José Nakens, anticlerical y republicano (III)

Por . 10 diciembre, 2014 en Siglos XIX y XX
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Viene de José Nakens, anticlerical y republicano (II)

Y, al fin, la cárcel

De todos modos, ni los ataques eclesiásticos, ni las persecuciones gubernativas, ni las incomprensiones de sus correligionarios hicieron mella en un personaje que siempre consideró que ser consecuente era la mayor de sus virtudes. Ni siquiera la cárcel, en la que pasó dos años tras la condena por su participación en el atentado de Mateo Morral contra el rey Alfonso XIII, serviría para ablandarle.

No era la primera vez en que Nakens se vio envuelto en un atentado de estas características. Algo parecido había ocurrido casi diez años antes. En la segunda quincena de julio de 1897 un tal Emilio Rinaldini, cuya tarjeta de visita le definía como corresponsal del periódico Il Popolo, le visitó en la redacción de El Motín. Había leído los primeros libros de Nakens y quería conocer la opinión de éste sobre la guerra de Cuba. Al parecer, en una segunda visita discutieron sobre la «propaganda por el hecho», que Nakens condenaba pero Rinaldini defendió con calor; y en un nuevo encuentro, tras conseguir alguna ayuda económica (en diversas ocasiones, Nakens se quejó de la sangría a que se veía sometido con frecuencia), el italiano, sin desvelar su nombre, le confesó el motivo de su viaje a España. «He venido a Madrid a matar a Cánovas, al Rey o a la Regente». La razón: vengar a los anarquistas encarcelados y torturados en el castillo de Montjuich. Nakens ni le creyó ni volvió a saber nada de él hasta que el 8 de agosto tuvo noticias del asesinato del jefe de Gobierno a manos de Angiolillo, que tal era el auténtico nombre de su visitante [Trozos de mi vida].

Nakens no fue nunca partidario de los actos terroristas; prueba de ello, su durísima condena de los atentados anarquistas en el Teatro del Liceo, en 1893, o en la calle de Cambios Nuevos, en 1896 («Frente a esos seres que predican y practican el exterminio, sólo hay una palabra que emplear: exterminio») [De todo un poco].

Con la misma rudeza condenó el asesinato de Cánovas, no sólo por razones humanitarias, sino también por miedo a que la desaparición del líder conservador favoreciera al enemigo que más temía: el carlismo. Pero de la condena a la delación hay un largo trecho; por eso, ante la pregunta que inevitablemente le planteaba el atentado (de haber creído a Rinaldini, ¿le habría entregado a la policía?), su respuesta fue siempre negativa. Quizá porque esa respuesta era pública —Nakens relató el episodio y su opinión sobre el asunto en un artículo de 1901—, pocos años después hubo quien la aprovechó para tratar de salvarse tras un nuevo atentado de similares características, aunque esta vez fallido.

Sólo contamos de nuevo con el testimonio del interesado; un testimonio, dicho sea de paso, que a muchos contemporáneos y a algún historiador reciente les ha parecido digno de crédito. El caso es que a primera hora de la tarde del día 31 de mayo de 1906 entró en la redacción del periódico un joven desconocido que, tras conseguir que Nakens prometiera que mantendría en secreto la noticia que iba a confiarle, explicó que acababa de lanzar una bomba en la calle Mayor al paso de los reyes. Gracias a la intervención de aquél, Mateo Morral pudo pasar la noche escondido en casa de un tipógrafo de la imprenta de El Motín. A la mañana siguiente se marchó de allí: pretendía huir a Portugal, a pie; pero a la primera dificultad disparó contra un guarda jurado, y se suicidó a continuación. Pocos días después, Nakens y dos tipógrafos que trabajaban con él, Mata e Ibarra, fueron detenidos y procesados por encubrir a Morral, al tiempo que se acusaba a Francisco Ferrer como inductor del regicidio.

Lo más probable es que Nakens no tuviera nada que ver con la conspiración tramada por Ferrer y Lerroux y de la que el atentado era la pieza clave. Al menos, su explicación resulta convincente. Por segunda vez se había visto involucrado en una acción de esas características, a pesar de su aversión hacia ellas; y como en la ocasión anterior, se había negado a denunciar al responsable. En parte por razones humanitarias: no salvó a Morral por regicida, ni por anarquista, sino «por hombre, por necesitado de amparo, porque confió en mi palabra y en mi honor». Pero sobre todo por miedo a las consecuencias de la denuncia para la autoestima del propio Nakens: «Si hubiera yo delatado a ese anarquista, el sueño habría huido de mis ojos, o soñaría todas las noches con un agarrotado por mi delación, más que por su crimen» [Trozos de mi vida]. Pese a lo cual el tribunal lo condenó a nueve años de prisión, mientras la opinión pública se dividía entre los partidarios de la condena y los defensores de la inocencia del director de El Motín.

Fuera como fuera, el hecho es que el 11 de junio de 1906 Nakens ocupó la celda número 7 de la cárcel Modelo de Madrid. Iba decidido a trabajar en un proyecto que siempre le tentó: recoger en libros todos sus artículos. Interrumpida la publicación de El Motín, por primera vez tenía tiempo suficiente para hacerlo. Incluso las condiciones en que se encontraba le parecieron adecuadas. «[H]abía variado muy poco mi vida: aislamiento y trabajo cuando libre; trabajo y aislamiento cuando preso». La única variación, de haberla, era para mejor, porque la celda era «más espaciosa, más clara y mejor ventilada que la sala de redacción» [Prólogo a Mi paso por la cárcel]. En esa tarea estaba cuando un día de octubre se le ocurrió dar un paseo por una galería, ver algunas celdas abiertas, hablar con presos y empleados, examinar el rancho que comían… Lo que vio y oyó quedó recogido de inmediato en un artículo muy distinto a todos los que había escrito hasta entonces:

 

Yo veo en esta cárcel hombres y niños descalzos y hasta en cueros. Yo veo al pasar frente a algunas celdas catres desvencijados, jergones reducidos a la mitad, rotos, sin paja de maíz apenas, cubiertos con media manta deshilachada y un cabezal sin funda lleno de mugre.

Yo veo muchas ventanas de las celdas sin cristales, con el frío que hace ya, y que lo mismo ocurre en los grandes ventanales de las naves.

Yo veo turbia el agua muchos días, otros mezclada con tierra, y siempre, hasta cuando sale clara, despidiendo olor nauseabundo [Mi paso por la cárcel].

 

 

El texto concluía, con el tono humilde de una súplica —bien distinto de la habitual altanería de sus críticas al clero y a los políticos—, pidiendo que «por caridad, si no puede ser por justicia, o por higiene, si no puede ser por caridad, se acuda al pronto remedio de tantas miserias, de tantos dolores, de desventuras tan grandes». No era el «J’accuse», pero se le parecía en algo. Y la respuesta fue inmediata: cartas a montones relatando abusos físicos con los presos, hablando de celdas de castigo, de enfermedades por mala alimentación, de atropellos por parte de los funcionarios de prisiones…, y también la oferta del diario republicano El País para que siguiera contando en sus páginas lo que veía y oía en aquella cárcel «llamada modelo por burla» (como escribió poco después un periódico militar).

Con los artículos escritos en aquella campaña llenó Nakens dos libros (Mi paso por la cárcel y La celda número 7). No todos los textos estaban dedicados a relatar sufrimientos de los encerrados en las prisiones españolas; porque en el mes de noviembre de 1906 fue nombrado director de la cárcel Modelo Rafael Salillas, promotor de la reforma penitenciaria, y Nakens tuvo la oportunidad de ver también, y de difundir en la prensa, las nuevas medidas humanizadoras. Sobre todo, pudo defender a Salillas en un momento difícil, cuando un motín de los presos de la Modelo puso en peligro las reformas recién iniciadas. Gracias al relato de Nakens, publicado de inmediato por varios periódicos republicanos, fueron derrotados «los partidarios del régimen terrorífico y expoliador» y Salillas logró conservar su puesto y continuar sus proyectos.

El mismo Nakens, aunque de forma indirecta, obtuvo también ventajas de esta campaña. Una vez absuelto Ferrer por falta de pruebas, la prensa republicana se volcó a favor del director de El Motín; y ese apoyo, unido al nuevo prestigio alcanzado por Nakens gracias a su defensa de la reforma penitenciaria, acabaron obligando al gobierno de Maura a indultarle, y con él a los dos tipógrafos de su imprenta también condenados. El 8 de mayo de 1908 Nakens abandonaba por fin la celda número 7, en la que tanto había visto y escrito.

 

La gloria de un «grande hombre»

¿Es Pécuchet «realmente un gran hombre»?, se preguntaba a fines del siglo XIX Martínez Ruiz, en un folleto dedicado en exclusiva al director de El Motín [J. Martínez Ruiz, Pécuchet, demagogo (Fábula). Madrid: Imprenta de Madrid Cómico, 1898. El personaje de Flaubert servía de modelo para la descripción porque también él había sido anticlerical, pedante, autoritario y jacobino]. La respuesta no podía ser más negativa. Ni siquiera se le podía considerar un revolucionario, a pesar de sus pretensiones; sólo era un «anticlerical reaccionario», un «inquisidor al revés», intolerante, autoritario y anticuado. Menos de diez años después, Ramiro de Maeztu corregía a su compañero de generación: «Es un grande hombre, indudablemente, José Nakens; un grande hombre con un gran corazón». Hasta poco antes no era más que un «Viejo casi decrépito», «uno de esos exclusivistas ilusos» sin más misión que mantener con vida un periódico agonizante ni más ideal que una república cada vez más vacía de contenido. Pero en la cárcel se había vuelto «Un joven», «un reformador serio», sereno y con clara conciencia de su tarea, a la que —siempre según Maeztu— había dedicado la «más hermosa» y «más fecunda» de todas sus campañas periodísticas [Ramiro de Maeztu, «La prisión de Nakens», recogido en La celda número 7].

Como Maeztu pensaban muchos de los firmantes de la petición de indulto que finalmente permitió al «grande hombre» salir de su celda. Y también quienes le animaron a relanzar El Motín, que de nuevo estaría en la calle a comienzos de octubre de 1908. Convertido en «semanario político», pero con los mismos objetivos de siempre, al decir de su director; porque, como explicaba en el primer número de esta segunda época, «sigo siendo el que siempre fui, sin desmayos, arrepentimientos ni propósitos de enmienda» [El Motín, 1 de octubre de 1908]. Lo cual era sin duda cierto, al menos en su argumento central: tras la reaparición, El Motín volvió a ser el semanario republicano y anticlerical a que sus lectores estaban acostumbrados. Aunque pronto esos mismos lectores pudieron descubrir que la nueva etapa traía consigo más cambios de los inicialmente previstos.

Para empezar, cambiaron el tamaño y el aspecto mismo del periódico. Gracias al prestigio adquirido por Nakens en los años de encarcelamiento, ahora contaba con un número de lectores muy superior al de la etapa precedente. Con una tirada de más de veinte mil ejemplares, El Motín multiplicó su tamaño, hasta llegar en 1910 a las dieciséis páginas. En esa fecha reaparecían además las caricaturas en la portada, y un año después pasaron a las páginas centrales, que habían sido su lugar en la ya lejana década de 1880. No sólo crecía el semanario, sino que también aumentaron en número y en difusión las demás publicaciones promovidas por Nakens: de nuevo aparecieron los folletos de la Biblioteca del Apostolado de la Verdad, y junto a ellos unas Hojitas piadosas cuya tirada alcanzó en los mejores momentos los cien mil ejemplares. En ese clima de euforia, Nakens pudo incluso convertir en realidad el sueño, madurado en la cárcel, de recoger en libros los miles de artículos escritos a lo largo de una ya dilatada vida, y en menos de seis años publicó más de una docena de títulos.

Pero los cambios no se quedaron en esto. Hubo también otros más sutiles. Del equilibrio entre la información política y la denuncia anticlerical que el semanario había mantenido hasta entonces se pasó tras la reaparición a un claro predominio de las críticas a la Iglesia y el clero. Lo exigían, en parte, las circunstancias: en aquellos momentos la lucha entre el clericalismo y el anticlericalismo alcanzó su fase más aguda, no sólo por los acontecimientos de la Semana Trágica, sino sobre todo por los debates sobre las órdenes religiosas, que desembocaron en 1911 en la «Ley del Candado»; y una vez desaparecidas Las Dominicales del Libre Pensamiento en 1908, El Motín era el portavoz indiscutido de la opinión anticlerical. Había, además, razones más profundas, ligadas al desconcierto de Nakens ante la situación del partido republicano en aquellos años. Lo explicó nada más salir de la cárcel: el partido estaba «desquiciado por completo» tras la muerte de Salmerón y la división entre los partidarios y los contrarios de la Solidaridad Catalana; y lo que era peor, a él no se le ocurría ninguna salida a esa situación [El Motín, 1 de octubre de 1908].

Desde entonces, sus opiniones políticas no fueron más que una repetición de lo ya dicho. Era necesaria la unidad del partido, o los republicanos estarían cada vez «más decaídos, más impotentes y más avergonzados» [El Motín, 24 de agosto de 1916]; había que combatir a quienes, como los reformistas de Melquíades Álvarez, estaban dispuestos a arrojarse en los brazos de la monarquía; sólo una revolución traería la república, de forma que la acción «llamada legal» no podía aceptarse más que como «un instrumento de suscitación revolucionaria», como «un medio de preparar la acción colectiva» [Asuntos diversos], y no como un fin en sí misma. En 1916 lanzó un «Llamamiento» a los republicanos (el último de envergadura publicado por él) reclamando la reconstrucción del partido al viejo modo, es decir, con un jefe indiscutido y una organización jerarquizada y dispuesta para «actuar revolucionariamente cuando llegue el caso»; y un año después ponía su confianza, aunque por poco tiempo, en las Juntas militares de Defensa [El Motín, 7 de septiembre de 1916].

Pero todo era inútil, y las decepciones superaban a las esperanzas. La última llegó cuando Lerroux, el único que aún seguía hablando de revoluciones y que en 1920 se convirtió en el jefe de un nuevo intento de partido unificado, declaró que no era el momento apropiado para las acciones radicales; más aún, que lo único que los republicanos podían hacer era apoyar a los monárquicos más avanzados en la tarea de democratizar España. Mientras leía esas declaraciones, Nakens vio pasar por su cabeza a todos los que hasta entonces se habían sacrificado por la república: a los militares que comprometieron su carrera y su vida, y también a los civiles que envejecieron «consecuentes y leales» entre «esperanzas no realizadas y sacrificios constantes». Lo mismo que cuarenta años atrás, el ahora viejo republicano solo podía entender como traición a «los tesoros de abnegación y desinterés derrochados por los de abajo» un cambio en el que el ideal republicano se veía «profanado y vendido por los de arriba» [El Motín, 18 de junio de 1921].

Decepcionado una vez más por la evolución de su partido, fue en la propaganda anticlerical donde Nakens empleó casi todas sus energías. Con buenos resultados, al menos iniciales; aunque pronto aparecieron los problemas y las complicaciones. Tenía setenta años en 1911, y estaba disfrutando de los mejores momentos de su vida de escritor anticlerical cuando los ataques eclesiásticos, limitados hasta entonces a excomuniones y condenas desde el púlpito, se convirtieron en denuncias ante los tribunales. Dos caricaturas de El Motín sirvieron para esa ofensiva. En la primera se veía una imagen de Cristo sufriendo en la cruz mientras a su lado un obispo, un jesuita y un fraile se atracaban de gallinas compradas con los estipendios de las misas y los responsos; para que no hubiera duda, la leyenda se refería a «El que trajo las gallinas y los que se las comen». Más directa, si cabe, era la segunda caricatura («¡Santa Familia!»), en la que un presbítero sostenía el biberón que una señora estaba a punto de dar a un bebé [El Motín, 29 de diciembre de 1910]. Denunciado por un jesuita, Nakens fue condenado a sendas multas por el Juzgado Municipal del distrito de Hospicio y, tras sucesivos recursos, también por el Tribunal Supremo. La razón: que la tolerancia religiosa reconocida por la Constitución estaba limitada por el respeto a todos los cultos; incurrían por ello en falta, punible de acuerdo con el Código Penal, quienes ofendían a la moral católica «atribuyendo a sus sacerdotes y religiosas hechos contrarios al pudor y las buenas costumbres» [La moral y la Iglesia].

Para Nakens, la condena fue una auténtica sorpresa: en los treinta y un años de vida de El Motín nadie había denunciado sus caricaturas. Tampoco habían sido objeto de denuncia las noticias sobre el comportamiento del clero publicadas a cientos por el semanario; sin embargo, en 1914 Nakens fue de nuevo denunciado y condenado, en esta ocasión a cuatro años de destierro, por injurias a un clérigo. Había vuelto la Inquisición, o al menos ésa era la interpretación del acusado; y para combatirla no contaba con más armas que su pluma, su periódico y sus libros. A ello se puso de inmediato, con el mismo entusiasmo de los años iniciales. Un Almanaque de la Inquisición, una Biblioteca que recogía autos de fe, láminas en cartulina que representaban tormentos inquisitoriales, grabados en el periódico: todo servía para «extender el horror que sienten los espíritus honrados» ante «ese monstruoso tribunal creado, apoyado y defendido por la Iglesia católica, para acumular riquezas, satisfacer venganzas e imponerse a los pueblos por el terror» [Almanaque de la Inquisición, por «El Motín»]. Y no sólo eso: a quienes le habían condenado por calumnias les respondería en 1915 publicando en cuatro libros, de más de trescientas páginas cada uno, todas las noticias del mismo tenor aparecidas en el periódico desde su fundación: es decir, «cuantas calumnias he inventado contra el clero». Un detallado subtítulo común reflejaba bien el contenido de esas obras: Robos, estafas, captaciones, explotaciones, violaciones, estupros, atropellos, crueldades, riñas, asesinatos, infanticidios, homicidios, parricidios, etc., etc.

Las amenazas no venían solo del clericalismo. El otro gran enemigo, el carlismo, parecía a punto de resurgir una vez más; prueba de ello, un nuevo estallido de violencia, en manos ahora de los jóvenes requetés que participaron en los enfrentamientos de mayo de 1911 en San Feliu de Llobregat. Quizá se estaba, sin saberlo, en vísperas de una tercera guerra carlista. Y Nakens, que ya a finales del siglo xix había editado una serie sobre «Los crímenes del carlismo», decidió ahora publicar otros folletos con semblanzas de «fieras clericales», desde el cura Santa Cruz a Zumalacárregui, y también hojas sueltas con láminas de las matanzas de la primera guerra carlista, e incluso un Almanaque cómico del carlismo para los años 1914 a 1999. Era más de lo que los jóvenes requetés estaban dispuestos a aguantar; y así lo hicieron notar con sus amenazas en el semanario La Trinchera, y sobre todo colocando en 1914 un petardo en el pasillo de la administración de El Motín.

 

Finaliza el 15 de diciembre


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  1. gravatar Agus Responder
    enero 2nd, 2015

    A reseñar: ‘Puntos negros y otros artículos’, de José Nakens. Editado por La Linterna Sorda, Madrid, 2010. El único libro de Nakens reeditado actualmente, sin haberse publicado durante más de 100 años. José Nakens, Puntos Negros y otros artículos. Apertura de Alfredo Grimaldos. La Linterna Sorda Ediciones. Madrid, 2010. -ISBN 978-84-936562-8-7 http://www.lalinternasorda.com/naken.html