José Nakens, anticlerical y republicano (I)

Por . 3 diciembre, 2014 en Siglos XIX y XX
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Alianza Editorial acaba de publicar La construcción social de la Historia, una obra del historiador Manuel Pérez Ledesma, excelente representante de la mejor historia cultural y social del panorama historiográfico español.

Anatomía ofrece a sus lectores, en varias entregas, uno de los ensayos que forman parte de este excelente trabajo, la magnífica biografía que Pérez Ledesma escribió sobre el periodista y político español José Nakens, un texto que ya había sido publicado originalmente en la obra coordinada por Isabel Burdiel y el propio autor bajo el título Liberales, agitadores y conspiradores (Madrid: Espasa Calpe, 2000).

 

JOSÉ NAKENS (1841-1926). PASIÓN ANTICLERICAL Y ACTIVISMO REPUBLICANO

 

Ensalzado por muchos como un modelo de honestidad y coherencia; combatido por otros tantos por su sectarismo anticlerical; excomulgado por quienes tenían potestad para hacerlo; criticado con frecuencia por sus propios correligionarios; detenido, encarcelado, procesado o multado en diversas ocasiones, no parece que José Nakens dejara indiferente a sus contemporáneos. Ya en los años setenta del siglo xix era un periodista conocido en los ambientes literarios; más tarde dirigió un semanario de notable popularidad y fue una pieza clave en los intentos de unificación de las corrientes republicanas a finales de esa centuria y en los primeros años del siglo xx. Aún en los últimos años de su vida seguía siendo un personaje relevante en el periodismo español, como reconoció con homenajes y premios la propia Asociación de la Prensa.

A pesar de ello, si en nuestros días José Nakens no resulta un perfecto desconocido es únicamente porque sus críticos han conseguido mantenerle en el recuerdo como el paradigma del anticlerical furibundo, irracional, grosero y chabacano. Del mismo modo que si se recuerda su periódico El Motín es sólo por los grabados de curas obesos y monjas orondas que a veces aparecían en él. Una simplificación a la que el propio Nakens dio pie en ocasiones, al definirse con orgullo como un «escritor anticlerical», e incluso como el «Supremo Jerarca del Anticlericalismo en los Reinos de España»; pero que al tiempo oculta otras facetas de su personalidad, algo más compleja de lo que la imagen de «comecuras» parece dar a entender. A esas facetas está dedicada sobre todo esta semblanza.

 

Cabo de Carabineros, autor teatral, periodista notorio

«Nací pobre, fui soldado, he trabajado mucho y no soy rico»: así resumía su vida el propio Nakens, cumplidos ya los ochenta años, en una entrevista con Alfonso Camín [Camín, A., 1922]. Y aunque nunca explicó cuál era el nivel de pobreza de su familia, lo que sí conocemos son los datos básicos sobre su nacimiento (nació en Sevilla, en la calle de Lombardos, el 21 de diciembre de 1841) y algunos rasgos de su infancia a los que más tarde atribuiría una gran importancia en la construcción de sí mismo como personaje público.

Uno de esos rasgos, no del todo creíble, se refiere a la temprana pérdida de la fe católica en la que había sido educado. Tras una corta temporada de cumplimiento religioso más bien rutinario («a los siete u ocho años, ayudaba a misa algunos domingos», «comulgué dos o tres veces»; incluso rezó algunas noches, aunque pronto perdió esa costumbre), enseguida empezaron sus dudas; y si hacemos caso a su relato, de las dudas pasó con suma rapidez a la incredulidad, y casi de inmediato al ateísmo [Variedad en la unidad]. Nada parecido, como se ve, a aquellas largas y dolorosas crisis de conciencia que asaltaban a muchos adolescentes en el siglo xix, y cuya descripción paradigmática se encuentra en los Souvenirs d’enfance et de jeunesse de Renan. Para nuestro personaje todo fue muy fácil: bastó la lectura de El judío errante, y eso ¡a los ocho años!, para que toda su educación religiosa se viniera abajo.

Resulta, en cambio, más verosímil el relato sobre la influencia paterna en tan precoz anticlerical. Un hombre entonces en la flor de la edad, pero lleno de cicatrices, dedicado a recordar ante su hijo las persecuciones que sufrió en los años de la «ominosa década» (1823-1833) y su participación en la primera guerra carlista; a rememorar a su héroe, Espartero, cuyas arengas «de memoria se sabía» recitaba con emoción; y, por supuesto, a inculcar en el alma del niño aquellos valores en los que tan fervientemente creía. A las conversaciones paternas se debió, al parecer, una visión del mundo de la que el odio al carlismo y a su aliado el clericalismo, el amor por las grandes palabras y los grandes gestos e incluso la exaltación del militar heroico eran piezas esenciales. De haber nacido veinte años antes, diría Nakens en una de sus reflexiones autobiográficas, él también habría sido «actor en aquella gloriosa tragedia de la libertad» que terminó en los campos de Vergara, y habría disfrutado de la «fe, entusiasmo, virilidad, abnegación [y] desprecio a la vida» que entonces se respiraban. Claro que si su nacimiento se hubiera retrasado otros veinte años, también él se habría visto afectado por el «egoísmo sórdido y descarnado» propio de la restauración monárquica. Pero como no nació en los años veinte ni tampoco en los sesenta, sino en el punto medio entre esas fechas, su camino estuvo marcado por el contraste entre los valores asimilados en la infancia y el ambiente mezquino de sus contemporáneos; o, lo que es igual, vivió bajo el influjo de «Un pesado bagaje compuesto de grandes palabras», de un «tesoro de piedras preciosas» a las que siempre fue fiel «a sabiendas de que no cotiza[ba]n en la Bolsa de la conveniencia» [Degradaciones y cobardías; y Yo, hablando de mí].

Si el paraíso perdido de la infancia estuvo siempre presente en su memoria, no ocurría lo mismo con el hecho crucial de su juventud, el paso por el Cuerpo de Carabineros, al que le llevó la necesidad de subsistir y alimentar a su familia tras la pérdida del padre. Los escasos recuerdos tenían que ver, antes que nada, con el desaliño de su indumentaria: aunque se consideraba un hombre atractivo (y los retratos publicados no lo desmienten del todo), nunca olvidó la frase con que el teniente de su escuadrón criticaba a veces a sus subordinados: «¡Es usted más adán que el cabo Nakens!». Pero también recordó hasta su muerte algunas rutinas propias de la vida militar. Por eso, las notas alegres de la diana del cuartel de Conde Duque aún despertaban la emoción del ya maduro periodista en los difíciles momentos de la guerra contra Estados Unidos; le hacían olvidar negros presagios y recuperar la confianza en el siempre anhelado resurgimiento de la patria [Trozos de mi vida].

Que un cabo patriota y militarista abandonara un futuro de buen carabinero para dedicarse a las letras sólo se explica por el influjo de otra de sus obsesiones: ser un escritor famoso. Cuando llegó a Madrid, allá por 1866, destinado a la Dirección General del Cuerpo, traía en su maleta un par de obras de teatro, que nunca se llegaron a representar; por eso, fue la revolución de 1868 la que le permitió por vez primera ver sus textos en letras de molde. De forma un tanto pintoresca, todo hay que decirlo: tras el triunfo de los revolucionarios en Alcolea, el joven militar se lanzó a la calle al frente de un grupo de carabineros con una bandera en la que se leían unos versos improvisados por él y compuestos sobre la marcha en la imprenta de La Iberia:

 

Ni un solo crimen empaña / nuestra gran revolución.

¡Ser libres sin un borrón / no se hace más que en España!

 

Poco después conseguía ver de nuevo impreso su nombre, esta vez de una manera más ortodoxa, cuando el diario Las Novedades le publicó un soneto de exaltación patriótica («¡Viva España! Grande es el pueblo que en el libro santo», era su primer verso), anticipo de los muchos que sobre el mismo tema escribiría a lo largo de su vida.

La suerte estaba echada. Al primero siguieron más sonetos y algunos romances, amén de artículos en diversos órganos periodísticos de vida efímera, como el satírico Jeremías, dirigido por Martínez Villegas (donde firmaba como «Un Soldado»), o los semanarios El Resumen y Fierabrás —serio y doctrinal el primero, festivo y batallador el segundo—, en cuya fundación y corta vida tuvo ya una participación muy directa. No es que en ese momento se creyera un poeta, ni siquiera un notable escritor; pero al menos había descubierto su facilidad para versificar y su capacidad para la sátira, dos rasgos de un estilo que ya no le abandonaría nunca. Y, sobre todo, había sentido el orgullo de ver su nombre en letras de imprenta. Desde entonces, la pluma, y no el fusil, sería su arma de combate, o por lo menos su herramienta de trabajo.

De un trabajo no siempre fácil ni confortable. Porque ¿a qué podía dedicarse un desconocido, liberado ya de las tareas militares pero sin periódico en el que escribir y del que ir viviendo? El teatro por horas era la única, o al menos la mejor, salida para un versificador fácil. En la temporada teatral 1872-1873, de 271 obras estrenadas en los teatros madrileños, 204 eran piezas de un solo acto; gracias a ellas sobrevivía un buen número de autores y actores. Nakens fue uno de tantos: más de sesenta buñuelos frió y refrió, trabajando como un negro con el fin de cobrar tres duros por pieza o, en las mejores ocasiones, 15 reales por función. Algunas de esas obras llegaron a las cien representaciones en el teatro de Capellanes, mientras otras pasaban con más pena que gloria por las catedrales del género (el teatro Martín, el Eslava o el de Variedades). No muy contento con el trabajo, Nakens se negó siempre a poner su firma al pie de aquellas piececillas; la reservaba para «más altas y aún no acometidas empresas», como las que por fin pudo emprender cuando en 1876 consiguió entrar en el diario El Globo [Trozos de mi vida].

Fue entonces cuando por primera vez logró que su nombre sonara en las tertulias madrileñas. El texto que hizo el milagro tenía poco que ver con los asuntos que hasta entonces habían ocupado su pluma, y que seguirían ocupándola el resto de su vida. Pero necesidad obliga y, para darse a conocer, a Nakens no se le ocurrió nada mejor que lanzar un duro ataque contra don Ramón de Campoamor. Ahí es nada: el autor de las Doloras era el poeta de más prestigio en la sociedad literaria española del momento; su crítico, en cambio, sólo un desconocido de extraño apellido (de hecho, los maledicentes pensaron que tras ese apellido se ocultaba algún competidor del ilustre vate). En todo caso, la acusación —que Campoamor había incluido en sus versos, sin citar al autor, algunos textos de Victor Hugo— resultaba especialmente apropiada para levantar la polémica. Se habló mucho, se discutió con calor, pero nadie salió en defensa del atacado, con excepción de un periodista de La Ilustración Española y Americana y, por supuesto, del propio Campoamor. Años más tarde, una vez conseguido su objetivo («el hambre de notoriedad es muy punzante», fue la explicación del interesado), el mismo Nakens saldría en defensa de la víctima de aquellas acusaciones, dando de paso un buen testimonio sobre sus gustos literarios: don Ramón de Campoamor era, vino a confesar, «el mejor poeta de este siglo en España», «el más humano, el más original, el único que ha reflejado nuestras dudas, nuestras luchas, nuestras pasiones, nuestros desmayos» [Muestras de mi estilo].

Para un autor tan preocupado siempre por la coherencia, no debió resultar muy satisfactoria esta contradicción. Peor aún era pensar que, mientras España pasaba por momentos clave de su historia (desde el Sexenio a la restauración de la monarquía), él sólo se había dedicado a escribir piezas de entretenimiento y a participar en polémicas literarias. Tenía, por supuesto, disculpas: la necesidad de sobrevivir y de darse a conocer. Podía explicar, además, que algunas de sus obras teatrales y muchos de sus sonetos no se apartaban de sus preocupaciones fundamentales: la exaltación patriótica (El primer aniversario), la lucha contra el carlismo (Dios, Patria y Rey, Ojo al Cristo), o la denuncia de la inmoralidad del clero (Y dice el sexto mandamiento). Incluso estaba dispuesto a utilizar en su descargo el hecho de que en estos años había publicado algunos artículos anticlericales (los «Sábados clericales» en El Globo, a partir de 1877), y también un libro dedicado a los jesuitas, que le valió el primer proceso (Los jesuitas. Su vida, costumbres, adulterios, asesinatos, regicidios, etc., firmado con el original seudónimo de «Ignacio de Loyola»). Pero ninguna de estas explicaciones era suficiente para quien siempre se consideró imbuido de la alta misión de rescatar a España de los enemigos de la libertad y el progreso. Tenía que empezar una nueva vida; y fue la publicación de El Motín lo que le permitió hacerlo.

 

Continúa en José Nakens, anticlerical y republicano (II)


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  1. gravatar Agus Responder
    enero 2nd, 2015

    A reseñar: ‘Puntos negros y otros artículos’, de José Nakens. Editado por La Linterna Sorda, Madrid, 2010. El único libro de Nakens reeditado actualmente, sin haberse publicado durante más de 100 años. José Nakens, Puntos Negros y otros artículos. Apertura de Alfredo Grimaldos. La Linterna Sorda Ediciones. Madrid, 2010. -ISBN 978-84-936562-8-7 http://www.lalinternasorda.com/naken.html