y el golpe militar de julio de 1936, esperaríamos encontrar más referencias a la participación de algunos obispos o grupos católicos en dicha sublevación. Sin embargo, apenas se habla de ello. Frente al protagonismo habitual de los obispos en otros ensayos o monografías, aquél recae, en este caso, en los curas. No vemos referencias suficientes a obispos o sacerdotes conspiradores. En realidad, no es una laguna historiográfica exclusiva de este texto y convendría resolverla próximamente para poder completar el puzle de una trama cívico-militar cada vez mejor conocida pero con notables interrogantes aún en el ámbito eclesial o religioso.

Sin duda, la búsqueda en archivos militares y diocesanos, así como en el Archivo Secreto Vaticano, podría aportar nuevos datos y perspectivas a un tema tan sugerente como complicado de investigar por las particulares características de dichos depósitos documentales y la normativa que regula su acceso. En este caso, lleva razón Espinosa, en su constante denuncia ante la dificultad de acceso a este tipo de archivos en función del perfil del investigador.

En definitiva, se trata de un libro necesario, conveniente y oportuno pero que no abarca las múltiples vertientes que ofrece el tema y, en particular, las relaciones entre el poder religioso y el militar. Tiene la virtud de estar escrito para llegar a un público amplio –como ya han demostrado en ocasiones anteriores los autores—, tanto por su lenguaje como por su enfoque. Sin embargo, el especialista no encontrará demasiadas novedades. Resuelve algunos interrogantes, proporciona notable información pero deja el camino abierto a investigaciones más ambiciosas.

 

Por la religión y la patria. La Iglesia y el golpe militar de julio de 1936

Francisco Espinosa y José María García Márquez

Crítica, 2014.

212 páginas.


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