José Nakens, anticlerical y republicano (II)

Por . 8 diciembre, 2014 en Siglos XIX y XX
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Viene de José Nakens, anticlerical y republicano (I)

 

Un semanario satírico, pero también republicano y anticlerical

Al antiguo cabo, autor teatral de ocasión, periodista de vocación y republicano de convicción, el clima social de los primeros años de la restauración monárquica le resultaba sofocante. Habían pasado de moda los altos ideales en que le educó su padre, y el egoísmo, la mezquindad y el afán de lucro eran las nuevas guías de comportamiento. Incluso él, ya conocido por sus ataques a Campoamor, había sido tentado por Romero Robledo, como recordó en muchas ocasiones posteriores. El país no era capaz de percibir los peligros que le acechaban: el carlismo, aún vivo a pesar de la reciente derrota, y el clericalismo, elevado a la cima por el nuevo régimen político. Tampoco quienes por su historia, su autoridad o su talento tenían la obligación de mantener viva la llama del republicanismo cumplían con esa tarea. Fue entonces cuando Nakens, «arrastrado por la indignación que aquel conjunto inenarrable de horrores y crímenes [le] produjo», decidió ofrecerse en sacrificio por sus ideales y renunciar a la fortuna, el poder, los honores y a «cuanto por mis condiciones podía haber conseguido» [Yo, hablando de mí]. Por eso fundó El Motín.

Las consideraciones que preceden fueron escritas por Nakens en la segunda década de nuestro siglo. Había olvidado al redactarlas que en 1881 no tenía trabajo (abandonó dos años antes la redacción de El Globo), por lo que la fundación de un periódico más que un sacrificio era una forma de salir de la esclavitud del teatro por horas. Había olvidado también que el «semanario satírico» tuvo al menos otro fundador, el también periodista Juan Vallejo, que participó con la misma intensidad que él en la primera etapa del periódico; incluso con mayor intensidad porque por su condición de director legal fue condenado por delitos de imprenta, desterrado de Madrid y hasta pasó una temporada en la cárcel para evitar el pago de unas multas que quizá habrían hundido a la publicación [número 1 de El Motín, de 10 de abril de 1881; y Dioses mayores].

El primer número del nuevo semanario se puso a la venta el domingo 10 de abril de 1881, a las pocas semanas de la llegada de los liberales al gobierno. Era una modesta publicación de cuatro páginas, repartidas entre un comentario de actualidad, un poema y algunas noticias breves, más un grabado —en principio, una caricatura de personajes y acontecimientos políticos— en las páginas centrales. Dos objetivos aparecían en lugar destacado en ese número: la crítica a los conservadores («¡Guerra a los conservadores! Nos parece que este grito equivale a un programa»), la defensa de la unidad del partido republicano, puesta en cuestión por las diferencias estratégicas y las novedades personales entre sus dirigentes. Un tercer objetivo, la lucha contra el clericalismo, sólo se hizo visible dos semanas más tarde, con la primera entrega de la sección «Manojo de flores místicas», que el periódico presentó con una referencia evangélica bien expresiva: «Jesucristo arrojó a latigazos a los mercaderes del templo; nosotros, pecadores humildes, trataremos de imitarle, fustigando semanalmente a los que se olvidan de su ley» [El Motín, núm. 3, 24 de abril de 1881].

El éxito de esta sección en las décadas finales del siglo xix, ampliado por las críticas procedentes del clero y también por la publicación en libros de las noticias incluidas en las sucesivas entregas del «Manojo», ha hecho que se olvide el contenido del resto del semanario. En las historias del periodismo español, El Motín aparece como el periódico anticlerical por excelencia, y más en concreto como el principal representante del anticlericalismo popular más extremo y zafio. Hay, sin duda, algo de verdad en estas afirmaciones; pero no estará de más recordar que el anticlericalismo no fue nunca el tema exclusivo, y a veces ni siquiera el más importante, del semanario. De hecho, mientras hasta la suspensión del periódico en 1898 el «Manojo de flores místicas» apareció con toda regularidad, en primera o en cuarta página, y a veces llenó los suplementos de los jueves, e incluso algunos números extraordinarios, desde esa fecha la sección dejó de publicarse, al parecer por falta de noticias fidedignas, y sólo a partir de 1908 las críticas al clero volvieron a ocupar un lugar bien destacado en la publicación.

En cuanto al contenido de su anticlericalismo, el propio Nakens era consciente del tono poco elevado de sus escritos. En las noticias, los poemas y los artículos sobre estos temas, el ataque personalizado a los vicios de los eclesiásticos —en especial, a la lujuria y avaricia de los curas, y sobre todo de los frailes— ocupaba mucho más espacio que la discusión doctrinal, por la que nunca manifestó el menor interés. De hecho, no creía que la doctrina religiosa tuviera mucha influencia entre los fieles: lo que estaba vivo, y lo que por consiguiente había que combatir, era «el respeto al cura sostenido por la tradición, las costumbres, los jueces y hasta la guardia civil». Aparte de que tampoco era partidario de que El Motín se llenara de escritos filosóficos, refutaciones de los dogmas o diatribas feroces sobre cosas «que deben tomarse a risa»; como se trataba de un semanario satírico, sólo los textos de tono irónico o cómico debían tener cabida en él.

 

Sobre héroes y fracasos

Desde su fundación, El Motín era un periódico político —y no solo un semanario anticlerical—, dedicado a intervenir en las disputas entre los republicanos, a ensalzar a las corrientes defensoras de la unidad y, por supuesto, a criticar a los gobiernos, tanto conservadores como liberales. En las décadas finales del siglo xix gran parte de los artículos y la mayoría de los grabados de las páginas centrales tenían, por ello, la política como tema. En este terreno, aunque se presentara como independiente, lo que el periódico defendió en su etapa inicial era la vía insurreccional de Ruiz Zorrilla; y la única forma de unión que consideraba aceptable era la dirigida al restablecimiento de la república por vías revolucionarias. Cualquier otra estrategia sólo podía ser considerada como cobardía, o incluso como traición a los ideales.

Tal actitud llevó a Nakens a atacar, a veces con suma dureza, a todos los que se apartaban del camino recto: desde los antiguos radicales que acabaron en la Izquierda Dinástica hasta los dirigentes republicanos no identificados con la línea zorrillista. De las críticas sólo se salvó, quizá por su muerte temprana, el primer presidente de la República, Estanislao Figueras; pero no sus sucesores en aquel cargo, que en los años de la restauración seguían liderando las diversas corrientes republicanas. Castelar era un «hombre de orden» al que sólo le faltaba dar «un pasito» hacia la monarquía para «acabar de deshonrarse políticamente»; a Pi y Margall se le definía como «el hombre más funesto a la democracia que ha habido en España desde la restauración, Castelar inclusive»; Salmerón, «el hombre manzanillo», se había llenado de oprobio tras su inactividad en el levantamiento de Villacampa, en 1886. Los tres eran, además, aunque en distinto grado, responsables de la caída de la República: porque no fueron las tropas de Pavía, sino «los odios, las miserias, las ambiciones y la falta de tacto y energía» de Pi y Margall, Salmerón y Castelar la causa de aquel hundimiento. Y, por supuesto, como mantenían con vida pequeños partidos infectados por el «virus del santonismo» y eran incapaces de asumir las propuestas de unificación, a ellos había que atribuir también la incapacidad del partido republicano para poner fin a la monarquía restaurada [Dioses mayores].

Menos mal que todavía quedaba Ruiz Zorrilla, «el hombre que lejos de su patria, zaherido y calumniado, protesta con su actitud digna y levantada de tanta benevolencia, de tanta debilidad y tanta infamia como por acá ocurren, sin que su fe desmaye, su valor flaquee o su esperanza amengüe». Y con él quedaban los mártires del levantamiento de Villacampa y de las otras asonadas, que arriesgaron su carrera militar e incluso su vida para traer la ansiada república. Lo malo fue que también Ruiz Zorrilla acabó decepcionando a los ardorosos redactores del semanario cuando, ya en la década de 1890, se mostró dispuesto a abandonar la violencia para apoyar la acción legal emprendida por las demás corrientes del republicanismo. Era más de lo que El Motín podía soportar. Ruiz Zorrilla «no va ni quiere ir ya a la revolución»; «todos los sacrificios han sido inútiles y la sangre derramada ha resultado infecunda»; «Puesto vacante. ¡Lo está el del jefe revolucionario!»: con expresiones como estas condenó Nakens el giro de su antiguo ídolo [Dioses mayores].

¿En quién confiar, si todos los jefes abandonaban el puesto de combate y los intentos de unificación apoyados por Nakens acababan en el fracaso? No bastaba, claro está, con el recuerdo nostálgico de los viejos conspiradores, de los hombres de la revolución de 1868 que, ellos sí, mantuvieron el valor y la tenacidad «característicos de la raza española» [Degradaciones y cobardías]. Pero habían fallecido sin dejar herederos del mismo temple. Por eso, toda la trayectoria política posterior de Nakens no será más que un intento por encontrar entre tantos líderes y tantas fracciones, entre tantos comités, mítines y banquetes, a un nuevo hombre, a un auténtico jefe que le permitiera revivir la imagen idealizada de aquellos héroes legendarios.

Con notable inconsecuencia, si se tienen en cuenta las críticas anteriores, creyó encontrarlo a fines de siglo en Castelar. La conversión se produjo en 1897, al tiempo que la guerra de Cuba hacía vibrar al máximo la fibra patriótica del antiguo cabo. Cierto que Castelar propugnaba un régimen de orden, y no aquella «República traída por la fuerza, sangrienta, dura, justiciera», con la que siempre soñó Nakens; pero, ante el fracaso de los intentos revolucionarios, no quedaba más remedio que enterrar bajo siete llaves las convicciones radicales para conformarse con una república «sin apellidos» y con un jefe dispuesto a defenderla de las amenazas del clericalismo y el resurgir de los carlistas [Degradaciones y cobardías].

No tuvo tiempo, en este caso, para desengañarse: Castelar murió en 1899, precisamente cuando acababa de volver a la política activa. Dos años después fallecía también Pi y Margall, con lo que el camino quedó libre para Salmerón, el único presidente de la república aún vivo. El «hombre manzanillo» se convirtió de repente, de grado o por fuerza, en la única esperanza; o al menos así lo percibía Nakens cuando empezó una nueva campaña a favor de la unidad.

 

La Asamblea que yo he propuesto [escribió en octubre de 1902], y la que quisiera ver reunida, porque sólo de ella cabría esperar la salvación, es una a la que concurriese todo el republicano que quisiera, con el exclusivo objeto de delegar en un solo hombre nuestros poderes. Y el hombre que yo considero hoy en España con más condiciones para ser elegido es don Nicolás Salmerón. Desgraciadamente para nosotros, es el único que descuella sobre los demás [El Motín, 15 de octubre de 1902].

 

La Asamblea republicana que se reunió el 25 de marzo de 1903, en parte como resultado de esa campaña, fue un completo éxito. Casi dos mil participantes acordaron crear un único partido republicano, y nombrar a Salmerón su jefe supremo con todos los poderes que Nakens había reclamado. Para éste era también la culminación de su carrera como periodista y como político: los asistentes a la reunión le obligaron entre ovaciones a ocupar la mesa presidencial, y el mismo Salmerón le incluyó en la comisión directora del nuevo partido. Pero la decepción acechaba tras ese momento de gloria. Un año después, Nakens dimitía discretamente del único puesto político que ocupó en su vida, y en 1905 se separó con toda publicidad del jefe a cuyo ascenso tanto había colaborado. ¿Por qué? Como siempre, porque el objetivo que en su impaciencia deseaba ver alcanzado de inmediato, la proclamación de la República a través de una insurrección, ni siquiera se había planeado. «La Unión pactóse para preparar y realizar un acto que no se ha intentado; no para nombrar un cuerpo de coristas con destino al Teatro Parlamentario». No era la propaganda política, y mucho menos las elecciones, lo fundamental: lo importante para el viejo agitador era la acción revolucionaria, precisamente lo que Salmerón, a pesar de sus poderes dictatoriales, no había sido capaz de organizar y dirigir [«Carta abierta» (a Nicolás Salmerón), El Motín, 17 de junio de 1905].

 

Persecuciones, incomprensiones…

Ataques al clero, oposición a los gobiernos, críticas a los dirigentes republicanos: demasiados frentes abiertos para que el periódico saliera indemne. Tras la relativa tolerancia de los gobiernos liberales en los primeros años ochenta, la vuelta al poder del partido conservador permitió comprobarlo. En menos de dos años (de enero de 1884 a noviembre de 1885) cayeron sobre El Motín 84 procesos por delitos de imprenta y catorce multas de 500 pesetas, amén del encarcelamiento de varios directores legales —entre otros, de Juan Vallejo— y de más de una docena de repartidores del periódico. Eso sin contar las 47 excomuniones, según el cómputo de Nakens, dictadas por diversos obispos [Trozos de mi vida].

Un periódico «satírico» —denominación que mantuvo hasta 1898— solo podía reaccionar con burlas a semejante persecución. «Fray Motín, obispo de la religión del Trabajo en la diócesis del Sentido Común» decidió devolver la pelota excomulgando a los obispos que habían adoptado esa resolución contra el semanario. En agosto de 1885, cuando El Motín llegó a las cincuenta denuncias, un número extraordinario, recogido de inmediato por la policía, incluía buena parte del catecismo del padre Ripalda; y en las semanas siguientes otros números, también retirados sin examen previo de su contenido, reprodujeron el manifiesto de Alfonso XII en Sandhurst y algunos capítulos del Evangelio de San Mateo. Aún más cómicas, al decir de Nakens, eran las estratagemas destinadas a eludir la vigilancia policial:

 

Hoy se saca por el tejado la edición; mañana acoplada dentro de cubas de aguador preparadas al efecto […] Desde la calle de Isabel la Católica se pasa la tirada, saltando por las ventanas y escalando patios, a una taberna de la calle de San Bernardo; dos coches que aguardan a la puerta se llenan de papel en tres minutos y escapan a todo correr [Puñado de ironías].

 

Con el clero seguiría tropezando el semanario durante toda su trayectoria. Pero sólo en la década de 1910 los encontronazos pasaron de los púlpitos, las pastorales de los obispos o las páginas de la prensa clerical a los tribunales de justicia. Las reacciones de las autoridades políticas, en cambio, se repitieron en fechas más tempranas. Desde el comienzo de las hostilidades en Cuba, Nakens había renunciado a hacer públicas sus opiniones sobre las responsabilidades en el estallido del conflicto para declarar a los cuatro vientos su exacerbado patriotismo (tan común, por otro lado, entre los republicanos del momento). Pero ni esa actitud ni el hecho de que El Motín se ocupara poco de los avatares de la guerra impidieron que, tras la suspensión de las garantías constitucionales en mayo de 1898, la censura se cebara de nuevo en el periódico. El lápiz del censor se ensañó con un artículo sobre el reinado de Fernando VII porque definía como «liviana» la conducta de la reina María Luisa, y criticaba como «miserable» a Fernando y como «malvado e inmoral» a su hermano Carlos. En respuesta, Nakens suspendió la publicación hasta el restablecimiento de las garantías, en febrero de 1899.

Más dolorosas, en todo caso, debieron de ser las críticas de muchos correligionarios: en parte por razones políticas, como respuesta a los ataques de El Motín a los diversos líderes del republicanismo; pero también por el rechazo de algunos republicanos prominentes al anticlericalismo virulento del semanario. El propio Ruiz Zorrilla, tras la ruptura de comienzos de los noventa, declaró —aunque rectificaría poco después— que los ataques contra la religión y el clero de Las Dominicales del Libre Pensamiento y El Motín perjudicaban a la causa republicana. A fines de siglo, algunos de los jóvenes redactores de Germinal y El País, como Ernesto Bark o Ricardo Fuente, criticaban las «burlas de mal gusto» y la insistencia del semanario de Nakens en los relatos de amores ilícitos entre «clérigos lujuriosos y amas rollizas», al tiempo que Gumersindo de Azcárate se negaba a colaborar en la difusión de los folletos publicados por aquél en la llamada Biblioteca del Apostolado de la Verdad.

Estas y otras críticas similares no favorecían la difusión del «periódico satírico semanal», que a mediados de la década de 1890 se encontró por primera vez con fuertes dificultades económicas. Para superarlas, Nakens decidió rebajar a cinco céntimos su precio y dejar de publicar el grabado de las páginas centrales. A pesar de esa rebaja, a comienzos del siglo xx el periódico no se leía, según confesó en tono lastimero al joven Cansinos-Assens, y su supervivencia era casi un milagro. La culpa, al menos en opinión de Nakens, había que atribuirla a la «incomprensión» de sus correligionarios, que no podían o no querían entender que el objetivo de las campañas del periódico era «quitarle autoridad al clero para que no pudiera valerse de ella en beneficio de D. Carlos». «¡Valiente cosa me importa a mí que los curas tengan amas, y éstas chiquillos, ni que falten al mandamiento que sigue al quinto con las feligresas que se presten a ello!», explicó a Luis Bonafoux por esas mismas fechas; no era por sus vicios por lo que les criticaba tan duramente, sino porque «veía y veo en los clérigos (y en los frailes más aún) la encarnación lógica del absolutismo» [ Yo, hablando de mí].

Ni siquiera en los momentos de mayor gloria, en vísperas de la Asamblea republicana de 1903, consiguió Nakens el apoyo de quienes compartían con él la defensa de la unidad republicana. De los más de dos mil republicanos que visitaron la redacción de El Motín en aquellas fechas, sólo media docena aprovechó la ocasión para suscribirse al semanario. Y eso que la mayoría de los republicanos era partidaria de la secularización del Estado y el recorte del poder y los recursos de la Iglesia; pero con lo que muchos no estaban de acuerdo era con las críticas personalizadas a frailes y curas en que se había especializado el periódico satírico.

 

Continúa en José Nakens, anticlerical y republicano (tercera parte)


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  1. gravatar Agus Responder
    enero 2nd, 2015

    A reseñar: ‘Puntos negros y otros artículos’, de José Nakens. Editado por La Linterna Sorda, Madrid, 2010. El único libro de Nakens reeditado actualmente, sin haberse publicado durante más de 100 años. José Nakens, Puntos Negros y otros artículos. Apertura de Alfredo Grimaldos. La Linterna Sorda Ediciones. Madrid, 2010. -ISBN 978-84-936562-8-7 http://www.lalinternasorda.com/naken.html