“1980”, regreso al infierno vasco

Por . 1 diciembre, 2014 en Reseñas
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«La vida de los muertos está en la memoria de los vivos». Con esta tremenda sentencia de Cicerón termina 1980, el último y desgarrador documental del director vasco Iñaki Arteta.

Mientras el espectador recupera el aliento, un enorme listado de nombres asciende por la pantalla en negro al final de la película, recordándonos la identidad de todas las víctimas mortales provocadas por ETA aquel año. La mayor parte de ellas nos resulta desconocida. Ocuparon brevemente un titular en los periódicos o los primeros minutos de los telediarios y desaparecieron para siempre de nuestra memoria a los pocos días.

 

El infierno vasco

1980 es un viaje al pasado, un descenso al infierno vasco, a aquellos terribles años de plomo que vivimos hace poco más de tres décadas. Tan lejos y tan cerca. Pero sobre todo 1980 es una película tan incómoda como necesaria.

En un momento donde parecen cuestionarse todas las decisiones adoptadas durante la Transición, donde se pone en cuestión de forma despectiva todo lo que se fue forjando en el “Régimen (democrático) del 78”, convendría recordar a los más críticos las tremendas dificultades que tuvo solventar la joven democracia en España para consolidarse, acosada por el terrorismo y por un ensordecedor ruido de sables que atronaba en los cuarteles.

El documental rescata del olvido muchos de los dramáticos momentos que se vivieron en aquel año, que supuso la culminación de una estrategia criminal emprendida por ETA a finales de 1977.

Desde esa fecha hasta 1980 ETA asesinó a más de doscientas treinta seres humanos. Todo ello en un periodo de apenas tres años donde fueron aprobados la Constitución y el Estatuto de Autonomía del País Vasco. Tan solo en el año que da nombre a la película la banda terrorista cometió doscientos atentados, acabó con la vida de más de noventa personas, sin contar los heridos, la extorsión económica, la docena de secuestros que se produjeron en aquellos meses, los terribles estragos, el chantaje y sobre todo un elemento imposible de cuantificar y expresar en cifras: el miedo.

Un miedo denso, soterrado y silencioso. Decía el periodista y escritor Luciano Rincón refiriéndose a aquella época:

 

“teníamos miedo incluso de decir que teníamos miedo”.

 

La mera confesión de ese sentimiento podía poner a quien así se expresaba en el punto de mira, en el ojo acusador de la sospecha.

A lo largo de los ciento cinco minutos que dura el film Iñaki Arteta traza un recorrido donde centra su atención en las víctimas de aquel horror. Vuelve con algunas de ellas o con sus familiares directos a la escena del crimen, tal y como ya hizo en anteriores trabajos (Trece entre mil, 2005).

Los miembros de las Fuerzas del Orden Público y del Ejército forman el grupo más numeroso de este terrible listado de víctimas. Y junto a ellos todo un reguero de personas “acusadas” por la banda terrorista, su entorno y sus medios de comunicación, de pertenecer o simpatizar con la derecha española, de formar parte de los grupos de incontrolados, de ser confidentes de la policía o traficantes de drogas.

“Algo habrá hecho”. Cualquier excusa era razón suficiente para aparecer en los papeles, ser asesinado y justificar su muerte ante una sociedad vasca que parecía anestesiada ante el horror.  Durante aquel año ETA golpeó con saña a la UCD, asesinando a varios de sus dirigentes, hasta conseguir prácticamente borrar del mapa a este partido en el País Vasco.

El documental nos recuerda la tremenda soledad, el abandono que vivieron las víctimas y sus familiares más directos. Viudas y huérfanos que tuvieron que abandonar sus casas y marchar hacia el exilio. Para los que se quedaron aquí fue aún más duro. Vivieron marcados par siempre por el estigma de ser familiares de una víctima de ETA, y por ello fueron señalados, repudiados o simplemente ignorados por sus vecinos o por sus compañeros de trabajo o de clase, aquellos a quien creían sus amigos.

La mancha de la culpa, la de la vergüenza, se extendió a los seres más queridos. Daba igual la edad que tuvieran, no hubo piedad.

Susana García, hija de Jesús García, un hostelero que fue asesinado en la vizcaína Barakaldo tras ser acusado de ser miembro de la ultraderecha, lo expresa con amargura en el documental:

 

“Nadie en el instituto me volvió a dirigir la palabra en el año y medio que aguantamos en el pueblo antes de que nos marcháramos, bueno nos echaran. El único amigo que me quedó fue mi hermano. Yo tenía 14 años”.

 

Los testimonios de las víctimas en este trabajo, como en otros anteriores del mismo director, resultan aterradores.

Gema López, viuda de uno de los tres miembros de la Guardia Civil que fueron asesinados en la alavesa Salvatierra (hoy en día Agurain) mientras ordenaban el tráfico en una prueba ciclista, recuerda como su marido y sus compañeros fueron tiroteados a sangre fría por los miembros de un comando que descendió de un coche cerca de la patrulla. Tras disparar sobre ellos a sangre fría los terroristas huyeron del lugar de los hechos, pero el público que asistía a la carrera les alertó: “¡Está vivo, está vivo!”. “Se dieron la vuelta y lo remataron con 24 tiros”. Previamente el cura del pueblo, Ismael Arrieta Pérez de Mendiola, se había acercado al cuartel de la Guardia Civil de Salvatierra para interesarse por la hora de paso de la carrera. Él fue quien informó al comando que arrebató la vida a aquellos seres humanos.

 

La dignidad devuelta

Sí, la obra de Arteta es incómoda, porque nos recuerda lo que hicimos y sobre todo lo que no hicimos como sociedad vasca. Recuerda las complicidades de muchos y el silencio de casi todos.

Pero 1980 no solo tiene un valor testimonial que trata de devolver la dignidad a las víctimas olvidadas en un ejercicio de justicia poética. La obra tiene un enorme valor como documento histórico que retrata y analiza toda una época y a toda una sociedad. Para ello cuenta con un destacado grupo de periodistas, historiadores, filósofos y políticos que vivieron de un modo u otro aquellos acontecimientos.

Hay también un obispo. Aunque sea emérito, nunca puede faltar uno en una historia, en un informe o en un Plan que hable sobre el País Vasco. El testimonio de monseñor Setién es uno de los más escalofriantes, y contrasta con la tremenda humanidad de las víctimas, pero sin duda es un testimonio necesario para comprender muchas cosas de las que pasaron allí, y sobre todo, del ambiguo papel que jugó la Iglesia vasca frente al terrorismo. Como ha recordado Antonio Muñoz Molina, “Setién enuncia fríos silogismos sobre lo que él llama “derechos colectivos” moviendo unas manos pálidas que parecen tan heladas como la expresión de su cara” (Babelia, El País, 25 de octubre de 2014).

Tampoco tiene desperdicio el testimonio de Ramón Labayen, por entonces consejero de Cultura del recién nacido Gobierno Vasco. Sus palabras sobre ETA y lo que esta organización supuso para el nacionalismo moderado resultan tan inquietantes como esclarecedoras.

No ha sido fácil la andadura de este film desde su proyecto inicial hasta el momento de su estreno. Frente al apoyo que han recibido otras películas y documentales por parte de las instituciones públicas, 1980 ha tenido que financiarse en gran medida gracias al sistema de crowdfunding, es decir, a las aportaciones voluntarias realizadas por una larga lista de colaboradores, muchos de ellos simples ciudadanos conmovidos por la importancia y hondura este proyecto.

Tras ser presentada en la sección Tiempo de Historia en la Seminci de Valladolid el mes de octubre de este año, el de su estreno, 2014, el documental trata de proyectarse en las salas comerciales. No lo tiene fácil, al menos en el País Vasco, donde se constata una cierta prisa por pasar página sobre lo sucedido. Desde que comenzó a constatarse la proximidad del final del terrorismo quienes lo sostuvieron durante décadas, quienes lo jalearon y justificaron, se han embarcado en una campaña que pretende blanquear su pasado.

La memoria de lo ocurrido durante las últimas décadas se ha convertido en el País Vasco en un campo de batalla donde pugnan diferentes relatos. Frente a los esfuerzos de diversos colectivos, asociaciones y fundaciones de víctimas, empeñados en reivindicar la memoria de las víctimas y al análisis riguroso del pasado que hacen los historiadores, que trata de explicar las razones del terrorismo, analizar el comportamiento de la sociedad vasca y rescatar el testimonio de las víctimas, se erige el relato del nacionalismo radical, empeñado en apuntalar su peculiar teoría de un conflicto entre dos bandos que necesita difundir a través de su literatura militante la imagen de un pueblo martirizado, sometido por España, donde unos jóvenes idealistas se vieron abocados a reaccionar y tomaron las armas.

En medio de esta colisión de relatos la apelación a la reconciliación se ha convertido en una beatífica expresión de buenísmo reverencial, que trata de disolver responsabilidades sobre la ocurrido. Todos cometieron atrocidades, todos fuimos culpables, luego todos somos inocentes. Por ello la película de Arteta resulta tan necesaria, porque ahonda en aquel oscuro pasado y lo ilumina con la luz de su cámara para mostrarnos, con respeto, con dignidad, pero sin componendas, las huellas del horror.


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