Breve enciclopedia de la infancia

Por . 22 diciembre, 2014 en Reseñas
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La editorial Castalia ha publicado recientemente un libro del escritor español Emilio Gavilanes titulado Breve enciclopedia de la infancia, cuyo interés literario es enorme, dada su evidente calidad, pero que además presenta de alguna manera un fresco conmovedor e intenso de un tiempo reciente que es pura historia del presente, un tiempo perfectamente identificable para cuantos hayan vivido aquellos años del llamado tardofranquismo y muy útil para quienes simplemente (nada más y nada menos) quieran conocerlos. Una época en la que los ecos de la Guerra Civil llegaban inevitablemente al mundo de la infancia, porque aquel conflicto embadurnó todo durante décadas.

Anatomía de la Historia agradece a Castalia que nos permita mostrar a nuestros lectores los fragmentos que el mismo autor ha escogido a tal fin.

Anatomía de la Historia

 

Selección de fragmentos de Breve enciclopedia de la infancia

 

anatomía. El barrio era una de las puntas por las que Madrid se internaba en el campo. Un campo en el que se decía que había habido grandes cultivos de cereal, pero de los que solo alcanzamos a conocer unos retales enanos de los que no habrían salido ni tres barras de pan. Una extensión ondulada de arena, en la que solo crecían gramíneas silvestres, cardos, margaritas, amapolas, jamargos, una vegetación que rara vez superaba el medio metro de altura. Un campo que en primavera, cuando avanzabas por él, pisando las hierbas que acababan de brotar, ascendía del suelo un aroma que nos emborrachaba, que a mediados de junio había perdido toda su policromía y se había transformado en un yermo desolado, y del que en julio y en agosto llegaba un zumbido como de cable de alta tensión, como si el silencio hiciese ruido. En esa época parecía que el barrio estaba levantado en medio del desierto.

Se decía que allí estaban los pozos de cabecera de la red subterránea de captación de agua que había abastecido el centro de Madrid y que los árabes habían perforado hacía más de ochocientos años.

Todas las casas eran iguales, bloques sólidos, ordinarios, prismas sin gracia, más que sencillos, simples, como dibujados por un niño. Todos de cuatro pisos, de un ladrillo rojo pobretón.

Allí acababa la ciudad. El costado del barrio que pegaba con el campo lo formaba una calle que estaba sin pavimentar. Una calle sin calle. Separado de la última acera había un bordillo de granito que parecía la línea que señalaba dónde empezaba el Campo.

Todas las otras calles eran perpendiculares a esta. Si te ponías en el otro extremo de cualquiera de ellas y mirabas al fondo, veías el resplandor del Campo, aquella superficie pelada, sin ningún atractivo, mísera. Nuestro Paraíso.

 

ancestral. Al principio no había buzones y el cartero gritaba desde el portal los nombres de los que tenían carta y cada uno tenía que bajar a recogerla.

La basura la recogía un carro tirado por un caballo viejo. Todas las mujeres salían con su cubo y lo volcaban en el carro, sobre el que siempre había una nube oscura que zumbaba. Recuerdo la mirada triste del caballo, el último caballo que pasó por aquellas calles.

La única calefacción que había eran los braseros. Por las mañanas, delante de todos los portales había filas de braseros esperando que las brasas dejaran de humear. Para que el proceso fuese más rápido, las mujeres los abanicaban con un trozo de cartón. Cuando acababan, cogían la badila y cubrían el montón de brasas con ceniza, blanca. Regresaban a su infancia, cuando hacían tartas con la arena.

 

apenas. Un día de invierno, en clase de dibujo, Sonsierra, un muchacho inocente, cándido, sin malicia, puro, dijo que tenía frío. Bueno, no que tenía frío, sino que en clase hacía frío. Exactamente dijo que hacía tanto frío que no podía controlar el temblor y que por tanto no podía seguir dibujando. Don Fidel trató de convencerle de que no era frío. “Eso es que estás enfermo”, le dijo. “A ver si vas a tener fiebre.” Y le tocó la frente, una frente blanca, que incluso desde la distancia se veía que estaba helada. “Pues fiebre, no. Pero puede que estés incubando algo.”

Cuando se estaba produciendo este diálogo, pasó por el pasillo el director, que a través de los cristales advirtió alguna anomalía. Entró y preguntó, completamente tranquilo –lo que era bastante alarmante- qué ocurría. Entonces Sonsierra, como en una escena de Oliver Twist, se levantó con el abrigo puesto –todos llevábamos el abrigo puesto en clase-, y abrazándose para sujetar los temblores, dijo: “Tengo frío”.

El guantazo le debió de activar la circulación, por lo menos de un lado de la cara, porque al momento lo tenía rojo. Eso sí, no dejó de tiritar.

El director se puso furioso. “¡Aquí no hace frío!”, gritaba y al hablar exhalaba vaho. “Quitaos los abrigos”, ordenó. Se veía venir.

Cuando se fue el director, todos miramos con rencor al bobo de Sonsierra, que por el color ahora sí parecía tener fiebre. Todos nos preguntábamos lo mismo: ¿Pero es que este anormal hasta hoy nunca había pasado frío? ¿Es que los trazos de los dibujos le salían rectos, sin temblores? ¡Igual ni tiene sabañones!

Junto a la mesa del profesor había una estufa con un cable muy corto de la que solo veíamos la parte de atrás (ningún profesor la giraba ni unas décimas de grado hacia nosotros), y que creaba a su alrededor un microclima cálido, habitable. Aquel espacio minúsculo siempre estaba ocupado por chicos que iban a consultar algo al profesor.

Los más dignos, los vagos más profesionales, no se rebajaban, y permanecían estoicamente en sus puestos, al final de la clase, donde estaban las ventanas, que como no ajustaban bien dejaban pasar el aire que recorría la calle, desierta, helada, un aire que parecía entrar buscando refugio de sí mismo.

El aire que entraba por las rendijas de la ventana avanzaba por el suelo de la clase, como una serpiente de frío, entre un bosque de piernas, en busca de la estufa. Allí se calentaba y ascendía en una columna hasta el techo, donde se volvía a enfriar y caía desparramándose en todas direcciones, como las ramas de una palmera. A veces soplábamos polvo de tiza encima de la estufa y la forma de esa corriente de aire se hacía visible y eso nos daba una absurda alegría y nos consolaba del frío que pasábamos.

 

arder. Muchas tardes, mientras hacíamos los deberes, se iba la luz. Entonces toda nuestra atención se desviaba hacia la vela. La respiración, incluso el leve movimiento de la mano al escribir, podía hacer temblar la llama. A nuestra espalda nuestras propias sombras gesticulaban sin ruido, como silenciosos gigantes a punto de dejarse caer sobre nosotros.

La vela era como un imán para los ojos. No tardabas en abandonar los deberes y en ponerte a pasar un dedo a través de la llama, a soplarla sin llegar a apagarla, a mirar cómo resbalaban las transparentes gotas de cera derretida, que al enfriarse se volvían blancas…

El momento más misterioso era cuando volvía la luz. La vela dejaba de estar en el centro. De pronto estaba en un sitio cualquiera. Su luz se volvía invisible. Aunque seguía encendida, parecía apagada.

 

arrugas. (…) -Me llamo Aníbal. Vosotros no sabéis que aquí, donde jugáis, han ocurrido hechos terribles.

El humo de la pipa que fumaba a veces le ocultaba la cara.

-Cuando acabó la Guerra, los pocos supervivientes que quedaban de mi compañía nos hicimos maquis. O sea, nos quedamos en el monte, en este mismo monte. Y buscamos refugio en el bosque.

Entre las separaciones de las ramas que formaban las paredes de la cabaña en la que estábamos se veía el resplandor del sol que caía implacable sobre el suelo seco, abrasado. Él se dio cuenta de dónde mirábamos.

-No creéis que todo esto era un bosque. Por aquí, donde estamos sentados, corría un arroyo y todo esto estaba lleno de animales.

-¿Había indios? -preguntó Tanque, con toda su seriedad.

-Había enemigos. Por todas partes. Constantemente teníamos que cambiar de sitio. Nos pasábamos los días andando. Estábamos hambrientos, agotados. Muchos estaban enfermos. Lo peor era el frío de las noches. Había un muchacho gallego, al que al principio de la Guerra habían matado a toda la familia, un chico muy listo, uno de los pocos que sabían leer, valiente, que había perdido una mano en un ataque, y que llevaba enfermo desde un poco antes de acabar la Guerra. Al pobre chico por las noches le subía la fiebre y se ponía a temblar y a delirar. Una noche le castañeteaban los dientes con tal fuerza que temimos que el ruido nos delatase. Entonces le tapé con mi manta y me tumbé junto a él para darle calor. Poco a poco se le fueron pasando los temblores y al final se quedó dormido. Y así nos encontraron por la mañana. Los indios -dijo mirando a Tanque-. Estábamos tan cansados que no los oímos llegar. Solo nos dimos cuenta cuando nos quitaron las mantas que nos cubrían. “Mira estos dos”, dijo uno de ellos. “Encima maricones.” Y se echaron a reír. El chico que tanto había sufrido en la Guerra, un mocetón que tenía el cuerpo lleno de heridas, que nunca había retrocedido en un avance, que después de pasar toda una noche temblando por la fiebre era capaz de andar un día entero, al que habían matado padre, madre y dos hermanas, por aquella insignificancia se derrumbó el pobre. Aquella ridícula acusación le hizo trastornarse.

El viejo se quedó callado, con la vista fija en un punto del suelo, como si estuviese viendo sus recuerdos.

-¿Quieres agua? -le ofreció Saúl la cantimplora.

Entonces todos vimos que al extender los brazos, de las dos mangas de la chaqueta solo salía una mano.

 

atender. Había tres tiendas de ultramarinos. La del Rubio era la más sucia y la que encerraba la mayor sorpresa.

En la de Pedro la penumbra envolvía todos los artículos en una atmósfera de misterio. Embutido, legumbres, caramelos, conservas, encurtidos, hierbas, especias… Todo olía a viaje. El sitio era perfecto, pero Pedro era un gordo olvidable. Tenía los labios morados y le olía el aliento. En su tienda había dos artilugios fascinantes y muchas veces nos inventábamos cualquier excusa para entrar a verlos. Uno era la guillotina de cortar el bacalao, una especie de navaja enorme que transformaba los informes y resecos bacalaos en cuadrados perfectos, limpios. El otro era la expendedora de aceite, una brillante columna de vidrio por la que el verde, espeso líquido subía y bajaba accionado por palancas y pistones, y que le daba a la tienda un aire de laboratorio.

La otra tienda era muy vulgar, corriente, una convencional tienda moderna, que solo tenía interesante un viejo rótulo en el que ponía Coloniales. Pero el dueño era un personaje inolvidable, un tipo que todo lo que decía era imprevisible, que se pasaba la vida emitiendo compulsiva e inesperadamente exclamaciones absurdas, sin relación con el momento, ni con quienes le acompañaban, como si alguien hablase a través de él, mero tubo vacío por el que pasaban las palabras. “Así no habrá paz”, decía súbitamente en un momento de calma, nadie sabía por qué, tal vez ni él. O: “Tocino marciano, lo mejor para el verano”, intervenciones que dejaban sin capacidad de réplica. También en los momentos de más expansión de la clientela, cuando todos hablaban más animadamente, podía interrumpir con un desconcertante “Madre mía, qué melancolía”.

La tienda de Pedro tenía una campanilla en la puerta. En el momento en que sonaba, entraban de fuera los gritos de los gorriones y salía a la calle el aroma del pimentón.

 

 

 

desquiciar. Había dos puntos en los que podíamos conseguir tebeos. Uno era el puesto de Pedro, una caseta de madera pintada de verde con aspecto de confesonario al aire libre. Pedro era un señor inexpresivo, del que solo se veía la cabeza. Tenía algo de esfinge. Algunas veces lo veíamos fuera del puesto y, con cuerpo, era irreconocible. Lo más inesperado es que era cojo. Muy cojo. Al caminar se inclinaba tan violentamente a un lado que no podías creer que aquel pobre diablo fuese el mismo que el rey que gobernaba el imperio de nuestros deseos. Como el puesto no tenía cristales, todo el género quedaba fuera de la vista y siempre tenías la falsa impresión de que nunca iba a tener nada. Pero, le pidieses lo que le pidieses, él se ponía a rebuscar por allí dentro y lo acababa sacando, con toda naturalidad. Los tebeos que vendía y que cambiaba Pedro tenían una cosa buena y una mala. La buena es que eran muy baratos. La mala es que estaban destrozados. Destruidos. Habían pasado por más manos que las cartas de una baraja. De hecho, olían como las barajas. Estaban sucios, arrugados, incluso húmedos.

El otro sitio era el puesto de un señor antipático que no sabíamos cómo se llamaba. Todo lo que nos interesaba de él es que una vez se había intentado suicidar, lo que en nuestra colección de noticias raras era una de las favoritas, aunque, la verdad, no se le notaba nada. No tenía cicatrices, ni heridas, ni cara de haber visto a la muerte. Ponía los tebeos sobre un tablero, perfectamente apilados en unos montones impecables, geométricos, de aristas nítidas, casi cortantes. Tenía tebeos para vender y tebeos para cambiar. Cambiar era mucho más barato. Pero para acceder al cambio, le tenías que llevar tebeos nuevos. Si estaban doblados, o sucios, o arrugados, no te los cambiaba. Era implacable. Muchas veces, cuando le llevabas un tebeo para cambiar, lo examinaba meticulosamente y concluía:

-Está muy despatarrado.

El tablero lo ponía en un rincón en sombra, sin árboles encima, para que los gorriones no se lo cagaran.

 

 

 

emerger. Veíamos pasar un rebaño por el Campo o nos asomábamos a la verja del huerto de las monjas, y nos quedábamos mirando, por alguna razón que no entendíamos, los corderos, los tomates, las patatas, las cebollas, los pimientos, las judías, las lechugas, los nabos, las zanahorias, los repollos… Nuestros antepasados, muchas generaciones de campesinos, se volvían a asomar al mundo, a través de nuestros ojos.

 

 

 

miedo. Un día en que Aníbal nos acompañó en una excursión a la Caseta Blanca, pasamos por unas trincheras de la Guerra Civil que eran muy hondas, pues el agua y el viento aún no habían conseguido rellenarlas de sedimentos. Aníbal las examinó un rato desde el borde y después saltó dentro con una agilidad impropia de sus años. Las recorrió en silencio, ligeramente agachado, como si aún hubiese disparos. “Venid”, dijo con un aire misterioso, y todos saltamos junto a él, intrigados. Siempre que nos metíamos en las trincheras teníamos la sensación de que debajo de aquel suelo que pisábamos estaban los cuerpos de los soldados caídos. “Escuchad” y apuntó con un dedo hacia arriba y alrededor. Se oía una mezcla de grillos, de cigarras, de crujido de hierbas secas… El zumbido del verano. “Aún resuenan los ecos de la Guerra”, dijo en un susurro para no hacer ruido. Escuchaba con mucha atención y sonreía, como si efectivamente consiguiese oír algo.

Estábamos tan sugestionados que en medio de aquella soledad acabamos oyendo explosiones, ráfagas de ametralladora, sonidos que parecían venir del pasado. Quizá solo eran los latidos de nuestro corazón.

Pasaron unos pájaros por encima y nos parecieron balas.


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Emilio Gavilanes nació en Madrid, en 1959. Realizó estudios de Geológicas y de Físicas, y se licenció en Filología Románica. Ha desempeñado una buena variedad de oficios y desde hace años trabaja en el Instituto de Lexicografía de la Real Academia Española. Ha publicado las novelas La primera aventura (Seix Barral, 1991), El bosque perdido (Seix Barral, 2001), Una gota de ámbar (Ediciones de La Discreta, 2007) y Breve enciclopedia de la infancia (XVI Premio Tiflos de Novela, Edhasa/Castalia, 2014), los libros de relatos La tabla del dos (Premio de relatos NH 2003), El río (Finalista del III Premio Setenil, Ediciones de La Discreta, 2005), El reino de la nada (Menoscuarto, 2011) e Historia secreta del mundo (Ediciones de La Discreta, 2015), y las colecciones de haikus Salta del agua un pez. 101 haikus (La Veleta, 2011) y El gran silencio (La Veleta, 2013). También ha preparado la edición de la obra de Camilo Bargiela Luciérnagas (Renacimiento, 2009) y ha escrito numerosos artículos y colaboraciones en diversas publicaciones.

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